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Ministros del G-20 en Buenos Aires
discuten precios de las materias primas
Por
Julio C. Gambina
Los
ministros de agricultura de los países que integran
el G20 (1), y representantes de organismos
multilaterales (2), se reunieron en Buenos Aires el
19 y 20 de mayo.
Protagonizaron el debate a puertas cerradas, lo que
en sí mismo es discutible y condenable, entre otros,
Bruno Le Maire (Ministro de agricultura de Francia);
Ken Ash, (directorio de comercio y Agricultura de la
OCDE.); Jorge Mayer (UNCTAD); Patricia Pollard
(Tesoro de EE.UU.); Michel Houdebine (Ministerio de
Finanzas de Francia); Brendan Bayley (Representante
de Inglaterra en Commodities); David Hallam (FAO);
Vera Songwe y Michel Kerk (Banco Mundial); Luiz
Pereira Da Silva (Vicepresidente de Banco Central de
Brasil); José Manuel Silva Rodríguez (Director de la
Comisión de Agricultura y Desarrollo Rural de la
Unión Europea); e Hiroshi Nakaso (Banco de Japón).
Por Argentina encabezó Amado Boudou, Ministro de
Economía, Julián Domínguez, Ministro de agricultura,
y otros funcionarios vinculados al sector agrario.
El asunto en discusión se concentró en la
volatilidad y precios de las materias primas,
especialmente los alimentos. El encuentro fue
preparatorio de la cumbre de ministros de economía y
finanzas que anteceden a la reunión de jefes de
Estado en Noviembre. Se propusieron discutir sobre
el ciclo productivo agrícola, la oferta y la
demanda, como la regulación de los mercados
financieros asociados con la especulación en
alimentos. Los países centrales abogan por controlar
y limitar el ascenso de los precios, mientras que
los países productores pretenden mantener el ciclo
favorable en la coyuntura de los términos de
intercambio. Argentina, país anfitrión resultó una
de las voces de mayor presión en este sentido, junto
a Brasil y otros que se verían afectados en sus
ingresos por exportaciones si bajaran los precios
internacionales de sus producciones. La
argumentación de estos países, más que limitar los
precios, aboga por un incremento de la producción
agraria en función del incremento de la demanda
mundial, precisamente en el sur del mundo. El
razonamiento es a la baja de los precios vía aumento
de la oferta y no a la regulación, cuerpo de ideas
que sintonizan con la hegemonía liberalizadora en el
pensamiento económico mayoritario.
Revolución agraria y hambre en el mundo
El fenómeno en discusión es la volatilidad de los
precios de las comodities, aunque la esencia del
problema alude al modelo productivo y de desarrollo
contemporáneo, pues al tiempo que se procesa una
revolución agraria de nuevo tipo, que en la
Argentina supone una cosecha récord de 100 millones
de toneladas, la realidad es el mantenimiento
alarmante del hambre y la miseria a escala mundial.
Según la FAO son 1.020 millones los hambrientos del
mundo a fines del 2009, y recientemente el Banco
Mundial denunció 44 millones de nuevos empobrecidos
a comienzos del 2011 derivado del crecimiento de los
precios internacionales de la alimentación. Tanto la
Organización de Naciones Unidas para la Agricultura
y la Alimentación (FAO) y el G20, advirtieron este
año sobre los "riesgos de motines" por el hambre. El
ministro francés de Agricultura, Bruno Le Maire,
coincidió con Jacques Diouf, director general de la
FAO al señalar que "Existe un riesgo real de motines
por hambre".
En rigor, existen países demandantes de alimentos y
preocupados por el encarecimiento, que afecta la
calidad de vida de los sectores sociales más
desprotegidos y vulnerables. China y la India, donde
reside el 33% de la población mundial, con grandes
bolsones de pobres y hambrientos, son grandes
compradores de alimentos y demandantes de recursos
naturales, que en la coyuntura se encuentran
favorecidos por la expansión de sus economías. La
liquidez generada por sus exportaciones les permite,
por ahora, hacer frente a precios en alza que
intentan morigerar invirtiendo en el ciclo
productivo, comprando tierras y participando en la
producción y distribución, especialmente China. Es
un proceso verificable y creciente en la región
latinoamericana.
Egipto encendió la mecha de las rebeliones en los
países árabes, precisamente por el incremento del
precio del trigo, la harina y el pan. Cuba estimula
una renovación de su modelo económico en el plano
agrario para sustituir importaciones alimentarias.
