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Gasto
militar y economía mundial
Por Dr. José Luis Rodríguez-Asesor-CIEM
[05.03.2011]-Actualizado 8:00 am Cuba
I
Los
gastos militares han tenido un crecimiento
vertiginoso en los últimos 70 años.
Antes
de la segunda guerra mundial estos gastos en todo el
mundo se estimaron en unos 48 mil millones de
dólares, pero ya en 1972 habían crecido a 240 mil
millones1 y llegaron a 1,4 billones de dólares en
19902 (Sivard, 1974; SIPRI, 2010).
La
mayor escalada inicial de estos gastos se produjo
entre 1939 y 1945, cuando los Estados Unidos
gastaron 3,2 billones de dólares a precios
constantes del 2002, en tanto que la URSS erogó 582
mil millones de rublos (48 mil millones de dólares)
a precios corrientes de esos años y el costo de la
guerra para Alemania se estima alcanzó el
equivalente a 68 mil millones de dólares también a
precios corrientes (Morss, 2010; Podkolzin s/f;
Exordio, 2004)).
Durante la guerra fría que puede ubicarse entre 1946
y 1990, los gastos militares se mantuvieron en un
proceso de crecimiento asociado especialmente al
incremento de las nuevas armas nucleares y al
desarrollo de alianzas militares como la OTAN y el
Pacto de Varsovia. Adicionalmente, estas erogaciones
aumentaron puntualmente con la guerra de Corea
(1950-53) y con la guerra de Viet Nam (1965-75).
En
términos de su peso en la economía, los gastos
militares representaron una fuerte erogación para
los principales contendientes de la guerra fría,
tanto para Estados Unidos, como para la Unión
Soviética. En efecto, estos gastos llegaron a
representar el 9,3% del PNB norteamericano en 1960,
el 8,1% en 1970, el 4,9% en 1980 y el 5,2% en 1990.
En el caso de la URSS se calcula que llegaban al
11,1% del producto en 1960, un 12,0% en 1970, un
12,8% en 1980 y un 14,3% en 1990 (US Government,
2010; Rand, 1989).3
Siguiendo la tendencia al crecimiento, el gasto
militar total en el mundo alcanzó 1 millón de
millones 531 mil millones de dólares en el 2009
medido a precios constantes del 2008, lo que
representa un gasto de 224 dólares por habitante del
planeta y el 2,7% del PIB mundial (SIPRI, 2010).
Estas cifras revelan un incremento del 49% en
relación al año 2000, pero en términos per cápita
aumentaron un 88,2%. De tal modo el gasto militar
actual supera en un 1,1% al que se alcanzó en 1988,
en pleno apogeo de la guerra fría (SIPRI, 2010b) y
en ese gasto Estados Unidos ha representado en los
últimos 20 años más del 50% de las erogaciones.4
Los
gastos militares del 2009 en más de un 82% se
concentraron en 15 países y de ellos 5 países
(Estados Unidos, China, Gran Bretaña, Francia y
Rusia) gastaron 937 mil millones de dólares, el
61,2% del total mundial. En términos de gasto en
dólares por habitante, las mayores erogaciones se
producen en Estados Unidos (2,100), Arabia Saudita
(1,603) y Francia (1,026). Los mayores incrementos
en relación al año 2000 se registran en China (217%)
y sólo decrecen en sus gastos en este grupo Japón,
Alemania e Italia (SIPRI, 2010).
Esta
situación resultaría aparentemente contradictoria
tomando en cuenta que después de que concluyó la
guerra fría en 1991 con la desaparición de la URSS,
pareció que estos gastos tenderían a bajar
definitivamente. En efecto, los mismos descendieron
un 33% entre 1988 y 1995, pero desde inicios de la
presente década volvieron a incrementarse
aceleradamente.
Para
comprender esta situación, es preciso examinar
brevemente el significado económico de los gastos
militares y el papel de Estados Unidos como
generador fundamental de su dinámica.
