Neoliberalismo y
desarrollo, la historia de un fracaso anunciado
Por Pedro Antonio Honrubia Hurtado-Rebelión
[05.11.2009]-
Actualización 4:00 pm de Cuba
"El
Neoliberalismo no es una teoría del desarrollo, el
neoliberalismo es la doctrina del saqueo total de
nuestros pueblos" (Fidel Castro)
El
Neoliberalismo ha sido la ideología hegemónica en
materia económica desde el comienzo de la década de
1980. Desde el inicio del nuevo siglo, sin embargo,
la intrínseca irracionalidad del neoliberalismo, su
fracaso en promover el crecimiento económico de los
países en desarrollo, su tendencia a profundizar la
concentración del ingreso y a aumentar la
inestabilidad macroeconómica (demostrada por las
continuas crisis financieras de los 90), constituyen
indicadores de su agotamiento. El castillo de naipes
neoliberal, que por algunos años ofreció cierto
grado de buen rendimiento en cuanto al aumento de
los valores macroeconómicos a nivel internacional se
refiere, ha comenzado a derrumbarse, víctima de sus
propios errores, desde su misma base: los países
capitalistas desarrollados. Pero, como siempre
ocurre en estos casos, son aquellos países
subdesarrollados situados en la periferia del
sistema los que en mayor medida están teniendo que
soportar los efectos de la actual crisis económica
capitalista generada por la especulación y la
avaricia neo-liberal. Tras décadas de imposiciones
neoliberales a las políticas de desarrollo de estos
países (vía BM y FMI), con unos resultados, a
diferencia de lo ocurrido en el ámbito de los
índices macroeconómicos internacionales, más bien
modestos, la llegada de la crisis ha vuelto a poner
de manifiesto la insostenibilidad del paradigma
neoliberal como modelo de desarrollo para los países
situados en la periferia del sistema. Es ahora
cuando la ineficiencia de estas políticas, así como
lo inadecuado de sus planteamientos para con el
papel que el Estado debe jugar en el crecimiento de
estos países empobrecidos, se ha ejemplificado con
toda claridad. Incluso los logros alcanzados en los
últimos años, tras la aplicación a escala mundial de
toda una serie de medidas destinadas a alcanzar los
Objetivos del Milenio (ONU, 2000), se están viendo
ahora amenazados por los efectos de la crisis
actual. Lo que para occidente es básicamente una
crisis económica en el ámbito financiero que ha
acabado por repercutir en la economía real con
resultados no poco preocupantes para sus clases
trabajadoras, en los países empobrecidos se ha
destapado en toda su crudeza como una crisis que
abarca una triple dimensión: financiera, energética
y alimenticia, y que está conduciendo a sus gentes a
situaciones realmente trágicas. La pobreza, el
hambre, el desempleo, en pocas palabras, la falta de
alternativas reales para una vida digna, están
alcanzando ahora cifras nunca vistas en la historia.
Todo ello a pesar de que los apologetas del
neoliberalismo siguen fieles a su discurso según el
cual "para cualquier observador más o menos lúcido
de lo que ha ocurrido con las economías estatizadas
y el intervencionismo estatal, es inevitable
reconocer que sólo una economía abierta trae
desarrollo y progreso" (Vargas Llosa, 2009). Las
evidencias, podríamos responder, sugieren justamente
lo contrario: que si tras tres décadas de aplicación
sistemática de los postulados neoliberales en los
países empobrecidos, los índices de pobreza, de
desigualdad social y, sobre todo, de acumulación del
capital en cada vez menos manos, no han hecho sino
aumentar, no será, pues, el neoliberalismo quien
traiga desarrollo y progreso para los países
empobrecidos de la periferia capitalista. El
neoliberalismo, como mucho, traerá para estos países
el desarrollo de la dependencia y la explotación, el
desarrollo del subdesarrollo.
I
Neoliberalismo y desarrollo
El
neoliberalismo tiene su basamento teórico en el
liberalismo económico de finales del siglo XVIII,
principios del siglo XIX, teoría que fue expresión
del propio desarrollo capitalista en su afán por
liquidar la excesiva tutela y trabas feudales a las
que los Estados de aquellos tiempos sometían a las
economías nacionales (Alfonso y Cedeño, 2004). El
liberalismo económico fue la doctrina económica por
excelencia hasta la gran depresión de 1929, una
crisis que hizo estremecer los fundamentos mismos
del sistema capitalista liberal. La caída del
liberalismo como doctrina hegemónica de aquellos
tiempos fue precipitada por la aparición de las
teorías keynesianas. El enfoque de la política
económica Keynesiana introducía cambios sustanciales
en las políticas capitalista, aunque en ningún caso
tuvo la pretensión de acabar con el sistema
establecido. El modelo keynesiano concebía el
principio de la demanda efectiva según el cual la
economía tiende a una situación de equilibrio
macroeconómico, pero que dicho equilibrio era poco
favorable para el sistema al lograrse en un punto de
subempleo y estancamiento económico. En ese sentido
Keynes recomendaba que el Estado debía realizar
amplias inversiones públicas con el fin de estimular
la demanda, el empleo y los ingresos, sacando a la
economía del maltrecho equilibrio en que se hallaba
estancada. La recomendación keynesiana del gasto
público fue asumida por los países capitalistas a
través de dos salidas fundamentales, el Estado de
Bienestar Social, y la Militarización de la
economía. En este nuevo modelo de crecimiento
capitalista, por tanto, se otorgó un plano
secundario al comercio internacional, en especial,
al de capitales, por el contrario, el motor que lo
estimulaba era "la transformación interna de los
procesos de producción, al centrarse la economía en
el mercado interno a través del impulso de la
demanda efectiva gracias al aumento en el poder
adquisitivo de la población" (Keynes, 1948).
