PLED, Programa Latinoamericano
de Educación a Distancia en Ciencias Sociales
Centro Cultural de la
Cooperación, Buenos Aires
Los publicistas e ideólogos
del capitalismo celebran lo que es presentado como
el descubrimiento de una inesperada fuente de
Juvencia: los biocombustibles, destinados a
independizarlo de la fugacidad histórica del
petróleo y los hidrocarburos y a garantizarle una
vida eterna de extravagantes derroches mediante la
fabricación de combustibles a partir de productos
hasta ahora utilizados para la alimentación de los
humanos. El júbilo es compartido por Bush y Lula de
manera principal -así como por la mayoría de los
gobiernos europeos y algunos del Sur- que se
ilusionan con montarse sobre una tendencia que,
supuestamente, resolvería para siempre los problemas
derivados de las profundas tendencias al ecocidio
que caracterizan al capitalismo.
Ante tanto entusiasmo es
nuestro deber echar una mirada más sobria. Cualquier
historiador mínimamente riguroso no tardaría en
hallar notables coincidencias entre la exaltación de
este momento y la que se registrara en anteriores
ocasiones. Señalemos, en aras de la brevedad, otras
dos igualmente relacionadas con el descubrimiento de
nuevas fuentes de energía: la invención de la
máquina de vapor a mediados del siglo dieciocho y la
electricidad hacia finales del diecinueve y
comienzos del siglo veinte. En ambos casos la
aparición de estos nuevos energéticos fueron
saludados como la anunciación de una era de
ilimitadas posibilidades de desarrollo. Idénticas
actitudes proliferaron cuando se desarrolló la
tecnología para la utilización del petróleo como
fuente energética fundamental a partir de comienzos
del siglo veinte. En todos estos casos las ilusiones
se desvanecieron con el paso del tiempo, de ahí la
oportuna parafrasis del conocido libro de Sigmund
Freud, El porvenir de una ilusión. ¿Será diferente
esta vez?
No parece. En este trabajo
trataremos de aportar algunos elementos que nos
permitan elaborar un balance realista del asunto.
Energía y capitalismo: la
"segunda vuelta" de la mercantilización.
Una discusión como esta no
puede hacerse al margen de la caracterización del
modo de producción en el cual se va a utilizar, o se
utiliza, un determinado energético. Sociedades
precapitalistas ya conocían el petróleo que afloraba
en depósitos superficiales y lo utilizaban para
fines no comerciales, como la impermeabilización de
los cascos de madera de las embarcaciones o de
productos textiles, o para la iluminación mediante
antorchas. De ahí su nombre primitivo: "aceite de
piedra" (petróleo), un ventajoso reemplazo del
aceite de ballena o las velas de sebo que por
entonces se empleaban. Posteriormente se lo utilizó
como combustible de las lámparas y sólo a partir de
finales del siglo diecinueve -luego de los
descubrimientos de grandes yacimientos en
Pennsylvania, Estados Unidos, y de los desarrollos
tecnológicos impulsados por la generalización del
motor de combustión interna- el petróleo se
transformó en el energético por excelencia llamado a
presidir el paradigma energético del siglo veinte.
La peculiaridad del
capitalismo es la de ser el único sistema en la
historia de la humanidad dominado por una tendencia
internamente incontenible hacia la mercantilización
de todos los aspectos y componentes de la vida
social. Su historia es la historia de la progresiva
ampliación del rango de bienes y actividades
incorporadas a la lógica mercantil. La energía
requerida para el sostenimiento de la vida no escapó
a ese destino y, por eso mismo, es concebida como
una mercancía más. Tal como lo advirtiera
reiteradamente Marx, especialmente en uno de los
Prefacios a El Capital, esto no ocurre debido a la
perversidad o insensibilidad de este o aquél
capitalista individual sino que es consecuencia de
la lógica del proceso de acumulación que tiende a la
incesante "mercantilización" de todos los
componentes, materiales y simbólicos, de la vida
social. De este modo, con su implantación hombres y
mujeres fueron reducidos a la condición de meros
portadores de la "fuerza de trabajo", una mercancía
estratégica e irreemplazable por su papel en la
generación de la plusvalía. El proceso de
mercantilización no se detuvo en los humanos y
simultáneamente se extendió a la naturaleza: la
tierra y sus productos, los ríos y las montañas, las
selvas y los bosques fueron objeto de su
incontenible rapiña. Los alimentos, por supuesto, no
escaparon de esta infernal dinámica y, en nuestros
días, la entera biodiversidad del planeta se
encuentra sometida a esta "ley de hierro" del
sistema que lo impulsa, en su afán por garantizar su
reproducción, a mercantilizar todo lo existente. Al
igual que el Rey Midas, que convertía en oro todo lo
que tocaba, el capitalismo convierte en mercancía
todo lo que se pone a su alcance.
