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La
cuenta regresiva (I)
Por Jorge Gómez Barata
[16.04.2011]-Actualizado 11:40
am de Cuba
Dígase
lo que se diga, el triunfo bolchevique obligó al
sector más radical de la izquierda a apartarse de
ciertas esencias del pensamiento científico de
Carlos Marx, para quien el socialismo no era una
forma de gobierno, sino un peldaño del proceso
civilizatorio el cual se alcazaba desde el
desarrollo del capitalismo. Surgieron así ideas,
consignas y estrategias justas y atractivas como:
"construcción del socialismo", y otras que
resultaron inviables.
La
Unión Soviética, un mega país (la sexta parte de la
tierra) que desplegando un admirable heroísmo
masivo, lo intentó durante más de 70 años y que en
1945 arrastró a lo que hoy se admite que era una
aventura o un tránsito a lo "ignoto", a casi una
decena de otros estados, formando el llamado campo
socialista que junto a ella, aunque realizaron
avances significativos, fracasaron en el intento.
Quien
haya sido el primero en utilizar el término derrumbe
para caracterizar lo ocurrido en la Unión Soviética
fue sumamente certero; esa palabra como ninguna otra
ilustra lo ocurrido. La URSS, aunque
sistemáticamente atacada, no fue destruida desde
fuera ni desde dentro lo hizo Gorbachov. Aquella
estructura colapsó porque estaba concebida sobre
bases erróneas y no soportó las tensiones de las
reformas.
Lo
erróneo del socialismo no son sus fines, sino el
modo como se trató de llegar a ellos, proponiéndose
la irrealizable tarea de cambiar el curso de la
civilización que espontáneamente avanzó desde el Big
Bang hasta el siglo XX para "construir
conscientemente" una sociedad enteramente nueva,
incluso un hombre nuevo a partir de un programa, a
veces improvisado y otras con enormes márgenes de
incertidumbre. La escala de las metas explica la
magnitud de los fracasos.
Del
mismo modo que la aventura socialista, así lo ha
calificado Ricardo Alarcón, o el viaje a lo ignoto,
como ha dicho Raúl Castro que siguen la lógica de
Fidel Castro que declaró que fue un error creer que
alguien sabía cómo se construía el socialismo, no se
realizó en abstracto, sino en medio de enormes
tensiones políticas, signadas por la lucha contra la
reacción y el imperialismo, el "derrumbe" que pudo
ser un proceso de reformas para perfeccionar una
sociedad necesitada de cambios, fue aprovechado por
aquellas fuerzas para promover una restauración
salvaje del capitalismo.
La
historia real, basada en evidencias y que no tienen
que esperar porque se desclasifique algún documento,
es que en la Unión Soviética, las propias
estructuras del poder, especialmente el partido
gobernante, llegaron a la conclusión de que era
urgente introducir reformas sustantivas, entre ellas
liberalizar la economía, poner fin a la
centralización absoluta, devolver el derecho a la
iniciativa popular y ampliar los márgenes de
democracia en el seno de la sociedad y las
instituciones.
Los
que observamos minuto a minuto y paso a paso aquel
proceso conocemos que Gorbachov no protagonizó un
golpe de estado ni entregó traidoramente la
revolución a la reacción interna que, por otra
parte, apenas existía en la Unión Soviética y, en
cualquier caso, carecía de entidad para aspirar a
hacerse cargo del país. La verdad fue que cada paso,
cada medida fue acordada y santificado por las
estructuras del poder: Buró Político, Comité
Central, Soviets Supremo y naturalmente por grandes
congresos del Partido.
Es
probable que lo ocurrido pueda ser explicado porque
las reformas no fueron bien conducidas, faltó
previsión o en algo no se fue coherente; cosa que
sería conveniente averiguar; entre otras razones
para no incurrir en los mismos errores.
El
hecho cierto, es que para China, Vietnam y Cuba que
persisten en el proyecto socialista es que las
reformas no son sólo inevitables, sino también
urgentes, necesariamente profundas e integrales;
significan cambios sustantivos, incluso grandes
virajes y obviamente entrañan enormes riesgos.
El
problema no es tanto definir lo que hay que hacer,
sino determinar cuándo se comienza, a qué ritmos se
avanza y de qué manera se logra que los
protagonistas sean, real y no nominalmente, la
sociedad, la clase obrera, el campesinado, la
intelectualidad creadora y la juventud ilustrada y
no las elites y mucho menos la burocracia. La idea
de suprimir el secretismo, poner fin al síndrome del
misterio y gobernar con transparencia, es un buen
punto de partida.
A
cincuenta años de la definición del carácter
socialista de la Revolución Cubana que coincidió con
la derrota de una infame invasión concebida,
planeada y pagada por Estados Unidos y realizada por
contrarrevolucionarios, la sociedad cubana que
necesita y desea las reformas, tiene razones para
confiar en la capacidad del liderazgo histórico para
iniciarlas y encabezarlas y para creer que la
sabiduría colectiva del próximo Congreso del Partido
será capaz de encontrar las respuestas
imprescindibles.
Tal
vez haya en la Revolución una dialéctica del poder
que se funda en la relación entre la vanguardia y la
masa según la cual, durante una parte del camino la
vanguardia ha de conducir al pueblo y en otra
dejarse llevar por él.
Se
trata de que crecida en todos sus aspectos debido a
la obra de la Revolución, la sociedad no tendrá
siempre que hacer lo que crean mejor sus líderes,
sino a la inversa. Tal vez la lucidez del liderazgo
radique ahora, en hacer lo que el pueblo, el fruto
mejor de la obra, quiere hacer.
Recientemente el presidente Raúl Castro llamó a su
gabinete a gobernar con los pies y los oídos pegados
a la tierra. Tal vez de eso se trate todo.
Allá
nos vemos.
(Tomado de ARGENPRESS.info) |