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El
imperialismo contemporáneo
Por
Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)
[28.05.2011]-Actualizado
10:50 pm Cuba
Resumen
Al concluir la segunda guerra mundial el escenario
del imperialismo
clásico quedó transformado por la nueva etapa de
prosperidad y
desaparición de las confrontaciones bélicas entre
potencias. Estados
Unidos logró una supremacía militar inédita y
subordinó sus rivales,
en lugar de demolerlos. La confrontación con la URSS
no se equiparó
con los viejos choques inter-imperiales, dado el
carácter no
capitalista del sistema vigente en ese país.
El contexto económico quedó igualmente transformado
por la nueva
asociación internacional de capitales, la irrupción
de compañías
multinacionales, la disminución del proteccionismo,
la recuperación
del protagonismo industrial y la reorientación de la
inversión externa
hacia las económicas desarrolladas.
La actualización de la teoría del imperialismo
estuvo bloqueada por
una actitud ritualista hacia el enfoque clásico, que
asignaba vigencia
perdurable a un periodo específico del siglo XX.
Esta postura impedía
comprender el nuevo marco de solidaridad miliar
occidental y
asociación multinacional.
Tres interpretaciones de los años 70 reabrieron la
investigación, al
resaltar el papel superimperial de Estados Unidos,
el entrelazamiento
ultra-imperial de las firmas y el carácter acotado
de la concurrencia
inter-imperialista. Plantearon acertadamente nuevos
problemas, que no
lograron resolver.
La mundialización neoliberal ha introducido una
nueva etapa, que
universaliza el capitalismo. Hay transformaciones
cualitativas en
todas las áreas. La inestabilidad del modelo y la
indefinición de la
tónica de crecimiento, no desmienten el cierre del
esquema de
posguerra. Las características del nuevo período no
se clarifican
dirimiendo la presencia o ausencia de una onda
larga. Se ha consumado
un giro comparable al observado a fin del siglo XIX
y a mediados de la
centuria pasada, que genera novedosos desequilibrios
financieros,
productivos y comerciales.
En esta etapa se expande el radio de acción imperial
a todo el
planeta, con mayores entrelazamientos económicos
globales que afectan
a los pueblos y regiones desfavorecidas. El
imperialismo neoliberal
acentúa las diferencias con la era clásica y
profundiza las tendencias
de posguerra.
Al concluir la segunda guerra mundial el escenario
del imperialismo
quedó totalmente transformado. El sostenido
crecimiento y la mejora
del nivel de vida inauguraron un período de
significativa prosperidad
en los países centrales. La reducción del desempleo
creó situaciones
próximas al pleno empleo, que facilitaron el aumento
del consumo y la
generalización de un sistema protección social.
Los principales teóricos marxistas bautizaron la
nueva etapa de
posguerra con distintas denominaciones (“capitalismo
tardío”,
“capitalismo de estado”, “capitalismo monopolista de
estado”). Muchos
estudios destacaron la sustitución de las formas de
acumulación
extensiva por mecanismos intensivos y el reemplazo
del trabajo
taylorista por esquemas fordistas. Otras
investigaciones señalaron el
nuevo gigantismo de las empresas y la inédita
intervención estatal en
la economía. Estos cambios modificaron el perfil del
imperialismo,
recreando un marco de estabilidad, en torno a nuevos
equilibrios
geopolíticos.
El contexto político-militar
La principal singularidad de período fue la ausencia
de guerras
inter-imperiales. A diferencia de la etapa clásica,
los conflictos
armados no desembocaron en conflagraciones
generalizadas. Persistieron
los enfrentamientos, pero ya no hubo confrontaciones
directas por el
reparto del mundo. Las rivalidades sólo generaron
escaramuzas
geopolíticas, que no se proyectaron a la esfera
miliar.
La vieja identificación del imperialismo con el
choque entre potencias
capitalistas quedó desactualizada y este cambio
transformó el paisaje
europeo. En lugar de rivalizar por las posesiones
coloniales, las
competidores del Viejo Continente iniciaron un
proceso de unificación
regional.
El predominio estadounidense determinó el viraje de
la etapa. Ningún
conflicto anterior se había zanjado con semejante
preeminencia. La
abrumadora superioridad norteamericana quedó
consagrada con la
formación de una alianza atlántica (OTAN), bajo el
mando del
Pentágono. Estados Unidos ejerció una dominación
explícita y reafirmó
su autoridad con la disuasión nuclear. Impuso la
localización de las
Naciones Unidas en Nueva York y estableció en el
Consejo de Seguridad
un sistema de consultas para supervisar todos los
acontecimientos
mundiales.
Este reinado se asentaba también en la aplastante
superioridad
económica. Estados Unidos manejaba el 50% de la
producción industrial,
acumulaba monumentales acreencias y adaptaba el
sistema monetario
mundial a sus necesidades, mediante la hegemonía del
dólar (acuerdos
de Bretton Woods).