Pero lo novedoso es que hoy
nos hallamos en presencia de una "segunda vuelta" de
la mercantilización. Si en la primera el capitalismo
transformó a los alimentos requeridos para sostener
la vida humana en mercancías que deben adquirirse en
el mercado, mediante esta "segunda vuelta" se
produce una aberrante desnaturalización de aquellos:
los alimentos son convertidos en energéticos para
viabilizar la irracionalidad de una civilización
que, para sostener la riqueza y los privilegios de
unos pocos, incurre en una brutal ataque al medio
ambiente y a las condiciones ecológicas que
posibilitaron la aparición de la vida en la Tierra.
Entre ellas, la posibilidad de proveerse de comida.
La transformación de los
alimentos en energéticos constituye un acto
monstruoso mediante el cual se viola la naturaleza
misma de un bien, en este caso los alimentos, y se
lo convierte, en virtud de complejos procesos
tecnológicos, en uno de naturaleza totalmente
distinta. Se acentúa de este modo el proceso de
alienación, de extrañamiento, del hombre y la mujer
con el entorno natural que hizo posible la aparición
de la especie humana en este planeta. A la
alienación propia de la "primera vuelta" de la
mercantilización, aquella por la cual el productor
directo fue separado del producto de su trabajo, se
añade ahora una segunda que metamorfosea un fruto de
la tierra para convertirlo en otra cosa. Así, la
caña de azúcar o el maíz dejan de ser alimentos para
el consumo humano y se transforman en fuentes
energéticas alternativas al petróleo. ¿Quién podría
asegurar que, en un futuro tal vez no demasiado
lejano, los ideólogos y administradores del imperio
no propongan la utilización de seres humanos como
fuentes de energía alternativa? Algo de eso quedó
siniestramente prefigurado en los campos de
exterminio de Hitler. La lógica de la
mercantilización universal e incesante del
capitalismo nos obliga a ponernos en guardia ante
esa posibilidad.
En otras palabras, mediante
esta "segunda vuelta" de la mercantilización el
capitalismo se dispone a practicar una masiva
eutanasia de los pobres y, muy especialmente, de los
pobres del Sur pues es allí donde se encuentran las
mayores reservas de la biomasa del planeta requerida
para la fabricación de los biocombustibles. Por más
que los discursos oficiales aseguren que no se trata
de optar entre alimentos y combustibles la realidad
demuestra que esa y no otra es precisamente la
alternativa: o la tierra se destina a la producción
de alimentos o a la fabricación de biocombustibles.
Veremos a continuación algunas de las falacias con
que se pretende edulcorar esta mortífera opción y
las consecuencias que se derivan de ella.
La superficie agrícola no
es infinita.
Los entusiastas defensores
del biocombustible dicen que su producción de
ninguna manera perjudicará la alimentación de
quienes deban producirla. Tanto Bush como Lula lo
aseguraron al concretar su alianza energética pocas
semanas atrás. Pero la realidad es muy diferente.
Examinemos, para ello, los datos que aporta la FAO
sobre el tema de la superficie agrícola y el consumo
de fertilizantes. (Ver Tabla I en el Apéndice de
este trabajo)
Las principales enseñanzas
que deja esta tabla son las siguientes:
a) La superficie agrícola
per cápita en el capitalismo desarrollado es casi el
doble de la que existe en la periferia
subdesarrollada: 1.36 hectáreas por persona en el
Norte contra 0.67 en el Sur, lo que se explica por
el simple hecho de que la periferia subdesarrollada
cuenta con cerca del 80 % de la población mundial.
b) Existen, por supuesto,
importantes variaciones nacionales detrás de estos
grandes promedios. En el caso latinoamericano vemos
que países como Argentina, Bolivia y Uruguay se
ubican muy por encima de los promedios de los países
desarrollados mientras que otros, como Brasil, se
encuentra muy levemente por encima de dicho
guarismo. Resulta evidente que este país, el pilar
más importante en el Sur de la estrategia de los
biocombustibles, deberá destinar ingentes
extensiones de su enorme superficie selvática y
boscosa para poder cumplir con las exigencias del
nuevo paradigma energético. Claro está que el daño
ecológico global que entrañaría la destrucción de la
selva amazónica es de proporciones incalculables,
que afectarán no sólo al Brasil sino a toda la
humanidad. Pero la superficie disponible para tamaño
desatino está allí. [1]
c) Especial atención
merecen las cifras relativas a la China y la India,
que en su conjunto representan alrededor de la
cuarta parte de la población del planeta. Con 0.44 y
0.18 hectáreas por persona respectivamente, la
expansión de estos dos colosos económicos y su
creciente demanda de alimentos va a intensificar
extraordinariamente la presión sobre los países con
capacidad para producirlos, exasperando la tensión
entre asignación de tierras para la producción de
alimentos o la producción de bioenergéticos.
