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Un Nobel sin escrúpulos
Por Atilio A. Borón

[07.05.2011]-Actualizado 11:50 pm Cuba 

Un signo más de los muchos que ilustran la profunda crisis moral de la “civilización occidental y cristiana” que Estados Unidos dice representar lo ofrece la noticia del asesinato de Osama Bin Laden. Más allá del rechazo que nos provocaba el personaje y sus métodos de lucha, la naturaleza de la operación llevada a cabo por los Seals de la Armada de los Estados Unidos es un acto de incalificable barbarie perpetrado bajo las órdenes directas de un personaje que con sus conductas cotidianas deshonra el galardón que le otorgara el parlamento noruego al consagrarlo como Premio Nobel de la Paz del año 2009.

De acuerdo a lo establecido por Alfred Nobel en su testamento esta distinción, recordémoslo, debía ser adjudicada, “a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz.” El energúmeno que anunció al pueblo estadounidense la muerte del líder de Al Qaeda diciendo que “se ha hecho justicia” es la antítesis perfecta de lo estipulado por Nobel. Un operativo comando es lo menos parecido al debido proceso, y arrojar los restos de su víctima al mar para ocultar las huellas de lo actuado es algo propio de mafiosos o genocidas. Lo menos que debería hacer el parlamento noruego es exigirle la devolución del premio.


En la truculenta operación escenificada en las afueras de Islamabad
hay múltiples interrogantes que permanecen en las sombras, y la
tendencia del gobierno de los Estados Unidos a desinformar a la
opinión pública torna aún más sospechoso este operativo. Una Casa
Blanca víctima de una enfermiza compulsión a mentir (recordar la
historieta de las “armas de destrucción masiva” existentes en Irak, o
el infame Informe Warren que sentenció que no hubo conspiración en el
asesinato de Kennedy, obra del “lobo solitario” Lee Harvey Oswald )
nos obliga a tomar con pinzas cada una de sus afirmaciones. ¿Era Bin
Laden o no? ¿Por qué no pensar que la víctima podría haber sido
cualquier otro? ¿Dónde están las fotos, las pruebas de que el occiso
era el buscado? Si se le practicó un ADN, ¿cómo se obtuvo, dónde están
los resultados y quiénes fueron los testigos? ¿Por qué no se lo
presentó ante la consideración pública, como se hiciera, sin ir más
lejos, con los restos del Comandante Ernesto “Che” Guevara? Si, como
se asegura, Osama se ocultaba en una mansión convertida en una
verdadera fortaleza, ¿cómo es posible que en un combate que se
extendió por espacio de cuarenta minutos los integrantes del comando
norteamericano regresaran a su base sin recibir siquiera un rasguño?
¿Tan poca puntería tenían los defensores del fugitivo más buscado del
mundo, de quien se decía que poseía un arsenal de mortíferas armas de
última generación? ¿Quiénes estaban con él? Según la Casa Blanca el
comando dio muerte a Bin Laden, a su hijo, a otros dos hombres de su
custodia y a una mujer que, aseguran, fue ultimada al ser utilizada
como un escudo humano por uno de los terroristas. También se dijo que
otras dos personas más habían sido heridas en el combate. ¿Dónde
están, qué se va a hacer con ellos? ¿Serán llevados a juicio, se les
tomará declaraciones para arrojar luz sobre lo ocurrido, hablarán en
una conferencia de prensa para narrar lo acontecido? Por lo que parece
esta “hazaña” pasará a la historia como una operación mafiosa, al
estilo de la matanza de San Valentín ordenada por Al Capone para
liquidar a los capos de la banda rival.


Osama vivo era un peligro. Sabía (¿o sabe?) demasiado, y es razonable
suponer que lo último que quería el gobierno estadounidense era
llevarlo a juicio y dejarlo hablar. En tal caso se hubiera desatado un
escándalo de enormes proporciones al revelar las conexiones con la
CIA, los armamentos y el dinero suministrado por la Casa Blanca, las
operaciones ilegales montadas por Washington, los oscuros negocios de
su familia con el lobby petrolero norteamericano y, muy especialmente,
con la familia Bush, entre otras nimiedades. En suma, un testigo al
que había que acallar sí o sí, como Muammar Gadafi. El problema es que
ya muerto Osama se convierte para los jihadistas islámicos en un
mártir de la causa, y el deseo de venganza seguramente impulsará a las
muchas células dormidas de Al Qaeda a perpetuar nuevas atrocidades
para vengar la muerte de su líder.


