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Déficit presupuestario e internacionalización del
capital en la teoría marxista
Por Ernest Mandel
[08.03.2010]- Actualización 10:00 pm de Cuba
Hemos
traducido este texto que Ernest Mandel, uno de los
economistas marxistas más importante de la segunda
mitad del siglo XX, publicó en el periódico de la
sección belga de la IV Internacional, La Gauche, en
su número n°14, el 12 de agosto de 1992, tres años
antes de su muerte. Un artículo que, pasados ya casi
20 años, mantiene una increíble actualidad.
«Para
que el déficit presupuestario no genere inflación
antes de que se alcance el pleno empleo, es
necesario que los impuestos directos aumenten en la
misma proporción que las rentas. Pero la burguesía
prefiere suscribir deuda pública a pagar impuestos:
la deuda paga dividendos, los impuestos no. El
fraude fiscal es un fenómeno generalizado en la
sociedad burguesa del siglo XX. Por ello, el déficit
presupuestario va acompañado prácticamente siempre
de un crecimiento de la deuda pública.»
«Ante
el ascenso de las multinacionales, el estado-nación
ha dejado de ser un instrumento económico adecuado
para la burguesía. Pero sigue necesitándolo para
auto-defenderse. Necesita al estado para defender
sus intereses particulares frente a los competidores
extranjeros. Necesita el estado para amortiguar los
choques de las crisis económicas y sociales.
Necesita el estado para reprimir en caso de crisis
socio-económicas explosivas. En la medida en que el
estado nación le es menos útil, tiende a sustituirlo
por instituciones supranacionales. Pero para que
estas adquieran funciones comparables a las
estatales, hay que superar importantes obstáculos
políticos, culturales, ideológicos. Y acaba siendo
mucho más complicado que lo previsto
inicialmente.»
«Ante
la internacionalización creciente del capital y del
poder de las multinacionales no hay más que dos
estrategias posibles para los asalariados y los
activistas de los nuevos movimientos sociales. La
primera es la de la colaboración de clases con su
propia burguesía, contra los "alemanes", los
"británicos", los "españoles" o los "japoneses", en
una alianza de patrones y trabajadores. Esta
estrategia no solo es reaccionaria ideológicamente,
sino que nutre el chovinismo, el egoísmo a corto
plazo, la xenofobia o el racismo. Es también una
estrategia del avestruz. Como las multinacionales
siempre encontrarán un país en el que los salarios
sean más bajos, las condiciones de trabajo más
duras, las libertades democráticas más limitadas,
adoptar esa estrategia es sumirse en una espiral de
salarios, condiciones de trabajo o libertades
democráticas cada vez peores. Es luchar por una
"igualación a la baja".»
Fue el
economista británico John Maynard Keynes quién puso
en primer plano la utilización del déficit
presupuestario como instrumento para combatir la
crisis económica y el paro. Una idea que ha sido
parcialmente recuperada por el movimiento obrero
organizado en numerosos países para relanzar la
economía a través de un incremento significativo del
gasto en obras públicas. Ese fue el caso en los años
treinta en Bélgica del Plan de Trabajo del Partido
Obrero belga.
Desde
el punto de vista teórico, aumentar la demanda
global (el poder de compra globalmente disponible)
en un país dado facilita la recuperación económica
en tanto haya disponible capacidad de producción no
utilizada: trabajadores en paro, reservas de
materias primas, maquinaria que no se utiliza a
tiempo completo, etc. Estos recursos no utilizados
son de alguna forma movilizados por el poder de
compra suplementario que resulta del déficit
presupuestario. Mientras que esas reservas no se
agoten, el déficit presupuestario no tiene por qué
desembocar inevitablemente en inflación.
Pero
hay un pero. Para que el déficit presupuestario no
genere inflación antes de que se alcance el pleno
empleo, es necesario que los impuestos directos
aumenten en la misma proporción que las rentas. Pero
la burguesía prefiere suscribir deuda pública a
pagar impuestos: la deuda paga dividendos, los
impuestos no. El fraude fiscal es un fenómeno
generalizado en la sociedad burguesa del siglo XX.
