Es evidente que la semana
pasada el Buen Dios descubrió que no había tanta
gente que hubiera leído la clásica explicación de
Hyman Minsky (1) sobre la manera en que los ciclos
financieros terminan en un esquema Ponzi, la fase en
la que los bancos mantienen el auge económico por la
vía de tomar de sus clientes el dinero necesario
para pagar los intereses y, así, evitar la
bancarrota. De modo, pues, que el Señor envió a
Bernie Madoff para que acaparara las noticias por
una semana y diera a los medios de comunicación de
masas la oportunidad de familiarizar a los lectores
de periódicos y a los televidentes con el
funcionamiento concreto de los esquemas Ponzi. Lo
que el señor Madoff hizo fue, en substancia, lo que
el conjunto de la economía ha venido haciendo bajo
un heterónimo de camuflaje: "creación de riqueza".
Que los medios de
comunicación fueran capaces de esperar hasta el
colapso financiero de la pasada semana, antes de
proporcionar información útil sobre el
funcionamiento de los esquemas Ponzi y su necesidad
de crecimiento exponencial, obedece a una razón muy
sencilla: es que en Norteamérica las malas noticias
financieras no se consideran dignas de comunicación.
Pero Europa ha tenido sus propios movimientos
especulativos, encabezados por España, país que, no
por azar, está experimentando ahora el más
gigantesco estallido de burbuja inmobiliaria jamás
registrado fuera de las economías postsoviéticas.
El caso más digno de
estudio ocurrió hace dos años. El 9 de mayo de 2006,
la policía española registró 21 sedes y oficinas de
Afinsa Bienes Tangibles S.A., el mayor comerciante
de sellos del mundo, y de su competidor, el Fórum
Filatélico. Acusó a 11 hombres de haber levantado un
esquema piramidal que comprendía a 340.000
inversores, casi el 1% de toda la población
española. Representaba uno de los mayores fraudes de
la historia de España.
Cuando los inversores se
retiran de la formación de capital tangible y entran
a comprar sellos postales u otros objetos
coleccionables similares, es que la economía está en
graves dificultades, o que ha perdido su sentido de
las proporciones. A diferencia de la maquinaria y la
tecnología, los sellos no producen bienes y
servicios reales. Hace mucho que fueron impresos y
vendidos por el Estado, y nunca volverán a ser
usados para enviar cartas. Sin embargo, los sellos
de correos se han mostrado como gran vehículo para
la atracción de ahorradores convencidos de que su
adquisición puede generar un crecimiento exponencial
de ingresos, o más técnicamente, de "ganancias de
capital" (si es que podemos estirar el léxico
económico lo bastante como para llamar "capital" a
una colección filatélica).
Si fuera verdad que el
valor nace solamente de la escasez, entonces los
sellos de correos, las monedas y las obras maestras
de la pintura verían casi automáticamente acrecido
el suyo con el transcurso del tiempo. Pero esos
trofeos de la riqueza no promueven el incremento de
la producción, del consumo o de los niveles de vida.
Puesto que los sellos no ganan dinero empleando
trabajo para producir bienes y servicios, las
ganancias de precio con ellos obtenidas no son ni
beneficio ni ganancias de capital, en la acepción
clásica de esos términos. Son lo que los economistas
llaman "ingreso inesperado".
El esquema del negocio
filatélico español parece haber surgido en 2003, el
año en que el gobierno conservador español [de José
María Aznar] desreguló la garantía pública y los
controles gubernamentales sobre los fondos de
inversiones no-financieros. El Grupo Afinsa se hizo
con el control de dos tercios de una empresa
filatélica y de subasta de colecciones de monedas de
Nueva Jersey, la Greg Manning, y la fusionó con la
empresa española de subastas Auctentia para crear
una nueva empresa, Escala, la tercera mayor firma de
subastas del mundo (tras Sotheby’s y Christie’s).
Escala trasladó sus operaciones a Nueva York y
colocó sus acciones en el mercado de valores Nasdaq.
A pesar de la tendencia letárgica del mercado de
valores, los ingresos de la empresa experimentaron
un crecimiento tan acelerado, que en sólo tres años
el precio de sus participaciones se disparó de menos
de 5 dólares hasta 35 dólares, triplicando su valor
sólo en el curso de 2005.