Pero lo más novedoso fue la estrategia que eligieron
las elites
norteamericanas para consolidar su supremacía. En
lugar de demoler a
los rivales derrotados, auspiciaron la
reconstrucción económica y el
sometimiento político-militar de sus adversarios. El
auxilio
multimillonario concedido a Europa y Japón fue la
contracara de la
actitud asumida por Gran Bretaña y Francia (frente a
Alemania) al
concluir la primera guerra mundial. En lugar del
tratado de Versalles
se introdujo un Plan Marshall.
Mediante esta combinación de reconstrucción
económica, subordinación
política y protección militar, Estados Unidos
consolidó el sistema de
alianzas subalternas, que posteriormente utilizó
para contrarrestar el
resurgimiento de sus rivales. Cuando en los años 60
Alemania y Japón
recuperaron competitividad, el gendarme
norteamericano hizo valer su
primacía. Recurrió a drásticas medidas comerciales,
tecnológicas y
monetarias, para preservar sus ventajas y reformuló
los términos de la
convivencia con sus subordinados. Pero estas
tensiones no recrearon en
ningún momento, el viejo escenario de rivalidades
destructivas.
Alemania y Japón aprovecharon la exención de gastos
armamentistas para
recuperar terreno en la producción y el comercio,
pero no proyectaron
estos avances al terreno militar. Tampoco
contemplaron la preparación
de una revancha. Aceptaron el rol protector ofrecido
por Estados
Unidos, avalando el “imperialismo por invitación”
que les ofreció la
primera potencia. Todos los conflictos que suscitó
la unipolaridad
estadounidense se procesaron sin alterar este dato
geopolítico.
Ha sido muy frecuente relativizar la novedad de este
cuadro, afirmando
que el antagonismo entre superpotencias persistió
durante posguerra, a
través de un conflicto entre Estados Unidos y la
Unión Soviética. Se
considera que esa confrontación fue análoga a todas
las batallas
precedentes por la hegemonía imperial.
Pero estas pugnas entre Occidente y el denominado
“bloque socialista”
incluyeron una diferencia esencial con todos los
choques
inter-imperiales precedentes: el carácter no
capitalista del sistema
vigente en la ex URSS. Existen numerosas
caracterizaciones sobre este
régimen social, pero nadie ha podido demostrar que
estuvo gobernado
por una clase dominante, propietaria de los medios
de producción y
guiada por la meta de acumular capital.
La burocracia que manejaba ese sistema, buscaba
ampliar su influencia
global y mantuvo fuertes disputas con Estados Unidos
por el control de
territorios estratégicos. En esas tensiones sostuvo
parcialmente a los
movimientos de liberación nacional, que resistían el
poder
estadounidense. Pero en la mayoría de los casos
estas acciones eran
repuestas defensivas, tendientes a preservar una
coexistencia pacífica
con el coloso norteamericano. (1)
El carácter no capitalista de la URSS invalida su
presentación como
otro actor imperial de batallas por el reparto del
mundo. La capa
dirigente de ese país tenía ambiciones
expansionistas y reforzaba su
presencia global, chocando con Estados Unidos en el
manejo de las
áreas de influencia. También intercalaba esas pugnas
con la revisión
periódica de los acuerdos de equilibrio territorial
establecidos al
concluir la guerra (tratado de Yalta). Pero esas
pretensiones de mayor
poder regional no convertían al régimen de la Unión
Soviética en una
variante “social-imperialista” de la expansión
colonial. El uso
contemporáneo del término imperialismo sólo tiene
sentido para
aquellas potencias que actúan bajo el mandato del
capital. No se
aplica a situaciones ajenas a ese principio.
Transformaciones económicas
Los cambios económicos de posguerra tuvieron el
mismo alcance que las
modificaciones geopolíticas, a partir del
significativo avance
registrado en la asociación internacional de los
capitales. Se consumó
un entrelazamiento financiero, comercial e
industrial sin precedentes.
Esta amalgama alteró radicalmente la concurrencia
inter-imperial que
prevaleció durante la época de Lenin.
El creciente gigantismo de las empresas que
subrayaba el líder
bolchevique volvió a cobrar importancia con la
expansión de los
oligopolios, en desmedro de las pequeñas compañías.
La necesidad de
ampliar mercados, reducir costos y aumentar la
productividad acentuó
la preeminencia de las corporaciones frente a las
empresas de pequeño
porte.
Pero a diferencia del período precedente, las
alianzas entre grandes
firmas no quedaron restringidas a compañías del
mismo origen nacional.
Irrumpió un nuevo tipo de empresa multinacional, que
asoció a los
capitalistas norteamericanos, japoneses y europeos,
alterado la vieja
divisoria entre bloques de competidores nacionales.
En este marco, el proteccionismo perdió peso frente
a las presiones
librecambistas desplegadas por las empresas
mundializadas. Estas
compañías requirieron mayor movilidad del capital y
creciente
flexibilidad comercial, para actuar en todos los
rincones del planeta.
El cerrojo arancelario era congruente con los
bloques belicistas del
imperialismo clásico, pero obstruía los negocios
internacionalizados
de posguerra.