II
Los
gastos militares tienen en el mundo actual un doble
papel: por un lado constituyen la base para el
desarrollo de la guerra como instrumento de
dominación política por excelencia a través de la
fuerza de las armas y por otro, se trata de una
peculiar producción de mercancías.
El
empleo de la guerra como instrumento de dominación
política con posterioridad a 1945 se puso de
manifiesto en primer lugar en los conflictos bélicos
de las antiguas metrópolis enfrentadas a las guerras
de independencia de sus anteriores colonias. Ese fue
por ejemplo, el caso de Francia primero en la guerra
de Vietnam y posteriormente en la guerra de Argelia,
así como el enfrentamiento de Portugal con los
movimientos de liberación en sus colonias de Angola,
Guinea Bissau y Mozambique en África Por otro lado,
la confrontación Este-Oeste estuvo presente en la
guerra de Corea en la década de los años 50 y
posteriormente en la guerra de Estados Unidos contra
Vietnam, aunque en ambos casos se trató
esencialmente de guerras de liberación nacional que
tuvieron que enfrentarse a la intervención
extranjera que buscaba expandir su dominio
neocolonial específicamente en Asia.
No
obstante, el elemento que más aceleró el gasto
militar y que colocó a la humanidad en peligro de su
desaparición fue el desarrollo de la carrera de
armamentos nucleares entre Estados Unidos y la URSS,
que puso de manifiesto lo absurdo de seguir
incrementando sin límites la producción de un tipo
de armamentos que, ya a partir de un nivel mínimo
resultaba suficiente para destruir el planeta.
Contrario a lo que pudiera suponerse, la producción
de armamento nuclear no se detuvo con el fin del
enfrentamiento entre las dos superpotencias. De tal
modo, en el 2009 según SIPRI (2010), existían 22,600
cabezas nucleares en los arsenales del mundo y entre
ellas Estados Unidos poseía 9,600 y Rusia 12,000
encabezando la lista que incluye a Gran Bretaña,
Francia, China, India, Pakistán, Israel y la RPD de
Corea.5
La
expansión del gasto militar contemporáneo no puede
entenderse si no se examinan las peculiaridades de
las guerras y de la producción de armamentos como
mercancías en el capitalismo. Sin embargo, no debe
perderse de vista que ya desde los años 60 varios
destacados economistas llamaban la atención sobre
los verdaderos objetivos de estos gastos que se
resumían en la defensa de la hegemonía global de
Estados Unidos; la creación de una plataforma segura
para las empresas transnacionales; la creación de un
sector de investigación/desarrollo financiado por el
gobierno y dominado por el gran capital; la
generación de una actitud más complaciente de la
población frente a la preparación para la guerra y
las guerras permanentes; y absorber la vasta
capacidad productiva excedente y evitar el
estancamiento, promoviendo negocios de bajo riesgo y
altas ganancias para el capital (Bellamy, 2008).
Para
alcanzar estos objetivos la producción militar tiene
características que la diferencian del resto pues
absorbe capital temporalmente ocioso o menos
rentable, goza de una demanda cautiva por parte del
Estado y garantiza una elevada ganancia monopolista.
En su reproducción también se manifiestan un
conjunto de particularidades, ya que se produce
después que se vende el producto o servicio; como
regla el Estado actúa como único comprador, aunque
el armamento es también un importante rubro
exportable; las armas tienen una alta depreciación
moral, por lo que demandan una renovación
relativamente rápida; los precios de las
transacciones no se rigen por las reglas del
mercado; y la producción militar está en mejores
condiciones de ser programada en el tiempo al margen
de la coyuntura económica (Rodríguez, 1987;
Faramazián, 1975).
