El mito del desarrollo
capitalista nacional
en la nueva coyuntura política de América Latina
Por Atilio A. Boron-Argenpress
Una ruta clausurada
Hace casi medio siglo,
cuando en las ciencias sociales de la época
prevalecían sin contrapeso las teorías de la
modernización y la de las "etapas del desarrollo
económico", popularizadas por Walter W. Rostow en su
famoso libro, veía la luz un texto de Karl de
Schweinitz en el que planteaba una tesis radical,
totalmente a contracorriente del consenso dominante
de su tiempo. Sintéticamente, ella decía que en lo
concerniente al establecimiento de una democracia
liberal el camino recorrido por Estados Unidos y los
países más avanzados de Europa ya no podía ser
transitado nuevamente por las naciones
subdesarrolladas. Si bien su pronóstico sobre la
industrialización era un poco menos pesimista, entre
líneas el mensaje era claro: el mundo de la
periferia muy difícilmente podría emular la
trayectoria industrial de las potencias
metropolitanas. Refiriéndose especialmente al caso
de la democracia su diagnóstico era aún más
terminante: "el desarrollo de la democracia en el
siglo diecinueve fue el resultado de una inusual
configuración de circunstancias históricas que no
pueden repetirse. La ruta "euro-norteamericana"
hacia la democracia está clausurada." (de Schweinitz,
pp. 10-11)
Críticas al pensamiento
convencional
Por supuesto, el libro de
de Schweinitz -riguroso, documentado, persuasivo-
fue olímpicamente ignorado por la academia, los
intelectuales "bienpensantes" y los medios de
comunicación de masas. El gran público ni se enteró,
y en el mundo de la periferia las pesimistas ideas
de nuestro autor -que contradecían abiertamente las
rosadas expectativas cultivadas por la Alianza para
el Progreso y, más generalmente, la autoimpuesta
misión de la Casa Blanca de "exportar la democracia"
a todo el mundo- fueron totalmente desconocidas.
Estamos hablando de 1964; eran las épocas en que la
alternativa a la teoría de la modernización y las
etapas del desarrollo económico eran una vertiente
crítica de la CEPAL, encabezada por Raúl Prebisch, o
bien la elaboración de los teóricos de la
dependencia que comenzaba a resonar con creciente
fuerza en América Latina, estimulados por la
radicalidad de los pioneros planteamientos que André
Gunder Frank expusiera en su clásico libro sobre el
"desarrollo del subdesarrollo" en Brasil y Chile.(Frank,
1964) Fuera del mundo académico y anticipándose a él
la Segunda Declaración de La Habana y el célebre
discurso del Che en Punta del Este habían planteado
con total claridad los límites infranqueables del
desarrollo capitalista en la periferia.(1) Pero el
impacto de estas ideas en el debate de las ciencias
sociales no sería inmediato. Su origen "extramuros"
de la academia arrojaba sobre ellas un manto de
sospecha que para la ortodoxia positivista dominante
las descalificaba por completo. Sin embargo, con el
paso del tiempo tanto la Segunda Declaración como el
discurso del Che habrían de convertirse en
referencias insoslayables del nuevo pensamiento
crítico latinoamericano. El libro de Rostow, cuyo
título completo era Las etapas del crecimiento
económico y cuyo subtítulo, privado de toda sutileza
era Un manifiesto no comunista había sido publicado
en inglés en 1960 y al año siguiente se traducía al
español por el Fondo de Cultura Económica. Este
libro ejerció una influencia arrolladora sobre las
ciencias sociales latinoamericanas de aquellos años
y, ni hablar, sobre los gobiernos y expertos en el
área económica. (2) La idea básica del argumento
rostowiano era que había un solo proceso de
desarrollo y que éste era lineal, acumulativo e
igual para todos los países. La palabra
"capitalismo" había sido cuidadosamente desterrada
del texto, con el obvio propósito de reforzar la
naturalización de este modo de producción: al
describir sus leyes de desarrollo el supuesto era
que cualquier economía, sin excepción, debía
enfrentarse a una serie de imperativos técnicos, no
políticos. La consecuencia de todo esto era que
había un solo modo de enfrentar los problemas
económicos, y que este modo estaba dictado por
cuestiones técnicas que no admitían transgresión
alguna. El proceso de desarrollo capitalista -con
sus luchas, despojos y saqueos, que lo hacen llegar
al mundo "chorreando sangre y barro por todos sus
poros", como dijera Marx en El Capital- es así
sublimado y descontextualizado hasta llegar a
convertirse en un despliegue ahistórico, formal y
lineal de potencialidades presentes en cada una de
las formaciones sociales del planeta. Por eso, para
esta tradición de pensamiento los países hoy
desarrollados fueron, en un tiempo no demasiado
remoto, naciones pobres y subdesarrolladas. Este
razonamiento se asentaba sobre dos falsos supuestos:
primero, que las sociedades localizadas en ambos
extremos del continuo compartían la misma naturaleza
y eran, en lo esencial, lo mismo. Sus diferencias,
cuando existían, eran de grado, como casi medio
siglo después repetirían sin brillo y sin gracia
Hardt y Negri, lo cual era -y es- a todas luces
falso.