d) Los dos países más
poblados de América Latina, Brasil y México, que en
conjunto suman poco más de trescientos millones de
habitantes, muestran una magnitud de hectáreas per
cápita comparativamente baja habida cuenta su
volumen poblacional.
e) Un sombrío espejo de lo
que le aguarda a nuestros países en caso de
prosperar la iniciativa energética Bush/Lula puede
observarse en el mundo del Caribe. Las pequeñas
naciones antillanas, tradicionalmente dedicadas al
monocultivo de la caña de azúcar muestran con
elocuencia los efectos erosionantes de la misma,
ejemplificado en el extraordinario consumo por
hectárea de fertilizantes que se requiere para
sostener la producción. Si en los países de la
periferia la cifra promedio es de 109 kilogramos de
fertilizantes por hectárea (contra 84 en los
capitalismos desarrollados), en Barbados es de
187.5, en Dominica 600, en Guadalupe 1.016, en Santa
Lucía 1.325 y en Martinica 1.609. Como veremos más
abajo, quien dice fertilizantes dice consumo
intensivo de petróleo, de modo que la tan mentada
ventaja de los agroenergéticos para reducir el
consumo de hidrocarburos parece ser más ilusoria que
real.
Incluir la tabla del
Apéndice aquí
Para resumir: los datos
sobre la superficie agrícola mundial desmienten el
argumento de los partidarios del etanol y el
biodiesel en el sentido de que la producción de
dichos elementos no afectará la producción de
alimentos. Tal como lo demuestra un reciente estudio
la utilización de la totalidad de la superficie
agrícola de la Unión Europea apenas alcanzaría a
cubrir el 30 por ciento de las necesidades actuales
-¡no las futuras, previsiblemente mayores!- de
combustibles. Producir apenas el 5.75 por ciento de
los agrocombustibles exigidos para combinar con las
naftas en fecha próxima requerirá de los países
europeos destinar a ese sólo fin el 20 por ciento de
la superficie dedicada al cultivo de granos. [2] Lo
mismo cabe decir en relación a la economía de los
Estados Unidos, puesto que para satisfacer la
demanda actual de combustibles fósiles sería
necesario destinar a la producción de
agroenergéticos el 121 por ciento de toda la
superficie agrícola de ese país. [3] Como indica
otro estudio, a pesar de destinar una quinta parte
de la cosecha de maíz norteamericana a la producción
de etanol en el 2006, este esfuerzo apenas si sirvió
para suministrar tan sólo el 3% de la demanda de
combustible de los Estados Unidos. [4] Tal como lo
plantea Miguel Angel Llana, dado que una hectárea
"produce una tonelada bruta de bioetanol o bíodiesel
… haciendo una estimación muy generosa, para
sustituir el consumo de petróleo y gas
necesitaríamos casi cuatro veces (3,91) la
superficie mundial dedicada a cultivos y pastos,
aunque la mayoría de los suelos no podrían
utilizarse por ser inadecuados o de mala calidad.
Para centrar el problema, si quisiéramos sustituir
sólo el 5 % del consumo de petróleo y gas,
necesitaríamos sacrificar el 20 % de la superficie
agrícola total de cultivos y pastos, pero si nos
referimos sólo a la superficie de cultivos, este 5 %
requeriría disponer del 64 % de la tierra cultivable
disponible en el mundo." [5]
En consecuencia, la oferta
de agrocombustibles tendrá que proceder del Sur, de
la periferia pobre y neocolonial del capitalismo.
Las matemáticas no mienten: ni los Estados Unidos,
ni la Unión Europea, y tampoco la China o la India,
tienen tierras disponibles para sostener al mismo
tiempo un aumento de la producción de alimentos y
una expansión en la producción de agroenergéticos.
Lamentablemente, estamos en una situación muy
próxima a lo que en teoría de los juegos se denomina
de "suma-cero". Muy próxima porque, es cierto, la
deforestación del planeta, sobre todo de su gran
reserva amazónica, podría ampliar (aunque sólo por
un tiempo) la superficie apta para el cultivo. Pero
eso sería tan sólo por unas pocas décadas, a lo
sumo. Esas tierras luego se desertificarían y la
situación quedaría peor que antes, exacerbando aún
más el dilema que opone la producción de alimentos a
la de etanol o bíodiesel.
Alimentos más caros, para
una población mundial que padece el hambre.