Tomando en cuenta que la producción de la industria
militar no participa en el mercado como otras
mercancías y que por otro lado, genera una demanda
solvente en la economía, la misma ha jugado un papel
anti cíclico después de la segunda guerra mundial al
incidir de forma similar al gasto compensatorio
propugnado por Keynes, lo que dio lugar al llamado
keynesianismo militar como expresión de una política
económica favorable al gasto militar (Dierckxsens,
2009; Higgs, 1994).
Sin
embargo, históricamente los efectos económicos del
gasto militar se diferencian según se valoren a
corto o a largo plazo.
A
corto plazo, en la misma medida que en la postguerra
existió capital ocioso, capacidades industriales
subutilizadas, abundancia de materia prima barata y
mano de obra temporalmente libre, la industria
militar fue un factor de compensación en el ciclo
capitalista, lo que incidió en buena medida en los
largos períodos de expansión de Estados Unidos,
fenómeno que se manifestó claramente hasta la guerra
de Vietnam (1965-1975) (Rodríguez, 1987; Perlo,
1980). No obstante, se ha subrayado críticamente que
desde la segunda guerra mundial y hasta finales de
los años 70 para la economía norteamericana vista en
su conjunto "…el efecto estabilizador de la
manipulación contracíclica del gasto militar ha sido
insuficiente para compensar los efectos
desestabilizadores de las fluctuaciones del mismo,
resultantes de guerras y programas de rearme. Por
consiguiente, en términos generales, la
militarización de la economía ha tendido a
incrementar la inestabilidad cíclica" (Perlo, 1980).
Al
respecto puede decirse que los impactos a corto
plazo del gasto militar vieron reducidos sus efectos
positivos en la misma medida en que los conflictos
bélicos demandaron un creciente desarrollo
tecnológico y dejaron de tener un efecto
multiplicador significativo en el resto de la
economía. Ya esta situación se apreciaba nítidamente
en los años 60 cuando se concluyó que "…la nueva
tecnología de la guerra ha reducido el poder de los
gastos en armamentos como estímulos de la economía
(…) Es común que la guerra se convierta cada vez más
en materia de ciencia y tecnología y que cada vez
sea menos cuestión de hombres y de armas."6 (Baran y
Sweezy, 1969). La elevación del costo de los
combates en la guerra convencional se expresa
también en el hecho de que matar un enemigo costaba
a Estados Unidos 21 mil dólares en la primera guerra
mundial, pero ya en la segunda guerra mundial este
costo se elevó rápidamente a 200 mil dólares
(Faramazián, 1975).
A esto
habría que añadir las negativas consecuencias que a
mediano y largo plazo tienen los gastos militares en
la economía.
En
efecto, los gastos militares en la medida en que
absorben una importante proporción de los gastos en
ciencia y tecnología, sustraen recursos para el
incremento de la productividad en la industria
civil. De tal modo, pueden apreciarse las
diferencias entre Estados Unidos y Europa cuando
entre 1984 y 1993 los gastos de R&D del gobierno
norteamericano tuvieron en un 64% un objetivo
militar, mientras que esa proporción en el caso
europeo fue sólo del 30%, lo cual favoreció el
avance del viejo continente (Higgs,
1994).7Consecuentemente, mientras que la
productividad del trabajo creció entre 1960 y 1973
un 9,0% en Japón y un 4,5% en la RFA, en Estados
Unidos aumento sólo un 2,1%. Esta situación se
agudizaría aún más en los años 70 y 80 cuando al
productividad en Norteamérica se deterioró aún más
(Rodríguez, 1987).
Igualmente la inyección de liquidez a la circulación
como la que produce la expansión del gasto público
con propósitos militares sin una contrapartida
mercantil, genera inflación, lo que incide
negativamente en la economía. En ese sentido, aunque
no hay una correlación exacta entre tasa de
inflación y ritmo de crecimiento del gasto militar,
basta observar lo ocurrido desde la segunda guerra
mundial hasta 1990 para apreciar el incremento de
los precios al aumentar significativamente el gasto
militar.8
Finalmente ya desde los años 70 del pasado siglo era
verificable que existe una correlación inversa entre
la tasa de crecimiento económico y la proporción del
PNB que se destina al gasto militar.9Esa tendencia
se ha puesto de manifiesto también en los últimos
años, aunque de forma más atenuada e indirecta.