Segundo supuesto: la
organización de los mercados internacionales carecía
de asimetrías estructurales que pudieran afectar las
chances de desarrollo de las naciones de la
periferia. Para autores como los arriba mencionados,
términos tales como "dependencia" o "imperialismo"
no servían para describir las realidades del sistema
y eran antes que nada un tributo a enfoques
políticos, y por lo tanto no científicos, con los
cuales se pretendía comprender los problemas del
desarrollo económico. (3) En consecuencia, los
llamados "obstáculos" al desarrollo no tenían
fundamentos estructurales o restricciones ancladas
en la economía mundial, sino que eran el producto de
torpes decisiones políticas, elecciones
desafortunadas de los gobernantes o de factores
inerciales fácilmente removibles. Las implicaciones
conservadoras de este razonamiento, que descartaba
apriorísticamente cualquier otra forma de
organización económica alternativa al capitalismo y
que ignora olímpicamente la realidad del
imperialismo y la dependencia, son tan evidentes que
no requieren de ninguna demostración más allá de su
sola enunciación. Como se ve, el "pensamiento único"
no es tan novedoso como se supone. Y su impacto
sobre el pensamiento supuestamente contestatario fue
tan deletéreo ayer como hoy. (4)
Derrumbe y resurrección
de la ortodoxia
En la década de los
sesentas el influjo ideológico de los paradigmas
dominantes en las ciencias sociales se desvanece
considerablemente: la consolidación de la revolución
cubana y su definición socialista luego de Playa
Girón; al ascenso del movimiento popular en toda
América Latina; el auge de la lucha de clases en
Europa, que culminaría con los grandes conmociones
de 1968; los impetuosos movimientos en favor de los
derechos civiles en los Estados Unidos y la
reafirmación de los movimientos de liberación
nacional en el Tercer Mundo, a todo lo cual se
agregaría, poco después, el demoledor impacto de la
Guerra de Vietnam que termina de hacer saltar por
los aires el laborioso andamiaje construido por las
ciencias sociales norteamericanas desde finales de
la segunda guerra mundial. El colapso teórico de la
teorización rostowiana tiene su correlato en el
derrumbe de la sociología parsoniana, la crisis de
las teorías de la modernización y la bancarrota del
conductismo en la ciencia política. En América
Latina esta crisis teórica se acentúa por la
presencia de la Revolución Cubana y el progresivo
deterioro de la situación económica, social y
política de los países de mayor desarrollo
capitalista una vez agotado el ciclo de la
industrialización sustitutiva, lo que promovió el
breve auge de las diversas corrientes de la teoría
de la dependencia. En sus distintas variantes, que
van desde la ya mencionada obra de André Gunder
Frank, Ruy Mauro Marini y Theotonio dos Santos hasta
Fernando H. Cardoso y Enzo Faletto, pasando por
Aníbal Quijano, Agustín Cueva y tantos otros, la
teorización de la dependencia tenía como rasgos
unificadores la crucial relevancia asignada al
carácter histórico del desarrollo capitalista, el
papel de sus diversos agentes, la inserción de los
países en un mercado mundial signado por profundas
asimetrías y la centralidad de la problemática
política y estatal. A mediados de los setentas la
crisis política generalizada en la región,
emblematizada por la violenta liquidación de la "vía
chilena al socialismo" liderada por Salvador Allende
y la Unidad Popular, del experimento radical
democrático de Juan José Torres y la Asamblea
Popular en Bolivia, el termidor sufrido por la
revolución peruana con el desplazamiento de Velasco
Alvarado, y el sangriento desenlace del retorno del
peronismo en la Argentina precipitó un nuevo cambio
en el paradigma dominante. En este caso se trató
mucho menos de una derrota en el plano de las ideas
que de las consecuencias del período más ferozmente
represivo conocido por la América Latina
contemporánea, lo que implicó que muchos de los
teóricos de la dependencia y sus seguidores
conocieran el exilio, la cárcel y, en no pocos
casos, la muerte.
No es el propósito de este
trabajo examinar los alcances y límites de las
contribuciones de los dependentistas, bien conocidas
en nuestra región. Nos basta simplemente con
resaltar la coincidencia entre sus pronósticos
pesimistas acerca del desarrollo del capitalismo en
la periferia, formulados desde una perspectiva de
izquierda, y los que brotan de la pluma de de
Schweinitz, una nota desafinada en el monocorde
ambiente de la academia norteamericana. (5)
La "centro-izquierda"
latinoamericana y su apuesta al desarrollo del
capitalismo
Si hemos sometido a la
consideración del lector estas tesis pesimistas
acerca de la imposibilidad del desarrollo en la
periferia -¡que no quiere decir imposibilidad de
registrar, por momentos, altas tasas de crecimiento
económico!- es porque el devenir de la historia ha
demostrado, transcurrido casi medio siglo, que los
diagnósticos que se oponían al ingenuo más no
desinteresado optimismo de Rostow y sus colegas
estaban en lo cierto. Actualizar esta certeza es
bien oportuno en nuestros días, cuando proliferan
una serie de gobiernos de "centro-izquierda" que, en
América Latina, proclaman con ciego entusiasmo su
confianza en culminar exitosamente su marcha hacia
el desarrollo -o entrar al Primer Mundo, como se
decía en los noventas- transitando por una ruta que
fue clausurada hace mucho tiempo. (6)
En este sentido, los
gobiernos de la llamada "centro-izquierda" se han
llevado todas las palmas. Su fidelidad a las
orientaciones generales del Consenso de Washington,
fidelidad que no desmentida por una cierta retórica
"progresista" -estentórea, a veces, como en el caso
argentino; aflautada, en otros, como en los casos de
Brasil, Chile y Uruguay- les hace creer que si
persisten en las políticas ortodoxas recomendadas
por el FMI, el Banco Mundial y la OMC algún día, más
pronto que tarde, llegarán a ser países como los
europeos o los Estados Unidos. Desde su tumba el
bueno de de Schweinitz seguramente debe estar
sonriendo burlonamente ante tamaño disparate. Y, si
pudiera regresar al reino de los vivos, seguramente
que les preguntaría a los voceros de esos gobiernos
acerca de las razones por las cuales hace casi un
siglo que países como la Argentina, Brasil y México
siguen siendo los depositarios de un luminoso futuro
capitalista que nunca se concreta y que, al
contrario, los aleja cada día más de los
capitalismos desarrollados, perpetuando su condición
de eternos "países del futuro." Antes de la Gran
Depresión de 1929 el pensamiento convencional de las
ciencias sociales auguraba para la Argentina un
futuro esplendoroso. Y lo mismo ocurriría con Brasil
luego de la Segunda Guerra Mundial, en donde su
alianza con los Estados Unidos y el envío de sus
tropas a colaborar en la empresa bélica en los
campos europeos supuestamente le abriría de par en
par las puertas de la colaboración norteamericana lo
que garantizaría una ruta segura a los niveles de
desarrollo existentes en el Primer Mundo. La
construcción, con la ayuda de un crédito del
Eximbank avalado por los Estados Unidos, de la
planta siderúrgica de Volta Redonda, a comienzos de
los cincuenta fue vista por muchos como una clara
señal de que el proceso estaba en marcha y era
irreversible. Medio siglo después, Argentina y
Brasil siguen estando "condenados al éxito", como lo
asegura con su inclaudicable optimismo uno de los
principales científicos sociales de Brasil, Helio
Jaguaribe, pero su realidad económica y social
demuestra que lejos de acortar su distancia con los
países desarrollados ocurrió exactamente lo
contrario y ahora están más lejos que antes. Lo
mismo puede decirse del caso mexicano, sin la menor
duda: si algo hizo el TLC inaugurado el 1º de Enero
de 1994 fue ensanchar el hiato que separaba a la
economía mexicana de las de Estados Unidos y Canadá.