Haití desarmó su producción arrocera por
importaciones baratas en tiempos de auge neoliberal,
sufriendo ahora las consecuencias del desarme
productivo local, algo a tener en cuenta en todo
territorio. Estos países son un ejemplo, en Asia,
África o América Latina, de un impacto diferenciado
por el encarecimiento de los alimentos. Distinto
ocurre en los países productores que pretenden ser
favorecidos por la elevada demanda de la producción
y el crecimiento de los precios. Es el caso de los
países del Mercosur, el reinado de la soja
transgénica. No solo es una cuestión de balance
comercial favorable, sino de crecientes recursos
fiscales necesarios para políticas sociales y de
cancelación de la deuda externa pública. En
definitiva, los alimentos incentivan el proceso
inflacionario a escala global.
Pero no es solo un tema de oferta y demanda de
alimentos. Influye en la escalada de precios la
situación de crisis mundial de la economía
capitalista, con fortísimo déficit fiscal de EEUU y
un endeudamiento externo público del 100% del PBI
estadounidense, que afecta a su moneda y a las
relaciones del país hegemónico con el resto del
mundo. Hay volatilidad de precios de los alimentos,
pero en un marco de crisis fenomenal del capitalismo
y especialmente de EEUU, aunque también de Europa y
Japón. Los principales países capitalistas sienten
en carne propia los efectos de una prolongada y
profunda crisis que no encuentra final en el corto
plazo, sino a costa de un gigantesco ajuste sobre
los trabajadores y sectores sociales más vulnerables
y desfavorecidos en sus países. La respuesta
estadounidense, de desvalorización del dólar
estimula inversiones especulativas en las comodities,
alimentos, minerales, etc. A todo ello debe
agregarse la crisis energética que desvía producción
agraria para la generación de biocombustibles,
potenciando la escasez relativa de alimentos.
La situación es de encerrona, ya que existe hambre
en el mundo, al tiempo que se incrementa la
capacidad de producir alimentos, de derivar
producción agraria a la generación de energía, al
tiempo que se estimula la especulación financiera
con esa producción material como soporte. El
problema es el modelo de acumulación de capitales
resultante de la liberalización de las economías que
viene ocurriendo desde hace más de tres décadas. La
presión de los capitales hegemónicos,
transnacionales, apunta a la liberalización de los
mercados para resolver la ecuación central del
capital, la ganancia y sus consecuencias en
acrecentamiento de la riqueza y la dominación, el
poder. El modelo productivo contemporáneo tiene gran
capacidad para generar riqueza concentrada, siendo
su contrapartida el hambre y el empobrecimiento.
No es una cuestión de contabilidad nacional, de
países beneficiados o perjudicados según sean
vendedores o compradores de alimentos, sino que se
trata de un problema civilizatorio que discute la
calidad y soberanía alimentaria de la población
mundial. Es un tema a discutir por la sociedad en su
conjunto y no es un dato alentador el carácter de
debate a “puertas cerradas que escamotea las
argumentaciones.
¿Qué acordaron en el seminario?
Muy poco es lo que puede esperarse de una discusión
que no sale de la lógica del modelo productivo
liberalizador predominante en la institucionalidad
nacional y global presente en el cónclave. No hubo
acuerdo con la aplicación de topes a los precios,
tal como sugería en la previa el gobierno francés.
El tema seguirá en un nuevo encuentro, en París
entre el 21 y 23 de junio próximo. Los protagonistas
hicieron votos de fe contra el “proteccionismo” que
supone limitar precios, y abogaron por la “libertad
de mercado”, cuyas consecuencias conocemos
sobradamente, especialmente en su efecto negativo
hacia los sectores sociales de menores recursos.
Las autoridades argentinas enfatizaron la necesidad
de estimular la oferta de alimentos, que motivó al
ministro de agricultura de la Argentina señalar que
entre Paraguay, Uruguay, Brasil y Argentina se
producen “300 millones de toneladas, y estamos en
condiciones de garantizar la alimentación a 1200
millones de personas del planeta”, habilitando una
discusión sobre la distribución de esa riqueza
social, ya que resulta discutible el “nosotros” de
la invocación ministerial.
