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HYMAN
MINSKY, EL ECONOMISTA QUE VIO VENIR EL DESPLOME AÚN
VEÍA OTRO PROBLEMA EN EL HORIZONTE: SU REPETICIÓN
¿Por qué falla el capitalismo?
Por
Stephen Mihm-Globe Correspondent
[21.11.2009]-
Actualización 10:20 am de Cuba
Desde
que el sistema financiero mundial empezara a
deshilacharse hace dos años, los distinguidos
economistas han sufrido su propia crisis particular.
Profesores de la Ivy League que habían anunciado con
fanfarrias el albor de una nueva era de estabilidad
se ven en apuros a la hora de explicar cómo, por
decirlo con exactitud, la peor crisis financiera
desde la Gran Depresión ha cogido en paños menores a
su profesión entera.
Entre
el suplicio y la autoflagelación, algunos
comentaristas, algo más cerebrales, han comenzado a
hablar de la llegada del “momento Minsky”, y un
número cada vez mayor de personas con acceso a
información privilegiada incluso empiezan a advertir
de la llegada de un “colapso Minsky.”
“Minsky” es el diminutivo de Hyman Minsky, un
macroeconomista desconocido hasta la fecha que murió
hace ya más de una década. Muchos economistas nunca
habían oído hablar de él cuando estalló la crisis, y
sigue siendo en gran medida una figura oscurecida en
el gremio. Pero últimamente ha comenzado a emerger
como el más aventajado pensador sobre los sucesos en
desarrollo. Un economista a contracorriente en la
conformidad de la Norteamérica de la posguerra, un
experto en los campos de las finanzas y las crisis,
entonces tan poco de moda, Minsky fue uno de los
economistas que vio lo que se avecinaba. Predijo,
hace decenios, casi con toda exactitud, el tipo de
desplome que ha sacudido a la economía mundial
recientemente.
En los
últimos meses la estrella de Minsky no ha hecho más
que brillar. Economistas galardonados con el premio
Nobel hablan de incorporar sus conocimientos a la
disciplina y se reimprimen copias de sus libros que
se venden estupendamente bien. Ha pasado de ser una
figura prácticamente olvidada a otra clave en el
debate sobre cómo solucionar el sistema financiero.
Pero
si Minsky estaba en lo cierto, como parece que así
fue, la noticia no es algo que precisamente anime.
Él creía en el capitalismo, pero también creía que
tenía una flaqueza en su genética: las modernas
finanzas, dijo, estaban muy lejos de ser la fuerza
estabilizadora que la economía al uso retrataba. Es
más, se trataba de un sistema que creaba la ilusión
de estabilidad mientras creaba simultáneamente las
condiciones para un desplome inevitable y
dramático.
En
otras palabras, la única persona que predijo la
crisis también creía que el sistema financiero
contenía las semillas de su propia destrucción. “La
inestabilidad”, escribió, “es una imperfección
inherente al capitalismo de la que éste no puede
escapar.”
Puede
que la visión de Minsky fuera sombría, pero él no
era ningún fatalista: creía que era posible diseñar
políticas que pudiesen atemperar los daños
colaterales causados por las crisis financieras.
Pero con un número cada vez mayor de economistas
prestos a declarar que la recesión ya ha terminado,
que hemos dejado a la crisis misma detrás nuestro,
estas políticas pueden demostrarse tan poco cómodas
como las que acaba de reemplazar. Más aún: a medida
que los economistas van adoptando los juicios
proféticos de Minsky, parece que están muy lejos de
recordar todo lo que ello implica.
En un
mundo ideal, una profesión dedicada al estudio del
capitalismo sería tan irresponsable e innovadora
como el objeto de su estudio. Pero los economistas
han estado a menudo sujetos a poderosas ortodoxias,
y nunca lo estuvieron tanto como cuando Minsky entró
en escena.
Esa
ortodoxia, nacida en los años posteriores a la
Segunda Guerra Mundial, era conocida como “síntesis
neoclásica.” La vieja creencia en un mercado libre
que se autoregulaba y se estabilizaba a sí mismo
había absorbido selectivamente algunas de las
teorías de John Maynard Keynes, el gran economista
de la década de los treinta que escribió
extensivamente sobre cómo el capitalismo puede
fracasar a la hora de mantener el pleno empleo. La
mayoría de economistas aún creía que el capitalismo
de mercado libre era, en lo fundamental, una base
estable para la economía, aunque gracias a Keynes,
algunos ahora reconocían que el gobierno podía bajo
ciertas circunstancias jugar un papel central en la
economía –y en el empleo– para mantener la
estabilidad del sistema.