Pese a esta abrumadora
evidencia el mito del desarrollo capitalista
nacional y su premisa, la existencia de una
burguesía nacional, siguen ejerciendo un enfermizo
atractivo en la dirigencia "progresista"
latinoamericana, a punto tal que en fechas recientes
esta patología concitó la atención de un distinguido
estudioso marxista, Vivek Chibber, quien sobre la
base de una evidencia comparativa internacional
demolió inmisericordemente tales tesis. (Chibber,
2005) Este ascendiente revela los alcances de la
victoria ideológica del neoliberalismo en la
"batalla de ideas": si en la segunda mitad de la
década de los sesentas había tomado cuerpo una
teorización y una propuesta política en torno a una
"vía no capitalista de desarrollo" que se manifestó
de diversas maneras en los distintos países - con
Salvador Allende y Radomiro Tomic en las elecciones
presidenciales chilenas de 1970; en el régimen de
Velasco Alvarado en el Perú de finales de los
sesentas; en la tentativa de Juan José Torres en la
Bolivia de la Asamblea Popular de 1971, siendo los
casos más importantes- a partir de la
contra-ofensiva capitalista lanzada desde mediados
de los setentas esa alternativa fue barrida con un
baño de sangre. El resultado es que hoy gran parte
de la "centro-izquierda", producto de aquella
derrota en el crucial terreno de las ideas, renueva
su creencia en el desarrollo capitalista nacional
impulsado por una figura espectral: la "burguesía
nacional".
La persistencia de un
mito
Veamos algunos ejemplos
extraídos de la presente coyuntura. En la Argentina,
por ejemplo, el presidente Néstor Kirchner reafirma
su decisión de construir un "capitalismo serio",
alentando la constitución de una "burguesía
nacional" capaz de conducir la maltratada economía
argentina hacia el puerto seguro del desarrollo. Esa
fue una de sus primeras definiciones programáticas
en el discurso inaugural de su mandato, el 25 de
Mayo de 2003, cuando ante la Asamblea Legislativa
decía que "(e)n nuestro proyecto ubicamos en un
lugar central la idea de reconstruir un capitalismo
nacional que genere las alternativas que permitan
reinstalar la movilidad social ascendente."
Esta obstinación habría de
acentuarse con el paso de los años, lo que quedó en
evidencia en su viaje a la Asamblea General de la
ONU, en Nueva York, en el mes de Septiembre de 2006,
ocasión en la cual tanto Kirchner como la Senadora
Cristina Fernández de Kirchner, su eventual sucesora
en la Casa Rosada, dieran muestras de su
incondicional adhesión al capitalismo y al mito del
desarrollo capitalista nacional. En esa ocasión el
presidente aceptó una invitación de la Bolsa de
Valores de Nueva York (NYSE) para visitar su sede y
disfrutar del dudoso privilegio de tocar la campana
que indica el cierre de las operaciones del día. En
dicha oportunidad Kirchner dijo, evidenciando un
sincero arrepentimiento, que "agradezco el gesto del
mercado de invitarnos aquí. La Argentina está
volviendo al lugar del que nunca debió haber
salido". (Rodríguez Yebra, 2006). Lo curioso del
caso, es que de hecho la Argentina jamás se había
marchado de ese lugar. Por el contrario, siempre
estuvo allí, por lo menos desde mediados de la
década de los cincuentas como uno de los países más
endeudados del planeta y jugosa presa de todo tipo
de operaciones especulativas y de pillaje realizadas
desde ese sagrado recinto: desde el doloso "megacanje"
de la deuda externa de la época de De la Rúa/Cavallo,
hasta las fraudulentas privatizaciones y la apertura
indiscriminada de ordenadas por Menem/Cavallo
pasando por innumerables tropelías y latrocinios de
ese tipo. ¿Ignoraba Kirchner al pronunciar sus
palabras que cerca del 95 por ciento de las
operaciones que tienen lugar en el sistema
financiero internacional -del cual Wall Street es su
corazón- son de carácter especulativo, razón por la
cual una investigadora como Susan Strange, nada
sospechosa de propensiones izquierdistas, bautizó a
dicho sistema como un "capitalismo de casino",
parasitario e irresponsable, depredador de mercados
y naciones, cuya febril búsqueda de lucro no se
detiene ante nada o ante nadie sembrando a su paso
crisis, destrucción y muertes? Similares
declaraciones expresó bajo el amparo de un organismo
como el Council of the Americas, uno de los
principales sostenes ideológicos del imperio-
despejando cualquier duda que pudiera subsistir
sobre la naturaleza de su gobierno: una variedad del
"centro-izquierda", por momentos vociferante pero
siempre inquebrantablemente identificada con la
perpetuación del capitalismo en la Argentina y, pese
a gestos y retóricas estridentes, cada vez más dócil
ante los dictados de la Casa Blanca.
Hay que agregar que ya, con
anterioridad a esta fecha y en numerosas ocasiones,
Kirchner se había referido reiteradamente a la
necesidad de implantar en la Argentina un
capitalismo "serio", "nacional" e "inteligente",
adjetivos éstos que supuestamente obrarían el
milagro de convertir a un régimen basado en la
explotación del trabajo asalariado en una fraternal
comunidad de iguales. Uno de los problemas con que
se enfrenta el presidente es que en la Argentina el
capitalismo nada serio sino, por el contrario,
"sonriente", "irresponsable", "de los compinches" (croony
capitalism), "trasnacionalizado" y torpe, en vez de
inteligente, produjo espléndidos resultados para los
capitalistas, con tasas exorbitantes de ganancias y
con la consolidación de extraordinarios privilegios
que ningún burgués "serio" pensaría que es razonable
abandonar por más que lo solicitara el primer
mandatario. ¿Cómo convencer a quien se encuentra
instalado en el diez por ciento más rico de la
Argentina -y cuyos ingresos en 2003 eran 56 veces
superiores a los del diez por ciento más pobre- que
es urgente y necesario pasar a un capitalismo
"serio", que evite tan flagrante e intolerante
injusticia? Lo más probable es que el capitalista en
cuestión considere "poco seria" la preocupación
presidencial por la "seriedad" de un capitalismo que
produce tan magníficos resultados, recompensando a
los empresarios y a los inversores con tan
fenomenales ganancias.
