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SOBRE
LA VISITA DE OBAMA
¡Es la Amazonía, estúpido!
Por
Atilio A. Boron-Rebelión
[25.03.2011]-Actualizado 9:50 am Cuba
Todos recuerdan aquella frase con la que Bill
Clinton desarmó a George Bush padre en la
competición presidencial de 1992. Una expresión
parecida podría utilizarse en el momento actual,
cuando muchos piensan, en Brasil y fuera de él, que
Obama está de visita en ese país para vender los
F-16 fabricados en Estados Unidos, desplazando a su
competidor francés, y para promover la participación
de empresas estadounidenses en la gran expansión
futura del negocio petrolero brasileño. También,
para asegurar un suministro confiable y previsible a
su insaciable demanda de combustible mediante
acuerdos con un país del ámbito hemisférico y menos
conflictivo e inestable que sus proveedores
tradicionales del Oriente Medio o la propia
Latinoamérica. Aparte de eso, la carpeta de negocios
que lleva Obama incluye la intervención de empresas
de su país en la renovación de la infraestructura de
transportes y comunicaciones de Brasil y en los
servicios de vigilancia y seguridad que requerirán
la Copa Mundial de Fútbol (2014) y los Juegos
Olímpicos (2016). Quienes apuntan a estas realidades
no dejan de señalar los problemas bilaterales que
afectan a la relación comercial, sobre todo debido a
la persistencia del proteccionismo estadounidense y
las trabas que éste implica para las exportaciones
brasileñas. La relación, por lo tanto, está lejos de
ser tan armónica como muchos dicen. Además, la
creciente gravitación regional y en parte
internacional del Brasil es vista con preocupación
por Washington. Sin el apoyo de Brasil y Argentina,
amén de otros países, la iniciativa bolivariana de
acabar con el ALCA no habría prosperado. Por lo
tanto, un Brasil poderoso es un estorbo para los
proyectos del imperialismo en la región.
Dado
lo anterior hay que preguntarse acerca de los
objetivos que persigue la visita de Obama al Brasil.
Observemos primero los datos del contexto: desde la
inauguración del gobierno de Dilma Rousseff la Casa
Blanca desplegó una enérgica ofensiva tendente a
fortalecer la relación bilateral. No habían pasado
diez días de su instalación en el Palacio del
Planalto cuando recibió la visita de los senadores
republicanos John McCain y John Barrasso; pocas
semanas más tarde sería el Secretario del Tesoro,
Timothy Geithner, quien golpearía a su puerta para
reunirse con la presidenta. El interés de los
visitantes se desató ante el recambio presidencial y
la esperanzadora señal procedente del Brasilia
cuando la nueva presidenta anunció que estaba
reconsiderando la compra de 36 aviones de combate a
la firma francesa Dassault que, en su monento, había
anunciado el saliente presidente Lula. Este cambio
de actitud hizo que los lobbistas de las grandes
empresas del complejo militar-industrial –es decir,
el “gobierno permanente” de los Estados Unidos, con
prescindencia del transitorio ocupante de la Casa
Blanca- se dejaran caer sobre Brasilia con la
esperanza de verse beneficiados con la adjudicación
de un primer contrato por 6.000 millones de dólares
que, eventualmente, podría acrecentarse
significativamente si el gobierno brasileño
decidiera, como se espera, ordenar la compra de
otros 120 aviones en los años siguientes. Pero sería
un error creer que sólo la motivación crematística
es la que inspira el viaje de Obama.
En
realidad, lo que a aquél más le interesa en su
calidad de administrador del imperio es avanzar en
el control de la Amazonía. Requisito principal de
este proyecto es entorpecer, ya que no puede
detener, la creciente coordinación e integración
política y económica en curso en la región y que tan
importante han sido para hacer naufragar el ALCA en
2005 y frustrar la conspiración secesionista y
golpista en Bolivia (2008) y Ecuador (2010). También
debe tratar de sembrar la discordia entre los
gobiernos más radicales de la región (Cuba,
Venezuela, Bolivia y Ecuador) y los gobiernos
“progresistas” –principalmente Brasil, Argentina y
Uruguay- que pugnan por encontrar un espacio, cada
vez más acotado y problemático, entre la
capitulación a los dictados del imperio y los
ideales emancipatorios, hoy encarnados en los países
del ALBA, que hace doscientos años inspiraron las
luchas por la independencia de nuestros países. El
resto son asuntos secundarios. Sorprende, dados
estos antecedentes, la indecisión de Rousseff en
relación con el reequipamiento de sus fuerzas
armadas porque si finalmente Brasil llegara a cerrar
el trato favoreciendo la adquisición de los F-16 en
lugar de los Rafale franceses su país vería
seriamente menoscabada su voluntad de reafirmar su
efectiva soberanía sobre la Amazonía. Con esto no se
quiere afirmar que Brasil debe comprar los aviones
de la Dassault; lo que sí se quiere decir es que
cualquier otra alternativa es preferible a su
adquisición a un proveedor estadounidense. Si tal
cosa llegara a ocurrir es porque la cancillería
brasileña habría pasado por alto, con irresponsable
negligencia, el hecho de que en el tablero
geopolítico hemisférico Washington tiene dos
objetivos estratégicos: el primero, más inmediato,
es acabar con el gobierno de Chávez apelando a
cualquier expediente, sea de carácter legal e
institucional o, en su defecto, a cualquier forma de
sedición. Este es el objetivo manifiesto y
vociferado de la Casa Blanca. Pero el fundamental, a
largo plazo, es el control de la Amazonía, lugar
donde se depositan enormes riquezas que el imperio,
en su desorbitada carrera hacia la apropiación
excluyente de los recursos naturales del planeta,
desea asegurar para sí sin nadie que se entrometa en
lo que su clase dominante percibe como su hinterland
natural: agua, minerales estratégicos, petróleo,
gas, biodiversidad y alimentos. Para los más osados
estrategas estadounidenses la cuenta amazónica, al
igual que la Antártida, es un área de libre acceso
en donde no se reconocen soberanías nacionales y
abierta, por eso mismo, a quienes cuenten con “los
recursos tecnológicos y logísticos” que permitan su
adecuada explotación. Es decir, los Estados Unidos.