III
Concentrando la atención en el gasto militar de
Estados Unidos se puede apreciar con mayor claridad
sus negativos efectos económicos globales.
En la
etapa de la guerra fría los Estados Unidos
invirtieron en gastos militares alrededor de 10
billones de dólares a precios constantes de 1992. De
tal forma, entre 1948 y 1989 la economía
norteamericana creció a un ritmo del 3,8% promedio
anual, en tanto el gasto militar lo hacía al 1,9%
absorbiendo como promedio el 7,6% del PNB en el
período (Higgs, 1994).
Concluida la etapa de la guerra fría en 1990 los
gastos militares de Estados Unidos medidos a precios
constantes, alcanzaron 461,2 mil millones de
dólares, un 5,2% del PIB y 10 años después se habían
reducido a 361,3 mil millones un 3% del PIB. Ello no
significó sin embargo, que una vez desaparecida la
URSS no existieran otros pretextos como la lucha
contra el narcotráfico para mantener un elevado
presupuesto bélico.
Pero
sería con posterioridad al 11 de septiembre del 2001
que la administración republicana de George W. Bush
encontró el argumento ideal para lanzar una guerra
contra el terrorismo supuestamente asentado en
Afganistán, pero que tendría como verdadero objetivo
el dominio del Medio Oriente como principal región
productora de petróleo del mundo y como los
principales antagonistas a liquidar Irak e Irán,
países ambos que se enfrentaban de diversa forma a
los intereses norteamericanos y a las grandes
empresas transnacionales petroleras, a lo que se
añadiría Afganistán, cuyas riquezas naturales no han
pasado inadvertidas para los propósitos
expansionistas de Norteamérica.
Con el
fin de alcanzar sus objetivos el gobierno de Estados
Unidos ha gastado entre el 2001 y el 2009 1,08
billones de dólares en la llamada guerra contra el
terrorismo10
Actualmente se conoce cómo se produjo la preparación
y ejecución de la guerra en Irak, desatada a partir
de la manipulación de la opinión pública producto de
la supuesta existencia de armas de destrucción
masiva en ese Estado por demás calificado por los
medios masivos de comunicación como un "santuario
del terrorismo internacional".
Paralelamente también hoy se sabe que la guerra
contra Irán se concibió desde el propio 2003.
Múltiples documentos muestran su modelación en los
llamados escenarios TIRANNT,11 así como la
sistemática preparación de la opinión pública
mediante un proceso de "satanización" del gobierno
iraní.
Sin
embargo, a diferencia de lo sucedido con Irak y
Afganistán, en el caso de Irán se ha presentado un
fenómeno mucho más peligroso. En tal sentido, se
desarrollaron para esta guerra en preparación nuevas
concepciones estratégicas de la doctrina bélica,
generalizándose el concepto de "guerras
humanitarias" y la manipulación de la verdadera
naturaleza del arma nuclear, al convertirla en un
"arma táctica" utilizable en un limitado teatro de
operaciones militares, sin mayores efectos
colaterales. En relación a estos preparativos, ha
tenido también una importancia especial el
fortalecimiento militar de Israel entre 2004 y 2005
(Chossudovski, 2010b).
Consecuentemente con su política de dominación
mundial, a partir del 2001 los gastos militares de
Estados Unidos a precios constantes del 2005 se
incrementaron pasando de los ya mencionados 361,3
mil millones de dólares en el año 2000, a 626,2 mil
millones en el presente año, lo que representa un
crecimiento del 73,3% y una proporción del PIB que
evolucionó en este período de un 3% al 4,9% (US
Government, 2010).