Esta explícita voluntad de
situar los parámetros fundamentales de la sociedad
capitalista fuera de cualquier posible impugnación,
no así sus manifestaciones más aberrantes, fueron
ratificados en ese mismo viaje en una conferencia
dictada en la Universidad de Columbia por la
senadora Cristina Fernández de Kirchner. En esa
ocasión la esposa del presidente -sin duda, una de
sus más autorizadas voceras- declaró que las
políticas del gobierno de Kirchner se sitúan del
lado del capitalismo. '¿Qué es el capitalismo?', se
preguntó. Su respuesta: lo que hizo caer al muro del
Berlín no fue "el poderío de Estados Unidos sino que
el capitalismo es una mejor idea que el comunismo, y
si el capitalismo se distingue frente a otras
doctrinas es por la idea del consumo'. Sus críticas
al FMI se apoyan en la inconsistencia de sus
prédicas con el supuesto núcleo del capitalismo, sus
"mejores ideas", dado que "con sus políticas de
ajuste lo primero que hace es restringir el consumo"
y, en consecuencia, debilitar el impulso
capitalista. (Baron, 2006)
¿Un capitalismo nacional
sin "burguesía nacional"?
Volviendo al discurso
inaugural de Kirchner, ¿Qué grado de realismo tiene
hoy, en un mundo de mercados transnacionalizados y
de impetuosa mundialización de los procesos
productivos, comerciales y financieros, apostar a un
desarrollo capitalista nacional? Pregunta
indispensable sobre todo en una formación social
como la argentina, en la cual el grado de
extranjerización de la economía ha avanzado a ritmo
desenfrenado y es uno de los mayores de toda la
región. Respuesta: ningún grado de realismo. Es pura
fantasía. Raúl Zibechi, en un texto sumamente
interesante que desnuda el anacronismo de esta
opción, cita una categórica afirmación de Samir Amin
diciendo que "ya no hay más una burguesía nacional".
Afirmación un tanto excesiva pero que contiene
importantes elementos de verdad. (Zibechi, p. 1).
Excesiva, decimos, porque algunos países de las
metrópolis capitalistas todavía se caracterizan por
la presencia de ciertos conglomerados empresariales
equivalentes a una "burguesía nacional" si bien
diferentes al modelo clásico de esta clase tal cual
aparecía en la segunda mitad del siglo diecinueve y
comienzos del veinte. Tal es el caso de Estados
Unidos, Japón, Corea y los principales países
europeos, cuyas grandes empresas si bien operan a
escala planetaria y tienen un horizonte de
acumulación que trasciende con creces las fronteras
nacionales tienen sus casas matrices en esos países,
se protegen con sus jueces y sus leyes, cuentan con
sus gobiernos para acudir en defensa de sus
intereses cuando son amenazados y es hacia allí
donde canalizan las ganancias que obtienen en los
mercados mundiales. Y con relación a la Argentina
agrega que "el último intento de burguesía nacional
que hubo en la Argentina fue Perón. No creo que haya
actualmente una burguesía nacional en Argentina.
Existe una burguesía compradora que imagina su
enriquecimiento, como proyecto, en el marco del
capitalismo global tal como es, sin ambición alguna
de modificar los términos de este capitalismo." Amin
no duda que puedan existir "proyectos de burguesía
nacional en los países ex socialistas.
Principalmente: Rusia y China … pero no hay un
proyecto de burguesía nacional en ningún otro país,
sean los países más industrializados como Argentina,
Brasil, Egipto e India o países menos
industrializados, como los de Africa subsahariana.
¡Ya no hay más burguesía nacional!" Sin entrar en
polémicas, insistimos: lo que dice Amin es
indiscutible para la periferia, pero mucho más
debatible cuando concentramos nuestra atención en el
capitalismo mundializado, (Roffinelli y Kohan, 2003)
(7)
Podría argüirse que, a
diferencia de la Argentina, en el caso de Brasil,
esta expectativa sobre las potencialidades
desarrollistas de la "burguesía nacional" tiene un
cierto fundamento. Después de todo Brasil fue, junto
a México, uno de los dos únicos países de América
Latina que contó con una pujante "burguesía
nacional". En la Argentina una formación
relativamente similar existió entre 1870 y 1930: se
trataba de una clase de grandes propietarios
agrarios aburguesados íntimamente asociados a una
"burguesía compradora" fuertemente anglófila y
estrechamente ligada a economía británica. Pero
cuando este proyecto se agotó, con el derrumbe
capitalista de 1929, la "burguesía nacional" que
tenía que dar un paso al frente para establecer su
hegemonía brilló por su ausencia. Y si bien el
peronismo trató de insuflarle los bríos necesarios
para cumplir con su supuesta "misión histórica" esa
clase -en realidad, un agrupamiento heteróclito de
empresarios sin ninguna visión de conjunto ni
proyecto nacional- se reveló como
extraordinariamente débil y para nada dispuesta a
luchar contra el imperialismo y sus poderosos
aliados locales. Capituló con ignonimia a los pocos
años, en 1955, a manos de una alianza
oligárquico-clerical que supo movilizar el
resentimiento de los vastos sectores medios que se
sentían amenazados por las políticas de promoción
social impulsadas por el peronismo y que habían
dotado a los sectores populares de una gravitación
económica y social sin precedentes. Dicha alianza,
hay que decirlo, contó con el discreto apoyo del
imperialismo norteamericano, que en 1945 se había
opuesto frontalmente a Perón. Pero ahora le temía
menos a las políticas económicas del peronismo, que
a esas alturas ya estaban "alineadas" con las
directivas imperiales, que a los eventuales
desbordes populares que podrían producirse ante la
descomposición del régimen y que, se decía en los
pasillos oficiales de Washington, corrían el riesgo
de tener un desenlace revolucionario. (8)
En el caso del Brasil, la
persistencia de este mito (unido a la necesidad de
edulcorar su imagen de sindicalista combativo)
impulsó al candidato del PT para las elecciones del
2002, Luiz Inacio "Lula" da Silva a forjar una
alianza tan desmovilizadora como anacrónica con un
representante de la "burguesía nacional" brasileña,
un sector supuestamente identificado con el
desarrollo económico y el fortalecimiento del
mercado interno, la expansión del empleo y, por esta
vía, una cierta redistribución del ingreso. Sin
embargo, la presencia del empresario José Alencar no
traspasó los límites de lo meramente ornamental: fue
durante la primera presidencia de Lula cuando el
capital financiero obtuvo las más fabulosas tasas de
rentabilidad de toda la historia del Brasil, con el
previsible impacto devastador sobre los restos de
una "burguesía nacional" absolutamente impotente
para torcer el rumbo de la política económica
ultraneoliberal que, con al aval de Lula, la estaba
destrozando. En ese sentido, los reiterados lamentos
del vicepresidente por los efectos de las políticas
del superministro fueron penosos testimonios de la
incapacidad política de una clase que, a pesar de
los nostálgicos, ya hacía tiempo que había perdido
los atributos que, en el pasado, le posibilitaron
ejercer un papel más decoroso en el escenario
nacional.
