|
Jugando con el planeta
Por Joseph E Stiglitz- Al Jazeera
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
[10.03.2011]-Actualizado 11:40
am de Cuba
Las
consecuencias del terremoto japonés –especialmente
la continua crisis en la planta de energía nuclear
en Fukushima– tienen resonancias sombrías para
observadores del crash financiero estadounidense que
precipitó la Gran Recesión. Ambos eventos proveen
duras lecciones sobre riesgos, y sobre las
dificultades que enfrentan mercados y sociedades
para controlarlos.
Por
supuesto en cierto sentido no hay comparación entre
la tragedia del terremoto –que ha dejado más de
25.000 personas muertas o desaparecidas– y la crisis
financiera, a la cual no se puede atribuir un
sufrimiento físico tan agudo. Pero cuando se trata
de la fusión nuclear accidental en Fukushima, hay un
tema común en los dos sucesos.
Expertos tanto en la industria nuclear como en la
financiera nos aseguraron que la nueva tecnología
prácticamente había eliminado el riesgo de una
catástrofe. Los sucesos han demostrado que se
equivocaban: no sólo existen los riesgos, sino que
sus consecuencias son tan catastróficas que borran
fácilmente todos los supuestos beneficios de los
sistemas promovidos por los dirigentes de la
industria.
Antes
de la Gran Recesión, los gurús económicos de EE.UU.
–desde el jefe de la Reserva Federal a los titanes
de las finanzas– alardearon que habían aprendido a
controlar el riesgo. Instrumentos financieros
"innovadores" como los derivados y los seguros de
riesgo de la deuda posibilitaban la distribución del
riesgo a través de la economía. Ahora sabemos que no
sólo engañaron al resto de la sociedad, sino también
a sí mismos.
Resulta que esos magos de las finanzas no
comprendían las complejidades del riesgo, y menos
aún los peligros planteados por "fat-tail
distributions" [distribución con grandes variaciones
por valores altos en extremos] -un término
estadístico para eventos raros con inmensas
consecuencias-, también llamados a veces "cisnes
negros". Eventos que supuestamente ocurren sólo una
vez en un siglo –o incluso una vez en la vida del
universo– parecían ocurrir cada diez años. Peor aún,
no sólo se subestimó ampliamente la frecuencia de
esos eventos; lo mismo sucedió con el daño
astronómico que causarían, como las fusiones
nucleares accidentales que acosan continuamente a la
industria nuclear.
La
investigación en la economía y la psicología nos
ayuda a comprender por qué nuestro trabajo en el
control de esos riesgos es tan deficiente. Tenemos
poca base empírica para juzgar eventos raros, de
modo que cuesta hacer buenos cálculos. En tales
circunstancias, pueden entrar más en juego ilusiones
vanas: podríamos tener pocos incentivos para pensar
intensamente. Al contrario, cuando otros soportan
los costes de los errores, los incentivos favorecen
el autoengaño. Un sistema que socializa las pérdidas
y privatiza los beneficios está condenado a
administrar mal el riesgo.
Por
cierto, todo el sector financiero abundaba en
problemas institucionales y externalidades. Las
agencias de calificación crediticia tenían
incentivos para dar buenas calificaciones a los
valores de alto riesgo producidos por los bancos de
inversión que les pagaban. Los originadores de
hipotecas no soportaban consecuencias por su
irresponsabilidad, e incluso los que estaban
involucrados en préstamos depredadores o creaban y
mercadeaban valores que estaban hechos para perder
lo hacían de maneras que los aislaban del
procesamiento civil y criminal.
Esto
nos lleva a la pregunta siguiente: ¿podemos esperar
otros "cisnes negros" que estén al acecho?
Desgraciadamente, es muy probable que algunos de los
riesgos verdaderamente grandes que enfrentamos
actualmente ni siquiera sean eventos raros. La buena
noticia es que tales riesgos pueden controlarse a
poco o ningún coste. La mala noticia es que hacerlo
se enfrenta a una fuert eoposición política, porque
existe gente que se beneficia con el statu quo.
Hemos
visto dos de los grandes riesgos en los últimos
años, pero hemos hecho poco por controlarlos. Según
algunos puntos de vista, la forma en que se manejó
la última crisis puede haber aumentado el riesgo de
una futura catástrofe financiera.
Bancos
demasiado grandes para quebrar, y los mercados en
los que participan, saben ahora que pueden esperar
un rescate si enfrentan problemas. Como resultado de
este "peligro moral", esos bancos pueden pedir
prestado en condiciones favorables, recibiendo una
ventaja competitiva basada no en mayor rendimiento
sino en fuerza política. Mientras algunos de los
excesos en la toma de riesgos se han limitado,
continúan los préstamos depredadores y el comercio
no regulado en derivados tenebrosos no controlados.
Las estructuras de incentivos que alientan la toma
exagerada de riesgos siguen virtualmente sin
cambios.
Por lo
tanto, mientras Alemania cierra sus reactores
nucleares más antiguos, en EE.UU. y otros
sitios,incluso siguen operando plantas que tienen el
mismo diseño defectuoso que Fukushima. La existencia
misma de la industria nuclear depende de subsidios
públicos ocultos –costes con los que corre la
sociedad en el evento de desastre nuclear, así como
los costes de la eliminación todavía sin solucionar
de los desechos nucleares. ¡Basta de capitalismo
irrestricto!
Para
el planeta, existe otro riesgo más, que, como los
otros dos es casi una certeza: el calentamiento
global y el cambio climático. Si hubiera otros
planetas a los cuales pudiéramos partir a poco coste
en caso del resultado casi seguro predicho por los
científicos, se podría argumentar que vale la pena
tomar ese riesgo. Pero no existen, por lo tanto no
existe esa posibilidad.
Los
costes de reducir emisiones palidecen en comparación
con los posibles riesgos que enfrenta el mundo. Y
eso vale incluso si excluimos la opción nuclear
(cuyos costes siempre se han subestimado). Sin duda,
las compañías carboneras y petroleras sufrirían, y
los grandes contaminadores –como EE.UU.– obviamente
pagarían un precio mayor que los que tienen un
estilo de vida menos derrochador.
A fin
de cuentas, los que juegan en Las Vegas pierden más
de lo que ganan. Como sociedad estamos jugando –con
nuestros grandes bancos, con nuestras instalaciones
de energía nuclear– con nuestro planeta. Como en Las
Vegas, los pocos afortunados –los banqueros– ponen
en peligro nuestra economía y los propietarios de
las compañías energéticas que ponen en peligro
nuestro planeta podrán terminar con una fortuna en
sus manos. Pero es casi seguro que como término
medio perderemos, como sociedad, como todos los
jugadores.
Es,
desgraciadamente, una lección del desastre en Japón
que seguimos ignorando por nuestra propia cuenta y
riesgo.
Joseph
E. Stiglitz es profesor universitario en la
Universidad Columbia y Premio Nobel de Economía. Su
último libro: Freefall: Free Markets and the Sinking
of the Global Economy, [CAIDA LIBRE: EL LIBRE
MERCADO Y EL HUNDIMIENTO DE LA ECONOMIA MUNDIAL]
existe en francés, alemán, japonés y español.
Este
artículo fue publicado primero por Project Syndicate.
Fuente:
http://english.aljazeera.net/indepth/opinion/2011/04/201146115727852843.html |