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COMER
ES VERBO Y NO SUSTANTIVO
¿Mercado o soberanía alimentaria?
Por Vicent Boix (especial para ARGENPRESS.info)
[05.03.2011]-Actualizado 8:00 am Cuba
"Entre
2010 y 2011, los precios de los alimentos han batido
récords siete meses consecutivos (…) asimismo, los
incrementos en los precios de los productos básicos
se han convertido en un factor desestabilizador de
la economía mundial, y que han provocado tensiones y
disturbios en varios países en desarrollo y, más
recientemente, en Argelia, Túnez y Egipto". Así lo
aseguraba el Parlamento Europeo en una resolución
aprobada el 17 de febrero, añadiendo que "…los altos
precios de los alimentos sumen a millones de
personas en la inseguridad alimentaria y amenazan la
seguridad alimentaria mundial a largo plazo".
Ante
esta nueva y trágica crisis alimentaria, se repite
una y otra vez que la causa principal del ascenso de
los precios es un desequilibrio entre una menor
oferta y una mayor demanda a nivel mundial, es
decir, cada vez se requieren más cultivos y este año
los rendimientos fueron peores. Pero, ya en un
artículo anterior indiqué que durante los años
2003-2004, la situación a nivel mundial en cuanto a
la cantidad de alimentos básicos como los cereales
había sido peor que desde 2007 hasta ahora.
Contrariamente y tomando como referencia el "Índice
para los Precios de los Alimentos" que calcula la
Organización de las Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación (FAO), los precios en
2003-2004 fueron un 50% inferiores en comparación
con los de la crisis de 2008 y un 100% respecto a
enero de 2011.
Por
tanto, algo está manipulando y alterando los
mercados y ese algo es la especulación que según el
Parlamento Europeo es la culpable del 50% de los
aumentos recientes. La propia FAO reconoce que sólo
el 2% de los contratos de futuros termina con la
entrega de la mercancía y la mayoría se negocian
nuevamente, por eso "…este tipo de contratos -u
obligaciones- atraen cada vez a un número creciente
de especuladores financieros e inversores, ya que
sus beneficios pueden ser más atractivos en relación
a cómo se comportan los de acciones y bonos."
El
problema no es de escasez o de una menor oferta de
alimentos como se dice sin parar, sino de unos
precios inflados por especuladores como constata la
Eurocámara en una resolución anterior: "…en la
actualidad el suministro total mundial de alimentos
no es insuficiente (…) son más bien la
inaccesibilidad de los mismos y sus elevados precios
los factores que privan a muchas personas de la
seguridad alimentaria."
Sin
embargo la especulación, causante de los ascensos,
no es propiamente la raíz del problema. Ésta se
debería frenar, pero los precios de los alimentos
seguirían sujetos a los vaivenes de la oferta y la
demanda, en una época en la que crece el interés por
los agrocombustibles y en la que grandes
transnacionales controlan los diferentes eslabones
de la cadena alimentaria. Es decir, mientras las
naciones marginen su autosuficiencia y la panacea
sea comprar alimentos básicos en el gran
supermercado global, a la vez que se exportan a éste
materias primas y cultivos exóticos (soja para
forraje, algodón, plátanos, flores, piñas, café,
maíz para bioetanol, etc.), la alimentación seguirá
sujeta a la dinámica de un mercado manejado por
ciertos pulpos que poco entienden de hambre.
No se
dice con ello que se prescinda del mercado
internacional, pero es vital su regularización y
sobre todo que las naciones prioricen su soberanía
alimentaria entendida como la facultad de los
pueblos y los agricultores en decidir sus políticas
agrarias para garantizar la seguridad alimentaria.
En los tiempos que corren tal vez sea una herejía,
pero curiosamente, en el mismo comunicado de prensa
en el que la FAO hace poco anunciaba que los precios
de los alimentos habían alcanzado un record
histórico, un economista de dicha institución
indicaba que "El único factor alentador hasta el
momento proviene de un cierto número de países en
los que -debido a las buenas cosechas- los precios
domésticos de algunos alimentos básicos permanecen
bajos comparados con los precios mundiales".