De lo anterior se deduce
que la lucha contra el hambre –y hay unos dos mil
millones de personas que padecen hambre en el mundo-
se verá seriamente perjudicada por la expansión de
la superficie sembrada para la producción de
agroenergéticos. Los países en donde el hambre es un
flagelo universal atestiguarán la rápida
reconversión de la agricultura tendiente a abastecer
la insaciable demanda de energéticos que reclama una
civilización montada sobre el uso irracional de los
mismos, cualesquiera que sean sus fuentes, sean
estos los hidrocarburos como los alimentos. El
resultado no puede ser otro que el encarecimiento de
los alimentos y, por lo tanto, el agravamiento de la
situación social de los países del Sur. Por eso al
comentar la reunión del presidente George W. Bush
con los gerentes de las tres más grandes empresas
automovilísticas estadounidenses, el Comandante
Fidel Castro Ruz decía que, en esa ocasión, "la idea
siniestra de convertir los alimentos en combustible
quedó definitivamente establecida como línea
económica de la política exterior de Estados Unidos
el pasado lunes 26 de marzo" condenando "a muerte
prematura por hambre y sed a más de tres mil
millones de personas" en todo el mundo. Fidel
reconoce, en dicho comentario, que lejos de ser
exagerada esta cifra es cautelosa. Además, cada año
se agregan 76 millones de personas a la población
mundial, personas que, como es obvio, demandarán
alimentos que serán cada vez más caros y estarán
fuera de su alcance. Se trata, en el fondo, de un
genocidio silencioso. Diversos estudios realizados
por autores de muy distinta orientación ideológica
abonan esta interpretación.
Así, en México, la
reorientación de los cultivos de maíz para su
exportación hacia los Estados Unidos para la
fabricación del etanol ocasionó un desorbitado
aumento en el precio de ese producto, ingrediente
esencial de la tortilla, la principal fuente de
alimentación de la población mexicana. Lester Brown,
de The Globalist Perspective, pronosticaba hace
menos de un año que los automóviles absorberían la
mayor parte del incremento en la producción mundial
de granos en el 2006. De los 20 millones de
toneladas sumadas a las existentes en el 2005, 14
millones se destinaron a la producción de
combustibles y sólo 6 millones de toneladas para
satisfacer la necesidad de los hambrientos. Este
autor asegura que el apetito mundial por
combustibles para los automóviles es insaciable.
Dijo además que "los granos requeridos para llenar
con biocombustibles un tanque de unos 95 litros de
gasolina servirían para alimentar a una persona
durante un año. Los granos requeridos para llenar
ese mismo tanque cada dos semanas durante un año
alimentarían a 26 personas." Se prepara, concluía
Brown, un escenario en el cual deberá necesariamente
producirse un choque frontal entre los 800 millones
de prósperos propietarios de automóviles y los
consumidores de alimentos. [6] En un mundo sediento
de energía el plan Bush-Lula hace que el precio de
los hidrocarburos se convierta en el referente de
casi cualquier tipo de producto agrícola, y que cada
vez que el precio de la comida descienda por debajo
del precio de los hidrocarburos los mercados
reorienten la oferta y conviertan al grano en
combustible en lugar de alimento.
El demoledor impacto del
encarecimiento de los alimentos, que se producirá
inexorablemente en la medida en que la tierra pueda
ser utilizada para producirlos o para producir una
commodity susceptible de ser transformada en
carburante, fue también demostrado en la obra de C.
Ford Runge y Benjamin Senauer, dos distinguidos
académicos de la Universidad de Minnesota (no
precisamente un think tank de la izquierda global)
en un artículo publicado en la edición en lengua
inglesa de la revista Foreign Affairs y cuyo título
lo dice todo: "El modo en que los biocombustibles
podrían matar por inanición a los pobres." [7] En
este trabajo los autores sostienen que "en los
Estados Unidos, el crecimiento de la industria del
biocombustible ha dado lugar a incrementos no sólo
en los precios del maíz, las semillas oleaginosas y
otros granos, sino también en los precios de los
cultivos y productos que al parecer no guardan
relación. El uso de la tierra para cultivar el maíz
que alimente las fauces del etanol está reduciendo
el área destinada a otros cultivos. Los procesadores
de alimentos que utilizan cultivos como los
guisantes y el maíz tierno se han visto obligados a
pagar precios más altos para mantener los
suministros seguros; costo que a la larga, pasará a
los consumidores. El aumento de los precios de los
alimentos también está golpeando las industrias
ganaderas y avícolas. … (L)os costos más altos de
los alimentos han provocado la caída abrupta de los
ingresos, en especial en los sectores avícola y
porcino. Si los ingresos continúan disminuyendo, la
producción también lo hará y aumentarán los precios
del pollo, pavo, cerdo, leche y huevos." [8] Pero
nuestros autores advierten que los efectos más
devastadores de la suba del precio de los alimentos
se sentirán especialmente en los países del Tercer
Mundo. La fiebre de los bioenergéticos y los
elevados precios del petróleo, que sólo por
excepción y por poco tiempo podrían bajar, golpearan
con fuerza a los países más pobres que ni disponen
de petróleo ni son soberanos desde el punto de vista
de la alimentación. "Según datos de la FAO"
–explican Ford Runge y Senauer- "la mayoría de los
82 países de bajos ingresos afectados por el déficit
de alimentos también constituyen importadores netos
de petróleo."