Durante 30 años de apogeo y perfeccionamiento del
Estado del Bienestar, el planteamiento liberal no
progresó. Éste comienza a ganar terreno nuevamente
en la década del 70, especialmente a raíz de la
crisis del petróleo de 1973 y los efectos
devastadores que ésta tuvo para el crecimiento de
las economías desarrolladas, que ahogaron al mundo
en una profunda recesión económica mientras el
capitalismo se veía afectado por la combinación
simultánea de altas tasas de inflación con bajas
tasas de crecimiento económico, un fenómeno
económico conocido como estanflación, nunca visto
con anterioridad en la historia del capitalismo, y
que llevó la economía de la época a una situación
sin salida ante la cual las recetas keynesianas no
parecían tener solución alguna. Como consecuencia de
todo ello, el ascenso al poder de Ronald Reagan y
Margaret Thatcher, líderes de los partidos
conservadores en sus respectivos países, supuso el
comienzo de una nueva forma de entender la política
económica y la intervención del Estado en la
economía. Así, recogiendo gran parte del pensamiento
liberal monetarista, y reformulando la doctrina de
la corriente neoclásica, surge la escuela conocida
como "Economía de la Oferta", raíz fundamental de lo
que vino a conocerse como "Neoliberalismo". Sus
propuestas de organización de la actividad económica
en su lucha en favor del equilibrio macroeconómico
pueden ser resumidas bajo la fórmula "más mercado,
menos Estado", dando origen al proceso de
desregulación, privatizaciones, reducción de la
protección social, precarización laboral y, en
definitiva, de desestructuración del Estado de
Bienestar característico de las economías
capitalistas industrializadas durante las décadas
que duró la hegemonía keynesiana (Bidaurrazaga,
2002-2003). La segunda mitad de la década de los
años 70 y el principio de los 80 marca, pues, el
comienzo de un cambio profundo en las percepciones a
nivel económico de los diferentes gobiernos
capitalistas del mundo. A partir de ese momento el
neoliberalismo se convierte en un dogma casi
sagrado, y todos los países del orbe capitalista se
ven prácticamente obligados a seguir la nueva
religión económica, incluidos, por supuesto, los
países subdesarrollados. El modelo neoliberal es
impuesto, a partir de ese momento, como único camino
posible para el desarrollo económico de los países
empobrecidos, todo ello a través de las presiones
ejercidas mediante las instituciones financieras
internacionales surgidas del Consenso de Washington
(BM y FMI). Todo aquel país que quisiera tener
acceso al crédito otorgado por estas instituciones
financieras, debía acarrear con las exigencias
planteadas desde las mismas en materia de política
económica nacional, de lo contrario no había
crédito. Resumidamente, podemos sintetizar estas
exigencias en cuatro postulados esenciales (Albarracín
et al, 1993): Por una parte, situar la lucha contra
la inflación en el centro de la política económica,
oponiéndola al crecimiento y a la creación de
empleo. En segundo lugar, invertir el sentido de la
distribución (para favorecer el crecimiento de los
beneficios en detrimento de los salarios) y
estrechar y hacer más regresiva la redistribución
que se realiza mediante los impuestos y el gasto
público. Tercero, denostar todo lo público y ampliar
el ámbito del beneficio privado a través de la
consecución de un cambio cultural que llevara a
percibir negativamente las prestaciones y servicios
públicos, la regulación estatal y la participación
del sector público en la economía, identificando,
sin embargo, las privatizaciones y la extensión del
mercado como elementos progresistas. Cuarto, forzar
un cambio en el equilibrio de poderes dentro de la
sociedad, debilitando a los sindicatos en particular
y, en general, a las organizaciones sociales cuya
existencia contrapesa el funcionamiento del mercado
y el poder de los grupos que lo controlan.
De
modo más concreto, las "recomendaciones"
neoliberales que desde las instituciones financieras
se hacían llegar hasta los países en desarrollo que
deseaban tener acceso a la financiación se
fundamentaron en las siguientes líneas de acción
económica (Sierra Lara, 2008): a) La devaluación:
Las economías deben mantener en sus variables
económicas externas, de la cual la tasa de cambio es
una de las fundamentales, una base realista y
competitiva. Esto significa en primer lugar la
aceptación de que no sea el Estado a través de su
política económica quien decida cuál será la tasa de
cambio en que jugará su moneda. Esta elección, si se
quiere que sea veraz, debe ser tomada en las
instancias del mercado de divisas internacional.
Devaluar la moneda abarata las exportaciones y hace
más competitiva la posición del país que lo aplica,
b) Austeridad presupuestaria: En la concepción
neoliberal encontramos una fobia desenfrenada contra
el déficit presupuestario. Esto no es casual. Para
los monetaristas la causa más profunda de la crisis
económica está en la ruptura del equilibrio
monetario, en el exceso de oferta monetaria que
ocasiona inflación y corrompe el sistema económico,
c) Liberalización de precios: En su casi fanática
apología del mercado como regulador por excelencia,
los neoliberales señalan que todas las variables del
sistema económico deben estar completamente
desreguladas, es decir, desvinculadas de los
mecanismos de control estatal. Los precios son una
variable clave en esa lógica, d) Liberalización del
sistema bancario: El neoliberalismo aspira a que en
los marcos de una economía nacional las cosas
funcionen como lo hacen a nivel internacional. Por
tal razón desean la liberalización y desregulación
del sistema bancario de los países. Según los
teóricos del Neoliberalismo, los países
subdesarrollados se caracterizan por poseer un
Sistema Monetario y financiero muy anticuado y
rígido, incapaz de responder a las exigencias de la
competitividad económica actual y es por eso que
recomiendan que los gobiernos suelten dichos
sistemas, e) Liberalización del comercio: Esta es
una característica emblemática de la política
económica neoliberal. Se les vende a los países del
Tercer Mundo la idea de que la liberalización de su
comercio causará el tan esperado desarrollo. No
deben existir políticas proteccionistas tales como
la aplicación de aranceles a las importaciones,
cuotas, discriminación a productos foráneos,
dumpings, etc. El país debe abrirse al mercado
mundial y competir, f) Privatización de empresas
públicas: En la ortodoxia neoliberal el Estado es un
mal empresario, gestor de corrupción e ineficiencia
económica, de tal forma, la empresa debe ser privada
y no estatal o pública.
Prácticamente la totalidad de los Estados del mundo
capitalista se vieron abocados a seguir algunas de
las recomendaciones citadas, para tratar así de
solventar los problemas económicos que les acuciaban
tras la década de los 70 y el comienzo de los 80.
Aunque, como se ha dicho, fueron los países
subdesarrollados quienes se vieron realmente
obligados a seguir prácticamente todas y cada una de
ellas bajo los denominados "programas de ajuste
estructural" (PAE), impulsados por el FMI y el BM
para todos aquellos países del Tercer Mundo que
querían tener acceso a los créditos. En concordancia
con las exigencias planteadas con anterioridad, muy
frecuentemente los PAE incluyeron drásticos recortes
de los gastos sociales, como sanidad y educación,
eliminar o reducir las subvenciones a productos
básicos, y medidas favorables al capital extranjero,
con los consecuentes efectos para las economías de
los países empobrecidos que prácticamente en su
totalidad vieron como aumentaban los índices de
pobreza, de concentración del capital y de
desigualdad social tras años de aplicación de estas
medidas, amén del incesante aumento de la deuda
externa que ha causado, y casusa, verdaderos
problemas a las economías de estos países,
impidiendo a todas luces su desarrollo: "El modelo
económico neoliberal impuesto en la periferia de
forma ortodoxa ha dado sus frutos durante estos
últimos treinta años. Frutos amargos para quienes lo
aplicaron casi de forma fiel, y muy dulces para sus
creadores en los centros de poder económico,
político y académico mundial" (Sierra Lara, 2008).