Claro está que los casos de
Brasil y México tampoco son idénticos. Tal como lo
argumentara hace ya muchos años Agustín Cueva,
México fue sede de la única revolución burguesa
triunfante en América Latina. Otras tentativas,
según Cueva, como Guatemala en 1944 o Bolivia, en
1952, fracasaron en ese intento. La primera ahogada
en sangre por la invasión de Castillo Armas,
orquestada por la CIA, y la segunda producto de la
ferocidad de la reacción termidoriana que puso fin a
la insurgencia popular de los mineros y campesinos
bolivianos. El caso de México obliga a introducir
una distinción que reiteradamente propusiera Lenin
para comprender la peculiaridad de las revoluciones
burguesas en los capitalismos periféricos: una cosa
son las fuerzas motrices de la revolución y otra
bien distinta las fuerzas dirigentes de la misma. En
México las fuerzas motrices de la Revolución
Mexicana fueron el campesinado y, en menor medida,
los sectores populares urbanos; pero las fuerzas
dirigentes fueron la pequeña burguesía y un
incipiente sector burgués que montado sobre la
oleada revolucionaria proveniente "desde abajo"
liquidó el viejo orden y sentó las bases para un
vigoroso desarrollo económico una de cuyas
consecuencias sería la creación de la más pujante
"burguesía nacional" de América Latina. En el caso
de Brasil, Florestán Fernándes ha señalado que la
revolución burguesa asumió más bien las
características que Gramsci sintetizara en su
concepto de "revolución pasiva", es decir, una
tentativa de fundar un orden burgués pero sin un
proceso revolucionario que movilizara a las clases y
capas subalternas para destruir los cimientos del
viejo orden. Revolución burguesa tardía porque
comenzó simultáneamente con la rápida
transnacionalización del capitalismo de posguerra
que produciría el agotamiento del proyecto de
desarrollo capitalista nacional; y débil, además,
porque la representación de los intereses
"nacionales" de los sectores burgueses -acosados por
la dinámica imperialista tanto como por una
impetuosa movilización popular- tuvo que descansar
en manos de las fuerzas armadas. Esto dio lugar a
una suerte de "cesarismo regresivo", para utilizar
una vez más una categoría de análisis gramsciano, en
donde la "burguesía nacional" brasileña para
reafirmar su predominio tuvo que subordinarse a -y
no sólo hacerse representar por- las fuerzas armadas
durante veinte años, con la irremediable distorsión
de su lógica de acumulación. La caída del régimen
militar puso en evidencia los límites de esta
estrategia. (9)
Lecciones de la historia
económica
Las enseñanzas que pueden
extraerse de estos ejemplos, sucintamente
presentados, son inequívocas. A comienzos del siglo
veintiuno tanto Brasil como México -y en mucho mayor
medida la Argentina- atestiguan por una parte la
acelerada descomposición de la "burguesía nacional";
por la otra, que por más que haya habido prolongados
períodos de crecimiento económico éstos no fueron
suficientes para hacer que aquellos países superasen
las fronteras del subdesarrollo.
En México la etapa del
"desarrollo nacional-burgués" culminó en 1976. Se
abrió en ese momento un interregno que se prolongó
hasta Agosto de 1982 cuando el catastrófico default
mexicano precipitó la crisis de la deuda en todo el
mundo. Comenzó entonces un período signado por la
progresiva imposición de las políticas neoliberales
y, a partir de 1988, en el sexenio de Salinas de
Gortari, por la capitulación incondicional del PRI y
la burguesía mexicana ante el capital norteamericano
y el desmantelamiento de casi todas las conquistas
de la Revolución Mexicana, línea ésta que habría de
continuarse y profundizarse en los gobiernos del PAN
que le sucedieron. El triunfo de este partido en las
elecciones presidenciales del 2000, y el del
candidato de la derecha radical Felipe Calderón en
los fraudulentos comicios del 2006 no hicieron sino
ratificar en el plano de las estructuras políticas y
estatales la creciente subordinación de facto de
México a los dictados de Washington y el
sometimiento de la herida de muerte "burguesía
nacional" a manos del capital extranjero. La
privatización de las empresas públicas y la
absorción de las privadas nacionales -amén de la
competencia desigual facilitada por la firma del
TLC- hizo que grandes conglomerados transnacionales
fundamentalmente estadounidenses tomaran bajo su
control casi todos los sectores estratégicos de la
economía mexicana, socavando el basamento material
de lo que en sus épocas de gloria fuera la
"burguesía nacional" más poderosa de América Latina.
Un proceso semejante se ha
vivido en el Brasil, donde la transnacionalización
de su atractivo mercado interno -potencialmente
enorme- ha ido desplazando a los viejos sectores
burgueses nacionales hacia las áreas menos rentables
de la economía. Las grandes empresas públicas fueron
o bien privatizadas o desmanteladas, para su venta
por partes, y las políticas de atracción del capital
extranjero a cualquier costo, facilitadas por la
estructura federal del estado brasileño, impulsó una
suicida race to the bottom de los gobiernos
estaduales que ofrecían una escalada sin límites de
exenciones tributarias y fiscales a las empresas
extranjeras para atraerlas a que se radiquen en su
territorio, arrojando por la borda no sólo
eventuales ingresos fiscales sino también controles
medioambientales y laborales de diverso tipo. La
Argentina, por su parte, ostenta el dudoso honor de
ser el país con mayor grado de extranjerización de
su economía, donde todo fue malvendido y enajenado
durante el fatídico decenio del capitalismo salvaje
presidido por Carlos S. Menem. Venezuela, Bolivia,
Colombia, además de Brasil y México, se las
ingeniaron para preservar el control estatal de la
riqueza petrolera; en Argentina, en cambio, YPF fue
privatizada. Y si México pudo hasta hoy conservar el
control público sobre la Comisión Federal de
Electricidad, en la Argentina su homóloga fue
seccionada en dos partes y privatizada a precio vil.
Lo mismo ocurrió con el gas, los teléfonos, la
aeronavegación, el agua y un sinfín de empresas
públicas que habían sido fundadas con los ahorros de
los argentinos y que, en medio de un festival sin
precedentes de corruptelas de todo tipo, fueron
transferidas a manos extranjeras. En algunos casos,
a empresas estatales extranjeras, como lo era Repsol
cuando se adueñó de YPF. O, en otros, facilitando
que la segunda empresa petrolera argentina, de
capitales privados, fuese adquirida por una empresa
pública como Petrobrás, lo cual contradecía
flagrantemente el discurso neoliberal acerca de la
"ineficiencia" propia de las empresas públicas.. De
ahí que la extranjerización de la economía argentina
sea hoy un dato grotesco para un país cuyas empresas
del estado fueron, en su mejor momento, puntales del
desarrollo nacional cumpliendo importantísimas
funciones económicas y sociales que la pusilánime
"burguesía nacional" nunca se preocupó por asumir y
que el gobierno actual no tiene intenciones de
recuperar.