No deja también de llamar la atención lo oportuna que ha sido la
muerte de Bin Laden. Cuando el incendio de la reseca pradera del mundo
árabe desestabiliza un área de crucial importancia para la estrategia
de dominación imperial, la noticia del asesinato de Bin Laden
reinstala a Al Qaeda en el centro del escenario. Si hay algo que a
estas alturas es una verdad incontrovertible es que esas revueltas no
responden a ninguna motivación religiosa. Sus causas, sus sujetos y
sus formas de lucha son eminentemente seculares y en ninguna de ellas
-desde Túnez hasta Egipto, pasando por Libia, Bahreim, Yemen, Siria y
Jordania- el protagonismo recayó sobre la Hermandad Musulmana o en Al
Qaeda. El problema es el capitalismo y los devastadores efectos de las
políticas neoliberales y los regímenes despóticos que aquél instaló en
esos países y no las herejías de los “infieles” de Occidente. Pero el
imperialismo norteamericano y sus secuaces en Europa se desvivieron,
desde el principio, para hacer aparecer estas revueltas como producto
de la malicia del radicalismo islámico y Al Qaeda, cosa que no es
cierta. Santiago Alba Rico observó con razón que en pleno auge de
estas protestas seculares -anti- políticas de ajuste del FMI y el
Banco Mundial- un grupo fundamentalista desconocido hasta entonces
asesinó al cooperante italiano Vittorio Arrigoni, activista del
Movimiento de Solidaridad Internacional, en una casa abandonada en la
Franja de Gaza. Pocas semanas después un terrorista suicida hace
estallar una bomba en la plaza Yemaa el Fna, uno de los destinos
turísticos más notables no sólo de Marruecos sino de toda África y
mata al menos a 14 personas. “Ahora –continúa Alba Rico- reaparece Bin
Laden, no vivo y amenazador, sino en toda la gloria de un martirio
aplazado, estudiado, cuidadosamente escenificado, un poco inverosímil.
‘Se ha hecho justicia’, dice Obama, pero la justicia reclama
tribunales y jueces, procedimientos sumariales, una sentencia
independiente.” Nada de eso ha ocurrido, ni ocurrirá. Pero el
fundamentalismo islámico, ausente como protagonista de las grandes
movilizaciones del mundo árabe, aparece ahora en la primera plana de
todos los diarios del mundo y su líder como un mártir del Islam
asesinado a sangre fría por la soldadesca del líder de Occidente. La
Casa Blanca, que sabía desde mediados de Febrero de este año que en
esa fortaleza en las afueras de Islamabad se refugiaba Bin Laden,
esperó el momento oportuno para lanzar su ataque con vistas a
posicionar favorablemente a Barack Obama en la inminente campaña
electoral por la sucesión presidencial.


Hay un detalle para nada anecdótico que torna aún más inmoral a la
bravata norteamericana: pocas horas después de ser abatido, el cadáver
del presunto Bin Laden fue arrojado al mar. La mentirosa declaración
de la Casa Blanca dice que sus restos recibieron sepultura respetando
las tradiciones y los ritos islámicos, pero no es así. Los ritos
fúnebres del Islam establecen que se debe lavar el cadáver, vestirlo
con una mortaja, proceder a una ceremonia religiosa que incluye
oraciones y honras fúnebres para luego recién proceder al entierro del
difunto. Además se especifica que el cadáver debe ser depositado
directamente en la tierra, recostado sobre su lado derecho y con la
cara dirigida hacia La Meca. ¿Con qué celeridad tuvieron que ser
hechos el combate, la recuperación del cadáver, su identificación, la
obtención del ADN, el traslado a un navío de la Armada estadounidense,
situado a poco más de 600 kilómetros del suburbio de Islamabad donde
se produjo el enfrentamiento y finalmente, navegar hasta el punto
donde el cadáver fue arrojado al mar como para respetar los ritos
fúnebres del islam? En realidad, lo que se hizo fue abatir y
“desaparecer” a una persona, presuntamente Bin Laden, siguiendo una
práctica siniestra utilizada sobre todo por la dictadura genocida que
asoló a la Argentina entre 1976 y 1983. Acto inmoral que no sólo
ofende las creencias musulmanas sino a una milenaria tradición
cultural de Occidente, anterior inclusive al cristianismo. Como lo
atestigua magistralmente Sófocles en Antígona, privar a un difunto de
su sepultura enciende las más enconadas pasiones. Esas que hoy deben
estar incendiando a las células del fundamentalismo islámico, deseosas
de escarmentar a los infieles que ultrajaron el cuerpo y la memoria de
su líder. Barack Obama acaba de decir que después de la muerte de
Osama Bin Laden el mundo es un lugar más seguro para vivir. Se
equivoca de medio a medio. Probablemente su acción no hizo sino
despertar a un monstruo que estaba dormido. El tiempo dirá si esto es
así o no, pero sobran las razones para estar muy preocupados. 

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