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LAS
REFORMAS BANCARIAS, UNA SOLUCIÓN A MEDIAS
Hay que enfrentarse al desequilibrio económico
global
Por Larry Elliott-The Guardian
[11.02.2010]- Actualización 3:00 pm de Cuba
Las
propuestas de Barack Obam están destinadas a limitar
el tamaño de los bancos de Wall Street, pero el
gobernador del Banco de Inglaterra afirma que es
necesario tomar medidas audaces para impedir otra
crisis financiera.
El
mundo de postguerra se edificó sobre tres principios
esenciales. El primero es que los gobiernos debían
mostrarse activos en su economía nacional a fin de
promover el crecimiento. El segundo era que debían
cooperar internacionalmente para garantizar que
fuera compatible la estrategia de cada uno de ellos.
El tercero, que a menos que el capital en general y
el sector financiero en particular estuvieran
controlados, se demostraría casi imposible alcanzar
los dos primeros objetivos.
Poco a
poco estamos volviendo a algo parecido a la visión
mundial de la Edad de Oro. Ya no hay un Telón de
Acero que deje fuera del mercado a miles de millones
de personas. Y se reconoce, de un modo que en
absoluto podían percibir los planificadores de la
política de las décadas de 1950 o 60, que se
produce una inherente tensión entre el crecimiento
y el medio ambiente. La oportunidad perdida en
Copenhague en diciembre pasado constituye un
saludable aviso contrario a dar por hecho que los
gobiernos "lo captan". Lo captan poco a poco, pero
todavía tienen que llegar a ver la foto completa.
El
anuncio hecho la semana pasada por Barack Obama fue
una indicación más del rumbo que lleva el viaje.
Dicho con sencillez, la Casa Blanca quiere limitar
tanto el alcance como el volumen de de la banca de
Wall Street. El momento escogido se vio condicionado
por la victoria republicana en Massachusetts, pero
las reformas, propuestas por Paul Volcker, están
destinadas a retrasar el reloj a aquellos días en
que los bancos veían como tarea esencial por su
parte canalizar el ahorro a la inversión, en lugar
de jugar en los mercados con el dinero de sus
clientes.
Pero
hay cosas a las que objetar en las propuestas de
Obama. La administración tiene que dar cuerpo a lo
que intenta hacer para limitar las
reestructuraciones en el seno de la industria de
servicios financieros y, en potencia, hay una laguna
importante en la buena disposición de permitir que
los bancos continúen con el comercio de propiedad si
beneficia a sus clientes. A diferencia de la Ley
Glass-Steagall de 1933, la norma de Volcker no
establece una rápida y tajante división entre las
operaciones comerciales de la banca y sus
actividades más especulativas, ni parece garantizar
tampoco que los bancos no utilicen la fortaleza de
la banca comercial para asegurarse una posición
dominante en los mercados de capital. Hay un amplio
margen para que Wall Street despliegue su
considerable poder como grupo de presión a fin de
aguar – y quizás incluso de hacer descarrillar – el
paquete de reformas.
Pero
quienes se oponen a las propuestas de la Casa Blanca
deben andarse con cuidado, porque las
justificaciones de las reformas no se basan sólo en
lo que sería bueno para la economía sino en lo que
es correcto. Al asumir que podía enriquecerse a
costa del contribuyente, Wall Street ha perdido la
poca autoridad moral que alguna vez haya podido
tener. Las primas extra [“bonuses”] en un momento en
el que el desempleo norteamericano se cifra en un
10% lo han convertido en una cuestión moral, que es
la razón por la cual Roosevelt tuvo pocas
dificultades a la hora de leerle la cartilla a los
bancos en la década de 1930. Les resultará muy
difícil a la banca mantener que sus actividades
benefician a todo el mundo y no sólo a ellos mismos.
La gente ya no se lo traga, y por una buena razón:
que es falso.
Dicho
esto, la reforma de los bancos es sólo la mitad del
cuento, puesto que, como hizo notar Mervyn King
[gobernador del Banco de Inglaterra] la semana
pasada, todavía queda por resolver la cuestión de
qué hacer con los desequilibrios de la economía
global. Durante un cierto periodo, la conmoción
causada por el derrumbe financiero de 2007 y 2008
condujo a superávits más reducidos para las grandes
naciones exportadoras y déficits menores en el caso
de las naciones importadoras. En los últimos meses,
sin embargo, los desequilibrios han vuelto a
empeorar una vez más.
El
gobernador del Banco de Inglaterra tiene sin duda
razón cuando afirma que la acción urgente adoptada
por los bancos centrales y ministros de economía –
tasas de interés más bajas, ajustes cuantitativos
[imprimir moneda y ponerla en circulación] – son el
equivalente tan solo de poner "una enorme tirita
encima de las heridas". Tiene también razón al
afirmar que harán falta acciones igualmente audaces
para impedir la reaparición de la crisis, puesto que
en la década de los 90 y los primeros años
posteriores al 2000, se vio la incapacidad para
enfrentarse a las consecuencias de la
globalización.