El
financiamiento de esta escalada militar ha tenido
una repercusión mucho más profunda en los últimos 10
años en relación a períodos anteriores, incidiendo
fuertemente en el déficit del presupuesto federal
norteamericano y en el nivel alcanzado por la deuda
pública.
En
efecto, si bien los gastos militares en 1970
representaron el 8,1% del PIB de Estados Unidos, el
déficit presupuestario era sólo del 0,3% y la deuda
pública llegaba a 380,9 mil millones de dólares, es
decir el 37,6% del PNB. Sin embargo, veinte años más
tarde en medio de la guerra de las galaxias desatada
por la administración de Reagan, el gasto militar
era el 5,2% del PNB y la deuda pública se había
disparado a 3,2 billones de dólares, por lo que era
el 55,9% del PNB.
En el
año 2000 se había alcanzado un presupuesto
superavitario equivalente al 2,5% del PNB, pero la
deuda había crecido hasta 5,6 billones, un 58% del
producto de ese año. Sin embargo, esta situación
entró en un proceso de crecimiento descontrolado del
gasto público con la administración de George W.
Bush y ya al cierre de su mandato dejaba un gasto
militar equivalente al 4,3% del producto, un déficit
presupuestario del 3,2%, y una deuda pública que
creció un 77%, llegando a 9,9 billones de dólares.
La
administración de Barack Obama lejos de revertir esa
tendencia o al menos frenarla, ha llevado a niveles
record el desbalance de las cuentas públicas
norteamericanas. De tal modo, en el 2010 el déficit
fiscal llegará a 1,6 billones, un 10,6% del PNB,
pero la deuda se habrá elevado a 13,8 billones, un
94,3% del producto y dos veces y media más elevada
que hace 10 años (US Government, 2010 y US
Statistical Abstracts, 2009).
Ciertamente en el enorme déficit que se ha
registrado en los últimos dos años ha incidido de
forma decisiva la aprobación de los paquetes de
rescate financiero implementados para enfrentar los
efectos de la crisis, así como el creciente
desbalance comercial norteamericano, pero al mismo
tiempo, en estas condiciones ya no es posible una
expansión del gasto militar a costa del presupuesto
público sin poner en peligro el equilibrio
financiero indispensable para el funcionamiento del
sistema.12 Frente a esta situación se han elaborado
propuestas en el Congreso norteamericano para lograr
una reducción del gasto militar en el próximo
decenio por un billón de dólares (Barney and Paul,
2010) y en las proyecciones de la Casa Blanca para
el 2015 se incluye una reducción del presupuesto de
defensa del 12% (US Government, 2010).13 No
obstante, la viabilidad de estas propuestas resulta
muy cuestionable, ya que no son compatibles con la
lógica de funcionamiento del capitalismo
estadounidense en la actualidad.
Todos
estos fenómenos no pueden ser analizados al margen
de la crisis global que estalló en el 2008 y la
financierización de la economía que se encuentra
entre sus causas más visibles donde el "…elemento
esencial de la presente coyuntura de crisis global
es, sin duda, el descalabro que provoca la crisis
financiera, producto del inusitado nivel de
especulación con los créditos y títulos de valor."
(Rodríguez, 2010, 23)14
En la
crisis actual ha ocurrido que la economía
norteamericana no ha recibido un impulso anti
cíclico del creciente gasto militar, sino que al
desplazarse en centro de gravedad de las ganancias
extraordinarias a la esfera de la especulación, ha
tenido que ser la transferencia directa de recursos
públicos a través de los paquetes de rescate
financiero los que han reflotado con toda urgencia
el sistema, al menos temporalmente.15
Por
otro lado, dadas las especificidades de la industria
militar en la reproducción capitalista, al igual que
ha ocurrido en otras crisis, el sector militar de la
economía en el caso de Estados Unidos ha sido
afectado en una medida muy inferior en comparación
con el resto de los sectores, situación diferente a
lo que ocurre en Europa, donde la industria bélica
no ha escapado al impacto de la depresión que afecta
a las otras ramas de la economía (GRIP, 2010 y
Justo, 2010).