Pero, obviamente, ningún alto funcionario del
Departamento de Estado o del Pentágono, y mucho
menos el presidente de Estados Unidos, anda diciendo
estas cosas en voz alta. Pero actúan en función de
esa convicción. Y, coherente con esta realidad,
sería insensato para Brasil apostar a un
equipamiento y una tecnología militar que lo
colocaría en una situación de subordinación ante
quien ostensiblemente le está disputando la posesión
efectiva de los inmensos recursos de la Amazonía. ¿O
es que alguien tiene dudas de que, cuando llegue el
momento, Estados Unidos no vacilará un segundo en
apelar a la fuerza para defender sus vitales
intereses amenazados por la imposibilidad de acceder
a los recursos naturales encerrados en esa región?
Lo que
está en juego, en consecuencia, es precisamente el
control de esa zona. Obviamente, de esto Obama no
intercambiará una palabra con su anfitriona. Entre
otras cosas porque Washington ya ejerce un cierto
control de hecho sobre la Amazonía a partir de su
enorme superioridad en materia de comunicación
satelital. Además, la extensa cadena de bases
militares con la que Estados Unidos ha venido
rodeando esa área ratifica, con los métodos
tradicionales del imperialismo, esa inocultable
ambición de apropiación territorial. La preocupación
que movió al ex presidente Lula da Silva a acelerar
el reequipamiento de las fuerzas armadas brasileñas
fue la inesperada reactivación de la IV Flota de
Estados Unidos pocas semanas después de que Brasilia
anunciara el descubrimiento de un enorme yacimiento
petrolero submarino frente al litoral paulista. Allí
se hizo evidente, como una relampagueante pesadilla,
que Washington consideraba inaceptable un Brasil que
además de contar con un gran territorio y una
riquísima dotación de recursos naturales pudiera
también convertirse en una potencia petrolera y, por
eso mismo, en un país capaz de contrabalancear el
predominio estadounidense al sur del río Bravo y, en
menor medida, en el tablero geopolítico mundial. El
astuto minué cortesano de la diplomacia
estadounidense ha ocultado los verdaderos intereses
de un imperio sediento de materias primas, energía y
recursos naturales de todo tipo y sobre el cual la
gran cuenca amazónica ejerce una irresistible
atracción. Para disimular sus intenciones Washington
ha utilizado –exitosamente, porque la cuenca
amazónica terminó siendo rodeada por bases
estadounidenses- un sutil operativo de distracción
en el cual Itamaraty cayó como un novato: ofrecer su
apoyo para lograr que Brasil obtenga un asiento
permanente en el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas. Cuesta entender cómo los
experimentados diplomáticos brasileños tomaron en
serio tan inverosímil ofrecimiento que franqueaba el
ingreso a Brasil mientras se lo cerraba a países
como Alemania, Japón, Italia, Canadá, India y
Pakistán. Deslumbrados por esa promesa la
cancillería brasileña y el alto mando militar no
percibieron que mientras se entretenían en estériles
divagaciones sobre el asunto la Casa Blanca iba
instalando sus bases por doquier: siete, ¡sí,
siete!, en Colombia en el cuadrante noroeste de la
Amazonía; dos en Paraguay, en el sur; por lo menos
una en Perú, para controlar el acceso oeste a la
región y una, en trámite, con la Francia de Sarkozy
para instalar tropas y equipos militares en la
Guayana francesa, aptos para monitorear la región
oriental de la Amazonía. Más al norte, bases en
Aruba, Curazao, Panamá, Honduras, El Salvador,
Puerto Rico, Guantánamo para hostigar a la Venezuela
bolivariana y, por supuesto, a la Revolución Cubana.
Pretender reafirmar la soberanía brasileña en esa
región apelando a equipos, armamentos y tecnología
bélica de Estados Unidos constituye un mayúsculo
error, pues la dependencia tecnológica y militar que
ello implicaría dejaría a Brasil atado de pies y
manos a los designios de la potencia imperial. Salvo
que se piense, claro está, que los intereses
nacionales de Brasil y Estados Unidos son
coincidentes. Algunos así lo creen, pero sería
gravísimo que la presidenta Rousseff incurriera en
tan enorme e irreparable yerro de apreciación. Y los
costos –económicos, sociales y políticos- que
Brasil, y con él toda la región, deberían pagar a
causa de tal desatino serían exorbitantes.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso
del autor mediante una licencia de Creative Commons,
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