Este viraje de las tarifas hacia la liberalización
repitió un giro ya
consumado en otras oportunidades. El capitalismo
nunca se atuvo a una
modalidad comercial invariable. El pasaje del
libre-cambio a la
protección -que los teóricos clásicos observaban
como un giro
definitivo del sistema- constituyó en realidad, sólo
un eslabón de
incontables virajes.
Tampoco la primacía financiera mantuvo la
irreversible hegemonía que
imaginaban los analistas de la etapa precedente. Al
compás del fuerte
crecimiento de posguerra, los industriales
recuperaron terreno y
retomaron su protagonismo en la generación de
plusvalía. Este
resurgimiento fue en gran medida determinado por la
internacionalización de las firmas norteamericanas,
que implantaron
filiales en Europa y Oriente
Durante este período la exportación de capital
recobró un papel
significativo, pero tuvo un alcance más limitado en
las inversiones
metropolitanas en la periferia. Las principales
corrientes de
colocación de fondos foráneos se consumaron entre
las propias
economías desarrolladas. Los capitales
norteamericanos afluyeron con
mayor intensidad al viejo continente que a los
países dependientes y
la misma dirección tuvieron las inversiones externas
posteriores de
Europa y Japón. Esta tendencia apuntó a reforzar una
gestión
internacionalizada de los negocios, en torno a las
empresas
multinacionales.
Pero este proceso incluyó también un aumento de las
ventas mundiales y
una creciente confiscación de los recursos de la
periferia. El
comercio entre las economías desarrolladas se
intensificó, junto a la
depredación de las riquezas del Tercer Mundo.
Los tres mecanismos de apropiación externa del
imperialismo volvieron
a coexistir, sin nítidas primacías de uno sobre
otro. La remisión de
utilidades por inversiones externas operó junto al
comercio
inequitativo y el sometimiento de las economías
subdesarrolladas. La
magnitud de todos estos cambios tornó impostergable
la revisión de la
teoría del imperialismo.
Primeras actualizaciones
El texto de Lenin mantuvo su influencia durante la
posguerra, a través
de numerosas reediciones y traducciones. Este
apetito de lectura
sintonizaba con la expectativa de extensión del
socialismo por todo el
mundo. El reconocimiento logrado por el libro
convalidaba sus aciertos
políticos en el debate sobre la guerra y premiaba la
crítica a las
ingenuidades pacifistas.
La tesis leninista brindaba, además, argumentos
contra las nuevas
teorías socialdemócratas, que identificaban la
alianza transatlántica
y la descolonización con “el fin del imperialismo”.
Estas concepciones
omitían la persistencia de la violencia imperial,
especialmente en el
Tercer Mundo.
Pero las lecturas más atentas del texto comenzaron a
percibir su falta
de actualidad. El ensayo de Lenin describía un
contexto ya inexistente
de guerra inter-imperialistas. También la primacía
de las rivalidades
económicas había quedado neutralizada por la
interpenetración mundial
de los grandes capitales. La preeminencia
norteamericana contradecía,
además, el escenario clásico.
Estos contrastes no disminuyeron el lugar dominante
del texto
bolchevique, en todos los estudios sobre el
imperialismo. El grueso de
la producción teórica marxista intentaba actualizar
con las nuevas
cifras, las tendencias expuestas por Lenin. Se
buscaba especialmente
corroborar la continuidad del monopolio y del
proteccionismo y
demostrar la centralidad de las exportaciones de
capital y la
persistente hegemonía financiera.
Estos trabajos estaban afectados por una actitud
ritualista, que
eludía el análisis de las tendencias contrapuestas a
la
caracterización clásica. Los manuales de economía
política editados en
la URSS y otras elaboraciones dogmáticas expresaban
esa postura
acrítica. (2)
Estos enfoques transformaban el escenario inter-imperial
de principio
del siglo XX en un dato inmutable de la historia. Le
asignaban
vigencia perdurable al diagnóstico de una coyuntura.
Al congelar la
etapa estudiada por Lenin como el único período
valedero sacralizaban
el texto, olvidando la función política que tuvo
cuando fue elaborado.
Esta actitud cerraba todos los caminos para una
actualización
fructífera de la teoría del imperialismo.
Otras visiones intentaron -con muchas vacilaciones-
la revisión del
problema. Buscaban demostrar, por un lado, la
vigencia de los rasgos
clásicos, pero reconocían por otra parte las
insuficiencias de la
concepción tradicional. Mientras subrayaban la
continuidad del
monopolio y la supremacía del capital financiero,
señalaban la
ausencia de conflictos bélicos inter-imperialistas y
la gravitación de
Estados Unidos. Cuestionaban las lecturas talmúdicas
de Lenin, pero
preservando su visión del tema.