Para resumir: la sucinta
enumeración anterior ilustra con elocuencia el
proceso de descomposición e irreversible
debilitamiento de las "burguesías nacionales",
fenómeno que como asegura Chibber se reproduce por
doquier en la periferia del sistema.. En las tres
economías más grandes de América Latina se verifica
el mismo proceso de debilitamiento/descomposición y
nada autoriza a pensar que en las demás la tendencia
histórica se mueva en una dirección contraria. Los
avances de los diversos TLCs (bilaterales: con
Chile, Colombia, Perú; o multilaterales, como los de
las economías centroamericanas y República
Dominicana) si algo van a hacer es practicar con
fruición la eutanasia del empresariado nacional, y
concentrar los negocios en manos de los grandes
conglomerados norteamericanos que impulsan los
proyectos que ejecuta la Casa Blanca.
Pero hay además otra
cuestión que debe ser considerada: en los casos de
Brasil y México, los dos países con las más
poderosas "burguesías nacionales", el proceso de
acumulación que éstas supieron impulsar de ninguna
manera logró que aquellos accedieran al rango de
capitalismos desarrollados. (10) México conoció un
período de extraordinario crecimiento económico
entre 1940 y 1976, "el desarrollo estabilizador", un
desempeño económico extraordinario sostenido por un
inusualmente prolongado período de tiempo. Y sin
embargo, después de tanto esfuerzo lo que se
encontró al final del camino no fue el límpido cielo
del desarrollo sino la tremenda crisis de 1982 y,
luego, la recomposición regresiva y reaccionaria del
capitalismo mexicano bajo la égida del capital
financiero, las empresas transnacionales y la
presión de la Casa Blanca. Por lo tanto, lo que esto
demuestra es que pese a las elevadas tasas de
crecimiento sostenidas durante treinta y seis años
el capitalismo periférico fue incapaz de dar el
salto que le permitiera superar la barrera que
separa subdesarrollo de desarrollo. Resultado
similar se obtuvo luego de mal llamado "milagro
económico" de los militares brasileños, que por
algunos años registró tasas elevadas de crecimiento
económico. Y otro tanto ocurrió en la Argentina, a
comienzos de los noventas y, de modo aún más rotundo
en los últimos cuatro años, cuando el país luego de
la gran crisis del período 1998-2002 -y que tuvo su
climax en las grandes movilizaciones populares de
Diciembre de 2001- se embarcó en un período de 47
meses de crecimiento económico ininterrumpido con
tasas tan elevadas como las de China y, sin embargo,
los problemas crónicos del subdesarrollo, que
afectan a Brasil y a México, también se exhiben con
singular nitidez en la Argentina: pobreza, exclusión
social, desempleo, altas tasas de analfabetismo
abierto y funcional, baja productividad media,
profundos desequilibrios regionales, debilidad
estatal para imponer reglas del juego en la
economía, retraso tecnológico, vulnerabilidad
externa, fragilidad de las instituciones
democráticas (cuando las hay), y múltiples formas de
dependencia económica de los centros imperialistas
del poder mundial. (11)
En síntesis: en estos tres
países hubo crecimiento económico, y en algunos
casos el crecimiento, evidentemente con
discontinuidades, llegó a ser realmente
impresionante. Sin embargo, ninguno dejó de ser un
país subdesarrollado y, por eso, al día de hoy
exhiben los rasgos que caracterizan tal situación.
Hubo una sola excepción en la historia económica
contemporánea: Corea, el único país que en el siglo
veinte trascendió las fronteras que separan
subdesarrollo de desarrollo. Uno de los pocos,
también, que a diferencia de los países de América
Latina, jamás aplicó los "buenos consejos" del FMI,
el BM y el Consenso de Washington y que, por eso
mismo, fue el último en subirse al tren del
desarrollo capitalista antes de que se alejara
definitivamente de la estación a mediados del siglo
veinte. Todos los demás llegaron tarde y ahora
quedarse a esperar su regreso es un arrebato de
nostalgia destinado inexorablemente al fracaso. (12)
Repensar al socialismo
La conclusión de estas
breves reflexiones sobre la historia económica
comparada es la siguiente: quien quiera hoy hablar
de desarrollo tiene que estar dispuesto a hablar de
socialismo; y si no quiere hablar de socialismo debe
callar a la hora de hablar del desarrollo económico.
La experiencia internacional es taxativa: países
considerados "la gran promesa", poseedores de un
futuro brillante en el concierto capitalista
mundial, se debaten en medio del subdesarrollo, la
pobreza y la dependencia un siglo después de
aquellos pronósticos tan favorables. Los gobiernos y
el público en general tienen que admitir que, como
dijera de Schweinitz, esa ruta está clausurada y que
es necesario crear una opción nueva. La declaración
del Presidente Hugo Chávez Frías en el sentido de
que dentro del capitalismo no hay solución para los
problemas de América Latina sintetiza adecuadamente
el resultado de numerosos estudios e
investigaciones. Si hay una solución -y si tenemos
tiempo de encontrar una solución dada la amenaza de
holocausto ecológico que se cierne sobre el planeta-
habrá que buscarla fuera del capitalismo, en el
campo del socialismo. (13)
Por lo tanto, la propuesta
de avanzar en la construcción del socialismo del
siglo veintiuno es una invitación que no debe ser
desechada. Claro está que, en el terreno económico,
se trata de un socialismo superador de la anacrónica
antinomia "planificación centralizada o mercado
incontrolado" y que, en cambio, abre espacios para
la imaginación creadora de los pueblos en la
búsqueda de nuevos dispositivos de control popular
de los procesos económicos, dotados de la
flexibilidad suficiente para responder con rapidez
al torrente de innovaciones que día a día modifica
la fisonomía del capitalismo contemporáneo. Un
socialismo que potencie la descentralización y la
autonomía de las empresas y unidades productivas y,
al mismo tiempo, haga posible la efectiva
coordinación de las grandes orientaciones de la
política económica. Un socialismo que promueva
diversas formas de propiedad social, desde empresas
cooperativas hasta empresas estatales y asociaciones
de éstas con capitales privados, pasando por una
amplia gama de formas intermedias en donde
trabajadores, consumidores y técnicos estatales se
combinen de diversa forma para engendrar nuevas
relaciones de propiedad sujetas al control popular.
