Aplacar a los dioses
de los bonos
Por Paul Krugman-ATTAC Madrid
[03.09.2010]-
Actualización 8:30 pm de Cuba
Cuando
veo lo que en la actualidad se hace pasar por una
política económica responsable, siempre me viene a
la mente una analogía. Sé que es exagerada pero, de
todas formas, ahí va: la élite política
-gobernadores de bancos centrales, ministros de
Economía, políticos que adoptan la pose de
defensores de la virtud fiscal- se comporta como los
sacerdotes de un culto antiguo, y nos exige que
llevemos a cabo sacrificios humanos para aplacar la
ira de unos dioses invisibles.
Vale, ya les he dicho que era exagerada, pero tengan
un minuto de paciencia conmigo.
A
finales del año pasado, la opinión general en
materia de política económica dio un brusco giro a
la derecha. A pesar de que las principales economías
del mundo apenas habían empezado a recuperarse, a
pesar de que el desempleo seguía estando
tremendamente alto en gran parte de EE UU y Europa,
crear puestos de trabajo dejó de formar parte del
programa. Nos decían que, en vez de eso , los
Gobiernos tenían que centrar toda su atención en
reducir los déficits presupuestarios.
Los
escépticos señalaban que recortar drásticamente el
gasto en una economía deprimida no contribuye mucho
a mejorar las perspectivas presupuestarias a largo
plazo, y que, de hecho, podría empeorarlas aún más
al desacelerar el crecimiento económico. Pero los
apóstoles de la austeridad (llamados en ocasiones
austerianos) descartaban cualquier intento de hacer
números. Da igual lo que digan las cifras,
declaraban: era necesario recortar el gasto de
inmediato para mantener a raya a los vigilantes de
los bonos, inversores que cortarían el grifo a los
Gobiernos despilfarradores aumentando los costes de
sus préstamos y precipitando una crisis. Fíjense en
Grecia, decían.
Los
escépticos replicaban que Grecia es un caso
especial, al estar atrapada por su uso del euro, que
la condena a años de deflación y estancamiento haga
lo que haga. Los tipos de interés que pagan los
países más importantes con una divisa propia (no
solo EE UU, sino también Reino Unido y Japón) no
mostraban ningún signo de que los vigilantes de los
bonos estuvieran a punto de atacar, y ni siquiera de
que existieran.
Esperen y verán, aseguraban los austerianos: puede
que los vigilantes de los bonos sean invisibles,
pero hay que temerles de todas formas.
Este razonamiento resultaba extraño incluso hace
unos meses, cuando el Gobierno estadounidense podía
pedir créditos a 10 años a menos de un 4% de
interés. Nos decían que era necesario renunciar a la
creación de empleo, hacer sufrir a millones de
trabajadores, con el fin de satisfacer unas
exigencias que los inversores en realidad no estaban
haciendo pero que los austerianos aseguraban que
harían en el futuro.
Pero el razonamiento se ha vuelto aún más extraño
últimamente, cuando ha quedado claro que a los
inversores no les preocupan los déficits; les
preocupan el estancamiento y la deflación. Y han
estado manifestando esa preocupación reduciendo los
tipos de interés de la deuda de los países más
importantes en lugar de aumentándolos. Hace unos
días, el tipo de interés de los bonos
estadounidenses a 10 años era solo del 2,58%.
Entonces, ¿cómo se enfrentan los austerianos a la
realidad de unos tipos de interés que caen en picado
en lugar de ponerse por las nubes? La última moda es
declarar que hay una burbuja en el mercado de bonos:
no es que a los inversores les preocupe realmente la
debilidad de la economía, sino que se les está yendo
la mano. Resulta difícil expresar lo descarado que
es este razonamiento: primero nos decían que
debíamos hacer caso omiso de los fundamentos
económicos y obedecer en cambio los dictados de los
mercados financieros; ahora se nos dice que hagamos
caso omiso de lo que esos mercados están diciendo
realmente porque están confusos.
Ahora entenderán por qué termino pensando en cultos
extraños y salvajes que exigen sacrificios humanos
para aplacar a fuerzas invisibles.
Y
sí, estamos hablando de sacrificios. Cualquiera que
ponga en duda el sufrimiento causado por el recorte
del gasto en una economía débil debería fijarse en
los efectos catastróficos que han tenido los
programas de austeridad en Grecia e Irlanda.
A
lo mejor esos países no tenían elección, aunque vale
la pena señalar que todo el sufrimiento que se ha
infligido a sus ciudadanos no parece haber
contribuido a mejorar la confianza de los inversores
en sus Gobiernos.
Pero en EE UU sí que tenemos elección. Los mercados
no están exigiendo que renunciemos a la creación de
empleo. Por el contrario, parecen preocupados por la
falta de acción; por el hecho de que, como dijo la
semana pasada Bill Gross, fundador de Pimco, el
gigante de los fondos de bonos, nos "aproximamos a
un callejón sin salida de estímulos" que, según
advierte, "se ralentizarán hasta avanzar a paso de
tortuga, incapaces de proporcionar un crecimiento de
empleo suficiente".
Teniendo en cuenta todo esto, parece casi superfluo
mencionar el último insulto: muchos de los
austerianos más alborotadores son, cómo no, unos
hipócritas. Fíjense, en concreto, en la rapidez con
la que los republicanos perdieron el interés por el
déficit presupuestario cuando se les desafió
alegando el coste de mantener las subvenciones
fiscales para los ricos. Pero eso no les impedirá
seguir haciéndose pasar por halcones del déficit
siempre que alguien proponga hacer algo para ayudar
a los desempleados.
Así
que aquí va la pregunta que acabo haciéndome: ¿qué
hay que hacer para poner fin al dominio que tiene
este cruel culto sobre las mentes de la élite
política? ¿Cuándo volveremos, si es que volvemos
algún día, a la labor de reconstruir la economía?
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