Por ello, el déficit presupuestario va acompañado
prácticamente siempre de un crecimiento de la deuda
pública.
El
servicio de dicha deuda supone un peso cada vez
mayor del gasto público. Tiende a hacer crecer el
déficit presupuestario sin ningún efecto positivo
sobre el empleo. Por el contrario: como los
asalariados y las asalariadas pagan sus impuestos
antes de recibir su paga, retenidos de la nómina, el
crecimiento de la deuda pública implica una
redistribución de la renta nacional a expensas de
los asalariados y en beneficio de la burguesía.
Keynes
lo admitía no sin cierto cinismo. En su opinión, los
asalariados y los sindicatos serían más sensibles a
una reducción de los salarios nominales y de las
prestaciones de la seguridad social que a una
reducción efectiva de los salarios reales netos,
acompañada de una subida de los salarios nominales
(una visión que ha sido puesta en cuestión en los
últimos decenios). Pero ¿el crecimiento de las
rentas de los capitalistas no estimula las
inversiones y, por lo tanto, el empleo? Esta es la
tesis de los defensores de la recuperación a través
de las "políticas de oferta", adversarios de Keynes
en los años treinta y que han tenido una gran
influencia sobre Reagan y la Sra. Thatcher.
De
nuevo, no existen "automatismos"
Los
argumentos de Keynes a este respecto son
convincentes. Los capitalistas no están obligados a
reinvertir sus beneficios suplementarios en la
producción. Pueden optar por atesorarlos o
utilizarlos con fines estrictamente especulativos.
Pero cuando los invierten puede ser como inversiones
de racionalización que supriman empleos en vez de
crearlos.
Los
capitalistas no trabajan para el "interés general".
Lo que buscan es aumentar al máximo sus beneficios.
Esa conducta es la que acaba por provocar el
crecimiento periódico del paro y las crisis
económicas más o menos largas. En el curso de estas
crisis, el volumen y la tasa de ganancias caen. La
restauración de la tasa de ganancias es una
prioridad absoluta para la burguesía. El aumento de
la tasa de explotación de los asalariados –en
términos marxistas, la tasa de plusvalía− es el
medio que utiliza para ello. La política de
austeridad se convierte en su programa. La deflación
"monetarista" y la inflación keynesiana no son sino
dos variantes de esta misma orientación
fundamental.
Un
balance histórico incontrovertible
El
balance histórico de la política keynesiana es
bastante evidente. La experiencia más prometedora,
el New Deal de Roosevelt, se saldó en un fracaso
vergonzante. A pesar del crecimiento del gasto
público, acabó desembocando en la crisis de 1938,
con más de diez millones de parados en Estados
Unidos. Solo la economía de rearme acelerado
consiguió acabar con el paro masivo. Se confirmo así
el diagnostico de Rosa Luxemburg, que identificó que
la economía de producción de armamentos es el
"mercado substitutivo" por excelencia de la época
imperialista.
Después de 1948 fue la amplitud de los gastos en
armamento en Estados Unidos lo que se convirtió en
el motor de la expansión de la economía capitalista
internacional en su conjunto. Fueron ellos los que
sostuvieron la "onda larga expansiva" de la economía
capitalista, a costa de un déficit presupuestario y
de una inflación permanentes. El otro estímulo
principal de la expansión fue el crecimiento enorme
del crédito, es decir de la deuda, tanto de las
grandes compañías como de los hogares mas pobres.
Como hemos explicado una y otra vez, la economía
capitalista se ha expandido flotando sobre un mar de
deuda. Sólo la deuda en dólares alcanza actualmente
la cifra astronómica de 10 billones de dólares, que
incluye la famosa "deuda del tercer mundo" que
afecta a más del 50% de los habitantes del planeta,
pero que no representa más que el 15% del total.