Dicho
se otra manera, estos países podrán abastecerse de
comida barata porque la cultivan ellos mismos y no
tienen que adquirirla en los "reinos" de las
multinacionales y los fondos de inversión. Pero muy
a pesar del dato, la tendencia es más bien la
contraria. La liberalización alienta la inversión y
la deslocalización de la producción hacia los países
del sur, cuyas tierras dejan de parir alimentos para
transformarse en fincas donde brotan los
agrocombustibles, los forrajes y los postres de las
naciones pudientes. Estas tierras se concentran en
acaudalados terratenientes o incluso inversionistas
mientras el campesino es expulsado del campo.
El
resto de eslabones de la cadena alimentaría
(semillas, intermediación, manufactura, etc.) se
concentran en pocas manos que dictan las
condiciones, monopolizan los mercados, encarecen los
alimentos del consumidor y ahogan al agricultor
hasta su claudicación.
La
agricultura y la alimentación como sustentos básicos
desaparecen en favor de la visión mercantilista: el
fin último no es garantizar comida ni trabajo, sino
hacer un buen negocio caiga quién caiga.
Este
modelo basado en la exportación al mercado
internacional donde todo es susceptible de ser
cotizado, comprado y vendido, no sólo es incoherente
porque crea dependencia alimentaria del mercado
exterior y sus precios, sino que además crea
dependencia del petróleo por el transporte y porque
la agricultura industrial necesita abundantes
agroquímicos. Con las revueltas actuales en países
como Libia, nuevamente el petróleo se encarece lo
que agudizará la crisis en los alimentos como en
2008. Y si se añade que "cambio climático" y "cénit
del petróleo" son cuestiones de actualidad, todavía
resulta más surrealista encomendar nuestras calorías
al oro negro.
El
analgésico milagroso.
A
mediados de febrero, el Banco Mundial comunicaba que
debido al incremento en los precios de la comida, el
número de hambrientos se estaba acercando a los 1000
millones, cuando los últimos datos de la FAO los
cifraba en 925. Además 44 millones de personas están
franqueado el umbral de la extrema pobreza porque
sus débiles economías familiares han sido
desestabilizadas por los montos elevados de la
comida.
La
situación es gravísima pero los precios siguen
elevados y en una economía globalizada, los últimos
fenómenos climáticos locales -tormentas en África,
heladas en México, sequías en China, etc.- se
convierten en un mundial quebradero de cabeza. Pero
ojo, no se trata de un problema de escasez, y los
rugidos de 1000 millones de estómagos vacíos no son
suficientes para que se de el golpe de mesa
definitivo que ponga en su sitio al mercado y a los
especuladores. Se han disparado eso sí, muchos
fuegos de artificio en forma de buenas intenciones.
En la reciente reunión del G-20 por ejemplo, se
hablaba de una mayor transparencia en los mercados,
limitación de la especulación, mejor información
sobre los cultivos… en resumen, nada que no se haya
oído antes y nada que no se haya quedado en nada, a
pesar de que el 17 de febrero el Parlamento Europeo
pidió al G-20 "…que se combatan a escala
internacional los abusos y manipulaciones de los
precios agrícolas, dado que representan un peligro
potencial para la seguridad alimentaria mundial…"
aparte de reclamar "…la adopción de medidas
dirigidas a abordar la excesiva volatilidad de
precios…".
Las
propuestas a corto plazo puestas en marcha para
atajar la situación están siendo tan injustas como
infructuosas, porque se ha pretendido solucionar el
desaguisado jugando en la cancha y acatando las
reglas del juego del ente distorsionador (mercado)
en lugar de enfrentando y frenando sus desvaríos. En
esta dirección, por ejemplo la FAO ha reconocido que
desde julio su principal objetivo ha sido "calmar a
los mercados". Para ello el analgésico estrella
empleado por este organismo ha consistido en
engatusar a ciertos países que habían restringido
sus exportaciones -de cereales sobre todo- para que
las reanudaran rápidamente y así recuperar el flujo
de la oferta que amansara los precios en el mercado
internacional.