Economistas como Paul Samuelson se convirtieron en
el rostro del nuevo establishment: él y otros,
procedentes de contadas universidades de elite,
terminaron siendo inmensamente influyentes en
Washington. En teoría, Minsky podría haber sido una
estrella académica en el nuevo establishment. Como
Samuelson, se doctoró en economía por la Universidad
de Harvard, donde estudió con el legendario
economista austríaco Joseph Schumpeter, así como el
futuro premio Nobel Wassily Leontief.
Pero
Minsky estaba cortado por otro patrón. Descendiente
de inmigrantes de Minsk, actual Bielorrusia, Minsky
vino al mundo entre paños rojos, hijo de socialistas
mencheviques. Mientras que la mayoría de economistas
se pasaron los años cincuenta y sesenta estudiando
penosamente modelos matemáticos, Minsky hizo una
investigación sobre la pobreza, algo que
difícilmente puede considerarse el no va más para
los economistas. Con sus largos cabellos blancos,
Minsky se encontraba más cerca de la contracultura
que de la economía al uso. Era, según recuerda el
economista L. Randall Wray, un antiguo estudiante,
“todo un personaje.”
Así
que mientras sus colegas de universidad iban ganando
premios Nobel y escalando posiciones en la Academia,
Minsky palidecía. Fue sin rumbo de trabajo en
trabajo, de Brown a Berkeley, y de ahí a la
Universidad de Washington. Aún peor: muchos
economistas ni siquiera conocían su obra. Una reseña
sobre Minsky publicada en 1997 anotaba simplemente
que “su obra no ha ejercido una influencia a tener
en cuenta en las discusiones macroeconómicas de los
últimos treinta años.”
Con
todo, se mantuvo ocupado. Además de la pobreza,
Minsky empezó a ahondar en el estudio de las
finanzas, las cuales, a pesar de su aparente
importancia, no ocupaban ningún lugar en las teorías
formuladas por Samuelson y otros. También empezó a
formular una pregunta simple e inquietante: “¿'Eso'
podría volver a ocurrir?”, donde “eso” era, como
Voldemort, la némesis de Harry Potter, lo
innombrable: la Gran Depresión.
En sus
escritos, Minsky miraba hacia su héroe intelectual,
Keynes, razonablemente el mayor economista del siglo
XX. Pero donde la mayoría de economistas extraían
una lección, por lo demás muy simple, de Keynes (a
saber, que el gobierno podía dar un paso al frente y
microgestionar la economía, limar las asperezas del
ciclo económico y mantener las cosas en
funcionamiento), Minsky no tenía ningún interés en
lo que él y otros economistas disidentes llegaron a
definir como “keynesianismo bastardo.”
En vez
de eso Minsky extrajo sus propias y mucho más
sombrías conclusiones de los principales escritos de
Keynes, en los que no sólo trató los problemas del
desempleo, sino también del dinero y la banca.
Aunque Keynes nunca lo afirmó explícitamente, Minsky
sostuvo que toda la obra de Keynes conducía a la
conclusión de que el capitalismo era por su misma
naturaleza inestable y propenso a su desplome. Lejos
de dirigirse hacia algún tipo de estado de
equilibrio mágico, el capitalismo podía hacer
justamente lo contrario. Podía ir dando bandazos por
un acantilado.
Este
análisis llevaba la marca de su consejero Joseph
Schumpeter, el reputado economista austríaco hoy
famoso por documentar el incesante proceso de
“destrucción creativa” del capitalismo. Pero Minsky
se pasó más tiempo pensando en la destrucción que en
la creación. Al hacerlo, formuló una intrigante
teoría: no sólo el capitalismo era propenso al
desplome, escribió, sino que precisamente eran sus
períodos de estabilidad económica los que allanaban
el camino a crisis monumentales.
Minsky
llamó a esta idea “la hipótesis de la inestabilidad
financiera.” En el despuntar de una depresión,
observó, las instituciones financieras son
extraordinariamente conservadoras, como lo son los
negocios. Con los prestatarios y prestamistas
alimentando la economía con sus acuerdos de alto
riesgo, las cosas marchan con suavidad: los
préstamos se pagan casi siempre a tiempo, los
negocios tienen por lo general éxito y a todo el
mundo le va bien. Este éxito, empero,
inevitablemente anima a los prestatarios y a los
prestamistas a arriesgarse más con la razonable
esperanza de conseguir más dinero. Como observó
Minsky, “el éxito alimenta el rechazo a la
posibilidad de un fracaso.”
Cuando
la gente olvida que el fracaso es una posibilidad,
una “economía eufórica” se desarrolla finalmente,
alimentada por el crecimiento de prestatarios que
emprenden riesgos -lo que denominó prestatarios
especuladores, cuyos ingresos cubrirían los
intereses pero no las deudas principales; y aquellos
a quienes denominó “prestatarios Ponzi”, que ni
siquiera cubrirían los intereses y sólo podrían
pagar sus facturas pidiendo nuevos préstamos. A
medida que los miembros de estas últimas categorías
creciesen, la economía general se desplazaría de un
ambiente conservador pero rentable a un sistema
mucho más irresponsable dominado por agentes cuya
supervivencia no depende solamente de planes
empresariales sólidos, sino del dinero prestado y de
créditos a libre disposición.
