Latinoamérica y
Estados Unidos disputan la hegemonía
Por
Hugo Moldiz-La Época
[29.12.2009]- Actualización 5:50 pm de Cuba
La
Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra
América (ALBA) se ha convertido, por la naturaleza
de sus gobiernos y el alto grado de la conciencia
social de la población de sus estados miembros, en
una verdadera pesadilla para los Estados Unidos,
cuyo poder imperial se encuentra cada vez más
cuestionado en esta parte del mundo.
No
es que el imperio se esté cayendo, pero el malestar
de la Casa Blanca se hace más notorio conforme pasa
al tiempo. La Secretaría de Estado de Estados
Unidos, Hillary Clinton, el 11 de diciembre, en un
informe sobre la situación política de América
Latina, se encargó de encender la chispa al advertir
a Bolivia y Venezuela de manera abierta sobre las
relaciones diplomáticas con el régimen y gobierno
iraníes.
"Si
la gente quiere flirtear con Irán, debería
considerar las consecuencias que pueden tener para
ellos, esperamos que se lo piense dos veces", fueron
las palabras textuales que brotaron de la boca de la
canciller estadounidense que no disimula en su papel
de proyectarse ante el mundo como la autoridad
imperial de línea dura.
Pero la posición de Estados Unidos hacia América
Latina más que proactiva se desnuda periódicamente
como una expresión de reacción ante el avance
sostenido de una emergencia latinoamericanista que
está siendo motorizada por el ALBA y de manera
particular por los procesos revolucionarios de Cuba,
Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. De ahí que
las palabras de la Clinton sean vistas como una
suerte de exhortación al retorno, sobre nuevas
condiciones, de la política del presidente Lyndon
Johnson, quien en 1964 proclamó abiertamente que
"los Estados Unidos prefieren contar con aliados
seguros a tener vecinos democráticos".
Con
la doctrina Johnson —que al mismo tiempo expresaba
una readecuación de las políticas "del garrote", "el
buen vecino", la "diplomacia misionera" y la
"Doctrina Truman"—, en América Latina se dio inicio
a una cadena de golpes militares que, salvo escasas
primaveras democráticas, produjeron e instalaron
sangrientas dictaduras hasta mediados de la década
de los 80. En Nicaragua se tuvo a la "dinastía de
los Somoza" hasta 1979, cuando triunfó la revolución
popular sandinista. En Bolivia a Barrientos —quien
en 1967 autorizó el ingreso de marines para
enfrentar a la guerrilla del Che—, a Banzer —cuyo
lema de "Paz, Orden y Trabajo" persiguió, reprimió,
asesinó y exilió a miles de hombres y mujeres entre
1971 y 1978— y García Meza, quien inauguró un
régimen claramente narco-delincuencial en 1980. En
Chile se tuvo a Pinochet, el motor de la
internacional "Operación Cóndor", hasta 1989, casi
un año después de que un referéndum de dijo "No" a
su continuidad en el poder.
El
alcance de las advertencias de Clinton les queda
claro a los presidentes de los países miembros del
ALBA. El golpe de Estado en Honduras contra el
presidente Manuel Zelaya y el respaldo, abierto a
veces y encubierto otras, al gobierno de facto de
Roberto Micheletti, se ha encargado de confirmar la
profunda desconfianza, traducida en discurso
político, de los gobiernos de izquierda en América
Latina hacia los Estados Unidos, al punto tal que el
17 de diciembre, en Copenhague, el presidente
boliviano Evo Morales afirmó categórico: "Obama es
peor que Bush, solo ha cambiado el color del
presidente de Estados Unidos". La realidad es más
testaruda que las buenas intenciones.
Marcando agenda
Vista la realidad de América Latina en al menos los
últimos cinco años, la molestia e inquietud imperial
tiene explicación. El ALBA —como proyecto de
integración y unidad latinoamericana— ha crecido a
un ritmo sostenido que incluso muchos estudiosos en
temas internacionales que miraban con simpatía su
aparición han quedado sorprendido por sus
resultados.
Impulsada por Fidel Castro y Hugo Chávez en
diciembre de 2004 en la ciudad de La Habana, el ALBA
parecía un nombre demasiado grandilocuente para un
proyecto de integración que empezaba por el
afianzamiento bilateral entre dos países y en medio
de una situación política de relativa estabilidad en
América Latina, a excepción de Bolivia y Ecuador,
países en los que las rebeliones indígenas y
populares mantenían a raya a los viejos bloques en
el poder que, para tratar de oxigenarse, recurrieron
a un recambio de presidentes.
Pero el carácter de la tendencia confirmaría la
fuerza de razón y la confianza de Fidel Castro —que
nunca como ahora había estado tan presente, tan
lleno de vida y esperanza, de lo que siempre estuvo—
y Chávez —que la historia le ha asignado el papel de
vanguardia política—. El líder indígena Evo Morales
salió victorioso en las elecciones de diciembre de
2005 con una votación jamás registrada en la
democracia boliviana (54%) y el 6 de diciembre ha
sido reelecto con un 64%, superando su propio
récord.