Igualmente a lo sucedido en otras coyunturas
recesivas, el impacto de la crisis no aminoró la
tendencia al incremento de las ganancias
monopolistas del complejo militar industrial
norteamericano, cuya actuación de hace más compleja
(Ross, 2009).
De tal
modo, mientras que el rendimiento de las acciones
del grupo S&P 500 entre 2006 y 2009 bajó un 32%, el
de las compañías Lookheed Martin creció un 34,1%;
General Dynamics un 47,6%; Northop Grumman un 13,8%
y Raytheon un 86,7% (Morss, 2010).16Estas cuatro
compañías acumularon ganancias por 6086 millones de
dólares solamente en el año 2008 (SIPRI, 2010).
Un
elemento de importancia en el negocio de las armas
es la exportación a otros países, negocio que
permite recuperar rápidamente la inversión con altas
ganancias. De tal modo, entre 1950 y 2009 en el
mundo se vendieron por este concepto 1,656 billones
de dólares en armamentos. En el 2008 estas ventas
alcanzaron 384,7 mil millones de dólares, que en una
proporción del 40% provenían de la Unión Europea, en
un 27% de Estados Unidos y en un 26% de Rusia
(SIPRI, 2010 y 2010a).
Las
principales ventas se realizaron a países que
constituyen la punta de lanza de Estados Unidos en
diferentes regiones del mundo como Israel, Corea del
Sur, Taiwan, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes
Unidos. También adquieren cantidades importantes de
armamento las llamadas economías emergentes como
China, la India y Brasil, así como países en
desarrollo de nivel medio como Turquía y Suráfrica.
IV
En
otras regiones del mundo también se ha incrementado
el gasto militar en los últimos años, ocurriendo los
mayores crecimientos en Rusia y China.
En el
caso de Rusia es conveniente recordar la negativa
repercusión que tuvieron los gastos militares en la
economía de la antigua Unión Soviética, donde estas
erogaciones llegaron a representar alrededor del 15%
del PNB entre 1960 y 1990, cifra que mas que
duplicaba la proporción invertida por Estados Unidos
en esos años (Global, 2009). Con posterioridad al
fin de la guerra fría estos gastos disminuyeron
hasta el año 2000 como producto de un proceso de
desarme unilateral que se produjo bajo el gobierno
de Boris Yeltsin, que prácticamente desmanteló el
complejo militar industrial ruso en 1997 obedeciendo
a las presiones de Occidente.
A
partir del año 2000 Rusia ha iniciado un proceso
acelerado de reconstitución de su poderío militar
tomando en cuenta la creciente amenaza de Estados
Unidos y la OTAN, que prácticamente han rodeado al
país de bases militares asentadas en Europa oriental
y en el espacio postsoviético (Rozoff 2010, 2010a).
De tal forma, en los últimos diez años los gastos
militares se duplicaron, alcanzando un estimado de
61 mil millones de dólares, es decir un 3,5% del PIB
en el 2009 (SIPRI, 2010b). Por otro lado, el
presupuesto del 2011 será de 63 mil millones de
dólares y se espera invertir 730 mil millones en el
próximo decenio (Johnson, 2010).
