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El hambre de nunca acabar
Por Joaquín
Rivery Tur
Foto: Tomada de Internet
La sonrisa de Jacques Diouf es amplia y franca. El
Secretario General del Fondo de las Naciones
Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO)
siempre es afable a pesar de la fuerte tarea con
la cual carga.
Quizás en las noches, en la soledad del hotel, la
situación del planeta le quite el sueño, la
sonrisa se transforme en mueca y su rostro negro y
franco de senegalés humanista se llene de las
arrugas que el hambre del mundo le pone en la
frente. Con razón.
Diouf no tuvo otra salida, por sus
responsabilidades y por la población mundial, que
plantear la verdad, como hizo el pasado martes,
cuando advirtió al mundo que el hambre posee tal
grado de extensión que serán necesarios 146 años
para alcanzar las metas de reducción de pobreza
que hace seis años se propuso la ONU para el 2015.
Lo hizo en la apertura de la II Conferencia
Internacional sobre Reforma Agraria y Desarrollo
Rural (27 años después de la primera e igual de
inútil), un auditorio muy adecuado para volver a
advertir a aquellos que poseen las riquezas de las
culpas que cargan sobre los hombros por esta
situación.
En el 2000 se efectuó en la sede de las Naciones
Unidas la llamada Cumbre del Milenio, durante la
cual 189 estadistas se comprometieron a trabajar
para reducir el hambre en el planeta en un 50%
para el 2015.
A los cinco años no se había hecho absolutamente
nada por los pobres del mundo. Estados Unidos
convirtió el encuentro en un evento dedicado a un
terrorismo que son los primeros en practicar, y a
la reforma de la ONU, de manera que vaya mejor con
sus intereses estratégicos.
Los países del norte no quisieron saber del hambre
que padece el Tercer Mundo. Es posible que sus
medios de difusión y sus gobiernos no estén
interesados en mostrar las imágenes de la hambruna
que vive Kenia en estos días para no horrorizar a
sus ciudadanos ahítos.
Pero Jacques Diouf, que estuvo tres años tratando
de que los países desarrollados prestaran atención
al peligro de la gripe aviaria y los vio tomar
medidas solamente cuando el virus llegó a las
puertas de Europa, anunció otra noticia más grave:
de aquí al 2015 los hambrientos aumentarán en el
planeta en 100 millones de personas.
La lección es fácil de aprender. Si los
desarrollados se preocupan poco por prevenir
enfermedades que pueden dar la vuelta al globo con
bastante rapidez, si no les interesa la salud de
su propia población, difícilmente pueden estar
interesados en curar del hambre a una buena parte
de la humanidad.
Joao Pedro Stedile, representante del Movimiento
de los Sin Tierra de Brasil, consciente de la
realidad que se vive, expuso una idea muy
sintética y cierta: "Un obispo acostumbraba a
decir que no basta estar a favor de los pobres,
pues hay que estar contra los ricos" en un mundo
donde hay riqueza suficiente para eliminar la
pobreza. Y soltó el sarcasmo de que quizás para el
5015 se disminuya la miseria.
Recuerdo que, en el 2005, en Roma, con motivo del
aniversario 60 de la FAO, el Presidente Hugo
Chávez afirmó que el presupuesto bélico de un año
de Estados Unidos (500 000 millones de dólares)
alcanzaría para financiar a la organización
internacional durante 500 años.
En aquellos días se señalaba que cinco millones de
niños mueren anualmente de inanición, 20 millones
nacen con bajo peso y los que sobreviven en
penurias arrastran toda su vida discapacidades
físicas y mentales provocadas por la mala
nutrición.
La sede de la ONU se encuentra en Nueva York y
allí, en la gran urbe emblemática del imperio, el
año pasado se escuchó en el Consejo Económico y
Social el pavoroso dato de que 852 millones de
personas en el mundo estaban en situación de
hambre y que, sólo en África, perecieron 2,1
millones de niños en una siniestra combinación de
falta de comida, SIDA, malaria y tuberculosis.
La información provino en esa ocasión del Programa
Mundial de Alimentos (PMA), que batallaba en el
2005 por alimentar a 43 millones de hambrientos,
el doble que diez años antes.
Cuando organizaciones de todo tipo se preocupan
por las guerras que se suceden una tras otra en
territorio africano, por lo general al sur del
Sahara, nadie debe asombrarse, ni es para
alarmarse la situación de tantos millones en
América Latina o en Asia. Es el estado normal de
las cosas bajo el unilateralismo.
Tomado de Granma |