El resultado de estas
tendencias prefigura un holocausto social de
formidables proporciones: por cada incremento del 1
% en el precio de los alimentos básicos se agregan
16 millones de personas al grupo de quienes pasan
hambre. De ser así, y todo indica que los precios de
los alimentos aumentarán significativamente en los
próximos años, el cálculo más conservador que hacen
estos autores es que para "el 2025 podría haber mil
doscientos millones de personas hambrientas" que se
sumarían a los que ya padecían tales privaciones
antes de la subida de los precios. Y, tal como lo
afirman, en línea con la denuncia de "genocidio de
los pobres" expresada por Fidel, "algunos caerán del
borde de la subsistencia al abismo de la inanición y
muchos más morirán a causa de una multitud de
enfermedades relacionadas con el hambre."
La "coartada verde."
Pese a lo anterior, tanto
Bush como Lula se encargaron de difundir una versión
edulcorada de su siniestro acuerdo. El recurso a los
agrocarburantes no es otra cosa que la respuesta
racional ante el cambio climático y la necesidad,
ahora impostergable, de preservar el medio ambiente.
"Todos nosotros sentimos la obligación de ser buenos
guardianes del medio ambiente", declaró Bush en su
discurso oficial en Brasil, mientras que Lula decía
que confiaba en que la explotación de la biomasa
sería capaz de generar un desarrollo sustentable en
América del Sur, Centroamérica y el Caribe, y en
África." [9] De este modo, un presidente como Bush,
que siguiendo la tradición política de su país jamás
aceptó las recomendaciones destinadas a preservar el
medio ambiente y que boicoteó hasta donde pudo los
acuerdos de Kyoto se convierte, de la noche a la
mañana, en un acérrimo ecologista. ¿Es creíble
semejante conversión? No, definitivamente no.
Tampoco es creíble Lula, si se tiene en cuenta la
indiferencia, o impotencia, de su gobierno ante la
destrucción de la selva amazónica y su subordinación
ante los poderosos intereses del agribusiness,
instalados gracias su decisión en las más altas
esferas de Brasilia.
Más allá de ello, el plan
Bush-Lula nos habla de agrocombustibles capaces de
producir una energía limpia y, además, renovable.
¿Qué hay de cierto en ello? Nada. Se trata de una
alternativa energética que también contamina el aire
y el agua, que desertifica, que obliga al uso
intensivo de maquinarias, fertilizantes y
pesticidas. Como lo recuerdan unos colegas del
Brasil, "un estudio de la Oficina Belga de Asuntos
Científicos demuestra que el bíodiesel provoca más
problemas de salud y de medio ambiente porque crea
una polución más pulverizada y libera más
contaminantes que destruyen la capa de ozono." [10]
Estimaciones diversas acerca de los requerimientos
hídricos del etanol demuestran que, según los suelos
y el tipo de cultivo del cual se extrae, cada litro
de este carburante consume entre cuatro y doce
litros de agua. Si se tiene en cuenta que, tal como
lo recuerda el líder cubano, "según las estadísticas
del Consejo Mundial del Agua se estima que para el
2015 el número de habitantes afectados (por la falta
de agua) se eleve a 3.500 millones de personas"
comprobaremos que cualquier tipo de cultivo que
requiera cantidades suplementarias de agua no hará
sino agravar el panorama ecológico y social del
planeta a mediano plazo.[11]
En relación al argumento de
la supuesta benignidad de los agrocombustibles,
Víctor Bronstein, profesor de la Universidad de
Buenos Aires, ha demostrado que:
a) No es verdad que los
biocombustibles sean una fuente de energía renovable
y perenne, dado que los factores cruciales en el
crecimiento de las plantas no es la luz solar sino
la disponibilidad de agua y las condiciones
apropiadas del suelo. Si no fuera así, dice
Bronstein, podría producirse maíz o caña de azúcar
en el desierto de Sahara. Por lo tanto, los efectos
de la producción a gran escala de los
biocombustibles serán devastadores.
b) No es cierto que no
contaminan. Si bien el etanol produce menos
emisiones de carbono, el proceso de su obtención
contamina la superficie y el agua con nitratos,
herbicidas, pesticidas y desechos, y el aire con
aldehídos y alcoholes que son cancerígenos. El
supuesto de un combustible "verde y limpio" es una
falacia.