Esta
explosión de la deuda representa igualmente un
mercado de substitución. Crea un poder de compra
suplementario que permite amortiguar los efectos de
las contradicciones internas del capitalismo. Pero
esta capacidad de amortiguación es solo temporal. La
hora de la verdad se retrasa, pero no
indefinidamente. El endeudamiento creciente alimenta
inevitablemente la inflación. A partir de un cierto
umbral, en vez de estimular la expansión, comienza a
estrangularla. Ello precipita la conversión de la
"onda larga expansiva" en "onda larga depresiva",
tal y como ocurrió a finales de los años 60 y
comienzos de los 70.
Hay
además algo irreal en la oposición desarrollada por
los dogmáticos del neoliberalismo entre las llamadas
políticas de "oferta" y las políticas de "demanda" a
través del déficit presupuestario. El déficit
presupuestario nunca ha sido tan grande como bajo la
administración del autoproclamado campeón del
neoliberalismo, Ronald Reagan. Lo mismo se puede
afirmar en buena medida de la Sra. Thatcher. Ambos
han sido campeones de un neo-keynesianismo de
choque, a pesar de sus profesiones de fe en sentido
contrario. El verdadero debate no es sobre el tamaño
del déficit presupuestario, sino en qué se utiliza.
¿Que clase social o fracciones de clase se
benefician?, ¿con que resultados para el conjunto de
la economía y de la sociedad?
En
este sentido, los datos empíricos son
incontrovertibles. El neo-keynesianismo de Reagan y
de la Sra. Thatcher, asociado a los dogmas
"monetaristas" (como la estabilidad monetaria a todo
precio) ha reforzado brutalmente en todos lados la
ofensiva de austeridad del gran capital. Se ha
reducido el gasto social y las inversiones en
infraestructuras. Se han multiplicado los gastos de
armamento en Estados Unidos, Gran Bretaña y en menor
medida en Japón y Alemania. Han aumentado los
subsidios a las empresas privadas. Ha crecido la
desigualdad social. Se ha estimulado el paro, que ha
pasado de 10 a 50 millones de desempleados, si no
más, en los países imperialistas, y ha alcanzado, si
no superado, los 500 millones de personas en el
"tercer mundo". Los efectos sociales globales han
sido aún más desastrosos. Los cursos de economía del
desarrollo que se imparten en todas las
universidades del mundo afirman con toda la razón
que las inversiones más productivas a largo plazo
son las que tienen lugar en los sectores de la
enseñanza, la sanidad pública y las
infraestructuras. Pero los dogmáticos del
neoliberalismo hacen caso omiso de esta sabiduría
elemental cuando abordan los problemas de las
finanzas públicas bajo el principio del
"restablecimiento del equilibrio" a cualquier
precio. Cortan en primer lugar los presupuestos de
enseñanza, sanidad e infraestructuras, con efectos
desastrosos a medio plazo, incluidos los que se dan
sobre la productividad.
¿Quiere ello decir que los socialistas y los
humanistas deben preferir el keynesianismo
tradicional, que defiende las distintas variantes
del "estado del bienestar", en vez del cóctel
envenenado de monetarismo y neo-keynesianismo que se
nos quiere servir hoy? La respuesta parece ser
obvia, pero debemos matizarla. El keynesianismo
tradicional implica formas diversas de ejercicio y
reparto del poder en el marco de la sociedad
burguesa. Ello conlleva siempre diversas formas de
"contrato social" y de consenso con el gran capital
sobre la base de lo que es aceptable para el gran
capital, es decir, de un "consenso" unilateral
(socialismo de gestión). A ello oponemos la
prioridad absoluta de la defensa de los intereses
inmediatos de los asalariados y de los objetivos
válidos de los "nuevos movimientos sociales"
(ecologistas, feministas, pacifistas, de solidaridad
con el tercer mundo). Ello exige mantener o
recuperar la independencia política de la clase de
los asalariados y asalariadas. Por otra parte, el
keynesianismo tradicional como mal menor en relación
con las políticas deflacionistas sólo tiene sentido
si produce una reducción rápida y radical del paro.
Porque en las condiciones actuales, el
neo-keynesianismo lleva a un crecimiento del paro y
de la marginación de sectores cada vez mayores de la
población. No supone ningún freno al objetivo de la
burguesía de una "sociedad dual", a la división
institucional de la clase asalariada, a la
degradación y desmoralización creciente de sectores
de las clases trabajadoras. Mediante la
despolitización y la desesperanza se crea así el
caldo de cultivo para el crecimiento de la extrema
derecha neo-fascista.
