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REFLEXIÓN DEL COMPAÑERO FIDEL CASTRO
Enviamos médicos y no soldados
[24.01.2010]- Actualización 10:40 am de Cuba
En la
Reflexión del 14 de enero, dos días después de la
catástrofe de Haití que destruyó ese hermano y
vecino país, escribí: “Cuba, a pesar de ser un país
pobre y bloqueado, desde hace años viene cooperando
con el pueblo haitiano. Alrededor de 400 médicos y
especialistas de la salud prestan cooperación
gratuita al pueblo haitiano. En 127 de las 137
comunas del país laboran todos los días nuestros
médicos. Por otro lado, no menos de 400 jóvenes
haitianos se han formado como médicos en nuestra
Patria. Trabajarán ahora con el refuerzo de médicos
nuestros que viajaron ayer para salvar vidas en esta
crítica situación. Pueden movilizarse, por lo tanto,
sin especial esfuerzo, hasta mil médicos y
especialistas de la salud que ya están casi todos
allí y dispuestos a cooperar con cualquier otro
Estado que desee salvar vidas haitianas y
rehabilitar heridos.”
“La
situación es difícil ―nos comunicó la jefa de la
Brigada Médica Cubana― pero hemos comenzado ya a
salvar vidas.”
Hora
tras hora, de día y de noche, en las pocas
instalaciones que quedaron en pie, en casas de
campaña o en parques y lugares abiertos, por temor
de la población a nuevos temblores, los
profesionales cubanos de la salud comenzaron a
laborar sin descanso.
La
situación era más grave que lo imaginado
inicialmente. Decenas de miles de heridos clamaban
por auxilio en las calles de Puerto Príncipe, y un
número incalculable de personas yacían, vivas o
muertas, bajo las ruinas de barro o adobe con que
habían sido construidas las viviendas de la inmensa
mayoría de la población. Edificios, incluso más
sólidos, se derrumbaron. Fue necesario además
localizar, en medio de los barrios destruidos, a los
médicos haitianos graduados de la ELAM, muchos de
los cuales fueron afectados directa o indirectamente
por la tragedia.
Funcionarios de Naciones Unidas quedaron atrapados
en varios de sus albergues y se perdieron decenas de
vidas, incluidos varios de los jefes de la MINUSTAH,
una fuerza de Naciones Unidas, y se desconocía el
destino de cientos de otros miembros de su personal.
El
Palacio Presidencial de Haití se derrumbó. Muchas
instalaciones públicas, incluso varias de carácter
hospitalario, quedaron en ruinas.
La
catástrofe conmovió al mundo, que pudo presenciar lo
que estaba ocurriendo a través de las imágenes de
los principales canales internacionales de
televisión. De todas partes, los gobiernos
anunciaron el envío de expertos en rescate,
alimentos, medicinas, equipos y otros recursos.
De
conformidad con la posición pública formulada por
Cuba, personal médico de otras nacionalidades, como
españoles, mexicanos, colombianos y de otros países,
laboró arduamente junto a nuestros médicos en
instalaciones que habíamos improvisado.
Organizaciones como la OPS y países amigos como
Venezuela y de otras naciones suministraron
medicamentos y variados recursos. Una ausencia total
de protagonismo y chovinismo caracterizó la conducta
intachable de los profesionales cubanos y sus
dirigentes.
Cuba,
al igual que lo ha hecho en situaciones similares,
como cuando el Huracán Katrina causó grandes
estragos en la ciudad de Nueva Orleáns y puso en
peligro la vida de miles de norteamericanos, ofreció
el envío de una brigada médica completa para
cooperar con el pueblo de Estados Unidos, un país
que, como se conoce, posee inmensos recursos, pero
lo que se necesitaba en ese instante eran médicos
entrenados y equipados para salvar vidas. Por su
ubicación geográfica, más de mil médicos de la
Brigada “Henry Reeve” estaban organizados y listos
con los medicamentos y equipos pertinentes para
partir a cualquier hora del día o de la noche hacia
esa ciudad norteamericana. Por nuestra mente no pasó
siquiera la idea de que el Presidente de esa nación
rechazara la oferta y permitiera que un número de
norteamericanos que podían salvarse perdieran la
vida. El error de ese Gobierno tal vez consistió en
su incapacidad para comprender que el pueblo de Cuba
no ve en el pueblo norteamericano un enemigo, ni
como culpable de las agresiones que ha sufrido
nuestra Patria.