c) No es cierto que se
libera de la dependencia de los combustibles
fósiles. La producción de etanol sólo puede
reemplazar un pequeño porcentaje del consumo
mundial. En Brasil, el presidente Bush habló de
generar un mercado mundial para el bioetanol, pero
toda la producción de Brasil sólo representa menos
del 3 por ciento de los 680 mil millones de litros
por año de nafta y gasoil que consume Estados
Unidos. Se omite, además, que para la producción de
los bioenergéticos se requiere una utilización
intensiva de maquinarias pesadas, transportes,
herbicidas y pesticidas, todo lo cual supone un
aumento en la utilización del petróleo y sus
derivados.
d) Más allá de los análisis
económicos sobre la rentabilidad del bioetanol,
desde el punto de vista energético la energía neta
que se obtiene es apenas positiva o incluso
negativa. Una de las razones por las cuales el mundo
usa cada vez más cantidades de petróleo, asegura
Bronstein, es precisamente porque el "oro negro"
tiene, por comparación con otros carburantes, una
alta tasa de retorno energético. No hay otra fuente
de energía que contenga tanta energía por unidad de
volumen y de peso como el petróleo.
La conclusión a que arriba
este estudioso es que "la producción de
biocombustibles a gran escala es una nueva falacia
que provocará aumento en los precios de los
alimentos, disminuirá la fertilidad de los suelos y
no solucionará el problema energético mundial que se
avecina provocado por el alto consumo energético de
los países desarrollados y la incorporación de China
e India a la civilización industrial."[12]
La imposición de cultivos
orientados hacia la producción de combustibles en el
Sur Global hará que grandes plantaciones de caña de
azúcar, palma africana y soja acaben con bosques y
pastizales en países como Brasil, Argentina,
Colombia, Ecuador y Paraguay. El cultivo de soja,
por ejemplo, ha causado ya la deforestación de 21
millones de hectáreas de bosques en Brasil, 14
millones de hectáreas en Argentina, 2 millones en
Paraguay y 600.000 en Bolivia. En respuesta a la
presión –y los incentivos- del mercado global,
próximamente se espera que sólo en Brasil la
deforestación alcance una cifra adicional de 60
millones de hectáreas. [13]
Los oligopolios del
agronegocios: grandes ganadores de un juego
siniestro.
A esta altura ya queda en
evidencia la irracionalidad de la propuesta de los
biocombustibles y su carácter ilusorio: no hay
superficie agrícola en todo el planeta capaz de
aportar los sustitutos agrocarburantes exigidos por
el fenomenal derroche de hidrocarburos en que, para
satisfacción y rentabilidad de los grandes
oligopolios ligados a la energía, se encuentra
inmersa la civilización capitalista. Promover esta
"revolución mundial" -para usar la ampulosa
expresión utilizada por el Subsecretario de Asuntos
Políticos del Departamento de Estado, Nicholas Burns-
curiosamente liderada por Estados Unidos y Brasil
exigiría de las clases dominantes del capitalismo
global y sus aliados en la periferia la
determinación para incurrir en un holocausto social
y ecológico de proporciones desconocidas en la
historia.[14] Esto no quiere decir que Washington no
lo intente, pero nos parece que sus chances de éxito
son igual a cero. Por otra parte, el gobierno de
Brasil no podría soportar sino por poco tiempo la
protesta social que se desencadenaría si el país se
embarcase en una política que intensificaría la
explotación y exclusión de las masas campesinas,
empobrecería a grandes segmentos de la sociedad
brasileña y ocasionaría un daño irreparable al medio
ambiente.
En el ya mencionado trabajo
de Bronstein se recuerda que esta suerte de "fuga
hacia adelante" no es nueva en la política de la
Casa Blanca. En efecto, después de la primera gran
crisis petrolera estallada en 1973 el presidente
Richard Nixon encargó al Departamento de Energía la
elaboración de una propuesta que alentara la
creación de fuentes alternativas, principalmente
mediante la utilización del hidrógeno. Dice nuestro
autor que "en 1974, el presidente Nixon lo anunció
como el Proyecto Independencia afirmando … que ‘para
el fin de esta época (1990) habremos desarrollado
nuevas formas de energía para no depender de ninguna
fuente energética extranjera’. Hoy, treinta años
después, el hidrógeno sigue siendo sólo un proyecto.
