Los líderes de las potencias
económicas reunidos en Melbourne, Australia, y
Hanoi, Vietnam, buscan encontrar mecanismos para
mantener e incrementar "la prosperidad mundial"
actual, bonanza que, por otra parte, excluye a casi
un tercio de la población mundial.
En Oceanía, los
representantes del G-20 destacaron la importancia de
adoptar acciones comunes para aprovechar una
situación económica positiva "en términos de
crecimiento". El director gerente del Fondo
Monetario Internacional (FMI), el español Rodrigo
Rato, aseguró que para ello es necesario aplicar una
política monetaria responsable, que considere
especialmente el peligro de la inflación.
Por su parte, en el
Pacífico asiático, los líderes de las 21 naciones
del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC,
por sus siglas en inglés) se comprometieron a hacer
todo lo posible para romper el estancamiento de las
negociaciones de la Ronda de Doha, detenidas desde
julio pasado.
En ambas cumbres se han
hecho serias advertencias sobre los retos que
enfrentará el mundo en los próximos años, desde la
crisis energética, la abrumadora desigualdad entre
países ricos y pobres, hasta el cambio climático.
Si bien esos temas generan
real preocupación entre los líderes del mundo, la
realidad es que son pocas las decisiones que se
toman para solucionar esos problemas. Un claro
ejemplo es la crisis ambiental: de acuerdo con un
estudio del gobierno británico, si en los próximos
10 años no se adoptan medidas para controlar las
consecuencias del efecto invernadero, esto le
costará al mundo casi 7 mil millones de dólares,
cifra superior al total de las pérdidas de las
primera y segunda guerras mundiales, más las de la
recesión económica de Estados Unidos en la década de
los 30 del siglo XX, y causarán 200 millones de
"refugiados víctimas de la contaminación ambiental".
Sin embargo, las grandes
potencias, los principales productores de gases
contaminantes, no dan señales de hacer lo necesario
para reducir sus emisiones, punto crucial para
evitar la catástrofe pronosticada por el informe
británico. Estados Unidos, responsable de gran parte
de los contaminantes lanzados a la atmósfera,
destinará apenas uno por ciento de su producto
interno bruto para resolver este problema. El resto
de las naciones industrializadas tomarán medidas
semejantes, insuficientes para paliar los efectos
del cambio climático. Washington ha demostrado una y
otra vez su desdén por este problema al negarse a
ratificar el Protocolo de Kyoto.
El egoísmo y la ambición
también prevalecen en las negociaciones comerciales
en el marco de los Acuerdos de Doha, vitales para
cambiar la composición del mundo, dividido entre
unos pocos países prósperos y decenas de naciones
endeudas y miserables. La negativa de Estados Unidos
y la Unión Europea para eliminar sus subsidios
agrícolas es un enorme obstáculo para alcanzar un
tratado equilibrado, necesario para reducir la
desigualdad imperante en el planeta. Según Rato, es
necesario que "muchas políticas fiscales de
economías emergentes demasiado rígidas o ineficaces
se concentren en los tres aspectos cruciales para el
futuro: inversión para infraestructuras, educación y
salud". Hay que recordar que, como se ha demostrado
en estos años, las recetas del FMI únicamente han
agudizado el desequilibrio en la repartición de
ingresos.
No importan las palabras,
al final, reuniones como las del G20 y del APEC
sirven únicamente para que las potencias económicas
impongan sus agendas particulares, por encima del
bien común. Afortunadamente, existen movimientos
tanto de países como de organismos civiles que
presionan para cambiar este orden de cosas. Son
tiempos cruciales para tomar las decisiones
correctas que favorezcan un desarrollo equilibrado
que beneficie a todos los países y no sólo a unos
cuantos, y que eviten catástrofes que podrían
resultar muy caras para la humanidad en su conjunto.
La cuestión es si las grandes potencias harán caso
de las advertencias o se cruzarán de brazos, una vez
más.