Tampoco aquel Gobierno fue capaz de comprender que
nuestro país no necesita mendigar favores o perdones
de quienes durante medio siglo han tratado
inútilmente de ponernos de rodillas.
Nuestro país, igualmente en el caso de Haití,
accedió de inmediato a las solicitudes de sobrevuelo
en la región oriental de Cuba y a otras facilidades
que requerían las autoridades de Estados Unidos para
prestar asistencia lo más rápidamente posible a los
ciudadanos norteamericanos y haitianos afectados por
el terremoto.
Estas
normas han caracterizado la conducta ética de
nuestro pueblo que, unido a su ecuanimidad y
firmeza, han sido los rasgos permanentes de nuestra
política exterior. Eso lo conocen bien cuantos han
sido adversarios nuestros en la esfera
internacional.
Cuba
defenderá firmemente el criterio de que la tragedia
que ha tenido lugar en Haití, la nación más pobre
del hemisferio occidental, constituye un reto a los
países más ricos y poderosos de la comunidad
internacional.
Haití
es un producto neto del sistema colonial,
capitalista imperialista impuesto al mundo. Tanto la
esclavitud en Haití como su ulterior pobreza fueron
impuestas desde el exterior. El terrible sismo se
produce después de la Cumbre de Copenhague, donde
fueron pisoteados los derechos más elementales de
192 Estados que forman parte de la Organización de
Naciones Unidas.
Tras
la tragedia, se ha desatado en Haití una competencia
por la adopción precipitada e ilegal de niños y
niñas, que obligó a que la UNICEF tomara medidas
preventivas contra el desarraigo de muchos niños,
que despojaría a familiares allegados de tales
derechos.
El
número de víctimas mortales sobrepasa ya las cien
mil personas. Una elevada cifra de ciudadanos ha
perdido brazos o piernas, o ha sufrido fracturas que
requieren rehabilitación para el trabajo o el
desenvolvimiento de sus vidas.
El 80%
del país debe ser reconstruido y crear una economía
suficientemente desarrollada para satisfacer las
necesidades en la medida de sus capacidades
productivas. La reconstrucción de Europa o Japón, a
partir de la capacidad productiva y el nivel técnico
de la población, era una tarea relativamente
sencilla en comparación con el esfuerzo a realizar
en Haití. Allí, como en gran parte de África y en
otras áreas del Tercer Mundo, es indispensable crear
las condiciones para un desarrollo sostenible. En
solo 40 años la humanidad tendrá más de 9 mil
millones de habitantes, y enfrenta el reto de un
cambio climático que los científicos aceptan como
una realidad inevitable.
En
medio de la tragedia haitiana, sin que nadie sepa
cómo y por qué, miles de soldados de las unidades de
infantería de marina de Estados Unidos, tropas
aerotransportadas de la 82 División y otras fuerzas
militares han ocupado el territorio de Haití. Peor
aún, ni la Organización de Naciones Unidas, ni el
Gobierno de Estados Unidos han ofrecido una
explicación a la opinión pública mundial de estos
movimientos de fuerzas.
Varios
Gobiernos se quejan de que sus medios aéreos no han
podido aterrizar y transportar los recursos humanos
y técnicos enviados a Haití.
Diversos países anuncian, por su parte, el envío
adicional de soldados y equipos militares. Tales
hechos, desde mi punto de vista, contribuirían a
caotizar y complicar la cooperación internacional,
ya de por sí compleja. Es necesario discutir
seriamente el tema y asignar a la Organización de
Naciones Unidas el papel rector que le corresponde
en este delicado asunto.
Nuestro país cumple una tarea estrictamente
humanitaria. En la medida de sus posibilidades
contribuirá con los recursos humanos y materiales
que estén a su alcance. La voluntad de nuestro
pueblo, orgulloso de sus médicos y cooperantes en
actividades vitales, es grande y estará a la altura
de las circunstancias.
Cualquier cooperación importante que se ofrezca a
nuestro país no será rechazada, pero su aceptación
estará subordinada por entero a la importancia y
trascendencia de la ayuda que se requiera de los
recursos humanos de nuestra Patria.
Es
justo consignar que, hasta este instante, nuestros
modestos medios aéreos y los importantes recursos
humanos que Cuba ha puesto a la disposición del
pueblo haitiano no han tenido dificultad alguna en
llegar a su destino.
¡Enviamos médicos y no soldados!
Fidel
Castro Ruz
Enero 23 de 2010
5 y 30 p.m.
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