Las compras de Afinsa
representaron el 70% de los beneficios de Escala,
gracias en buena medida al hecho de que, en su
calidad de ser el único suministrador de su casa
matriz española, Escala cargaba sus sellos con un
1.150% adicional, desproporcionadamente por encima
del habitual 25%. Así pues, Afinsa registraba en sus
libros contables por valor de 723 millones de euros
sellos que había pagado a 58 millones de euros, diez
veces más que los valores de catálogo (que están ya,
dicho sea de paso, ficticiamente sobredimensionados,
dado que se hacen públicos, primordialmente, para
beneficio de los comerciantes de sellos, a fin de
dar a entender a sus clientes que están haciendo una
buena compra). Pero, como explicó a un periodista
del Financial Times el presidente de Fórum
Filatélico, Francisco Briones, "era ‘normal’ cargar
a los clientes esos precios inflados, porque los
servicios ofrecidos… incluían la custodia y
conservación de los sellos."
Afinsa pagó su a sus
inversores filatélicos unos intereses anuales de
entre el 6 y el 10 por ciento, quitando de en medio
al grueso de sus competidores, dado que la burbuja
financiera global no dejaba de empujar los intereses
a la baja. (La deuda pública española sólo rendía el
3,5%.) Para ganarse confianza, Afinsa dio a sus
clientes cheques registrados pagaderos en el futuro
por las ganancias prometidas. También prometió
volver a comprar los sellos que vendía al precio
original. Eso daba una apariencia de liquidez a un
mercado filatélico normalmente ilíquido, como los
mercados de bellas artes y otros objetos
coleccionables, en los que comisiones de un 25% para
las casas de subastas son la práctica habitual. Con
estas artimañas se convenció a la mayoría para que
se limitaran simplemente a invertir el dinero en
ulteriores adquisiciones de sellos que la compañía
custodiaba en sus oficinas con el manifiesto
objetivo de su buena conservación.
El dinero fluyó a raudales,
proporcionando a los inversores bursátiles en
acciones de Escala rendimientos mucho mayores que
los que estaban recibiendo normalmente los clientes
que compraban sellos. Como observó un informe de la
prensa, ¿por qué comprar sellos y monedas, si puedes
invertir en empresas que comercian con ellos? Pero
una semana después de las detenciones policiales,
los valores bursátiles de Escala se habían
desplomado a 4 dólares la acción.
La denuncia llegó poco
después de que la empresa aseguradora Lloyd’s, de
Londres, se echara para atrás en una póliza de 1,2
mil millones de euros para asegurar los sellos de
Afinsa, luego de que uno de los expertos de la
aseguradora londinense declarara que, si fuera
verdad que se habían invertido realmente 6 mil
millones de dólares, se habrían comprado varias
veces las existencias de sellos de inversión en todo
el mundo. El hecho de que los precios de los sellos
no reflejara en modo alguno un monto tan
extraordinario de compras significaba que se había
obrado de buena fe en muy pocas de las transacciones
filatélicas realizadas, y que había habido una
enorme sobrefacturación.
Según acabó por
descubrirse, el grueso de los sellos de Afinsa
carecía de valor de inversión. Lo que explicaba la
inexistencia de recibos de las transacciones
realizadas con Escala. La policía halló 10 millones
de euros en billetes de 500 euros al derribar una
pared recientemente levantada en el domicilio
madrileño del principal suministrador de Afinsa,
Francisco Guijarro. Lo que no se pudo encontrar fue
recibo alguno de los sellos pretendidamente
adquiridos. Y a pesar de los notoriamente elevados
sobrecargos en concepto de conservación y custodia
de la colección filatélica, abundaban las
falsificaciones, confirmando las sospechas de
Lloyd’s. Infiriendo que las facturas enviadas por el
señor Guijarro a Afinsa no eran sino una tapadera
para una operación de lavado de dinero, la fiscalía
procedió a acusar a los miembros de la familia y a
los ejecutivos que controlaban Afinsa de
malversación, lavado de dinero, evasión fiscal,
quiebra fraudulenta, abuso de confianza y
falsificación.
Las detenciones trajeron a
la memoria un caso más famoso de fraude en los EEUU,
un fraude, también relacionado con sellos,
perpetrado hace 86 años, en 1920, por Charles Ponzi:
el hombre que pasó a la historia por dar nombre a la
forma Ponzi de los esquemas financieros piramidales.