Una
vez desarrollada una economía como ésta, cualquier
pánico podría hacer que se fuera a pique al mercado.
El fracaso de una sola empresa, por ejemplo, o la
revelación de un fraude asombroso podrían disparar
el miedo y un repentino y generalizado intento de la
economía por liberarse de la deuda. Este hito -que
más tarde recibiría el nombre de “momento Minsky”-
crearía un ambiente profundamente inhóspito para
todos los prestatarios. Los especuladores y
prestatarios Ponzi serían los primeros en venirse
abajo, a medida que pierden acceso al crédito que
necesitan para sobrevivir. Incluso los agentes más
estables pueden encontrarse en la situación de no
ser capaces de afrontar sus deudas sin vender sus
activos. Esta venta de activos forzada haría entrar
el valor de los mismos en una espiral descendente e
inevitablemente el agrietado edificio financiero
empezaría a venirse abajo. Los negocios se
tambalearían y la crisis se extendería a la economía
“real” dependiente del sistema financiero ahora en
desplome.
Desde
los sesenta en adelante Minsky trabajó en esta
hipótesis. En aquella época creyó que este
desplazamiento estaba ya produciéndose: la
estabilidad de posguerra, la innovación financiera y
el reflujo del recuerdo de la Gran Depresión estaban
gradualmente estableciendo las bases para una crisis
de proporciones épicas. La mayor parte de lo que
dijo fue a caer en oídos sordos. Los sesenta fueron
una época de sólido crecimiento, y aunque el
estancamiento económico de los setenta fue un duro
golpe para el grueso de la economía neokeynesiana,
los responsables de la política económica no
acudieron raudos a Minsky. En vez de eso, el
fundamentalismo de libre mercado echó raíces: el
gobierno era el problema, no la solución.
Además, el nuevo dogma coincidió con una notable
época de estabilidad. El período de finales de los
ochenta hacia adelante ha recibido el nombre de la
“gran moderación”, una época de recesiones poco
profundas y de una gran capacidad de recuperación en
la mayor parte de las mayores economías
industriales. Las cosas nunca habían sido tan
estables. La posibilidad de que “eso” ocurriese de
nuevo parecía una broma.
Y a
pesar de todo, en este período el sistema financiero
-no la economía, sino las finanzas como industria-
estaba creciendo a pasos agigantados. Minsky se pasó
los últimos años de su vida, a principios de los
noventa, advirtiendo de los peligros de la
titulización y otras formas de innovación
financiera, pero pocos economistas le escucharon.
Tampoco prestaron atención a la creciente
dependencia de los consumidores y empresas de la
deuda, y el empleo creciente del apalancamiento en
el sistema financiero.
Para
finales de siglo XX, el sistema financiero del que
Minsky había advertido se había ya materializado,
completado con prestatarios especuladores,
prestatarios Ponzi y unos pocos prestatarios
conservadores que completaban el esquema y eran los
cimientos de una economía verdaderamente estable.
Después de décadas, habíamos olvidado de verdad el
significado de la palabra riesgo. Cuando empresas
financieras de varios pisos de altura empezaron a
derrumbarse, enviando señales a través de la
economía “real”, sus predicciones comenzaron a
parecerse mucho a un mapa de carreteras.
“No
fue un momento Minsky”, explica Randall Wray. “Fue
medio siglo Minsky.”
Ahora
Minsky hace furor. Hace un año un influyente
columnista del Financial Times le confió a sus
lectores que la relectura de la “obra maestra” de
Minsky de 1986 -Stabilizing and Unstable Economy
(Estabilizando una economía inestable)- “me había
ayudado a aclarar mis ideas respecto a la crisis.”
Otros se unieron al coro sin tardanza. A principios
de este año, dos pesos pesados de la economía –Paul
Krugman y Brad DeLond– se quitaron el sombrero ante
él en foros públicos. Es más, el ganador del premio
Nobel Paul Krugman tituló una de sus conferencias en
la London School of Economics “The Night They Re-read
Minsky.” (La noche en que releyeron a Minsky)
Hoy la
mayoría de los economistas, qué duda cabe, están
leyendo por vez primera a Minsky, intentando encajar
sus análisis, tan poco convencionales, en los
andamiajes teoréticos de su profesión. Si Minsky
viviera, sin duda hubiera aplaudido este
reconocimiento tardío, aún produciéndose a un
terrible costo. Como observó irónicamente en una
ocasión, ¿acaso nos es Minsky de alguna ayuda? Si el
capitalismo es un sistema inestable e inherentemente
autodestructivo -más allá de que produce
desigualdades y desempleo, como observó Keynes-,
¿ahora qué?