La reconsideración del problema exigía ir más allá
del simple cómputo
de los elementos vigentes y obsoletos de la teoría
clásica. Había que
jerarquizar el significado de las tendencias
persistentes y de los
procesos ya agotados. Los enfoques acríticos diluían
dos datos claves
de la nueva época: la ausencia de guerras inter-imperiales
y la mayor
asociación económica entre capitales de distinto
origen.
El diagnóstico de Lenin había quedado anacrónico por
estar referido a
una etapa ya concluida del desarrollo capitalista.
Las tendencias de
1880-1914 no tenían vigencia en 1945-75 y por esta
razón, las
principales reflexiones de posguerra giraban en
torno a otros
problemas.
La dificultad de muchos marxistas para aceptar este
cambio obedeció a
una incomprensión del planteo de Lenin. Desconocían
que el enfoque
estaba más centrado en la crítica política al
pacifismo
social-patriota, que en la evaluación económica del
capitalismo. La
gran contribución aportada en el primer terreno, no
implicaba validez
de las caracterizaciones expuestas en el segundo
terreno. Esta
confusión obstruyó el análisis y generó muchas
simplificaciones en la
interpretación del imperialismo, que no distinguían
la existencia de
dos niveles autónomos de la reflexión sobre tema.
Los mejores estudios sobre el imperialismo de los
años 70 incorporaron
de hecho estas distinciones. Revisaron la teoría
clásica, destacando
la existencia de múltiples interpretaciones
marxistas (Brown) y
resaltaron el significado polisémico de la noción de
imperialismo
(Owen). También pusieron de relieve la ambigüedad de
un concepto que
incluye al mismo tiempo definiciones de la etapa,
caracterizaciones de
tensiones entre países centrales y evaluaciones de
las relaciones
entre el centro y la periferia (Sutcliffe). (3)
Con estas miradas comenzó un rescate del significado
contemporáneo del
imperialismo. Se retomó el método de Lenin para
interpretar una nueva
realidad, observando cómo el desarrollo desigual de
capitalismo genera
desequilibrios, en la reproducción jerarquizada y
polarizada de este
sistema.
Tres modelos
En los años 70 aparecieron tres interpretaciones
para caracterizar el
nuevo escenario. Estos enfoques resaltaron la
gravitación de
tendencias superimperiales, ultra-imperiales e inter-imperiales.
La primera variante -postulada por Sweezy, Magdoff o
Jalee- remarcó el
papel dominante de Estados Unidos, como coloso
económico y gendarme
mundial. Remarcó el peso de sus corporaciones
industriales y su
gravitación militar, mediante estudios que
subrayaron también la
importancia de las resistencias antiimperialistas
del Tercer Mundo.
Esta tesis recogió elementos de muchas teorías sobre
el hegemonismo
estadounidense de la época, que reflejaban el
apabullante liderazgo
logrado por la primera potencia. (4)
Pero las caracterizaciones superimperialistas no
evaluaron el alcance
de esa primacía del gigante del Norte y no llegaron
a esclarecer el
nuevo el tipo de relaciones establecidas entre el
poder norteamericano
y las restantes potencias.
La segunda corriente puso el acento en los procesos
de asociación
ultra-imperial, mediante importantes trabajos de
Hymer, Murray y
Nicolaus. Indagaron la formación de una nueva clase
capitalista en
torno a las empresas multinacionales, a partir de
estudios del mercado
del eurodólar y de distintos análisis sobre la
influencia decreciente
de los estados nacionales. También investigaron la
forma en que este
proceso erosionaba las rivalidades entre potencias y
deterioraba las
condiciones de trabajo. (5)
Este enfoque inauguró el estudio contemporáneo de la
asociación
internacional de capitales y comenzó a registrar sus
consecuencias
sobre los estados nacionales. Pero no logró evaluar
el impacto de
estos cambios sobre la dinámica del imperialismo.
La segunda vertiente fue a su vez enriquecida por
los trabajos de
Poulantzas, que estudiaron cómo la
internacionalización de la economía
incentivaba la formación de fracciones capitalistas
mundializadas, al
interior de los estados nacionales. Palloix aportó,
además,
importantes investigaciones sobre la forma en que la
internacionalización de la economía globaliza la
reproducción del
capital, en ciclos mercantiles, monetarios y
productivos. (6)
Todos estos enfoques que ponían de relieve la
preeminencia de cursos
ultra-imperiales, suscitaron la reacción de los
defensores a ultranza
de la tesis clásica. Estas críticas destacaron el
reducido alcance de
la actividad multinacional y el continuado
protagonismo de los estados
nacionales. Pero los objetores nunca lograron
explicar por qué razón
habían perdido fuerza las tendencias bélicas y
económicas del período
precedente.
Finalmente la tercera corriente encabezada por
Mandel destacó la
continuidad parcial de las rivalidades inter-imperiales.
Cuestionó por
un lado, la tesis superimperial señalando que la
hegemonía
norteamericana no evolucionaba hacia supremacías
económicas de largo
plazo. Destacó que esa hegemonía no transformaba la
subordinación de
las potencias asociadas en formas de sujeción
colonial.