Se cuenta que llegó a Boston en 1903 con sólo dos
dólares y medio en los bolsillos. Sin apenas hablar
inglés, se empleó en penosas labores. Despedido como
camarero por sisas en la devolución del cambio a los
clientes, pasó a Montreal para convertirse en
asistente de cajero en un banco para inmigrantes
italianos. El banco creció rápidamente por la vía de
ofrecer el doble del habitual 3% de intereses en los
depósitos de ahorro, pero quebró cuando sus
préstamos inmobiliarios empezaron a ir mal. Las
tentativas del banco de causar una buena impresión
en punto a solvencia parecen haber dado a Ponzi la
idea de pagar intereses a partir de los flujos de
nuevos depósitos, en vez de con ingresos reales.
Mientras los clientes tuvieran la sensación de
recibir regularmente los intereses, se mantendrían
tranquilos respecto del balance del principal.
Ponzi fue enviado a una
cárcel canadiense por falsificación, y luego fue
encarcelado en Atlanta por tratar de contrabandear
inmigrantes italianos a los EEUU. Tras su puesta en
libertad, regresó a Boston y consiguió un puesto de
trabajo como vendedor de catálogos de negocios. Un
cliente español le envió a vuelta de correo un cupón
que habilitaba a su tenedor para comprar sellos en
países extranjeros por vía postal, sin necesidad de
usar la moneda nacional para comprar un sello.
Los precios para esos
cupones eran muy anticuados, habiendo sido fijados
en 1907 por la Unión Postal Internacional. La I
Guerra Mundial había alterado drásticamente las
tasas de cambio de divisas, permitiendo a los
compradores pagar una pequeña parte en Gran Bretaña
–o aún menos en Alemania, con una divisa depreciada—
y obtener unos rendimientos filatélicos que
resultaban buenos en los EEUU. El sobrecargo para
esas pequeñas órdenes de compra postal era
considerable. Con un penique norteamericano podían
comprarse sellos extranjeros que podían
reconvertirse en 6 centavos de sellos
estadounidenses, con un beneficio del 500%. El
problema era que se necesitaba un camión de esas
órdenes de compra postal para ganar dinero en serio.
Una inversión de un millón de dólares implicaba
centenares de millones de cupones de un penique, que
luego habría que convertir en sellos para vender
compitiendo con la Oficina Postal estadounidense,
presumiblemente con descuento, sobre todo en los
barrios de inmigrantes.
Centrándose en el principio
de arbitraje y eludiendo tan procelosos caminos,
Ponzi explicó a quien quiso escucharle que él era
capaz de conseguir unas ganancias del 400% tras
desembolsos. Prometió que los inversores podrían
doblar su dinero en 90 días, cargando él mismo con
los costes y asumiendo el tiempo de navegación entre
Europa y América. Cuando su Compañía de Cambios y
Garantías pagó a los primeros inversores los
crecidos rendimientos que había prometido, dieron
las oportunas voces, y rápidamente se difundió la
buena nueva. Los flujos de fondos que iban a las
arcas de Ponzi se dispararon de 5.000 dólares en
febrero de 1920 a 30.000 dólares en marzo y a 54.000
dólares en mayo. En julio, se estima que ingresaba
ya no menos de 250.000 dólares diarios, procedentes
casi todos de pequeños inversores que tendían más a
dejar en ulterior depósito las ganancias que a
retirar su dinero. Algunos llegaron a poner en el
plan los ahorros de toda su vida, e incluso
préstamos tomados a bancos poniendo su propia
vivienda como colateral.
Ponzi se gastó la mayor
parte del dinero: se compró una mansión y se trajo
de Italia a su madre. El periodista financiero
Clarence Barron (editor del Barron’s) observó que si
Ponzi hubiera realmente invertido el dinero tal y
como aseguraba a sus inversores, tendría que haber
comprado 160 millones de cupones postales. Pero la
oficina de correos informó de que muy pocos de éstos
habían ingresado a o salido de los EEUU, en dónde
sólo circulaban unos 27.000.
Los agentes federales
registraron las oficinas de Ponzi en agosto, y no
hallaron el menor comprobante de cupones postales,
exactamente igual que la policía española no halló
el menor rastro de sellos de inversión en la
reviviscencia madrileña del esquema en 2006. Ponzi
volvió a ser condenado a prisión, pero salió con
fianza y trató de hacer un poco de dinero rápido
vendiendo bienes raíces en Florida. Pronto volvió a
ser detenido, y fue deportado de regreso a Italia en
1934.