Pero Fidel, Chávez y Evo estaban lejos de ser "los
tres mosqueteros" enfrentando con espadas a la alta
tecnología militar y política del imperio. Nada de
eso. A partir de 2006 hasta el año que culmina se
han sumado Rafael Correa de Ecuador y Daniel Ortega
en Nicaragua en la línea de profundas revoluciones
en el siglo XXI y otros países del Caribe.
Entre diciembre de 2004 y diciembre de 2009 los
resultados se presentan visiblemente superiores a
los períodos de los llamados "viejo" y "nuevo"
regionalismos, en los que ni con los estados a la
cabeza —en el primer caso— y las transnacionales y
la economía de mercado —en el segundo caso—, los
pueblos habían recibido grandes beneficios a través
de políticas sociales ni los estados un alto grado
de autonomía —económica y financiera— ante los
Estados Unidos. Millones de personas se han
beneficiado con la atención de salud, otros tantos
miles han recuperado la vista con la "Operación
Milagro" y el analfabetismo ha sido eliminado en
Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador.
Además de las políticas sociales, millones de
dólares se han destinado a respaldar a pequeños e
incluso grandes productores, el intercambio
comercial —si bien tropieza con trabas burocráticas—
está avanzando y la complementariedad de economías y
vocaciones productivas, por la vía de las "empresas
grannacionales", se perfila como una de las mayores
conquistas para el año que viene, a lo que se debe
sumar la puesta en marcha del "Sucre", una moneda
virtual para los intercambios comerciales.
Pero no es la cantidad de miembros del ALBA lo que a
Estados Unidos le molesta. La inquietud del imperio
se hace mayor pues la influencia de Cuba, Venezuela,
Bolivia, Ecuador y Nicaragua en América Latina está
fuera de toda discusión. Sin forzar el ingreso de
otros países a este proyecto alternativo de
integración y unidad latinoamericana, los gobiernos
de los países del ALBA han dado pasos al
fortalecimiento de las relaciones Sur-Sur, tanto
dentro de la región como fuera de ella.
El
cambio de orientación en el Mercosur —a pesar del
bloqueo de la derecha al ingreso de Venezuela—, la
fuerza creciente de UNASUR y las relaciones con los
países de Asia y Africa se muestran auspiciosas y en
poco tiempo han sacado de la agenda internacional el
tipo de integración que Estados Unidos promovía con
el ALCA —derrotado en Mar del Plata en 2004— y los
Tratados de Libre Comercio.
A
lo anterior hay que incorporar tres grandes foros
internacionales en los que Estados Unidos tuvo que
morderse los labios: en la V Cumbre de las Américas,
en Trinidad y Tobago del 17 al 19 de abril, Barak
Obama, a pesar de la sonrisa y los abrazos que le
dio a varios presidentes, tuvo que resignarse a:
recibir de Chávez el libro Las venas abiertas de
América Latina de Eduardo Galeano, minutos después
de decir que no había que quedarse en el pasado sino
ver el futuro; apreciar los datos precisos de cómo
el ALBA representaba beneficios tangibles frente a
los perjuicios ocasionados por los tratados de libre
comercio, hasta el extremo de reconocer el papel de
los médicos cubanos y, sobre todo, escuchar el
pedido unánime de levantar el criminal bloqueo a
Cuba.
La
segunda oportunidad fue la Asamblea General de la
OEA en Honduras —poco antes de que Zelaya fuese
desplazado por el golpe militar—, en la cual se
derogó la resolución por la que se alejaba a Cuba de
ese organismo supranacional al que un canciller
cubano llamó "el Ministerio de Colonias de EEUU".
Todavía queda fresco el recuerdo de una Clinton en
salida rápida de Tegucigalpa y un Tomas Shannon
levantando la mano derecha, con los dientes
apretados por la rabia, para respaldar la
resolución.
Como en la cueca —un baile típico boliviano—, no hay
segunda sin tercera. En octubre pasado, en la
asamblea general de las Naciones Unidas, el 28 de
octubre, Estados Unidos experimentó la mayor derrota
ante Cuba. De los 192 países que integran la ONU,
solo tres votaron en contra —EEUU, Israel y Palau— y
dos se abstuvieron —Islas Marshall y Micronesia—. El
presidente de la Asamblea Nacional del Poder
Popular, Ricardo Alarcón, sostuvo que en realidad la
votación fue de 187 a 1. La razón, la relación
carnal de Estados Unidos e Israel y la subordinación
colonial de los otros tres pequeños países al
imperio.
Por
si eso no bastara, los liderazgos de Morales y
Chávez en el mundo, cada uno con sus peculiaridades
bastante ricas, se han extendido hasta el mundo
entero. No hay país en el planeta donde una reunión
internacional multilateral o bilateral no congregue
a miles de personas —movimientos sociales e
intelectuales—, para escuchar al comandante que
apuesta por el socialismo del siglo XXI y al líder
indígena que quiere concretar el paradigma del Vivir
Bien con el socialismo comunitario.