Por otro lado, la parte total correspondiente al
peso de los salarios en el PIB de los diferentes
países que empezaron a poner en práctica las
políticas neoliberales sufrió también una caída
acentuada a partir de 1981-1982. En forma inversa,
la parte de los ingresos que se embolsa el capital
aumenta (Toussaint, 2009). Los asalariados van
perdiendo fuerza a pasos agigantados a medida que el
neoliberalismo se implanta como doctrina hegemónica,
y ello es especialmente grave en aquellos países de
la periferia donde las desigualdades sociales van
desde el extremo de la inmensa mayoría que no tiene
prácticamente nada, a la casi imperceptible
(numéricamente hablando) minoría que lo tiene
prácticamente todo.
Así
pues, a pesar de que durante décadas el modelo
neoliberal se ha presentado como el único modelo
válido para el desarrollo económico de los Estados,
y especialmente para el desarrollo de los Estado
empobrecidos, llegando incluso a ser identificado
por sus apologetas como la ciencia económica en sí
misma, los resultados y efectos de la aplicación de
estas doctrinas a escala mundial no han podido ser
más desalentadores: la economía global se encuentra
actualmente en medio de una de las crisis económicas
más dramáticas que se recuerdan y la brecha entre
países desarrollados y países empobrecidos, así como
el aumento de la desigualdad social y la
concentración de la riqueza en cada vez menos manos,
no han hecho sino aumentar con el neoliberalismo. La
utopía neoliberal, como ha sido llamada por el
sociólogo francés Pierre Bourdieu (Bourdieu, 1998),
desde su esencia cuasi-religiosa, ha acabado por
convertirse en un verdadero infierno para miles de
millones de personas en todo el mundo, tanto de los
países desarrollados como, sobre todo, de los países
empobrecidos. Ya en 2005, un informe de la ONU sobre
la desigualdad social advertía acerca de las
consecuencias que las políticas neoliberales estaban
trayendo para los países empobrecidos: "Las
políticas de liberalización entrañan cambios de las
leyes e instituciones laborales y motivan
transformaciones importantes del mercado de trabajo.
El proceso de liberalización económica suele ir
marcado por una mayor flexibilidad salarial y una
disminución de los salarios mínimos, la reducción
del empleo en el sector público, la disminución de
la protección del empleo y la debilitación de las
leyes y reglamentaciones laborales. El deseo de los
países en desarrollo de atraer inversión extranjera
y aumentar las exportaciones conduce con frecuencia
a una "carrera descendente", en que muchas veces se
pasan por alto o se vulneran las normas de
protección de los trabajadores y el medio ambiente
con el pretexto de hacer más competitivos a los
países en el mercado internacional. Por
consiguiente, las presiones competitivas externas
restringen la capacidad de los países en desarrollo
de lograr avances en aspectos fundamentales de
política social" (ONU, 2005). Si a eso le sumamos la
actual situación de crisis económica global, las
consecuencias para los países empobrecidos de las
políticas neoliberales, como más adelante veremos,
han acabado por ser realmente terribles.
Lo
que para los países desarrollados es una crisis
financiera que están sufriendo especialmente sus
clases trabajadoras, para las clases desfavorecidas
de los países de la periferia es poco menos que un
punzón clavado donde más dolor les puede generar: la
subsistencia misma. Algo, por otro lado, nada
sorprendente. Que la privatización casi absoluta de
los recursos del Estado en manos extranjeras, el
recorte de los gastos sociales, la liberalización de
precios en los mercados internos de productos
básicos, los beneficios fiscales para las grandes
fortunas nacionales, el desmantelamiento de
cualquier política de tipo proteccionista, la
incentivación -a través de una fiscalidad casi nula-
de la implantación de empresas multinacionales en
busca de mano de obra semi-esclava, y demás
planteamientos neoliberales impuestos a través de
los planes de ajuste del FMI y el BM,. era algo que,
como decían los críticos, estaba condenando a los
países empobrecidos a permanecer por tiempo
indefinido en la dependencia y la marginación
económica, era tan evidente que simplemente no podía
conducir a otro lado que no fuese a la situación
actual en la que se encuentran los países en
desarrollo en medio de la crisis global. Ergo, si
algo está demostrando por encima de todo la crisis
actual es la extrema vulnerabilidad en la que se
encuentran los países en desarrollo, en un mismo
sistema-mundo globalizado, respecto de los desvanes
económicos que se puedan generar en los países
desarrollados, una vulnerabilidad que además, lejos
de mitigarse, se ha visto acentuada al extremo con
la aplicación de las políticas neoliberales,
pensadas para profundizar en el ajuste de esta
economías en el sistema capitalista mundial, durante
las últimas décadas. Ahora simplemente se están
viendo las consecuencias, pero las advertencias de
los críticos anti-neoliberales viene de muy atrás,
aunque no interesase escucharlos antes. Raúl
Prebisch, por ejemplo, ya advirtió, en un penetrante
trabajo publicado en 1982, que lo que aparecía como
una gran innovación en el terreno de la teoría y la
política económica no era sino una reedición de
añejas fórmulas ya ensayadas y fracasadas en el
pasado. Decía el fundador de la CEPAL que después de
décadas de haber sido marginadas de la escena
pública mundial, estas teorías regresaban al primer
plano catapultadas por la crisis del keynesianismo (Prebisch,
1982), pero que no por ello sus resultados iban a
ser distintos a los que ya habían aportado
anteriormente para el desarrollo los países
empobrecidos. Si el liberalismo del siglo XIX,
principios del XX, fue el germen del subdesarrollo
de los países empobrecidos, el neoliberalismo de
finales del siglo XX, principios del XXI, no ha sido
otra cosa que su trágica culminación. Hablar de un
desarrollo neoliberal, es entonces poco menos que
hablar de una contradicción en sus propios términos:
ningún país empobrecido podrá jamás emprender el
camino del desarrollo si para ello se ve en la
necesidad de tener que desprenderse de sus
principales armas para el desarrollo, que no son
otras que la lucha contra la desigualdad social, el
empoderamiento de sus clases trabajadoras y el
control político sobre sus propios recursos
nacionales. Esta afirmación, que hasta hace bien
poco era algo anunciado por diversos intelectuales
pero aún por demostrar, ahora, con los datos de la
situación actual del mundo sobre la mesa, se ha
convertido en un evidencia. Veamos a continuación
algunos de los datos que así lo demuestran.