Por otra parte, objetó la perspectiva
ultra-imperialista, señalando el
carácter improbable de una fusión entre
corporaciones de distinto
origen nacional y remarcó el continuado aumento de
la competencia
económica, en un marco de distensión militar. De
esta tendencia dedujo
un pronóstico de acrecentamiento de la concurrencia
intercontinental,
en un cuadro alejado de la confrontación bélica. (7)
Este modelo de tensiones inter-imperiales atenuadas
fue compartido por
otros teóricos como Rowthorn, que cuestionaron la
exageración del
poder norteamericano, evaluando que el continuado
antagonismo
económico entre las grandes potencias, no tendría
proyecciones
militares. (8)
Este tercer enfoque sugirió acertadamente la
preeminencia de un avance
del regionalismo, que permanecería distanciado de
los viejos bloques
belicistas del pasado. Pero no arribó a conclusiones
nítidas y tampoco
elaboró conceptos representativos de la nueva
situación. Vaciló en la
evaluación del rol estadounidense y no logró dirimir
el predominio de
tendencias a la asociación o a la competencia.
Todas las caracterizaciones en juego suscitaron
fuertes polémicas,
acompañadas de los adjetivos y etiquetas en boga
durante esa época.
Los cuestionamientos a los “errores kautskianos”
convivieron con los
elogios a los “aciertos leninistas”. Pero esta
contraposición impedía
comprender lo que se intentaba indagar. La nueva
integración
internacional de capitales no recreaba el modelo
concebido por el
dirigente socialdemócrata y la competencia en curso
no resucitaba el
esquema postulado por el líder bolchevique.
Las investigaciones de los años 70 crearon los
fundamentos para
superar la obsolescencia del enfoque clásico, pero
no condujeron a
conclusiones satisfactorias. Su principal mérito fue
incentivar el
estudio de la nueva realidad con modelos de
supremacía, integración y
rivalidad imperial. Aunque dieron lugar a una
síntesis adecuada,
abrieron una discusión que puso de relieve los
problemas a resolver.
La tesis superimperialista omitía la inexistencia de
relaciones de
subordinación entre las economías desarrolladas,
equiparables a las
vigentes en la periferia. El enfoque
transnacionalista desconocía la
continuidad de las rivalidades entre las
corporaciones, ahora mediadas
por otra conformación de clases y los estados. La
visión de
concurrencia inter-imperialista minusvaloraba la
ausencia de
confrontaciones bélicas y el avance registrado en la
integración de
los capitales. (9)
La complejidad del tema impulsó a buscar fórmulas
combinatorias de las
concepciones en disputa, que se mantuvieron
posteriormente. Se resaltó
especialmente cómo la existencia de tendencias a la
asociación, genera
tensiones que obligan a reforzar liderazgos, para
contener la
concurrencia inter-imperialista. Esta rivalidad
socava la gravitación
de la superpotencia impidiendo la estabilización del
sistema. (10)
Esta misma idea de mayor entrecruzamiento de
capitales sin desemboques
definidos ha sido señalada también, para destacar la
existencia de
múltiples desequilibrios. Estas tensiones son
generadas por una trama
distante del imperialismo clásico y carente de
sustituto definido.
(11) En este contexto la irrupción del
neoliberalismo abrió nuevas
pistas de indagación.
La nueva etapa
Desde la mitad de los años 80 la mundialización
neoliberal introdujo
cambios de un alcance semejante al registrado
durante la posguerra. A
partir de una ofensiva general contra las conquistas
populares, estas
modificaciones generaron una expansión del capital
hacia nuevos
sectores (privatizaciones, educación, salud,
pensiones) y nuevos
territorios (ex países socialistas).
Este ataque patronal deterioró las condiciones de
trabajo en los
países avanzados y empobreció a la periferia, en un
contexto de
repliegue de los sindicatos y reflujo de las ideas
anticapitalistas.
Las grandes corporaciones aprovecharon las fuertes
diferencias
internacionales de salarios, para acrecentar sus
lucros e introdujeron
nuevas formas de control patronal del proceso de
trabajo. Esta
agresión se basó en amenazas de traslado de las
firmas hacia otros
países.
Este cambio en las relaciones sociales de fuerza a
favor del capital
desembocó, a su vez, en incrementos sustanciales de
la tasa
explotación, que ampliaron las desigualdades,
recompusieron el nivel
de los beneficios y revitalizaron la acumulación.
Al incentivar la competencia global con aumentos de
la productividad
desgajados de las compensaciones salariales, el
nuevo modelo se
distanció del fordismo. La sistemática transferencia
de actividades
fabriles hacia el continente asiático potenció la
concurrencia por
incrementar la producción, con menores costos y
generar mayores
ganancias.
Esta mutación se ha sostenido en una revolución
informática que
generaliza el uso de las computadoras, en los
procesos de fabricación
y en la gestión financiera o comercial de las
empresas. Esta
innovación radical incrementó el nivel de
productividad, abarató el
transporte y masificó las comunicaciones.