Lo que Ponzi vendía era
esperanza, fiado al irrealista deseo de tanta gente
necesitada de creer en el descubrimiento de un nuevo
método de realizar ganancias fáciles y de indefinida
perdurabilidad, capaces de rebasar por mucho la tasa
de crecimiento de la economía. Con esta vara se
puede medir lo difícil que resulta conseguir
rendimientos en el mundo de hoy (y lo fácil que
resulta excitar esperanzas): mientras Ponzi prometió
doblar el dinero de sus inversores cada tres meses,
el esquema filatélico español daba sólo rendimientos
de entre un 6 y un 10 por ciento anual. Ninguno de
los dos fraudes realizaba ganancias o beneficios
comerciales, sino que se limitaba a pagar a los
inversores con el dinero procedente de los jugadores
recién llegados. Los nuevos flujos se consideraban
ingresos. Así funcionan los esquemas piramidales.
Es casi como si los
operadores españoles hubieran leído alguna de las
biografías de Ponzi que comenzaron a aparecer en los
últimos tiempos, cuando los observadores de la vida
económica se percataron de los comunes denominadores
entre la burbuja financiera de los 90 y las burbujas
anteriores. Esas burbujas ofrecen un contraste
clásico entre la riqueza real de las naciones y lo
que el periodismo económico actual llama "creación
de riqueza", que simplemente cobra la forma de un
incremento de los precios de los activos: "ganancias
de capital", el grueso de las cuales son ganancias
derivadas de precios inmobiliarios.
Sin duda, si tal hubiera
realmente ocurrido, los coleccionistas filatélicos
habrían visto la puja al alza por los precios de los
sellos como creación de riqueza. Pero todo lo que se
habría conseguido por esa vía es hinchar el precio
de los sellos antiguos, análogamente al proceso
desencadenado por un número creciente de
milmillonarios en todo el mundo, que pujan al alza
por los precios de obras maestras del arte plástico
moderno, de objetos de diseño y de casas en primera
línea de costa. Si todos los ahorros de la economía
fueran a parar a los Rembrandts y a los Picassos, su
precio, huelga decirlo, se dispararía; análogamente,
colocar 6 mil millones de dólares en el mundo de la
filatelia habría disparado el nivel de base de los
precios de los sellos.
La afluencia de fondos
hacia cualquier categoría de activos empuja al alza
los precios de éstos. Esa es una verdad que vale,
sobre todo, para la tierra y el suelo, una de las
necesidades económicas más universales y, a la par,
una de las medidas también más universales del
consumo de ostentación. Pero ¿"crea" eso realmente
"riqueza"? ¿Reflejan los precios de mercado los
valores de uso, los niveles de vida y el progreso de
la civilización?
El requisito necesario para
esas ganancias de precios es, desde luego, la
escasez, pero no una escasez dimanante de que un
número de bienes insuficiente dificulte el que un
gran volumen de compradores llegue a constituir un
mercado. Si la clave es la utilidad psicológica, la
"escasez" sólo tiene valor en tanto que acicate de
una compra compulsiva: como adicción a la riqueza.
Significa tener aquello de lo que otros carecen, con
connotaciones de exclusión denegativa. El grueso del
dinero en busca de mera escasez no va a parar los
trofeos de los nuevos ricos, sino al recurso escaso
más abundante, pero también más universal, del
mundo: a la tierra. La naturaleza no está fabricando
más suelo. Sin embargo, todos y cada uno de nosotros
necesitamos suelo para vivir en él, lo que lo
convierte en el objeto por excelencia del ahorro
personal y empresarial. Incluso en las actuales
economías postindustriales, las riquezas de la
tierra y de su subsuelo representan el mayor
componente de los balances contables de las
naciones.
Pero, puesto que la tierra
no puede manufacturarse, los ahorros no pueden
incrementar el suministro de la misma mediante una
inversión activa. Lo que plantea a los economistas
un problema traumático. Las estadísticas del ingreso
nacional computan todo dinero gastado no consumido
como ahorro. Siguiendo a John Maynard Keynes,
definen el ahorro como una magnitud igual a la
inversión. Eso siembra las semillas de la confusión
respecto de la naturaleza y las premisas del
crecimiento económico. ¿Podemos hablar realmente de
"creación de riqueza" cuando la sociedad procede a
derivar sus ahorros meramente hacia la especulación,
en vez de hacia la construcción de capacidades
productivas o niveles de vida?
