[27.12.2008]- Actualización
4:20 pm de Cuba
El primero de enero próximo se
cumplen 50 años del triunfo de la revolución en
Cuba. El proceso de transformación económica,
social, política, ideológica y cultural que da
inicio en 1959 en la mayor de las Antillas no tiene
parangón en América Latina. Con una permanente
movilización y protagonismo del pueblo cubano –en
sintonía con una dirigencia sensible y consensuada–,
esta revolución ha tenido la habilidad y la
fortaleza de resistir con éxito al poder
imperialista más poderoso y destructivo que haya
conocido la humanidad, el cual ha pretendido
someterla por las vías militares abiertas y
encubiertas, bloqueos económicos, políticos y
diplomáticos, y por medio del apoyo permanente a
grupos contrarrevolucionarios que actúan en el
interior y fuera del país.
Cuando se observa en
retrospectiva esta resistencia a la acción
demoledora de Estados Unidos y a sus aliados; cuando
se hace recuento de los numerosos procesos
revolucionarios, democráticos y aún tímidamente
nacionalistas abortados por la acción conjunta de
fuerzas internas y los conocidos instrumentos
subversivos estadunidenses, se constata lo
inconmensurable de la tarea realizada por este
pequeño país que ha decidido soberanamente su
destino durante cinco largas décadas.
La revolución cubana tuvo
que enfrentar también la desaparición de la Unión
Soviética y del bloque económico y político de
Europa del este, aliados político-militares y socios
comerciales vitales para su seguridad y economía.
Cuba salió airosa de esta prueba porque la
experiencia socialista desarrollada en la isla se
fundamenta en la realidad nacional y se enraíza en
la ética y en el internacionalismo como políticas de
Estado.
Este factor ha sido la base
de la importante ayuda solidaria brindada a los
movimientos de liberación nacional en América
Latina, África y Asia, misma que se expresa en la
actualidad en la presencia de técnicos y médicos
cubanos en decenas de naciones en el mundo entero,
todo lo cual ha redundado también en el conocimiento
–en el terreno– de las realidades trágicas del
capitalismo y el imperialismo de los cubanos que han
participado en tareas internacionalistas a lo largo
de estos años.
No obstante, el secreto de
la longevidad del proceso revolucionario cubano se
encuentra en su capacidad para hacer coincidir la
radicalidad estratégica en el rumbo colectivista,
con el mayoritario apoyo popular a las medidas
tomadas en cada etapa de la revolución: las reformas
agraria y urbana, la nacionalización de las empresas
mayoritariamente estadunidenses, la declaración del
carácter socialista de la revolución en el marco de
un cruento sabotaje del imperio, la campaña de
alfabetización, la edificación de fuerzas armadas,
milicias y de seguridad pública de extracción y
contenido nacional-popular, la gratuidad de los
servicios públicos y la búsqueda de la excelencia en
ámbitos básicos de la vida humana: salud, educación,
cultura, arte, deporte, ciencia, técnica,
investigación científica, etcétera. Sin el apoyo
popular mayoritario al régimen socialista y sin la
participación de la población en la defensa, la
economía y el bienestar social, no es posible
comprender la vitalidad de una revolución que no ha
traicionado los principios martianos que constituyen
la levadura de su identidad fundacional.
Siendo el pueblo cubano el
principal artífice de esta gesta, es necesario
reconocer el papel jugado por Fidel Castro, quien
como revolucionario, estadista e intelectual
orgánico ha estado siempre a la altura de las
necesidades y los intereses del proceso de
transformaciones.
Enemigo de la rutina, en
permanente lucha contra todo conformismo, Fidel
educó a varias generaciones de cubanos en las
cualidades que el canciller Pérez Roque identificó
en inspirado discurso: su concepto de la unidad como
precondición del triunfo; la ética como razón de
Estado, que no asume que el fin justifica los
medios, no acepta que los revolucionarios torturen o
asesinen, no imita los métodos de los enemigos; el
desprendimiento por las cosas materiales, los
homenajes y las vanidades; la solidaridad entregada
como deber y no como arma de influencia política o
instrumento del interés; la coherencia en los
principios y los principios por encima de los
intereses; el ejemplo personal, no pedir a la gente
lo que no se está dispuesto a hacer antes; asumir
las responsabilidades con derecho a más sacrificios
y restricciones, y no a prebendas y canonjías; la
verdad como arma y condición para ser respetado; la
sensibilidad de sentir por los otros: de sentir como
propio el dolor o la angustia de otros; nunca dejar
de sentirse un ser humano capaz de comprender por lo
que pasan los demás; la modestia, la ausencia de
vanidad como aspiración de los revolucionarios; el
afán de leer, estudiar y aprender; el rigor
personal, el deber con las responsabilidades, de que
las cosas salgan bien porque es el compromiso con el
pueblo, con la causa que se defiende; la derrota no
es tal hasta que no es aceptada, siempre existe la
posibilidad de revertir una derrota; la aspiración a
la justicia para todos, sin fronteras, como causa
universal; la fuerza de las ideas, la convicción de
que una idea justa puede más que un ejército; la
ausencia total de odio hacia cualquier persona; odio
profundo hacia la injusticia, la explotación, la
discriminación racial, pero no hacia las personas,
aun si son o han sido enemigos.
Este legado, que forma
parte sustancial de la actual "batalla de las
ideas", es la clave para entender este 50
aniversario de la revolución cubana que se conmemora
en el mundo entero y que para los latinoamericanos
es motivo de orgullo y de compromiso solidario.
Felicidades, hermanos y hermanas de un pueblo digno
y valeroso. ¡Los cinco héroes volverán a la patria!