El
peso de las multinacionales
El
capitalismo tardío se caracteriza por otra parte por
una concentración y centralización internacional del
capital sin comparación con el pasado. Las compañías
multinacionales se han convertido en la principal
forma de organización del gran capital. Menos de 700
empresas dominan la mayor parte del mercado mundial.
Ante las todo poderosas multinacionales, los
estados-nación tradicionales son cada vez más
incapaces de aplicar en los hechos una política
económica coherente y eficaz. Es cierto que las
multinacionales no son la única forma que adoptan
las grandes empresas. A su lado subsisten grandes
empresas sectoriales esencialmente "nacionales",
además de empresas públicas y mixtas de todo tipo y
diferentes en cada país. El papel económico del
estado-nación no se ha reducido, por lo tanto, a
cero. Pero hay que reconocer que esta es la
tendencia fundamental a largo plazo, es decir, un
declive gradual (ni inmediato, ni total) de la
eficacia del intervencionismo económico del estado
nacional. La ofensiva ideológica del neoliberalismo
es en gran medida el producto y no la causa de esta
evolución.
Ante
el ascenso de las multinacionales, el estado-nación
ha dejado de ser un instrumento económico adecuado
para la burguesía. Pero sigue necesitándolo para
auto-defenderse. Necesita al estado para defender
sus intereses particulares frente a los competidores
extranjeros. Necesita el estado para amortiguar los
choques de las crisis económicas y sociales.
Necesita el estado para reprimir en caso de crisis
socio-económicas explosivas. En la medida en que el
estado nación le es menos útil, tiende a sustituirlo
por instituciones supranacionales. Pero para que
estas adquieran funciones comparables a las
estatales, hay que superar importantes obstáculos
políticos, culturales, ideológicos. Y acaba siendo
mucho más complicado que lo previsto inicialmente.
De la
misma manera, la unificación de la Europa
capitalista sigue arrastrándose entre una vaga
confederación de estados soberanos (una zona de
libre cambio), y una federación europea de carácter
realmente estatal, con una moneda común, un banco
central común, una política industrial y agrícola
común, un ejercito y una policía comunes, todos
ellos representados por un auténtico gobierno común.
Las instituciones surgidas del acta única o de los
Acuerdos de Maastricht reflejan bien ese carácter
híbrido. Se trata de instituciones pre-estatales,
semi-estatales, que no son realmente estatales. El
auténtico poder sigue en manos del consejo de
ministros, es decir de los doce gobiernos asociados.
Las transferencias reales de soberanía son muy
limitadas. La disparidad de las realidades
nacionales sigue pesando mucho.
Ni
repliegue proteccionista ni euforia europeísta
Los
Acuerdos de Maastricht imponen a los estados que
participan de pleno derecho en la Europa unida una
reducción del déficit presupuestario del 3% del PIB
para mantener la estabilidad monetaria. Pocos
estados alcanzarán este objetivo en 1996, en 1997 o
1998. ¿Se avanzará a una Europa a cinco (Alemania,
Francia, Benelux)? Todo el mecanismo parece gripado.
Hay que añadir además una bomba retardada: los
efectos a medio plazo de la llamada "estabilización
presupuestaria" sobre la coyuntura económica y
especialmente sobre el empleo. Según una nota
confidencial de la OCDE, dichos efectos serán muy
negativos. Solo el hecho de que Maastricht implique
un reforzamiento de la política de austeridad es
motivo más que suficiente para que el movimiento
obrero y la izquierda alternativa rechacen dichos
acuerdos.
Pero
no hay que engañarse. En realidad, con la excusa del
"rigor presupuestario", Maastricht no es más que una
política dura de austeridad con la que se han
comprometido todos los gobiernos. Es a esa política
de austeridad a la que hay que enfrentarse, más allá
de los acuerdos de Maastricht. Es decir, la
oposición a Maastricht no debe adoptar la forma de
un repliegue proteccionista y nacionalista.