II
La historia de un fracaso anunciado
Según algunos estudios recientes del FMI (FMI, 2009)
se estima que, como resultado de la actual crisis
económica internacional, el PIB mundial se contrajo
un alarmante 6,25% (anualizado) en el cuarto
trimestre de 2008, descendiendo casi al mismo ritmo
en el primer trimestre de 2009. Las economías
avanzadas registraron una reducción sin precedentes
del 7,5% en el cuarto trimestre de 2008, y la
mayoría de ellas ahora están atravesando recesiones
profundas. Las estimaciones más optimistas nos
hablan de que el Producto Global se contraerá un
mínimo de 2,6% durante 2009. En consecuencia, la
crisis ha obligado a los Estados desarrollados a
intervenir en aquellos sectores que más estaban
afectando el correcto funcionamiento de sus
economías nacionales, de forma muy acentuada en el
sector financiero y, en cantidades algo menores, en
el rescate de algunos sectores industriales
(principalmente el automóvil), ignorando absoluta y
totalmente toda la teoría económica dominante y los
principios asumidos como dogmas indiscutibles por la
política económica neoliberal en las últimas décadas
(Etxezarreta, 2009). Resulta evidente el
reconocimiento implícito que, a través de estas
prácticas, los propios Estados desarrollados han
hecho del fracaso del neoliberalismo como doctrina
hegemónica. Según informaba el prestigioso diario "The
Telegraph" en su edición del 8 de agosto de 2009 (The
Telegraph, 2009), el propio FMI calcula ya que,
solamente a causa de los costes de estas
intervenciones estatales, el costo de la crisis
asciende a 11,9 billones de US$, habiéndose
multiplicado por más del doble en los apenas cuatro
meses transcurridos desde las anteriores
estimaciones presentadas por este mismo organismo en
abril de 2009, las cuales situaban dicho coste en
unos 4,1 billones de US$ (FMI, 2009b). Los 11,9
Billones mencionados serían tan sólo, como decimos,
el resultado de sumar todo el dinero que el mundo ha
gastado para depurar los activos tóxicos del sistema
financiero y algunos otros rescates sonados en el
ámbito de las finanzas y el mundo de las
multinacionales. Para que se comprenda bien el
volumen de la cifra, se podría decir que semejante
cantidad de dinero equivaldría a un quinto de toda
la producción económica mundial anual, o, caso de
ser entregada equitativamente entre todos los seres
humanos del plantea, vendría a suponer 1.830 US$ por
cabeza.. Si pensamos además que, como veremos más
tarde, casi el 50% de la población mundial vive con
menos de 2 US$ diarios, podemos ver fácilmente la
magnitud de lo acontecido, la insoportable cantidad
de dinero que los Estados capitalistas han tenido
que gastar para rescatar a sus propios sistemas
económicos de las perturbaciones generadas por la
aplicación sistemática de los postulados
neoliberales durante casi tres décadas. Estos datos
resultan aún más elocuentes si, como informaba
igualmente el diario "The Telegraph" (2009) en la
noticia reseñada, se sabe que la mayor parte de este
monto, equivalente al 86% de los recursos (10,2
billones de US$), ha sido entregada a los países
desarrollados, mientras que los países en desarrollo
han recibido un apoyo de apenas 1,7 billones de US$
(14%). Si la proporción hubiera sido a la inversa,
seguramente estaríamos hablando del principio del
fin del subdesarrollo en el mundo, o, cuando menos,
de algunos de sus efectos más dramáticos (la propia
FAO ha calculado que el problema del hambre en el
mundo se podría acabar con una inversión en materia
agraria de no más de 44.000 millones de US$). Sin
embargo, los países desarrollados han invertido
estas cifras billonarias para rescatar sus economías
mientras reducen la (supuesta) ayuda al desarrollo.
Gran Bretaña y Estados Unidos, las dos grandes
potencias mundiales por excelencia, han sido los
países que han recibido más apoyo con estas medidas
de emergencia para socorrer su sistema financiero.
En el caso del Reino Unido, su factura de socorro
asciende al 80% del PIB nacional. Curiosamente,
aunque seguramente no por casualidad, tales países
son los dos Estados que dieron origen a la época
neoliberal a finales de los 70 y principios de los
80, siendo desde entonces sus principales
representantes, impulsores y defensores ante el
mundo. Además, por si quedaba alguna duda del origen
de esta crisis global, ha sido la propia ONU la que
no ha tenido más remedio que reconocer, a través de
un informe de la Conferencia de las Naciones Unidas
sobre comercio y desarrollo (UNCTAD), el tremendo
fracaso que el neoliberalismo ha supuesto a todos
los niveles en la economía mundial: "el
laissez-faire de los últimos 20 años, inspirado por
un fundamentalismo de mercado, ha fracasado
estrepitosamente" (UNCTAD, 2009). Las razones de
este fracaso debemos buscarlas, entre otros asuntos
mencionados en el informe, en: "la fe ciega en la
eficiencia de los mercados financieros desregulados
y la inexistencia de un sistema financiero y
monetario basado en la cooperación que generó la
ilusión de que las operaciones financieras
especulativas en numerosos ámbitos podían rendir
ganancias sin riesgo y otorgaban licencia para el
derroche (…) lo que ha favorecido la aparición de
instrumentos financieros "innovadores" sin
vinculación alguna con actividades productivas en el
sector real de la economía." (UNCTAD, 2009). El
resultado de estos "juegos neoliberales" es, pues,
el ya conocido por todos: la mayor crisis económica
y financiera internacional que se recuerda desde el
crack de 1929.
Pero no basta con centrar nuestra atención en la
debacle económico-financiera del mundo desarrollado.