Los economistas clásicos
vacilaron a la hora de tratar la tierra como un
factor productivo o como un derecho legal de
propiedad que permite extraer rentas de un
emplazamiento dado y cargar un gravamen de acceso
parecido a un impuesto de usuario. Un factor de
producción contribuye a la producción y al ingreso,
cuando se invierte más ingreso en él; una propiedad
generadora de renta, en cambio, reduce el flujo de
ingresos de la economía. En este último caso, el
suelo es parte del sistema institucional de
propiedad, no un sector productivo, tecnológicamente
fundado, de la economía.
Lo que está fuera de
disputa es que los bienes raíces constituyen un
asunto de todo punto político a escala local. El
desarrollo urbano tiende a quedar conformado por
negociaciones internas y gasto en infraestructura
–para aumentar los precios de la propiedad local—, y
cabildeos destinados a lograr gravámenes fiscales
más bajos. Es axiomático que, cuanto más poderosa
económicamente se hace una fuente de riqueza, tanto
mayor es su poder político para cabildear a favor de
ventajas fiscales especiales. A escala nacional, el
sector inmobiliario usa parte de sus rentas para
sostener a políticos que le ofrezcan un más amplio
margen de favoritismo fiscal.
En la esfera financiera,
todas las burbujas han sido inducidas por los
gobiernos. Las burbujas precisa de la oportuna
orquestación por parte de los formadores de opinión,
así como del aval de funcionarios públicos que les
den una pátina de confianza. La "locura de las
muchedumbres" es un eufemismo concebido para desviar
culpas, de los gobiernos al común de las gentes. En
los EEUU, Alan Greenspan desempeñó un papel de
maestro público de burbujas similar al desempañado
por Walpole en la Inglaterra de la burbuja de los
Mares del Sur, o al desempeñado por John Law en la
burbuja francesa del Misisipi hace cerca de tres
siglos, en la segunda década del siglo XVIII.
Los actuales libros de
balances contables confunden riqueza de burbuja con
formación de capital real. Por "inversión" se
entiende ahora cualquier cosa que los contables
declaren tal. Lo mismo ocurre con los activos y con
los valores de deuda, dada la actual tendencia a la
ficción financiera. La actual práctica de referir
los valores de los activos a mercados de futuro, más
que a valores contablemente fijados [la práctica del
marking to market; T.] permite a los contables la
proyección de hipotéticas ganancias a tasas
astronómicas de interés, o proceder con
trivialización por la vía del descuento, aplicando
funciones puramente matemáticas que han perdido ya
de antemano cualquier conexión con tasas realistas
de crecimiento. Resultado: el sector financiero ha
terminado por desacoplarse de la economía "real".
La tragedia de nuestra
época es que el ahorro, hoy, se extravía por caminos
completamente ajenos a la formación de capital real,
caminos cuya única aportación a la economía son
deudas y gastos de propiedad.
Supóngase que Ponzi hubiera
llegado a comprar los pedidos postales
internacionales y que las empresas filatélicas
españolas hubieran invertido realmente 6 mil
millones de dólares en sellos y monedas raros,
inflando así su precio para crear ganancias de papel
para los inversores. ¿A quién los venderían para
poder realizar sus ganancias? (Se trata del
proverbial problema "de encontrar constantemente a
otro todavía más insensato" para colocarle el
producto.) O más precisamente aún: ¿qué efectos
positivos habría tenido el efecto económico general
de tal inflación de precios de los activos?
Las recientes burbujas de
los mercados de valores y del mercado inmobiliario
se parecen mucho a esquemas piramidales, porque lo
que empuja al alza los precios de las acciones y de
la propiedad inmobiliaria es el ingreso de enormes
flujos de dinero fresco procedente de los planes de
pensiones, de los fondos mutuos (para
participaciones) y del crédito bancario (para bienes
raíces). Los jugadores con capital riesgo "sacan en
efectivo", a la par que los grandes ejecutivos de
las corporaciones empresariales ejercen sus opciones
de acciones.
Supóngase que las empresas
dedicadas al empaquetamiento hipotecario fueran
honradas en sus estimaciones de las actuales
tendencias de precios. Aun así, la burbuja
inmobiliaria no dejaría de ser especulativa y
postindustrial. Se puede descubrir la analogía
cuando los ejecutivos financieros hacen suyas las
políticas de los gobiernos que estimulan la
inflación de los precios de las acciones y
obligaciones, sellos y monedas, Rembrandts y arte
moderno, afirmando que eso crea riqueza y, así, por
definición, empuja al alza los niveles de vida y
eleva igualmente la cultura.
