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¿Qué
nos depara el 2011?
Por Joseph Stiglitz (*)
[22.01.2011]- Actualización 8:10 pm de Cuba
La
economía global termina el 2010 más dividida que a
comienzos del año. Por un lado, los países con
mercados emergentes como India, China y las
economías del Sudeste Asiático están experimentando
un crecimiento fuerte.
Por
otro lado, Europa y Estados Unidos afrontan un
estancamiento de hecho, un malestar al estilo
japonés y un desempleo tenazmente altos. El problema
en los países avanzados no es una recuperación sin
empleo, sino una recuperación anémica. O peor, la
posibilidad de una recesión de doble caída.
Este
mundo de dos pistas plantea algunos riesgos
inusuales. Mientras que la producción económica de
Asia es demasiado pequeña para impulsar el
crecimiento en el resto del mundo, puede bastar para
hacer subir los precios de las materias primas.
Mientras tanto, los esfuerzos de parte de Estados
Unidos por estimular su economía a través de la
política de alivio cuantitativo pueden fracasar.
Después de todo, en los mercados financieros
globalizados, el dinero busca las mejores
perspectivas en todo el mundo, y estas perspectivas
están en Asia, no en Estados Unidos. De manera que
el dinero no irá adonde se lo necesita, y gran parte
de ese dinero terminará donde no se lo quiere,
causando mayores incrementos en los precios de los
activos y las materias primas, especialmente en los
mercados emergentes.
Dados
los altos niveles de desempleo en Europa y en
Estados Unidos, es poco probable que el alivio
cuantitativo suponga un brote de inflación. Podría,
en cambio, aumentar las ansiedades sobre la futura
inflación, derivando en tasas de interés más altas a
largo plazo, precisamente lo contrario del objetivo
de la Reserva Federal.
Este
no es el único riesgo de impacto negativo, ni
siquiera el más importante, que afronta la economía
global. La mayor amenaza surge de la ola de
austeridad que arrasa al mundo, mientras los
gobiernos, particularmente en Europa, afrontan los
grandes déficits originados por la Gran Recesión y
mientras la ansiedad sobre la capacidad de algunos
países para cumplir con sus pagos de la deuda
contribuye a la inestabilidad de los mercados
financieros.
El
resultado de una consolidación fiscal prematura está
casi anunciado: el crecimiento se desacelerará, los
ingresos impositivos disminuirán y la reducción de
los déficits será decepcionante. Y, en nuestro mundo
globalmente integrado, la desaceleración en Europa
exacerbará la desaceleración en Estados Unidos, y
viceversa.
En una
situación en la que Estados Unidos puede pedir
prestado a tipos de interés bajos sin precedentes, y
frente a la promesa de altos beneficios por las
inversiones públicas después de una década de
negligencia, resulta claro lo que se debería hacer.
Un programa de inversión pública a gran escala
estimularía el empleo a corto plazo, y el
crecimiento a largo plazo, lo que al final
redundaría en una deuda nacional menor. Pero los
mercados financieros demostraron su miopía en los
años que precedieron a la crisis, y lo están
volviendo a hacer, al ejercer presión para que se
realicen recortes del gasto, incluso si eso implica
reducir marcadamente las inversiones públicas
necesarias.
Es
más, el atasco político asegurará que sea poco lo
que se haga respecto de los otros problemas
acuciantes que tiene ante sí la economía
estadounidense: las ejecuciones hipotecarias
probablemente sigan con toda su furia (dejando de
lado las complicaciones legales); es probable que
las pequeñas y medianas empresas sigan privadas de
fondos, y es posible que los bancos pequeños y
medianos que tradicionalmente les ofrecen créditos
sigan luchando para sobrevivir.
En
Europa, mientras tanto, es poco probable que las
cosas vayan mejor. Europa finalmente logró salir al
rescate de Grecia e Irlanda. En las vísperas de la
crisis, ambos países estaban regidos por gobiernos
de derecha marcados por un capitalismo de
connivencia o peor, lo que demostraba una vez más
que la economía de libre mercado no funcionaba en
Europa mejor de lo que lo hacía en Estados Unidos.
En
Grecia, como en Estados Unidos, la tarea de limpiar
el desorden recayó sobre un nuevo gobierno. Tal vez
como era de esperar, el Gobierno irlandés que alentó
un préstamo bancario imprudente y la creación de una
burbuja inmobiliaria no fue más apto para manejar la
economía después de la crisis que antes.
Dejando la política de lado, las burbujas
inmobiliarias dejan tras de sí un legado de deuda y
de sobrecapacidad productiva en el mercado de bienes
raíces que no se puede rectificar fácilmente, sobre
todo cuando bancos políticamente conectados rechazan
reestructurar las hipotecas.
En mi
opinión, intentar discernir las perspectivas
económicas para el 2011 no es una cuestión
particularmente interesante: la respuesta es
sombría, con escaso potencial alcista y mucho riesgo
bajista. Más importante es: ¿cuánto tiempo les
llevará a Europa y a Estados Unidos recuperarse y
pueden las economías de Asia aparentemente
dependientes de las exportaciones seguir creciendo
si sus mercados históricos languidecen?
Mi
mejor apuesta es que estos países mantendrán un
crecimiento rápido en la medida en que viren su foco
económico hacia sus mercados internos, vastos e
inexplorados. Esto exigirá una reestructuración
considerable de sus economías, pero tanto China como
India son dinámicas y dieron pruebas de resiliencia
en su respuesta a la Gran Recesión.
No soy
tan optimista respecto de Europa y EE.UU. En ambos
casos, el problema subyacente es una demanda total
insuficiente. La máxima ironía es que existen
simultáneamente una capacidad productiva excesiva,
vastas necesidades insatisfechas y políticas que
podrían restaurar el crecimiento si usaran esa
capacidad para satisfacer las necesidades.
Tanto
Estados Unidos como Europa, por ejemplo, deben
adaptar sus economías para encarar los desafíos del
calentamiento global. Hay políticas factibles que
funcionarían en el contexto de limitaciones
presupuestarias de largo plazo. El problema es la
política: en Estados Unidos, el Partido Republicano
preferiría ver fracasar al presidente Barack Obama
antes que ser testigo de un éxito económico. En
Europa, 27 países con diferentes intereses y
perspectivas tiran en direcciones diferentes, sin
suficiente solidaridad para compensar. Los paquetes
de rescate son, desde esta perspectiva, logros
impresionantes.
Tanto
en Europa como en Estados Unidos, la ideología de
libre mercado que permitió que crecieran las
burbujas de activos de manera descontrolada los
mercados siempre saben más, así que el gobierno no
debe intervenir ahora les ata las manos a los
responsables de formular las políticas a la hora de
articular respuestas efectivas a la crisis. Uno
podría haber pensado que la crisis en sí misma
socavaría la confianza en esa ideología. Por el
contrario, ha vuelto a salir a la superficie para
arrastrar a gobiernos y economías por el sumidero de
la austeridad.
Si la
política es el problema en Europa y Estados Unidos,
sólo cambios políticos probablemente los vuelvan a
colocar en el sendero del crecimiento.
De lo
contrario, pueden esperar hasta que la amenaza de
sobrecapacidad productiva disminuya, los bienes de
capital se vuelvan obsoletos y las fuerzas
restauradoras internas de la economía pongan a
funcionar su mágica gradual. En cualquiera de los
casos, la victoria no está a la vuelta de la
esquina.
(*)
Economista, premio Nobel. Estados Unidos. En
"Bitácora" de Uruguay |