Eso casi es lo de menos, es, simplemente, el primer
eslabón de una cadena cuya podredumbre se acrecienta
a medida que se va extendiendo hacia los niveles
inferiores . El desmoronamiento del sistema
financiero internacional, la estrepitosa caída del
modelo neoliberal aplicado a los mercados
financieros internacionales, ha traído consigo
también otra serie de consecuencias que han afectado
brutalmente a la estabilidad y el desarrollo
económico internacional (sobre todo en los países
empobrecidos), como es, por ejemplo, el aumento
indiscriminado del precio de los alimentos básicos
en los últimos años. Los grandes inversores
internacionales, al darse cuenta que la burbuja
financiera estaba en plena decadencia, que las
ganancias allí eran ya prácticamente imposibles,
movieron sus inversiones hacia aquellos otros
mercados que pudieran satisfacer sus avariciosas
pretensiones. Concretamente hacia aquellos mercados
que en el momento de explotar la burbuja financiera
presentaban una tendencia clara al alza de los
precios, requisito imprescindible para dar rienda
suelta a la especulación en busca de ganancias
rápidas y cuantiosas, tal cual es la lógica de
extremada avaricia y desenfrenada codicia que domina
los mercados en el marco de una esfera neoliberal.
Estos mercados, para desgracia de la humanidad, no
eran otros que el mercado energético y el mercado de
alimentos, dos mercados que afectan de manera
fundamental en el desarrollo y la calidad de vida de
los países empobrecidos, especialmente en aquellos
países, la mayoría, que no cuentan con intereses
económicos en ellos. Como bien se sabe, la consigna
esencial del neoliberalismo es "dejar hacer a los
mercados". Pero los mercados no son entes autónomos
que funcionan por sí mismos. La famosa mano
invisible no es ningún ente metafísico situado más
allá del mundo, no. Tras los mercados se encuentran
simplemente las manos de los ofertantes y los
demandantes. Cuando la especulación se convierte en
la norma que regula la oferta y la demanda, el
"dejar hacer a los mercados" es simplemente un
"dejar ganar dinero a los especuladores, cuanto más,
mejor", sin importar para nada los costes sociales o
ambientales que se puedan generar a consecuencia de
ello, sin importar de ningún modo las externalidades
de tales ganancias. Pero el precio de estas
externalidades es demasiado inhumano cuando de lo
que estamos hablando es de alimentos, es decir, del
sustento básico para miles de millones de personas
pobres en todo el mundo. Nada de eso importó al
neoliberalismo y sus apologetas. Los Estados
"dejaron hacer" a los especuladores en el mercado de
alimentos, de igual modo que antes habían "dejado
hacer" en el mercado financiero y en el mercado
inmobiliario. En consecuencia, a mediados de 2008,
una vez el mercado financiero y el mercado
inmobiliario habían quebrado internacionalmente, el
mercado alimentario recogía la pelota lanzada
durante los últimos años por los especuladores a su
tejado, con unos resultados dramáticos: "Esto fue lo
que produjo como de repente unas subidas
espectaculares en los precios de los productos
básicos en todo el planeta ante la perplejidad de la
gente y ante la pasividad de los gobiernos que, como
hasta entonces, dejaron hacer a los especuladores.
Con tal de ganar dinero, a los bancos y los
especuladores no les importa provocar la muerte de
cientos de miles de personas pobres" (Torres López,
2009).
Los
precios de los alimentos básicos en los mercados
internacionales alcanzaron en 2008 sus niveles más
altos de los últimos 30 años, y amenazaron así la
seguridad alimentaria de la población pobre en todo
el mundo. Desde marzo de 2007 hasta mayo de 2008, el
valor de los productos lácteos subió un 80%, el de
la soja un 87%, y el trigo, un 130%. En 2007 y 2008,
debido principalmente a estos precios altos, otros
115 millones de personas fueron empujadas al hambre
crónica (FAO, 2009). El Fondo Internacional de
Desarrollo Agrícola estima que por cada aumento de
un 1% del coste de los alimentos de base, 16
millones de personas se pueden ver sumergidas en la
inseguridad alimentaria (BM, 2008). Nada de esto,
repetimos, importó al neoliberalismo y sus
apologetas. En consecuencia, entre principios de
2003 y mediados de 2008, el precio de los alimentos
comercializados internacionalmente aumentó un 138%
(BM, 2008). O, lo que viene a ser lo mismo, si,
según estimaciones de la FAO (2008), el número de
personas hambrientas el mundo era ya en 2007 de 923
millones, habiendo aumentado en 80 millones desde el
período de referencia 1990-92, en la actualidad,
tras la subida desorbitada en los precios de los
alimentos entre 2007 y 2008, la cifra se ha de
aumentar nuevamente hasta los más de 1.000 millones
de personas que podrían padecer hambre crónicamente
para finales de 2009, de acuerdo a lo que estarían
indicando las últimas proyecciones del BM (2009).
Concretamente, el Programa Mundial de Alimentos
(PMA, 2009) ha cifrado para el mes de septiembre de
2009 el número total de personas que pasan hambre en
el mundo en los 1020 millones, una cifra nunca vista
con anterioridad y que supone un desagradable record
histórico, a la par que la ayuda alimentaria para
los países en desarrollo se ha visto disminuida
significativamente desde la llegada de la crisis
actual a los países desarrollados: "Hoy hay más
personas con hambre y menos asistencia alimentaria
de la que hemos visto en décadas. El número de
personas que padecen hambre pasará, por primera vez
en la historia, los 1 mil millones este año,
mientras el flujo de asistencia alimentaria estará
en su nivel más bajo de los últimos 20 años" (PMA,
2009). Esto echaría por tierra todos los logros
alcanzados durante los últimos años en la lucha
contra la malnutrición, una vez se pusieron en
marcha los Objetivos del Milenio (ONU, 2000). Esto
además se traduce también en una cifra
verdaderamente escalofriante: cada 24 horas mueren
de hambre 100.000 personas en el mundo, 30.000 de
ellas niños menores de 5 años de edad (Social Watch,
2008). Suficiente para hacer reflexionar a cualquier
persona con un mínimo de consciencia social,
insuficiente, claro, para que los especuladores
neoliberales hagan lo propio. El neoliberalismo
entiende únicamente de ganancias y beneficios: la
vida de las personas también tiene un precio,
siempre y cuando dé beneficios a los especuladores
neoliberales.