Las transformaciones de las últimas décadas
ampliaron también el
consumo, no solo de las elites y los sectores
gerenciales. Un
importante sector de las clases medias ha sido
incorporada un nuevo
patrón de adquisiciones basado en el endeudamiento
creciente. Esta
modalidad reforzó la gravitación de los bancos, que
han cumplido un
papel clave en la consolidación del neoliberalismo.
Restablecieron los
mecanismos de disciplina y auto-ajuste en las
empresas y recompusieron
el circuito de la acumulación.
El modelo actual introdujo un corte con la etapa
precedente y cerró el
período de convulsiones, que acompañó al agotamiento
del boom de
posguerra. La nueva etapa revirtió la retracción de
los mercados y el
deterioro de la tasa de ganancia, que predominó
durante las crisis de
1974-75 y 1981-82. Sobre estos pilares se consumó la
expansión de la
inversión hacia las regiones favorecidas por el
nuevo esquema. (12)
Este diagnóstico es frecuentemente objetado por las
caracterizaciones
que destacan la vulnerabilidad financiera del modelo
neoliberal, su
reducido aporte al crecimiento o su dependencia de
los vaivenes del
mercado. (13)
Pero ninguno de estos rasgos desmiente la existencia
de un nuevo
período. Indican la presencia de áreas de gran
inestabilidad, sin
refutar la vigencia de una etapa diferenciada.
Quiénes consideran que
el modelo actual es más inestable que su antecesor,
no cuestionan la
preeminencia que ha logrado. Cualquiera sean las
controversias sobre
el grado de coherencia que rodea al neoliberalismo,
es evidente que
este esquema introdujo un cambio radical en la
dinámica del
capitalismo.
El período actual no presenta un nítido escenario
global de
prosperidad o estancamiento. Aquí se evidencia una
diferencia
importante con los modelos precedentes del siglo XX.
Mientras que las
transformaciones cualitativas son incuestionables,
las tendencias del
nivel de actividad mantienen un alto grado de
ambigüedad. Hay nuevas
formas de consumo segmentado, normas de producción
globalizada, tipos
de comercio liberalizado, finanzas des-reguladas y
otra modalidad de
competencia entre las empresas transnacionales. Pero
estas
transformaciones no definen un perfil de intensidad
o quietismo
productivo.
El período actual es muy singular, puesto que no
repite la tónica
depresiva de 1914-1945, ni la pujanza de 1945-75. La
economía mundial
se ha distanciado del comportamiento homogéneo que
mantuvo en los
períodos precedentes. Coexisten situaciones variadas
de estancamiento
en Europa, ascenso y recaída de Japón, vaivenes de
Estados Unidos,
despliegues asiáticos y mutaciones en la semi-periferria
y regresiones
de la periferia.
Desequilibrios inéditos
El nuevo contexto no se clarifica dirimiendo la
presencia o ausencia
de una onda larga Kondratieff. Algunos autores
postulan la presencia
de este ciclo, resaltando la vigencia de tasas de
crecimiento elevadas
en numerosas actividades y zonas geográficas. Otros
objetan la
existencia de este curso, subrayando el reducido
promedio global de
ascenso del PBI. (14)
La discusión es más conceptual que empírica, ya que
no existe un dato
universalmente indicativo de la tónica que asume un
período. Un
promedio de crecimiento elevado no tiene la misma
validez para fines
del siglo XIX, que para la mitad de la centuria
siguiente o el debut
del siglo en curso. Lo mismo rige para las distintas
zonas. El
incremento del 5% anual del PBI que se considera
elevado para Estados
Unidos es muy bajo para China.
En realidad, la existencia de una nueva etapa del
capitalismo no
requiere un correlato definido en la fase del ciclo
económico. La
vigencia del periodo neoliberal es parcialmente
independiente de ese
ritmo de la producción. La era de posguerra ha sido
totalmente
sustituida, sin dar lugar a otra onda de pujanza
económica general.
Lo importante es reconocer que el patrón de
acumulación precedente (de
consumo masivo y uniformidad de producto) ha quedado
reemplazado por
un nuevo esquema (de consumo más flexible y
producción más variada).
Desde la irrupción del neoliberalismo en 1978-80,
este modelo se
asienta en el incremento del desempleo, la
feminización del trabajo,
la polarización de las calificaciones, la
segmentación del mercado
laboral y el uso de las nuevas tecnologías.
Algunos enfoques reconocen la magnitud de
transformaciones en curso en
ciertos campos, como la disminución del campesinado
o la penetración
del capital en numerosos ámbitos de la vida social.
Pero cuestionan la
existencia de rupturas significativas en el campo
económico,
tecnológico o cultural. (15)
Pero la universalización geográfica y sectorial del
capitalismo que ha
llevado a cabo el neoliberalismo, no se restringe a
una u otra esfera.
Ha impactado sobre el conjunto del sistema,
produciendo un giro
comparable al observado a fin del siglo XIX y a
mediados del siglo XX.