En 1979, en el marco de otra crisis petrolera, el
presidente Carter hizo un llamado a un ‘acuerdo
nacional para la energía solar’, con el objetivo de
que para el año 2000 el 20 por ciento de la energía
de Estados Unidos fuera generada por algún tipo de
energía solar. Hoy, la energía solar representa
menos del 0,5 por ciento de la energía total
generada." [15]
Pese a estos fracasos,
tales iniciativas depararon jugosas ganancias para
las grandes transnacionales del ramo. Es por eso
que, tal como lo demuestran Edivan Pinto, Marluce
Melo y Maria Luisa Mendonça, la ilusoria expectativa
generada por los biocarburantes despierta el
entusiasmo de firmas como Monsanto, Syngenta, Dupont,
Dow, Bayer, BASF, empresas éstas que producen
cultivos transgénicos y que están efectuando grandes
inversiones en el sector de los biocombustibles y
forjando alianzas y acuerdos de cooperación con
otras transnacionales de la industria alimenticia
como Cargill, Archer, Daniel Midland, Bunge, que
dominan el comercio mundial de cereales.[16] Esta
observación se ratifica por el análisis de Eric Holt-Giménez,
de la organización Food First, quien asegura que "(l)os
tres grandes (ADM-Cargill-Monsanto) están forjando
su imperio: ingeniería
genética-procesamiento-transporte, alianza que va a
amarrar la producción, el procesamiento y la venta
del etanol. (ADM ya se está devorando a las
cooperativas de agricultores que producen
bioenergéticos.) Ninguna de estas compañías ha
compartido sus ganancias producto de la agricultura
con los agricultores. Por el contrario, Monsanto
está demandando a los agricultores gringos por más
de 15 millones de dólares por guardar su semilla.
Las tres corporaciones han estado implicadas en
actividades ilegales. Es difícil creer que los
agricultores serán beneficiados cuando el poderoso
trío controla las semillas transgénicas, la
tecnología de procesamiento, y el transporte del
maíz y los bioenergéticos." [17] Según este mismo
autor otras gigantescas empresas del sector de
agronegocios, como las arriba mencionadas, así como
las grandes petroleras y las automotrices están
forjando una alianza inédita con sus ojos puestos en
las fabulosas ganancias que, con las complicidad de
algunos gobiernos del Sur, esperan obtener con los
biocombustibles. [18]
El fenómeno de la
concentración monopólica en los agronegocios alcanzó
dimensiones colosales. Tal como lo reseña Igor
Felippe Santos, hace apenas veinticinco años había
7.000 firmas en la economía mundial que producían
semillas para los agricultores. En la actualidad,
tan sólo diez empresas controlan la mitad del
mercado mundial, y Monsanto, Syngenta y Dupont
controlan el 30 % de todas las ventas.[19] El
resultado: bajos precios para los agricultores,
sobre todos los pequeños, que tanto en los Estados
Unidos como en la Unión Europea sólo
excepcionalmente reciben subsidios significativos, y
altos precios para los consumidores. Son
precisamente esos grandes oligopolios los más
entusiastas partidarios del acuerdo Bush-Lula. Por
algo será.
Los intereses estratégicos
de Estados Unidos
Es indudable que esta
perversa iniciativa responde a un diseño estratégico
global en el cual lo último que le preocupa a la
Casa Blanca es el combate al cambio climático y el
recalentamiento global. El interés objetivo, que se
asoma con nitidez por detrás de la retórica del eje
Washington y Brasilia, es doble. Por una parte,
reducir la dependencia de los Estados Unidos del
suministro de petróleo importado desde
(a) países que se deslizan
irremediablemente hacia un creciente descontrol
político y militar, como en general toda la zona de
Medio Oriente, la península arábiga, Asia Central y
la cuenca petrolífera del África Occidental. En este
sentido, el desastre de la ocupación iraquí ha
dejado profundas huellas en la Administración Bush,
impulsándola a adoptar políticas como la de los
biocombustibles para resolver por la vía del mercado
y con la colaboración de algunos gobiernos de la
periferia lo que no logró resolver por la vía
político-militar;
(b) desde países como
Venezuela e Irán, abiertamente antagónicos a las
políticas promovidas por la Casa Blanca y que ésta
procura aislar apelando a todos los medios a su
alcance y, de ser posible, derrocar instalando en su
lugar gobiernos clientes que acepten la activa
sumisión al dominio imperialista.