El
actual huracán económico, pues, se ha llevado ya por
delante buena parte de los logros alcanzados tiempos
atrás por algunos países en desarrollo en materias
sensibles de tipo social, así como ha arrasado con
casi la mitad de la riqueza mundial. En
consecuencia, está provocando también en casi todo
el planeta, además de lo ya apuntado respecto de los
alimentos, el hambre y otros asuntos, el cierre de
fábricas y la explosión del desempleo, amén de una
escalada proteccionista en las economías
desarrolladas que no hace sino dificultar aún más la
situación de los países de la periferia. Causa de
pobreza, de angustia y de exclusión social, la lacra
del desempleo se extiende por todo el mundo. En EEUU,
en China, en la Unión Europea, en Latinoamérica, en
el África Subsahariana, en Asia del Sur; en todos
los rincones del planeta. Las empresas han dejado de
contratar personal, y muchas están despidiendo a un
número considerable de sus trabajadores/as. Según
datos de la OCDE (2009), organización que integra a
las economías de 30 de los países más ricos del
planeta, la tasa de desempleo de la zona de la OCDE
fue del 8,5% en julio de 2009, 2,4 puntos
porcentuales más alta que un año atrás. En la zona
euro, la tasa de desempleo fue del 9,5% en julio de
2009, 2,0 puntos porcentuales más que en julio de
2008. Para los Estados Unidos, la tasa de desempleo
para agosto de 2009 fue de 9,7%, 3,5 puntos
porcentuales más que el año anterior, y así
sucesivamente en todos los países que integran la
organización. Mención especial para el caso del
Estado Español, país que tiene la tasa de desempleo
más elevada de todos los países miembros. De 2007 a
2009 la tasa de desempleo se ha duplicado en España,
pasando de un 8,3% en 2007 a un vertiginoso 17,9% en
el segundo trimestre del año en curso. Otros
aumentos significativos, con índices de desempleo
que se han triplicado en apenas año y medio, se han
acaecido en países como Irlanda (segundo país con
una mayor tasa de desempleo en la zona, pasando de
un 4,6% en 2007 a un 11,9% en el segundo trimestre
de 2009) o Islandia (de un 2,3% en 2007 a un 7% en
el segundo trimestre de 2009), no hace tanto países
que eran presentados por los apologetas del
neoliberalismo como verdaderos ejemplos de la
eficiencia neoliberal. A escala mundial, en 2008 se
estimó que un 6% de los trabajadores del mundo no
estaba trabajando sino buscando trabajo, porcentaje
que en 2007 era ya del 5.7% (OIT, 2009). Las
predicciones para 2009 no son en absoluto
halagüeñas. En una primera hipótesis sobre la
evolución más pesimista, se advertía que la tasa de
desempleo podría llegar al 7,1%, lo que equivaldría
a un aumento de más de 50 millones de desempleados
en el mundo respecto de 2007 (OIT, 2009). Sin
embargo, estas primeras previsiones de la OIT
parecen haberse quedado cortas. En una segunda
revisión del informe, presentada en mayo de 2009, la
OIT aumentó las previsiones de desempleo global
hasta el 7,4%, con un aumento de casi 60 millones de
desempleados en apenas dos años. Hasta un total de
240 millones de trabajadores en todo el mundo
podrían encontrarse sin empleo a finales de 2009.
Por
supuesto, y aún a pesar de que es la propia OIT la
que estima que hasta un 40% del empleo perdido
podría concentrarse en los países del G7 (grupo de
países más industrializados del mundo), son las
clases trabajadoras de los países empobrecidos
quienes en mayor medida sufren las consecuencias de
este aumento indiscriminado del desempleo a nivel
mundial. Ya no sólo porque estas regiones
empobrecidas se mantienen en tasas de desempleo
preocupantemente altas (el mencionado informe de la
OIT -2009- señala que a finales de 2008, el Norte de
Africa y Oriente Medio seguían teniendo las tasas
más elevadas de desempleo, del 10,3% y el 9,4%
respectivamente, seguidas por Europa central y
Sudoriental -países no pertenecientes a la UE- y la
Comunidad de Estados Independientes –CEI-, con un
8,8%, el Africa subsahariana con un 7,9% y América
Latina con un 7,3%), viendo incluso como estas tasas
irán en aumento durante 2009, sino por la situación
de vulnerabilidad y precariedad laboral a la que se
ven abocadas sus clases trabajadoras a consecuencia
de ello. En muchos países en desarrollo bastante más
de la mitad de la fuerza de trabajo está empleada en
condiciones que no se compadecen con las que
caracterizan a un trabajo decente. En el África
subsahariana (la región más pobre del mundo), por
ejemplo, para el 2007 casi 3/5 de las personas
empleadas caen en la categoría de trabajadores
extremadamente pobres (viven con menos de 1,25 US$
al día) y más del 75% de los trabajadores de esta
región tenían un empleo vulnerable. En Asia del Sur,
para ese mismo año 2007, un 47,1% de los
trabajadores se encontraban en situación de extrema
pobreza, y más de un 77% tenían un empleo
vulnerable. Sólo en esta región asiática se estima
para el 2009 un aumento de hasta el 13% en el número
de trabajadores que caerán en situación de extrema
pobreza. En general para 2009 se calcula un aumento
en el número de trabajadores extremadamente pobres
de hasta el 6,1% a nivel mundial, lo que situaría la
tasa en el 26,8% (más de 800 millones de
trabajadores, prácticamente todos ellos en el mundo
"subdesarrollado") (OIT, 2009). A todo esto le
debemos sumar también que las estimaciones en
relación a la vulnerabilidad laboral de los
trabajadores con empleo hablan de un aumento de
hasta el 2,3%, lo que situaría la tasa en un 52,9% a
nivel mundial (más de 1600 millones de
trabajadores). Además, el número de trabajadores
pobres, es decir, personas que no ganan lo
suficiente para mantenerse a sí mismos y a sus
familias por encima del umbral de la pobreza de 2
US$ al día por persona, puede aumentar también este
año hasta alcanzar un total de 1.400 millones, lo
cual representaría el 45,4% de los trabajadores
mundiales (OIT, 2009). Ya ni siquiera se puede decir
que ostentar la condición de trabajador en activo es
garantía alguna de calidad de vida, especialmente,
como se ve, en los países empobrecidos. Si a todo lo
anterior le sumamos además el hecho sabido del
desmantelamiento de las prestaciones por desempleo y
otros modos de protección social y laboral llevados
a cabo por las políticas neoliberales en un
importante número de países subdesarrollados, pueden
juzgar ustedes mismos la situación en la que quedan
las clases trabajadoras de estos países ante el
panorama económico actual.
Por
otro lado, en 2008 el Banco Mundial publicó unas
nuevas estimaciones sobre la pobreza mundial,
basadas en los resultados del Programa de
Comparación Internacional (PCI). El nuevo umbral de
pobreza se ha establecido ahora en 1, 25 dólares de
ingreso diario, a precios de 2005, que es el umbral
promedio para los 15 países más pobres del mundo.