¿Quién es el dueño de la producción de alimentos en
los países del Mercosur? ¿Quién se apropia de la
renta agraria en nuestros países? ¿Cuánto queda como
recurso fiscal contra ganancias netas de inversores
y propietarios? ¿Cuánto se apropia los dueños de la
tecnología necesaria para asegurar el ciclo
productivo y de transporte y distribución? Es cierto
que buena parte de la argumentación contraponía la
producción a la especulación financiera, pero es
necesario también discutir los beneficiaros
perjudicados del modelo de producción y
distribución, más allá de la lógica condenable de la
especulación con alimentos.
En este sentido, el ministro francés dijo que "el
mercado financiero de agricultura tiene una
dimensión 15 veces mayor al mercado de bienes
físicos. El 90% del mercado en Chicago está
compuesto de jugadores que son fondos especulativos,
que no tiene nada que ver con los mercados
agrícolas. Estos son los desafíos en especulación
financiera", por lo que se impone la regulación. En
el cierre del encuentro, Boudou destacó que el “foco
del análisis estuvo puesto en disminuir la
volatilidad de los precios”, de regular los mercados
financieros y derivados, además de incrementar la
oferta de alimentos a través de la transferencia de
tecnología y del aumento de la frontera agrícola,
para darle sustentabilidad a largo plazo, destacando
que "el peor perjuicio es la volatilidad en el
mercado de comodities, y no la suba de los precios",
convocando a estudiar los “vínculos economía real y
de los mercados financieros" y lograr una "solución
para evitar lo que pasó con las hipotecas (de baja
calidad) de los Estados Unidos. Si no regulamos los
mercados de derivados, podría pasar lo que pasó con
la burbuja hipotecaria”.
En síntesis, en la reunión se decidió estimular la
inversión en agricultura para aumentar la oferta;
lograr la transparencia en los mercados agrícolas
con mayor información, para que haya menos
especulación; el diseño de mecanismos de acción para
sortear una crisis alimentaria; darle un tratamiento
a la volatilidad de precios; y, por último, se
insistió en la necesidad de regular, sí, los
mercados financieros asociados a la volatilidad en
el precio de comodities. Los acuerdos son
formulaciones genéricas, diplomáticas, para frenar
los debates previos asociados al establecimiento de
precios límites y sin mucha capacidad para ser
instrumentados en el corto plazo.
Por un lado se puede constatar que cada país termina
impulsando la política nacional más funcional a su
ciclo político y social, pero por otro, existe gran
incertidumbre en el sistema mundial, por las
dificultades no resueltas en los principales países.
Hay que destacar en este sentido la crisis fiscal y
de endeudamiento de EEUU, la crisis europea, no solo
de la periferia griega, portuguesa o española, sino
de los bancos acreedores (alemanes y franceses) de
una gigantesca e impagable deuda pública en esos
países con problemas. A todo ello adicionemos las
incertidumbres generadas en el FMI, articulador en
el último tiempo de propuestas de salvataje, ajuste
mediante, y que ahora entren en estado de zozobra
por la acefalia de liderazgo derivada de la renuncia
de Dominique Strauss Kahn por el escándalo de su
conducta delictiva.
Las asignaturas pendientes
El carácter cerrado de las reuniones quita
transparencia al debate de un tema de interés
global. Hace falta democratizar la discusión sobre
la cuestión alimentaria, especialmente cuando
involucra a millones de insatisfechos en todo el
mundo.
Lo que debe discutirse es el modelo productivo, no
solo la distribución de la riqueza alimentaria. La
inteligencia humana potencia la capacidad de
producción y reproducción de la vida, sin embargo,
el resultado del orden capitalista define la
apropiación privada de esa revolución productiva en
muy pocas manos, las corporaciones transnacionales
de la alimentación y la biotecnología.
No se trata solo de “volatilidad” en los precios de
las comodities, ni siquiera de expansión de la
frontera agrícola, sino de resolver la situación en
términos de soberanía alimentaria, lo que supone
discutir la tierra, el agua, los bienes comunes o
naturales y el orden social, para privilegiar la
calidad de vida de toda la población y no solo el
beneficio capitalista, el de los inversores, locales
o globales.
Notas:
1) Unión Europea, Estados unidos, Canadá, Japón,
Alemania, Reino Unido, Italia, Francia y Rusia,
Corea del Sur, Argentina, Australia, Brasil, China,
India, Indonesia, México, Arabia Saudita, Sudáfrica
y Turquía.
2) Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco
Mundial (BM), de la Comisión Económica para América
Latina y el Caribe (CEPAL), de la OCDE, FAO, ONU y
OEA.
(Tomado de ARGENPRESS.info) |