Esto
se convertirá, en realidad, en algo más apremiante,
antes que menos, en el caso de que se abra paso la
reforma radical de las finanzas globales. En los
días anteriores al crac, la banca internacional
actuaba como elemento de absorción de las
conmociones producidas por los desequilibrios
globales, tomando los excedentes de las grandes
naciones exportadoras, como China y Japón, y
reciclándolos en las economías de las naciones
deficitarias, como los Estados Unidos y Gran
Bretaña. Las finanzas suministraron el cableado – si
bien un cableado defectuoso – del sistema económico
global.
King
lo expresa del siguiente modo: "El modelo de países
pobres que ahorran mucho y países ricos que piden
prestado no era sostenible...los flujos masivos de
capital de los recién llegados a los mercados
financieros internacionales impulsaron a la baja los
tipos de interés y animaron a correr riesgos a una
escala extraordinaria. Los bancos aumentaron sus
balances y se crearon nuevos instrumentos para
satisfacer la búsqueda de rendimientos”.
"En
los cinco años anteriores a 2007, casi se
triplicaron los balances de los mayores bancos del
Reino Unido. La acumulación de riesgos llegó a
amenazar la estabilidad del conjunto del sistema
financiero. Los flujos de capital proporcionaron el
combustible al que el sistema financiero
inadecuadamente diseñado y regulado del mundo
desarrollado prendió después fuego causando
tormentoso incendio del que fuimos todos pasto".
Todo
lo cual suscita dos preguntas. ¿Por qué los
responsables de los bancos centrales, King incluido,
no hicieron algo en ese momento, elevando los
intereses a un nivel que podría haber impedido la
creación de las burbujas de activos. Albert Edwards,
analista de la Société Générale, se muestra mordaz
respecto a la laxa política monetaria de la Reserva
Federal y el Banco de Inglaterra durante los años de
la burbuja. Haciendo uso de la llamada regla de
Taylor, [1] modelo que estima el nivel adecuado de
las tasas de interés dependiendo del margen que hay
entre la inflación real y el objetivo de inflación,
y el del producto interior bruto real comparado con
el PIB potencial, tasas que estaban demasiado bajas
en los EE.UU. entre 2002 y 2006, creando condiciones
fértiles para el auge inmobiliario.
Los
bancos centrales, tal como lo ve Edwards, son en
buena medida responsables de la crisis y han sido
cómplices en la redistribución de la renta de las
clases medias a los muy ricos. Sea esto verdad o no,
desde luego la crisis ha puesto punto final a la
idea de que entregar la política monetaria a los
bancos independientes garantiza necesariamente un
mejor resultado. Puestos a ello, los tecnócratas son
tan capaces de pifiarla como los políticos.
La
segunda cuestión es aún más importante, y vuelve a
la inacabada labor de la conferencia de Bretton
Woods en 1944, a saber, cómo alcanzar un acuerdo a
escala global que se enfrente a los desequilibrios.
Una debilidad fundamental de Bretton Woods consistía
en que todo el peso del ajuste recaía enteramente
sobre las naciones deudoras; esos países que
mantienen déficits comerciales tenían que tomar
medidas para frenar las importaciones, pero no había
exigencia a las naciones acreedoras de que
estimularan las exportaciones. El problema es aún
más difícil de resolver hoy en día, no sólo porque
ningún arreglo internacional entrañaría un acuerdo
con bastantes más países sino porque no hay forma
evidente de ejercer presión sobre la principal
nación acreedora – China – para que tome medidas
políticas.
En
teoría, la solución es sencilla. China debería
aceptar una revalorización significativa al alza del
renminbi, que hiciera sus exportaciones
significativamente más caras. Debería instalar un
sistema de seguridad social más generoso de manera
que los consumidores tengan que ahorrar menos en
atención sanitaria y educación.
Acaso el nuevo foro de gestión económica global – el
G20 – pueda encontrar una solución al problema que
dejó perplejo a Keynes en 1944. Si no puede, las
naciones deudoras se verán forzadas a enfrentarse a
un descarnado dilema: o sacudidas financieras con
carácter semipermanente o proteccionismo, tal y como
admiten ya muchos analistas de la City con visión de
futuro.
NOTA
T.: [1] John B. Taylor, de la Universidad de
Stanford, propuso a las autoridades monetarias en
1993 una regla de política que les ayudaría a
estabilizar la producción real alrededor de una meta
y a controlar la inflación. Su regla de política se
apoya en una tasa de interés nominal que, cuando el
PIB real y la tasa de inflación exceden su objetivo,
se incrementa para generar un aumento de la tasa de
interés real y así reducir la demanda agregada. Al
revés, si la inflación y el PIB real caen por debajo
del objetivo, recomienda recortar la tasa de interés
nominal para aumentar la demanda agregada por la vía
de un aumento de la tasa de interés real. Así, según
Taylor, la tasa de interés nominal de corto plazo
debería ser una función creciente de la tasa de
inflación y de la producción real para objetivos
dados en ambas variables. La experiencia previa de
Taylor como analista en la consultora neoyorquina
Townsend-Greenspan, entonces presidida por Alan
Greenspan, le permitió conocer a fondo los mercados
monetarios.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3083 |