El caos que deriva del llamado
orden internacional puede ser doloroso si uno es el
blanco o la víctima del poder que determina la
estructura de ese orden. Hasta las tortillas
comienzan a jugar en este esquema.
En fecha reciente, en
varias regiones de México, los precios de las
tortillas ascendieron más del 50 por ciento. En
enero, en Ciudad de México, decenas de miles de
trabajadores y campesinos realizaron una
demostración en el Zócalo, la plaza central de la
ciudad, para protestar por el alto costo de las
tortillas. En respuesta, el gobierno de Felipe
Calderón llegó a un acuerdo con productores y
minoristas para limitar el precio de las tortillas y
de la harina de maíz, muy probablemente una solución
temporal.
El alza de precios amenaza
el producto principal de comida de los trabajadores
y los pobres mexicanos. Forma parte de lo que
podríamos llamar el efecto etanol, consecuencia de
la estampida de Estados Unidos hacia el etanol
basado en el maíz como un sustituto del petróleo,
cuyas más importantes fuentes, por supuesto, están
en regiones que desafían con más ahínco el orden
internacional.
También en Estados Unidos
el efecto etanol ha aumentado el precio de la comida
en una amplia gama, incluyendo otras cosechas, la
ganadería y las aves de corral.
La conexión entre la
inestabilidad en el Medio Oriente y el costo de
alimentar a una familia en Estados Unidos no es
directa, por supuesto. Pero como en todo comercio
internacional, el poder inclina la balanza. Una meta
principal de la política exterior de Estados Unidos
por largo tiempo ha sido crear un orden global en el
cual las corporaciones norteamericanas tengan libre
acceso a los mercados, recursos y oportunidades de
inversiones. El objetivo es comúnmente llamado
"libre comercio", una posición que cuando se la
examina, colapsa rápidamente.
No es diferente a lo que
Gran Bretaña, una predecesora en la dominación
mundial, imaginó durante la última parte del siglo
XIX, cuando adoptó el libre comercio, después de que
150 años de intervención estatal y violencia habían
ayudado a la nación a conseguir un poder industrial
mucho más grande que el de cualquiera de sus
rivales.
Estados Unidos ha seguido
en gran parte el mismo modelo. Generalmente, las
grandes potencias se muestran deseosas de entrar en
cierto grado limitado de libre comercio cuando están
convencidas de que a los intereses económicos bajo
su protección les va a ir bien. Ese ha sido, y sigue
siendo, un atributo primario del orden
internacional.
El auge del etanol sigue el
modelo. Como lo indican los expertos en agricultura
C. Ford Runge y Benjamin Senauer en Foreign Affairs,
"la industria del biocombustible ha estado por largo
tiempo dominada no por fuerzas del mercado sino por
la política y el interés de unas pocas empresas
grandes", en especial Archer Daniels Midland, el
productor más importante de etanol.
La producción de etanol es
factible gracias a subsidios estatales sustanciales
y a tarifas muy altas para excluir un etanol
brasileño basado en azúcar, mucho más barato y más
eficaz.
En marzo, durante el viaje
a Latinoamérica de George W. Bush, el único logro
fue un acuerdo con Brasil para la producción
conjunta de etanol.
Pero Bush, al mismo tiempo
que declamaba la retórica del libre comercio para
los otros a la manera convencional, enfatizaba que
las altas tarifas para proteger a los productores de
Estados Unidos se mantendrían, por supuesto, junto
con las muchas formas de subsidios del gobierno para
la industria.
Pese a los enormes
subsidios a la agricultura, financiados por los
contribuyentes, los precios del maíz y las tortillas
han estado subiendo con gran rapidez. Un factor es
que los usuarios industriales de maíz importado de
Estados Unidos comienzan a adquirir las variedades
mexicanas más baratas usadas para las tortillas,
aumentando los precios.
El Tratado de Libre
Comercio (TLC) de 1994, patrocinado por Estados
Unidos, también puede jugar un rol significativo,
que probablemente aumentará. El impacto del tratado
fue inundar a México con exportaciones de
agroempresas fuertemente subsidiadas, desalojando de
sus tierras a productores mexicanos.
El economista mexicano
Carlos Salas ha demostrado que después de un aumento
estable hasta 1993, el empleo en la agricultura
comenzó a declinar cuando el TLC entró en vigencia,
principalmente entre los productores de maíz, una
consecuencia directa del tratado, concluyen él y
otros economistas. Una sexta parte de la fuerza
mexicana de trabajo en la agricultura ha sido
desplazada durante los años del TLC, y el proceso
continúa. Eso reduce los salarios en otros sectores
de la economía y propulsa la emigración hacia los
Estados Unidos.
Max Correa, secretario
general del grupo Central Campesina Cardenista,
estima que "por cada cinco toneladas adquiridas a
productores extranjeros, un campesino se vuelve
candidato para emigrar".
Tal vez sea más que una
coincidencia que el presidente Bill Clinton
militarizara la frontera mexicana, previamente
bastante abierta, en 1994, junto con la
implementación del TLC.
El régimen de "libre
comercio" conduce a México del autoabastecimiento de
comida hacia la dependencia de las exportaciones de
Estados Unidos. Y a medida que el precio del maíz
aumenta en los Estados Unidos, estimulado por el
poder de las corporaciones y la intervención
estatal, uno puede anticipar que el precio de las
materias primas puede continuar aumentando de manera
drástica en México.
Cada vez más, los
biocombustibles posiblemente van a "hacer pasar
hambre a los pobres" alrededor del mundo, según
Runge y Senauer, en la medida en que las materias
primas sean convertidas en producción de etanol para
los privilegiados —el casabe en el África
subsahariana, para tomar un ejemplo ominoso.
Mientras tanto, en el
sudeste asiático, las selvas tropicales son taladas
y quemadas para obtener aceite de palma destinado al
biocombustible, y hay también en los Estados Unidos
amenazantes efectos en el medio ambiente a raíz de
la producción del etanol basado en el maíz.
El alto precio de las
tortillas y otros crueles caprichos del "orden
internacional" ilustra la interconexión de los
eventos, del Medio Oriente al Midwest, la región
central de Estados Unidos, y la urgencia para
establecer comercios basados en acuerdos
verdaderamente democráticos entre las personas, y no
en intereses cuyo hambre principal es por ganancias
para las corporaciones protegidas y subsidiadas por
un estado que dominan ampliamente, cualquiera sea el
costo humano.