¿En qué anda errada esa
opinión? Para principiantes: yerra porque no
consigue definir el valor como algo diferente del
precio, las ganancias inesperadas y las ganancias de
capital como coas distintas del ingreso
productivamente ganado. También pasa por alto el
hecho de que los precios de mercado suben y bajan,
pero las deudas siguen en su sitio. Y cuando las
deudas no pueden ser satisfechas, se esfuman los
ahorros.
El 9 de mayo de 2006, el
precio de las participaciones de la empresa Escala
cayó a la mitad, cuando se difundió la noticia de
los registros policiales. El viernes, sus acciones
habían perdido casi el 90% de su valor. El lunes se
dispararon un 50%, de 4,34 dólares pasaron a
acercarse el martes a los 9,45 dólares por acción.
Los fondos hedge estaban ganando y perdiendo dinero
a manos llenas, dejando cortas las ganancias y
pérdidas del comercio filatélico. Lo que estaba en
marcha era un verdadero mercado del crimen, del
castigo y de la impunidad.
¿Qué tiene eso que ver con
una genuina formación de capital? Los individuos se
hacen ricos al tiempo que la economía se polariza
entre acreedores y deudores, poseedores de propiedad
y pagadores de rentas. La inversión improductiva se
da, cuando cobra la forma de ganancias de "capital"
inesperadas, y cuando entraña el endeudamiento para
adquirir bienes raíces, acciones, obligaciones u
objetos "de colección". El crédito improductivo se
da, cuando los bancos comerciales conceden préstamos
que sirven meramente para financiar la adquisición
de propiedades, empresas o títulos financieros ya
existentes.
Hace dos siglos, los
seguidores franceses del Conde Henry de Saint Simon
esbozaron un sistema industrial que tenía que
basarse primordialmente en la financiación de
acciones y participaciones, no en la financiación de
la deuda (obligaciones y préstamos bancarios). Su
idea era hacer de la banca industrial una especie de
fondo de mutualidades, de modo que los derechos de
cobro (y por consiguiente, el valor de los ahorros)
crecieran o disminuyeran reflejando la capacidad de
ingreso de la economía. La banca industrial que se
desarrolló vigorosamente en Alemania y en la Europa
central difería mucho del cortoplacista estilo
angloamericano de préstamo hipotecario y comercio
crediticio basado en el colateral de la deuda. Pero
desde la I Guerra Mundial las prácticas financieras
han sido más extractivas que productivas.
Consecuencia de lo cual ha
sido que las deudas que gravitan sobre el conjunto
de la economía han crecido más rápidamente que la
capacidad para satisfacerlas. En vez de reducir esos
gastos de deuda labrándose un camino para salir de
ésta, las economías lo que han tratado repetidamente
es de inflar burbujas que les sacaran de la deuda
por elevación. Sin embargo, este modo de inflación
no es el consabido incremento de los precios de
consumo, y mucho menos el de la inflación salarial.
De lo que se trata es más bien de la inflación de
precios de los activos, una inflación generada por
mucho desde los EEUU. Desde que el patrón oro dio
paso al patrón del dólar-papel en 1971, la
norteamericana se convirtió en la sola economía
capaz de crear crédito –y deuda externa— sin
restricciones. Resultado: un crecimiento sin
precedentes de la deuda en relación con el ingreso,
la producción y los salarios. Una "polución de
deuda" que puede perfectamente parangonarse con la
polución medioambiental.
Hemos entrado en una era en
la que los mercados financieros se parecen
asombrosamente a los fondos filatélicos de compra de
sellos. Los gobiernos han substituido el crecimiento
industrial por una creación puramente financiera de
riqueza en forma de burbujas inmobiliarias y
bursátiles. Eso ha puesto cabeza abajo al universo
económico: es, literalmente, la inversión de lo que
los escritores clásicos esperaban como resultado del
progreso tecnológico desencadenado por la Revolución
Industrial y el paralelo de ésta en las revoluciones
agrícola, comercial y financiera. La propiedad y el
crédito se han convertido en costes, en vez de ser
beneficios; son ahora formas institucionales del
gasto en extracción de renta e interés, no insumos
auxiliares.