Hay
que indicar que estos países exportadores cerraron
sus fronteras, supuestamente para garantizar comida
a sus ciudadanías, primero porque las cosechas no
fueron buenas, segundo porque la mejor manera de no
caer en la crisis de precios internacionales es con
producciones nacionales. Pues bien, algo que como
mínimo es normal y hasta legítimo, ha sido
considerado por muchos como la principal causa de la
crisis de precios de los alimentos, porque bajo la
lógica del libre mercado se estaba manipulando la
oferta mundial de esa mercancía llamada comida.
Pero
mientras a estas naciones se les presiona para que
retomen las exportaciones y no almacenen comida para
sus poblaciones, nadie se atreve a poner en tela de
juicio la barbaridad de millones de toneladas de
maíz estadounidense que se destinan a bioetanol (el
14% del maíz mundial). Y esto es así porque bajo el
intocable prisma neoliberal que impera, los
alimentos no tienen porque alimentar estómagos, sino
que son mercancías que inexorablemente deben ser
cotizadas en el mercado, en donde los pujadores
condicionarán los precios porque el fin último es
agrandar las ganancias y si éstas crecen con los
coches, pues que sigan rugiendo los estómagos.
Pan
para hoy y hambre para mañana.
Desde
julio se pretende "calmar a los mercados" y el
fracaso ha sido estrepitoso. La restauración de las
exportaciones de alimentos no apagó el fuego que
siguió expandiéndose ante las noticias de cosechas
menores y ante fenómenos meteorológicos que añadían
zozobra a la situación.
Se
pidieron concesiones a los países exportadores que
no aplacaron la crisis, y el 26 de enero, a la
desesperada, la FAO lanzaba un informe con
recomendaciones para que se apretaran el cinturón en
este caso las naciones importadoras, entre las que
se encuentran mayoritariamente las pobres. El
paquete de medidas se centraba fundamentalmente en
un único punto: que los estados apliquen medidas
económicas y comerciales para reducir el precio de
los alimentos, como por ejemplo subvenciones
directas, préstamos para la financiación de las
importaciones, incentivos fiscales, reducción de
impuestos como el IVA, reducción de los aranceles e
impuestos a las importaciones de comida, insumos,
maquinaría agrícola, etc. Algunas de estas
recomendaciones -más cercanas a la filosofía del FMI
o del Banco Mundial- fueron adoptadas durante la
crisis de 2008 y algunos países las están aplicando
ya.
Guatemala por ejemplo, a inicios de febrero anunció
la importación de maíz con arancel cero para hacer
frente al alza de precios.
Lógicamente estas medidas debilitarán las arcas de
las naciones que dejarán de ingresar impuestos o
directamente subvencionarán alimentos con fondos de
los presupuestos, lo que afectará a medio y largo
plazo la financiación de otros programas y servicios
públicos. Para las naciones que puedan tener
problemas con los presupuestos y la balanza de
pagos, la FAO recomienda, lea bien, que recurran a
los programas del Banco Mundial y el FMI, o lo que
es lo mismo, que se endeuden más para sufragar las
brutales ganancias que el mercado y sus
especuladores están acumulando con el alza de
precios.
Como
se observa y como se ha repetido hasta la saciedad
en este artículo, nadie le toca un pelo al ente
distorsionador situado justamente entre los países
que producen y compran comida, que son a los que se
les pide sacrificio y que se adapten a los caprichos
del mercado, incluso comprometiendo sus cuentas. Y
las clases políticas de estos países, viendo las
imágenes de Egipto o Libia, no se arriesgan a que la
comida sea inaccesible y están bailando claqué al
son que se les indica.
Mientras se esperan nuevos datos sobre los precios
de la comida, la situación empieza a ser sumamente
asfixiante y podría derivar en una crisis peor que
la de 2008. Por eso sobra ya la verborrea
grandilocuente y urgen soluciones reales y
efectivas, porque para la humanidad comer es verbo y
no un sustantivo pomposo y demagógico. |