Pues bien, según estas nuevas estimaciones, en los
países en desarrollo 1.400 millones de trabajadores
viven en la pobreza extrema (950 millones según las
estimaciones anteriores) (BM, cit. en OIT, 2009).
Para colmo, en estas nuevas estimaciones del BM no
se refleja aún el efecto del aumento de los precios
en los alimentos básicos a partir de 2005. Si ya en
ese 2005 había en el planeta más de 2600 millones de
personas que vivían con menos de 2 US$ al día (Millet
y Toussaint, 2009), las cifras que se han de
publicar próximamente al respecto deben ser
sencillamente espeluznantes. Si, siguiendo por esta
línea de investigación, nos vamos a un análisis
comparativo de la pobreza extrema en algunas de las
regiones menos desarrolladas del planeta entre los
años 1981 y 2004 (años duros de la utopía
neoliberal), los resultados son bastante
significativos y, por supuesto, demostrativos de la
pesadilla que el neoliberalismo ha supuesto para los
países en desarrollo. En 1981, las personas que
vivían con menos de 1 US$ al día en el África
Subsahariana eran 214 millones, en 2004 había ya 391
millones. Para el Asia del Sur, en 1981 había 548
millones, en el año 2004, 596 millones (Millet y
Toussaint, 2009). Todo ello a pesar de que la
doctrina oficial del FMI y el BM suele hacer gala
del supuesto descenso acecido en los niveles de
pobreza extrema a nivel mundial durante las últimas
décadas (una disminución cercana al 25%, a un ritmo
de un 1% entre 1981 y 2005), obviando que gran parte
de esa reducción se ha dado en países del tamaño de
China y la India, países que, como es sabido, no se
plegaron a los designios de los planes estructurales
marcados por estas instituciones financieras
internacionales. Si quitásemos de estas cifras los
logros alcanzados en esta materia por las dos
economías mencionadas, la reducción real de la
pobreza extrema en el mundo resulta ser
prácticamente nula, habiéndose visto aumentada
incluso en aquellas regiones que más necesitadas
estaban ya en 1980 de tal reducción. Por tanto, ni
este dato, ni el argumento del aumento poblacional,
pueden tapar la violencia de las cifras presentadas
en regiones como el África Subsahariana o Asia del
Sur, las regiones más pobres del planeta y,
consecuentemente, más necesitadas de la aplicación
de políticas eficaces para el desarrollo y para la
disminución de la pobreza. También en América Latina
el número de personas en situación de pobreza
extrema aumentó durante el periodo neoliberal,
pasando de 42 millones en 1981 a 46 millones en 2004
(Millet y Toussaint, 2009). El neoliberalismo, pues,
no sólo no ha tenido ningún efecto positivo de cara
a la reducción de la pobreza mundial, sino que ha
supuesto un agravante para la misma, alzándola a sus
niveles más elevados de toda la historia: "La
relación entre la liberalización comercial y la
erradicación de la pobreza se ha sometido
recientemente a un riguroso examen tanto por las
organizaciones internacionales como por la comunidad
académica (…) las políticas de liberalización
comercial han afectado a las perspectivas de
reducción de la pobreza de los países en desarrollo"
(ONU, 2005). Sus trágicas consecuencias son las ya
comentadas.
Y
por si todo lo dicho no fuese poco, se prevé también
que el déficit total de financiamiento de los países
en desarrollo para este mismo año 2009 se ubicará
entre los 350.000 millones y los 635.000 millones de
US$ (BM, 2009). La deuda externa de los países en
desarrollo se sextuplicó durante el periodo
neoliberal que va desde 1981 a 2007, pasando de
54.000 millones de dólares en 1981, a 336.000
millones en 2007 (Millet y Toussaint, 2009) y, como
se ve, sigue en aumento. Lamentablemente, aunque
como macabro resultado lógico a todo lo
anteriormente expuesto, para este año 2009 se prevé
igualmente un fuerte aumento de la mortalidad
infantil debido a la disminución en las tasas de
crecimiento de los países. Entre 1,4 millones y 2,8
millones más de bebés pueden morir en los próximos
cinco años si persiste la crisis (BM, 2009). Pero si
hay algo que ejemplifica a la perfección cuál ha
sido el efecto devastador que las políticas
neoliberales han tenido en el ámbito de la economía
globalizada para con los países en desarrollo, eso
son los datos acerca de la distribución mundial de
la riqueza: para el año 2000 el 2% de los adultos
más rico en el mundo poseía ya más de la mitad de la
riqueza global de los hogares. En esa misma fecha,
el 1% de adultos más ricos poseía el 40% de los
activos globales, así como el 10% de los adultos más
ricos contaba con el 85% del total mundial. En
contraste, la mitad más pobre de la población adulta
del mundo sólo era dueña del 1% de la riqueza global
(UNU-WIDER, 2006). Es decir, la riqueza mundial está
sumamente concentrada en Norteamérica, Europa y los
países de altos ingresos en el área de
Asia-Pacífico; en el mundo desarrollado, y, dentro
de ellos, a su vez, en manos principalmente de sus
élites económicas. La población de estas naciones
posee colectivamente el 90% de la riqueza total
global (UNU-WIDER, 2006). Casi nada. Otros datos
significativos a este respecto son los que se
desprenden de un informe de la ONU sobre desigualdad
social (2005), y que no vienen sino a demostrar aún
más los devastadores efectos que las políticas
neoliberales han tenido sobre las economías de los
países en desarrollo según su propio papel dentro
del sistema-mundo capitalista: El 86% de todos los
bienes de consumo del mundo se quedan en manos del
20% de la población mundial. El 20% de los más
pobres del mundo se reparten apenas el 1.3% de esos
bienes. Los 20 países más ricos consumen el 45% de
la carne y del pescado ofrecido por el mercado, y
los 20 más pobres apenas el 5%. En materia de
energía, los 20 países más ricos consumen el 58%, en
tanto que los 20 más pobres sólo el 4% (ONU, 2005).
Finalmente, otro dato interesante nos lo proporciona
el índice de desarrollo humano (IDH). Para el año
2006, 107 países de los 177 que se recogen en la
lista vivían por debajo del límite que marca una
tasa de desarrollo humano alto (0,8 o más), 21 de
ellos con un índice de desarrollo humano inferior a
0,5 (PNUD, 2007). En 1991 estos datos eran de 106
países sobre un total de 160 (PNUD, 1991). Es decir,
en 15 años hay tan sólo un país menos en la lista de
países con un IDH inferior al 0,8. Si a su vez
miramos estos datos haciendo un análisis por
regiones, los datos son aún más escalofriantes: ni
un solo país de las regiones más pobres del mundo
(África subsahariana, Así del Sur, etc.) ha
conseguido en este tiempo pasar a formar parte del
selecto grupo de países con un IDH superior al 0,8%.