Este viraje se verifica también en los
desequilibrios específicos que
actualmente presenta el sistema. Las crisis del
neoliberalismo
difieren significativamente de las convulsiones que
afloraron en los
años 60 o 70. Son contradicciones resultantes de
nuevos problemas y no
arrastres del pasado. Las tensiones que generaba el
modelo keynesiano
fueron clausuradas por el ascenso neoliberal, que
inauguró otro tipo
de desajustes.
La hipertrofia financiera actual obedece a
mecanismos de
titularización, derivados y apalancamientos,
gestados al cabo de dos
décadas de internacionalización de las finanzas,
desregulación
bancaria y gestión bursátil de las grandes firmas.
La sobreproducción
de mercancías presenta un inédito alcance global,
resultante de la
competencia por abaratar costos, localizando plantas
en países con
bajos salarios y alta explotación de la fuerza de
trabajo. Las
desproporcionalidades mundiales -que han creado los
desbalances
comerciales y el endeudamiento- se desenvuelven por
carriles
impensables hace cuatro décadas.
El neoliberalismo cambió el escenario económico.
Redujo los ingresos
salariales, pero expandió el consumismo, la riqueza
patrimonial y el
endeudamiento familiar. Recompuso la tasa de
ganancia acentuando la
explotación y desvalorizando parcialmente los
capitales obsoletos.
Pero afectó potencialmente el nivel de rentabilidad,
con aumentos de
la productividad basados en tecnologías
capital-intensivas que
expanden el desempleo.
El nuevo modelo genera el tipo de crisis que
salieron a flote durante
la burbuja japonesa (1993), la caída del Sudeste
Asiático (1997), el
desplome de Rusia (1998), el desmoronamiento de las
Punto.Com (2000) y
el descalabro de Argentina (2001). La eclosión
financiera del 2008-09
constituye la manifestación más aguda de estos
estallidos y abrió una
posibilidad de ocaso del neoliberalismo, que hasta
ahora no se ha
verificado.
El desprestigio ideológico de este esquema no ha
impedido su
persistencia. Pero el modelo restableció formas
descontroladas de
funcionamiento capitalista erosionó los diques que
morigeraban los
desequilibrios del sistema. El capitalismo se ha
tornado más
ingobernable y opera con niveles de inestabilidad
muy superiores al
pasado.
El imperialismo neoliberal
¿Cuál son los efectos de esta nueva etapa neoliberal
sobre la dinámica
imperial? El impacto más visible es la extensión
geográfica del
capitalismo y el consiguiente incremento de la
escala, en que se
desenvuelven las acciones imperialistas. El sistema
dominante ha
logrado un inédito nivel de expansión, especialmente
luego del colapso
de la Unión Soviética y la paulatina incorporación
de China al orden
global. Esta ampliación de la esfera capitalista
facilitó, a su vez,
la consolidación del neoliberalismo.
Se puede establecer cierto paralelo entre esta
expansión y la sucesión
de conquistas de la periferia que acompañaron al
surgimiento del
imperialismo clásico. Al principio del siglo XX y al
concluir esa
centuria, el modo de producción vigente incorporó
vastas regiones no
capitalistas, a su campo de acción.
Pero la ampliación de esa época absorbía zonas muy
atrasadas y de gran
subdesarrollo. En cambio en las últimas décadas el
ensanchamiento se
consumó en regiones que habían comenzado procesos de
erradicación del
capitalismo.
En múltiples terrenos hay más semejanzas con la
posguerra, que con la
era precedente. A diferencia de lo ocurrido durante
el período
clásico, el imperialismo contemporáneo refuerza la
asociación
económica entre empresas de distinto origen
nacional. La
mundialización neoliberal imprimió un nuevo impulso
a este proceso.
La nueva etapa ha potenciado también la gestión
internacionalizada de
los negocios que realizan las grandes compañías,
fragmentando los
procesos de fabricación y lucrando con las
diferencias nacionales de
productividades y salarios.
Este curso multiplicó la movilidad de los capitales
y las mercancías,
restringiendo al mismo tiempo el tránsito de las
personas. Los
capitalistas favorecen el traslado de trabajadores
para potenciar la
competencia laboral, pero bloquean las corrientes
emigratorias que
desestabilizan su control de la vida política y
social.
Las distintas tendencias en juego tienden a reforzar
la asociación
internacional de capitales. Esta evolución consolida
el principal
rasgo económico que diferenció al imperialismo de
posguerra de su
precedente clásico. La mayor integración diluye las
posibilidades de
choque entre bloques proteccionistas y acentúa el
distanciamiento del
periodo actual con la época de Lenin. Algunos
autores han introducido
el término de “imperialismo neoliberal” para
describir el nuevo
contexto. Esta noción podría ser utilizada para
ilustrar qué tipo de
articulación dominante genera a escala mundial, una
nueva etapa del
capitalismo. (16)
También el rasgo geopolítico que más distinguió al
imperialismo de
posguerra de su antecesor clásico se ha reforzado en
las últimas dos
décadas. La ausencia de conflictos bélicos directos
entre las
principales potencias ha persistido sin
modificaciones bajo el
neoliberalismo. El acompañamiento de Europa y Japón
a las principales
agresiones del Pentágono se ha mantenido como un
dato clave del
escenario internacional.