Uno de los problemas más serios que tuvo la
experiencia soviética, y todas las que en ellas se
inspiraron, fue la de confundir la propiedad pública
con la propiedad estatal. Uno de los desafíos más
grandes del socialismo del siglo veintiuno será
demostrar que existen formas alternativas de control
público de la economía distintas a las del pasado.
Pero, es preciso tener en claro que tal como lo
dijera en su tiempo Rosa Luxemburgo, el futuro,
sobre todo para los sobrevivientes del holocausto
social del neoliberalismo, es el socialismo o, en
caso de que no logremos construirlo, ser testigos de
la perpetuación y agravamiento de esta barbarie que
pone en peligro la sobrevivencia misma de la especie
humana.
Estamos ante una situación
crítica en la cual, como dijera Simón Rodríguez, "o
inventamos o erramos". No hay modelos por imitar,
Puede haber experiencias que sirvan como fuentes de
inspiración, pero nada más. Una China que alimenta a
diario a mil trescientos millones de personas
seguramente que tendrá algo digno de ser aprendido
en el terreno de la producción agraria. Un Vietnam
que renace de las cenizas de la destrucción de que
fuera objeto a manos de los Estados Unidos también
tiene algo que enseñarnos. Los extraordinarios
logros de Cuba en materia de salud y educación
contienen valiosísimas lecciones que los países
subdesarrollados deben estudiar con suma atención.
Pero la construcción del socialismo del siglo
veintiuno, condición necesaria para el desarrollo de
nuestras sociedades, no puede ser producto de actos
imitativos. Fidel dijo reiteradamente que "cada vez
que copiamos nos equivocamos", subrayando la
sabiduría contenida en la sentencia de Simón
Rodríguez. Y un gran teórico marxista
latinoamericano, José Carlos Mariátegui, ya había
advertido los alcances de este desafío cuando dijera
que el "socialismo en América Latina no puede ser
calco y copia sino invención heroica de nuestros
pueblos." Es con este predicamento que nuestros
pueblos deberán construir el socialismo del siglo
veintiuno, condición necesaria para salir
definitivamente del subdesarrollo.
Notas:
1) El Che participó, como
Ministro de Industrias de Cuba, en la Conferencia
del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES),
un organismo dependiente de la OEA, que sesionó en
Punta del Este entre el 5 y el 18 de Agosto de 1961,
a escasos cuatro meses de la fallida invasión a
Playa Girón. En su primera intervención en la
Conferencia el Che pronunció un vibrante alegato
denunciando los modestísimos alcances de un supuesto
programa de desarrollo económico auspiciado por los
Estados Unidos, la fallida Alianza para el Progreso,
representado en la Conferencia por su Secretario del
Tesoro, Douglas Dillon, que por su énfasis en la
construcción de redes cloacales el revolucionario
argentino-cubano denominó sarcásticamente como "la
letrinización de América Latina". Los modestos
objetivos que se proponía la Alianza, que ni
siquiera fueron alcanzados por ningún país,
contrastaban llamativamente con las grandes
realizaciones que Cuba había logrado en dos años y
medio de revolución y que la habían convertido,
entre otras cosas, en el primer territorio libre de
analfabetos de las Américas.
2) Para un análisis sobre
la naturaleza y el impacto de las ideas de Rostow
véase Roffinelli y Kohan, 2003.
3) No deja se ser asombrosa
la coincidencia de perspectivas entre la obra de un
teórico conservador como Walter W. Rostow y la de
quienes, desde una perspectiva presuntamente
crítica, se inspiran en la obra de Hardt y Negri. En
una entrevista concedida al matutino argentino
Página/12 Cocco y Negri descalifican al concepto de
imperialismo y juzgan como lamentable al
"antiimperialismo". No podrían haber estado más de
acuerdo con el teórico preferido de la
Administración Kennedy. Cf. Gago, 2006
4) Un ejemplo de nuestros
días lo ofrece la obra de Hardt y Negri, Imperio, en
la cual se asegura que países como Bangladesh y
Haití se encuentran al interior del imperio puesto
que éste todo lo abarca. Pero, ¿se hallan por eso en
una posición comparable a la de los Estados Unidos,
Francia, Alemania o Japón? Si bien afortunadamente
admiten que no son idénticos desde el punto de vista
de la producción y circulación capitalistas Hardt y
Negri concluyen, para estupor de los estudiosos, que
entre "Estados Unidos y Brasil, Gran Bretaña y la
India no hay diferencias de naturaleza, sólo
diferencias de grado", tesis ésta que suscribiría
con entusiasmo el propio Rostow. (Hardt y Negri, p.
307) Como bien recuerda Amin, las periferias del
sistema mundial no son tan sólo "formaciones
desigualmente desarrolladas" sino que se trata de
formaciones sociales interdependientes precisamente
en función de esa desigualdad. Para una crítica a la
visión radicalmente equivocada y funcional al
imperialismo de Hardt y Negri ver Boron, 2002.
5) Al momento de escribir
su libro nuestro autor era profesor de la
Northwestern University, una universidad de elite
radicada nada menos que en Chicago y muy
influenciada por el prestigio intelectual que por
entonces gozaba la Escuela de Chicago de donde
saldría, entre otros, uno de los grandes ideólogos
de la contrarrevolución neoliberal de los años
setentas. Nos referimos a Milton Friedman, por
supuesto.
6) Antes de proseguir con
nuestra argumentación se impone una aclaración. Las
usinas ideológicas de la derecha, con el auxilio
invalorable de algunos ex -izquierdistas, ha
impuesto un lugar común que podría sintetizarse así:
si bien se produjo en América Latina un "giro a la
izquierda" Washington no debe reaccionar
indiscriminadamente ante el peligro que esto podría
entrañar para la "seguridad nacional"
norteamericana, el normal funcionamiento de los
mercados y la seguridad jurídica de las inversiones
extranjeras en la región. Existen, según los
Castañedas, Vargas Llosas, Fuentes y tantos otros,
dos izquierdas: una "seria y racional", que
comprende la importancia de no interferir con la
lógica de los mercados y otra, anatemizada como
"radical", "populista" o "demagógica" según los
diversos autores, empeñada en contradecirla. La
primera vertiente incluye como ejemplos
paradigmáticos los casos de la Concertación chilena
y el gobierno de Lula en Brasil, si bien hay otros
en la región que también podrían encuadrarse en este
modelo como el de Tabaré Vázquez en Uruguay y Alan
García en el Perú. Ejemplos rotundos de la segunda
serían los de Cuba y Venezuela, a los que
posteriormente se agregó el de Evo Morales en
Bolivia y, más recientemente todavía, el de Rafael
Correa en el Ecuador. El caso de Kirchner ocupa un
lugar muy especial porque si bien por su retórica
podría encasillárselo junto a Chávez y Evo, la
orientación de sus políticas económicas -hecha
excepción de la quita en los bonos de la deuda
externa- se encuadra en los grandes lineamientos del
Consenso de Washington. En realidad, cuando se habla
de "izquerda" en América Latina tal caracterización
le cabe exclusivamente a los gobiernos de Cuba,
Venezuela, Bolivia y Ecuador. Los demás son, en el
mejor de los casos, gobiernos de centro a los cuales
el rótulo de "centro izquierda" les queda demasiado
grande y constituye una distinción inmerecida en
función de sus pobres desempeños en materia de
justicia social.