En el
caso de China los gastos militares crecieron
moderadamente en los años 90 del pasado siglo hasta
llegar al 1,8% del PIB en el 2000. Sin embargo,
entre ese año y el 2009 estos gastos se triplicaron,
lo cual obedece a necesidades de defensa del país
frente a las cada vez más visibles amenazas de
agresión directa por Estados Unidos. Estos gastos
alcanzaron un estimado de 98,8 mil millones de
dólares en el 2009, que equivalen a un 2% del PIB
(SIPRI, 2010b).17
El
negativo impacto del gasto militar si bien se puede
apreciar en las economías más desarrolladas, es aún
más devastador en los países subdesarrollados, donde
ha ido creciendo aceleradamente en virtud de
múltiples factores. Al respecto se ha señalado "El
clima internacional de tensión y violencia generado
por la política agresiva de las potencias
imperialistas y sus gendarmes regionales, las
agresiones y presiones directas o indirectas para
desestabilizar o destruir procesos revolucionarios y
defender intereses neocoloniales, los conflictos
regionales muchas veces alentados por esos mismos
intereses, son los principales factores que han
contribuido a la incorporación de los países del
Tercer Mundo a la carrera armamentista." (Castro,
1983)
La
evolución de los gastos militares en el mundo
subdesarrollado muestra un aumento de 33 mil
millones de dólares en 1972 a 81,3 mil millones en
1981,18 elevándose a 364,7 mil millones en el
2008.19 De tal forma, su participación en los gastos
de todo el mundo casi se ha duplicado en los últimos
30 años, pasando de un 16% en 1982, a un 28,8% en
1999 y a un 30,3% en el 2009 (Castro, 1983; Gasto
Militar, 2000; SIPRI, 2010).
Paradójicamente, son las regiones más pobres donde
más ha crecido el gasto militar en los últimos diez
años. Así en África los mismos han aumentado un 62%
y en Asia/Oceanía un 67%, cifras superiores al
promedio mundial de un 49% (SIPRI, 2010).
Adicionalmente se sigue manifestando la tendencia a
dedicar más recursos a fines bélicos que a
propósitos sociales entre los países más
empobrecidos que son los que más los requieren. Así
por ejemplo, Eritrea dedicó alrededor del 2005 un
24,1% de su PIB a gastos militares y sólo un 1,8% a
salud pública y Burundi asignó un 6,2% a gastos
militares y un 0,8% a salud pública. Otros como
Arabia Saudita a pesar de que cuentan con abundantes
recursos provenientes de sus ingresos petroleros,
dedicaron el 8,2% de su PIB a gastos militares en
comparación con un 2,5% a la salud pública (PNUD,
2007).
Las
negativas consecuencias del desvío de recursos hacia
gastos militares totalmente improductivos en los
países subdesarrollados se suman al impacto del
saqueo a que son sometidos estos pueblos por los
países capitalistas más avanzados en una escalada
que no muestra signos de atenuarse en el futuro
inmediato.
V
En la
actualidad la economía mundial se enfrenta a una
incierta recuperación económica que tiene en el
nivel de desempleo, los déficits fiscales y el nivel
de la deuda pública las principales amenazas para su
materialización. En ese contexto, los crecientes
gastos en armamentos refuerzan la tendencia al
estancamiento en la misma medida en que las
condiciones que los llevaron a jugar un papel anti
cíclico a corto plazo han desaparecido casi
completamente.
Esto
no significa que la transferencia de recursos
públicos por la vía de los gastos de defensa deje de
representar un importante elemento en el modelo de
acumulación capitalista y en la reproducción del
sistema en estos momentos. Sin embargo, la fuente de
recursos para alimentar los presupuestos del Estado
presenta una situación incierta en el futuro
inmediato y pone en peligro la continuidad de este
jugoso negocio para el capital transnacional.
Adicionalmente, la perspectiva de una u otra
evolución económica se ensombrece si se tiene en
cuenta la actual coyuntura bélica en ciernes (Clairmont,
2009) donde el mundo se ve hoy amenazado por una
conflagración de inconmensurables proporciones
producto de la irresponsable amenaza de empleo del
arma nuclear para satisfacer los intereses
expansionistas norteamericanos en el Medio Oriente,
lo que pone en peligro la existencia misma de la
humanidad (Castro, 2010 y 2010a).
Noviembre del 2010
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