Una
estrategia de ese tipo sería una pérdida de tiempo,
porque nos volvería a confrontar con las políticas
de austeridad. Incluso proporcionaría una
"justificación" ideológica adicional: la defensa de
la soberanía nacional. ¿No ha sido así como la
dirección del Partido Socialista belga, los Martens
o Dehaene han abrazado las políticas de austeridad
para defender la "competitividad nacional" o
"nuestra" industria?
Ante
la internacionalización creciente del capital y del
poder de las multinacionales no hay más que dos
estrategias posibles para los asalariados y los
activistas de los nuevos movimientos sociales. La
primera es la de la colaboración de clases con su
propia burguesía, contra los "alemanes", los
"británicos", los "españoles" o los "japoneses", en
una alianza de patrones y trabajadores. Esta
estrategia no solo es reaccionaria ideológicamente,
sino que nutre el chovinismo, el egoísmo a corto
plazo, la xenofobia o el racismo. Es también una
estrategia del avestruz. Como las multinacionales
siempre encontrarán un país en el que los salarios
sean más bajos, las condiciones de trabajo más
duras, las libertades democráticas más limitadas,
adoptar esa estrategia es sumirse en una espiral de
salarios, condiciones de trabajo o libertades
democráticas cada vez peores. Es luchar por una
"igualación a la baja".
La
segunda estrategia es la única eficaz, la de la
unidad y colaboración de los asalariados de todos
los países y de sus aliados contra los patronos de
todos los países, con el objetivo de mantener todas
las conquistas sociales y de elevar progresivamente
los salarios, la seguridad social, las condiciones
de trabajo de los asalariados de los países más
desfavorecidos en relación con los países con
mayores conquistas. Es la lógica de la "igualación
por lo alto".
Coordinar la respuesta internacional
Es
verdad que en el seno de las instituciones europeas,
hay matices que enfrentan a las fuerzas del
"centro-izquierda" con las del "centro-derecha". Los
debates en relación con la "carta social europea"
dan testimonio de estas diferencias. Por ello, no
defendemos la política de cuanto peor, mejor. Pero
no tenemos más remedio que constatar que ambos
defienden la política de austeridad.
No nos
oponemos por lo tanto a la Europa de Maastricht y
las multinacionales en nombre de una prioridad de
acción política en el marco del estado-nación.
Nuestro objetivo a largo plazo son los Estados
Unidos Socialistas de Europa, en la vía de la
Federación Socialista Mundial, único marco adecuado
para resolver los acuciantes problemas de la
Humanidad.
Apoyamos todas las iniciativas que favorecen la toma
de conciencia de la necesidad de una acción común de
los asalariados en el terreno político a escala
europea. Por ello estamos a favor de todo aquello
que ayude a una protección común de los asalariados
a escala europea, sobre todo de los más
desfavorecidos.
Sabemos que no se crearán a corto y medio plazo los
Estados Unidos Socialistas de Europa, dada la
correlación de fuerzas existente. Por ello damos la
máxima prioridad a la defensa intransigente de los
intereses inmediatos, económicos y políticos de las
masas, tanto a nivel europeo como nacional.
La
prioridad es la acción de masas extra-parlamentaria.
Esta prioridad no supone rechazar ninguna iniciativa
parlamentaria o legislativa en los Parlamentos
nacionales o en su sucedáneo europeo. Implica al
mismo tiempo una dimensión moral decisiva: la
recuperación por parte del movimiento obrero, de los
asalariados y sus aliados, del principio de la
solidaridad, que expresa de forma tan admirable la
consigna del sindicalismo americano: "un ataque a
uno es un ataque contra todos".
Ernest
Mandel (1923-1995), economista marxista belga, fue
autor de obras fundamentales como el Tratado de
Economía Marxista (1962), El Capitalismo Tardío
(1972) y Las Ondas Largas del Desarrollo Capitalista
(1978 y 1995). Como dirigente de la IV Internacional
fue autor de numerosos libros de análisis y crítica
política. |