Pero el segundo objetivo es
aún más político y, particularmente en el caso de
América Latina y el Caribe: producido el fracaso del
ALCA el imperialismo ha avanzado en la elaboración
de tratados bilaterales de "libre comercio." Pero el
éxito de esta iniciativa tropieza con la creciente
gravitación de Hugo Chávez y la Revolución
Bolivariana en el continente. La creación de un
sustituto de los hidrocarburos a partir del
agrocombustible lesionaría irreparablemente las
bases objetivas del poder de Chávez y, por
extensión, de Evo Morales y Rafael Correa, al paso
que el radical debilitamiento del primero, o su
simple y llana eliminación, repercutiría
negativamente sobre la Revolución Cubana, cuyo
"cambio de régimen" es uno de los objetivos más
largamente acariciados por la derecha norteamericana
desde el momento en que el 26 de Julio derrotara a
Batista el 1° de Enero de 1959. Como observa Raúl
Zibechi, los biocombustibles serían utilizados
también para sabotear la integración regional en
Sudamérica –recordar que, como repite el presidente
Hugo Chávez, "el petróleo es un instrumento esencial
para la integración de América Latina y el Caribe"-
y postergar indefinidamente otras obras e
iniciativas tan importantes e intolerables para el
imperio como el Gasoducto del Sur y el Banco del
Sur. No es un dato irrelevante que entre los
principales promotores de la Comisión Interamericana
de Etanol, lanzada en Diciembre del 2006, en Miamia,
"figuran dos personajes claves: Jebb Bush, ex
gobernador de Florida, a quien muchos acusan del
fraude electoral que facilitó el acceso de su
hermano a la presidencia en 2000; y el brasileño
Roberto Rodrigues, presidente del Consejo Superior
de Agronegocios de San Pablo y ex ministro de
Agricultura en los primeros cuatro años del gobierno
de Lula. Rodrigues fue el hombre del agronegocios en
el gobierno brasileño, y está dispuesto a deforestar
la Amazonia y a expulsar a millones de campesinos de
sus tierras para acelerar la acumulación de capital.
Los brasileños votaron por Lula, no por el tándem
Bush-Rodrigues", termina recordando Zibechi.[20]
De resultar exitosa esta
operación los beneficios para los Estados Unidos
serían enormes. Por una parte lograría una autonomía
energética impensable hasta hace poco. Ya hemos
visto que esto es una ilusión, pero las ilusiones de
los emperadores suelen estar en la base de
gravísimas penurias y sufrimientos para las
poblaciones convertidas en sus víctimas. La "guerra
infinita" de Bush es un ejemplo muy claro de los
bárbaros efectos de una ilusión. El espejismo de los
biocombustibles puede ser aún más letal para
nuestros pueblos. Por otra parte, la "resatelización"
o "recolonización" del Brasil de Lula, lograda sin
concesión alguna en materia de aranceles
proteccionistas erigidos en contra de las
exportaciones brasileñas, sería otro logro de suma
importancia porque serviría para insertar una cuña
entre Brasil y Venezuela, erosionar los vínculos que
hoy se han tejido entre Argentina y Venezuela,
debilitar el MERCOSUR y, como colofón, aislar al
gobierno de la Revolución Bolivariana. Como bien
señala el documento del MST, el triste papel del
Brasil en esta estrategia de Washington sería el del
proveedor de energía barata para que los países
ricos sostengan su derroche. Las consecuencias
domésticas, también señaladas por el MST, serían la
apropiación territorial a manos de grandes
conglomerados oligopólicos, la depredación
medioambiental, la degradación de las condiciones
laborales, una creciente concentración de la riqueza
en uno de los países más injustos del mundo, y una
apropiación monopólica de la tierra, el agua, los
ingresos y el poder.[21]
Es precisamente por todas
estas consecuencias que Joao Pedro Stedile habla, en
nombre del MST, que entre Brasilia y Washington se
ha forjado una "alianza diabólica" que unifica "los
intereses de tres grandes sectores del capital
internacional: las corporaciones petroleras, las
transnacionales que controlan el comercio agrícola y
las semillas transgénicas y las empresas
automovilísticas." ¿Su objetivo? "Mantener el actual
nivel de consumo del primer mundo y sus propias
tasas de beneficio. Para lograrlo, pretenden que los
países del Sur concentren su agricultura en la
producción de combustibles que habrán de servir de
alimento de los motores del primer mundo." [22]
Final con esperanza.
Debemos librar una nueva
batalla. La transformación de la escena agraria ya
ha comenzado, y a un ritmo acelerado. Su
irracionalidad e inviabilidad sociopolítica no
amilana a sus mentores. No les interesa el medio
ambiente sino las fabulosas ganancias que se
avecinan para las multinacionales del agro, las
productoras y comercializadoras de semillas
transgénicas y para las firmas petroleras, que se
alían y compiten simultáneamente para reposicionarse
favorablemente, desde el punto de vista financiero y
político, para la economía del post-petróleo.[23]
En este marco, lo peor que
podrían hacer las fuerzas de izquierda sería negar
la gravedad del problema petrolero, y asumir
irresponsablemente que los hidrocarburos llegaron
para quedarse. Su agotamiento es sólo cuestión de
tiempo. Mientras tanto será necesario desarrollar
nuevas propuestas. La de los agrocombustibles es
inviable y, además, inaceptable ética y
políticamente. Pero no basta con rechazarla. Fidel
nos convoca a pensar e implementar una nueva
revolución energética, pero al servicio de los
pueblos y no de los monopolios y del imperialismo.
Ese es, tal vez, el desafío más importante de la
hora actual.