7) Sobre este tema, ver
Katz, 2004b.
8) Recordar la visita de
Milton Eisenhower a la Argentina, testificando el
cambio en las relaciones con los Estados Unidos,
luego de que el gobierno peronista admitiera el
ingreso de las firmas petroleras norteamericanas y
abandonara las políticas heterodoxas utilizadas en
el período 1946-1951. Para testimoniar esa
reorientación, que implicaba un primer acercamiento
al FMI, Eisenhower, enviado personal de su hermano
Ike, a la sazón presidente de los Estados Unidos,
fue condecorado con la medalla de la lealtad
peronista, el máximo galardón otorgado por el
partido a quienes sobresalían en su lucha por los
principios de justicia social que supuestamente
encarnaba el peronismo.
9) El superministro de las
fuerzas armadas brasileñas en ese período no fue
otro que Delfím Netto quien, en la actualidad, se
cuenta como uno de los principales asesores del
Presidente Lula. Este ha repetidamente señalado la
excelente vinculación que lo une con el ex
-funcionario del régimen militar. En una entrevista
reciente Lula dijo que 'Pasé más de 20 años
criticando a Delfim (cuando Lula militaba en el
sindicato metalúrgico y luego en la Central Unica de
Trabajadores) y ahora él es mi amigo y yo soy su
amigo', afirmó. Luego aseguró que 'quien va más de
derecha, va quedando más de centro. Quien está más
de izquierda, va quedando más socialdemócrata, menos
a la izquierda'. En esa misma entrevista Lula
declaró que, habiendo cumplido los 60 años, "ya no
está en edad para ser de izquierda." (Clarín, 2006)
10) Pese a que, bajo fuerte
presión de EEUU, la OECD le confirió esa condición a
México una vez que firmó el TLC con Estados Unidos y
Canadá. Pero se trató de una maniobra
propagandística del imperio y nada más. Los 500.000
mexicanos que cada año arriesgan su vida para cruzar
la frontera demuestran con elocuencia la falacia de
esa calificación.
11) Es preciso recordar que
más allá de las etapas de altas tasas de crecimiento
de corta duración un país como la Argentina registró
muy elevados índices durante el período 1880-1914,
sin que ello fuera suficiente para dar lugar a un
capitalismo desarrollado. Otro tanto ocurrió con
Brasil y México a lo largo de gran parte del siglo
veinte, y los resultados fueron los mismos. Está
fuera de toda discusión el hecho de que el
crecimiento produjo una transformación económica
importante en la periferia del sistema, pero en
ningún caso ese desempeño sirvió para instalar a
esos tres países en el selecto club de los
capitalismos desarrollados.
12) Alguien podría aducir,
sin embargo, que el desarrollo de España, Portugal,
Grecia e Irlanda demuestra que el tren del
desarrollo capitalista retorna recurrentemente
posibilitando que nuevos países se incorporen al
mundo desarrollado. Pero, en realidad, esto no es
así. España y Portugal fueron grandes metrópolis
imperiales durante siglos, y su prolongada
decadencia de ninguna manera puede equipararse a la
situación de cualquiera de las sociedades coloniales
de América Latina y el Caribe. Grecia fue durante
siglos volátil botín del Imperio Otomano, Francia,
Inglaterra y Rusia, e Irlanda una provincia sometida
de la corona británica pero integrada a ese espacio
económico. En todo caso el desarrollo de estos
cuatro países es una proyección del proceso de
acumulación capitalista en curso primero en las
grandes potencias europeos y, posteriormente, en la
Unión Europea. Lo que ésta ha hecho es equivalente a
lo ocurrido cuando, por ejemplo, Italia aplicó desde
los años sesenta del siglo pasado una política
específica para promover el desarrollo de sus
regiones más atrasadas, el Mezzogiorno. Eso mismo
hizo la UE con los cuatro países mencionados. En el
caso de América Latina, ¿quién está interesado en
promover y financiar nuestro desarrollo?
13) Existe ya una abundante
bibliografía en torno a la cuestión del socialismo
del siglo XXI. Aparte de las diferentes
intervenciones del Presidente Hugo Chávez Frías
consúltese Katz, 2004 a, Katz, 2006; Kohan 2002;
Martínez Heredia, 2005; Monedero, 2005; Petras,
2006; Puerta, 2006; Regalado Alvarez, 2005 Valdés
Gutiérrez, 2006.
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defendió el capitalismo y cuestionó otra vez el
papel del FMI", en Clarín (Buenos Aires) 19 de
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Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de
Michael Hardt y Antonio Negri (Buenos Aires: CLACSO)
Chibber, Vivek 2005 "El
mito del estado desarrollista", en Socialist
Register en Español (Buenos Aires: CLACSO) Clarín
2006
"Declaraciones del
Presidente de Brasil: Lula dice que es viejo para
ser de izquierda", 13 de Diciembre.
de Schweinitz Jr, Karl 1964
Industrialization and Democracy. Economic
necessities and political possibilities (Glencoe:
The Free Press)
Frank, André Gunder 1964
Capitalism and Underdeveloment in Latin America:
Historical Studies of Chile and Brazil (New York:
Monthly Review Press)
Gago, Verónica 2006
"América Latina está viviendo el momento de una
ruptura. Entrevista a Toni Negri y Giuseppe Cocco"
en Página/12 (Buenos Aires) |Lunes 14 de Agosto.
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Editorial Ciencias Sociales)
Monedero, Juan Carlos 2005
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desarmar", en Red Voltaire, 16 de Septiembre.
Petras, James.2006
"Propuesta para el nuevo orden social, económico y
cultural" www.rebelion.org 21 de Mayo
Puerta, Jesús 2006
"Socialismo y desarrollo endógeno" en Participación
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Regalado Alvarez, Roberto
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2006 "Kirchner hizo promesas en Wall Street" en La
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Octubre 9. http://alainet.org/listas/info/alai-amlatina |