Después de haber empleado su vida advirtiendo de los
peligros de la complacencia en lo que se refiere a
la estabilidad -y que dieron en oídos sordos-,
Minsky fue razonablemente pesimista en cuanto a la
posibilidad de cortocircuitar el trágico ciclo de
booms y pinchazos. Pero sí que creía que se podían
hacer muchas cosas con el fin de sortear el
peligro.
Para
evitar que el momento Minsky se convirtiese en una
calamidad nacional, parte de su solución (que era
compartida por otros economistas) era que la Reserva
Federal -que él gustaba en llamar “Big Bank”- se
adentrase en la brecha y actuase como prestamista en
última instancia para las empresas bajo asedio.
Inyectando liquidez a las empresas en zozobra, la
Reserva Federal podría romper el ciclo y estabilizar
el sistema financiero. Fracasó a la hora de hacerlo
en la Gran Depresión, cuando se quedó a un lado y
dejó que la crisis bancaria entrase en una espiral
fuera de todo control. Esta vez, bajo la dirección
de Ben Bernanke –como Minsky, un académico de la
Depresión– ha tomado un acercamiento diferente,
convirtiéndose en el prestamista en última instancia
de todo, desde hedge funds a bancos de inversión y
fondos monetarios.
La
otra solución de Minsky, no obstante, era
considerablemente más radical y políticamente un
sapo difícil de tragar. La táctica favorita de sacar
a la economía de la crisis estaba –y está– basada en
la noción keynesiana de “bombear el inflador” (priming
the pump) enviando dinero para emplear a grandes
masas de mano de obra cualificada y sindicada en la
construcción de una línea de ferrocarril, por
ejemplo.
Minsky,
sin embargo, defendió un acercamiento del tipo
“burbuja”, que enviase primero dinero a los pobres y
los obreros no cualificados. El gobierno –o como él
prefería llamarlo, el “Gran gobierno”– debería
convertirse en “última instancia en el empleador”,
dijo, ofreciendo trabajo a cualquiera que quisiera
ejercer uno a partir de un salario mínimo que sería
pagado a los trabajadores que proporcionasen
cuidados a los niños, limpiasen las calles o
proporcionasen servicios que dieran a los
contribuyentes pruebas visibles de la inversión de
sus dólares. Disponibles para todos, sería incluso
más ambicioso que el New Deal, reduciendo
considerablemente las cuentas del estado de
bienestar al garantizar un empleo para cualquiera
que fuese capaz de trabajar. Un programa como éste
no sólo ayudaría, según él creía, a los pobres y a
los trabajadores no cualificados, sino que también
pondría una red de seguridad debajo del salario de
todos los demás, previniendo que los salarios de los
trabajadores más cualificados cayese
precipitadamente, y enviando los beneficios a lo
largo de toda la escalera socioeconómica.
Mientras los economistas acaso reconozcan algunos de
los análisis de Minsky respecto a la inestabilidad
financiera, parece que puede afirmarse con seguridad
que incluso los responsables políticos más liberales
están muy lejos de pensar un papel para el gobierno
americano tan expansivo. Un caro programa de pleno
empleo estaría demasiado cerca del socialismo como
para que fuese cómodo para los políticos. Por su
parte, Wray piensa que los críticos están dispuestos
a interpretar incorrectamente a Minsky: “él vio
estas ideas como perfectamente consistentes con el
capitalismo”, dice Wray. “Harían que el capitalismo
funcionase mejor.”
Pero
no a la perfección. Si hay que extraer alguna
conclusión de las obras completas de Minsky, es que
la perfección, como la estabilidad y el equilibrio,
son espejismos. Minsky no compartió la extraña
creencia de su profesión de que todo podía ser
reducido a un pequeño modelo o a una teoría fácil.
La suya era una especie de economía existencial: el
capitalismo, como la vida misma, era difícil, e
incluso trágica. “No hay ninguna respuesta simple a
los problemas de nuestro capitalismo”, escribió
Minsky. “No hay ninguna solución que pueda
transformarse en una frase pegadiza e imprimirse en
grandes carteles.”
Es un
sentir que puede limitar el que Minsky se convierta
en parte de una nueva ortodoxia. Pero eso es
probablemente lo que él hubiera preferido, según
creía el economista James Galbraith. “Creo que se
resistiría a ser domesticado”, dijo Galbraith. “Se
pasó toda su carrera aislado profesionalmente.”
Stephen Mihm es profesor de historia en la
Universidad de Georgia y autor de A Nation of
Counterfeiters (Una nación de falsificadores),
Harvard, 2007.
Traducción para www.sinpermiso.info: Ángel Ferrero
Fuente:
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2902 |