Significativo.
Así
pues, si algunos economistas e historiadores
latinoamericanos ya catalogaron en su momento a la
década de los 80 como "la década perdida para el
desarrollo", habida cuenta del nulo crecimiento y
desarrollo que tuvieron los países de América Latina
y el Caribe durante esa década, podemos ahora
hablar, a la vista de la situación actual y sus
consecuencias, del periodo neoliberal en su
conjunto, y para todo el mundo subdesarrollado, como
de una "etapa perdida para el desarrollo", una etapa
en la cual no ha habido un solo país
"subdesarrollado" capaz de haber encauzado de manera
correcta los caminos del progreso económico, a la
par que no son pocos los países que a día de hoy se
encuentran en situación igual o peor que la
situación a la que debían hacer frente allá por los
años 80. Entre 1985 y 2000, tan solo 16 países en
desarrollo crecieron más del 3%; 32 crecieron menos
del 2%; y 23 sufrieron retroceso del PIB (Betto,
2001). Si tenemos en cuenta que el crecimiento del
PIB es un dato bastante engañoso a la hora de
reflejar el crecimiento real de un país en
desarrollo (pues no tiene en cuenta la parte de ese
crecimiento que va a parar a manos de las empresas
extranjeras con inversiones en el país, o el precio
a pagar por la devolución con intereses de los
préstamos en el extranjero para la financiación de
ese "desarrollo"), los datos hablan por sí mismos:
el neoliberalismo no ha traído crecimiento alguno
para los países en desarrollo, a la par que en no
pocos de ellos se ha producido un decrecimiento.
Otro detalle concreto de este retroceso nos lo
proporciona un análisis del comportamiento que la
renta per cápita de estos países ha tenido durante
los años de apogeo del neoliberalismo. Los números
concretos dependen de los datos que se utilicen
pero, en líneas generales, la renta per cápita de
los países en desarrollo creció aproximadamente un
3% anual entre 1960 y 1980, y solo 1,5% entre 1980 y
el año 2000. Además, este 1,5% quedaría reducido al
1% si excluimos del promedio a India y China, que no
han seguido, como se dijo antes, las políticas de
libre comercio y las políticas industriales
recomendadas por los países desarrollados (Chang,
2003). Consecuentemente, mientras que en las últimas
cuatro décadas la renta de los 20 países más ricos
casi se triplicó, alcanzando en el 2002 el nivel de
32,339 US$ por persona, en los 20 países más pobres
creció sólo el 26%, para llegar a los 267 US$ (ONU,
2005), un promedio más de cien veces inferior al de
los países desarrollados, y cuya diferencia entre
unos y otros casi se ha triplicado en el periodo
neoliberal. Si tenemos en cuenta ahora también que,
como se ha dicho anteriormente, el aumento en la
renta per cápita de los países en desarrollo creció
a un ritmo de más del doble en los años que van
desde 1960 a 1980 en comparación con los que abarcan
las décadas de los 80 y los 90, los datos de la
época neoliberal y sus efectos sobre el desarrollo
de los países empobrecidos de la periferia hablan
por sí mismos: nulo crecimiento interno acompañado,
eso sí, de un aumento salvaje en las diferencias
económicas que los separan de los países
desarrollados del centro. Nunca antes en la historia
las diferencias entre unos países y otros habían
sido tan abismales en términos de PIB o de renta per
cápita, paradigmas por excelencia de las mediciones
neoliberales en cuanto a valorar el crecimiento
económico de los distintos países se refiere. Sus
propios paradigmas los delatan y los dejan en
evidencia.
No
es de extrañar, por tanto, que ya en el año 2005,
antes incluso de la explosión de la crisis
financiera internacional, en el mencionado informe
sobre desigualdad social en el mundo, la ONU
afirmase que: "La principal dinámica mundial que
ayuda a entender las causas de las persistentes
desigualdades se refiere a las políticas de
liberalización implementadas por muchos países
durante las dos últimas décadas. Estas reformas han
sido aplicadas por países de todo el mundo y han
tenido un gran impacto negativo en las
desigualdades. (…)La liberalización financiera ha
hecho que aumente la inestabilidad y la frecuencia
de las crisis financieras, sobre todo en los países
en desarrollo (…)La preponderancia de las corrientes
especulativas a corto plazo en estos sistemas ha
reducido la disponibilidad de recursos para la
inversión productiva y ha creado nuevas
restricciones para la política de desarrollo" (ONU,
2005). Neoliberalismo y desarrollo no parecen, pues,
según lo percibe la propia ONU, y según demuestran
los datos analizados, tener relación de sinonimia
alguna. El sueño defendido por tantos estómagos
agradecidos durante las últimas décadas acerca del
neoliberalismo como doctrina económica bienhechora
para con las economías de los países en desarrollo,
ya no hay quien se lo crea. Más bien se puede hablar
ya con toda claridad de pesadilla, una profunda y
terrorífica pesadilla. El Neoliberalismo para los
países en desarrollo es igual, entre otras
calamidades, a más miseria, más desempleo, más
pobreza, más hambre, más endeudamiento con el
exterior, más desigualdades sociales y más
concentración de la riqueza en manos de los
poderosos países del Norte y sus clases más
privilegiadas, que no son precisamente sus clases
trabajadoras. Estamos entonces, qué duda cabe, si
hacemos un análisis conjunto de todos los datos
aportados hasta el momento, ante lo que podemos
considerar la culminación de la historia de un
fracaso anunciado: la historia del neoliberalismo
como paradigma para el desarrollo de los países
empobrecidos, por más que, como se ha dicho, los
apologetas de estas doctrinas económicas hayan
tratado por todos los medios de convencernos de lo
contrario. Las cifras no admiten dudas ni engaños,
son claras. La conclusión final también es sencilla:
los pueblos empobrecidos tienen que abandonar desde
ya el neoliberalismo y apostar decididamente por
modelos alternativos para el desarrollo. Modelo que
deben ir más allá de los estrechos márgenes
otorgados por el capitalismo. Modelos que han de
avanzar por la senda del desarrollo auto-centrado y
el socialismo. No queda otra.
www.pedrohonrubia.com
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