Lo
obrado en Copenhague confirma lo afirmado. Morales y
Chávez, a pesar de la maniobra de querer dejar vacío
el encuentro al momento de la intervención de los
dos presidentes latinoamericanos, estremecieron y
movilizaron con sus palabras a los jerarcas del
mundo. El boliviano desafío a organizar un
referéndum mundial para decidir sobre el futuro del
planeta y el venezolano, sobre la base de que antes
que cambiar el clima hay que cambiar el sistema,
llamó a los pueblos del Norte a sumarse a la
revolución del Sur; es decir, a impulsar la
revolución por toda la humanidad en el planeta.
La contraofensiva imperial
Pero pensar que el camino a la emancipación está
libre de obstáculos sería una ingenuidad. Así lo
entienden Fidel Castro, Evo Morales y Hugo Chávez.
El primero, en su reflexión número 99 de este año,
advierte que "el imperio está de nuevo a la
ofensiva". El segundo, a propósito de los
cuestionamientos de Clinton, anticipó que si Estados
Unidos ataca, la región se convertirá en el "segundo
Vietnam". El tercero afirmó que el imperio "está
tratando de recuperar su patio trasero".
Los
datos de la realidad son contundentes y las palabras
—verbales o escritas— de los presidentes
latinoamericanos citados, a los que hay que sumar a
otros como Ortega, Correa, Lula y Fernández, están
demasiado lejos de ser catalogadas como
sensacionalistas.
Estados Unidos, con la gestión inicial de Bush y la
ratificación de Obama, ha concretado un convenio que
garantiza la apertura de siete nuevas bases
militares en territorio colombiano, que se suman a
las dos ya existentes. Asimismo, la Casa Blanca ha
obtenido el visto bueno de Panamá para instalar
cuatro bases militares en los primeros meses del
siguiente año.
A
esta ampliación del Plan Colombia —cuya ejecución
amenaza a otros países— hay que añadir a la
Iniciativa Mérida o Plan México, acordada con
Vicente Fox y ratificada por Calderón, que está
militarizando el territorio mexicano a pasos más
acelerados de los previstos.
El
presidente Chávez grafica la grave situación. "A
Venezuela la están cercando por Aruba, Curazao —dos
protectorados de los países del Reino Bajo
controlados por el Pentágono (nota de redacción)—,
Colombia y Panamá con bases militares", expresó
indignado.
Pero, como tampoco es una sorpresa, la avanzada
militar estadounidense en América Latina es para
retomar el control total y países como Ecuador —al
que se le ha violado la soberanía en marzo de 2008
para asesinar al jefe rebelde de las FARC, Raúl
Reyes y otros guerrilleros—, Bolivia —en el que se
ha intentado un golpe cívico prefectural en
septiembre del año pasado— y Nicaragua —al que es
altamente probable se le ponga en marcha una campaña
de hostilidad y agresión desde Honduras como en la
década de los 80—, figuran como prioritarios en la
lista de los enemigos que EEUU se ha propuesto
derrotar. Las palabras de la Clinton —que en
realidad expresan "la política del doble carril" del
imperio— hacen plena prueba. Obama es parte de ella.
Brasil también está preocupado y es uno de los más
firmes de la constitución del Consejo de Defensa de
UNASUR.
El
golpe de Estado en Honduras contra el presidente
Zelaya el 28 de junio ha sido el punto de quiebre
dentro de la estrategia estadounidense. El
derrocamiento, además de ser un "castigo" para un
político conservador que osó salirse del libreto,
fue una señal de advertencia contra los países
miembros del ALBA.
Sin
embargo, limitar la contraofensiva de Estados Unidos
al plano estrictamente militar sería un error. La
estrategia imperial se asienta políticamente en
México, Colombia, Perú y Honduras. Chile está a un
paso de su incorporación. Los grados de adhesión a
los planes del imperio solo dependerán de quién
resulte electo el 17 de enero de 2010, cuando se
registre la segunda vuelta.
El
derechista Sebastían Piñera, con un 44% de votación,
cuenta con condiciones favorables para dar por
finalizada dos décadas de gobierno de la
Concertación, que con el conservador Eduardo Frei
apenas llegó al 30%.
Salvo que el joven político Marco Enriquez-Ominami,
que con un sorpresivo 20% se ubicó tercero, cambie
de opinión sobre su decisión de no respaldar a la
Concertación en la segunda vuelta, el triunfo de la
derecha pinochetista es un hecho. Pero, aún cuando
Frei dé la vuelta la situación adversa, es poco
probable el democristiano siga la línea de mayor
autonomía que la presidenta Michelle Bachelet
desarrolló ante Estados Unidos.
La
estrategia del "cerco" estadounidense a los procesos
revolucionarios de América Latina también estará en
dependencia de lo que vaya a ocurrir en las
elecciones de Argentina y Brasil el próximo año.
En
síntesis, los dos próximos años serán cruciales para
ver la tendencia en América Latina y, sobre todo, el
nivel de cohesión y resistencia de los procesos en
Bolivia, Venezuela, Ecuador y Nicaragua. La lucha
por la hegemonía latinoamericanista o imperialista
está planteada.
Fuente:
http://www.la-poca.com/modules.php?name=News&file=article&sid=1539 |