En las últimas tres décadas no se ha vislumbrado
ningún retorno a las
tensiones bélicas de principios del siglo XX. Los
presagios de esta
regresión que se formularon con el resurgimiento de
Japón, el fin de
la guerra fría o la unificación de Alemania fueron
desmentidos por el
curso de los acontecimientos. No existe ningún
atisbo de reaparición
de los bloques militares antagónicos dentro de la
tríada.
Las disputas por los mercados y los abastecimientos
de la periferia
persisten. Pero ninguna potencia está dispuesta a
poner en riesgo la
continuidad del capitalismo, con agresiones que
fracturen el bloque de
las economías desarrolladas.
Los conflictos posibles se delinean contra las
nuevas sub-potencias,
que comienzan a emerger entre varios países con
grandes recursos
militares, demográficos y naturales o con cierta
experiencia de
dominación militar a escala regional (China, Rusia,
India, Brasil,
Sudáfrica). Estas naciones cuentan con prósperas
clases capitalistas
locales, que buscan ampliar su lugar en el escenario
mundial y ya no
aceptan el trato periférico del pasado.
El nuevo polo de acumulación asiática y la ausencia
de subordinación
militar a Estados Unidos por parte de Rusia y China
(en contraposición
a las restantes clases dominantes del planeta),
constituyen dos
novedades importantes, en comparación al
imperialismo de posguerra.
Pero todavía es prematuro evaluar cuál será el
efecto de estas
modificaciones, en el marco de las tensiones
económico-sociales que
generan la desigualdad, la exclusión y la
marginalidad del capitalismo
neoliberal.
Estas tensiones se manifiestan en todos los campos,
pero son
particularmente visibles en el plano financiero. En
los ciclos de
prosperidad, el crédito se expande aceleradamente a
escala global, a
través de los mecanismos creados por la
liberalización bancaria. Pero
en los períodos críticos, cualquier caída de Wall
Street se transmite
velozmente a todas las colocaciones especulativas
del planeta. La
mundialización financiera reduce drásticamente la
capacidad que
detentaban los estados, para afrontar de manera
autónoma esos
vendavales. Los dispositivos de contención que se
utilizaban con
instrumentos cambiarios o monetarios o bancarios han
quedado
seriamente afectados.
La misma interacción se verifica en el plano
comercial. El grado de
apertura de todas las economías se amplió
significativamente, a través
de un ritmo ascendente de las transacciones, que
supera el nivel de
actividad productiva. Con argumentos de
especialización complementaria
se generalizaron convenios de libre comercio, que en
las fases de
prosperidad benefician a las grandes empresas y en
los periodos
recesivos acrecientan las dificultades de colocación
de las mercancías
excedentes.
Por otra parte, el avance de la internacionalización
productiva
reestructura la división del trabajo y acrecienta la
presencia de las
empresas transnacionales en el comercio mundial.
Pero esta ampliación
potencia también la velocidad de transmisión de los
desequilibrios
mundiales, especialmente en los cuellos de botella
de la inversión y
en los trastornos para asegurar la provisión de
insumos estratégicos.
El imperialismo del siglo XXI está afectado por
todos los
desequilibrios de la etapa neoliberal.
Este período consolida la modificación radical del
escenario clásico
que se produjo en la posguerra, con la desaparición
de las
confrontaciones bélicas entre potencias. El análisis
del imperialismo
contemporáneo requiere superar la simple repetición
de la teoría
tradicional y la asignación de vigencia infinita a
una etapa
específica de principio del siglo XX. Una
interpretación actual debe
registrar el impacto de la mundialización
neoliberal, que ha expandido
el radio de acción imperial a todo el planeta,
reforzando el rol
militar dominante de Estados Unidos. La comprensión
de este liderazgo
requiere un análisis más detallado.
Claudio Katz es economista, investigador, profesor.
Miembro del EDI
(Economistas de Izquierda).
Ver también:
- "El imperialismo del siglo XXI" (Capítulo I –
Parte I): La teoría
clásica del imperialismo
http://www.argenpress.info/2011/05/el-imperialismo-del-siglo-xxi-capitulo.html
- "El imperialismo del siglo
XXI" (Capítulo I – Parte II): La teoría
clásica del imperialismo
http://www.argenpress.info/2011/05/el-imperialismo-del-siglo-xxi-capitulo_18.html
- "El imperialismo del siglo XXI" (Capítulo I –
Parte III): La teoría
clásica del imperialismo
http://www.argenpress.info/2011/05/el-imperialismo-del-siglo-xxi-capitulo_19.html
- "El imperialismo del siglo XXI" (Capítulo I –
Parte IV): La teoría
clásica del imperialismo
http://www.argenpress.info/2011/05/el-imperialismo-del-siglo-xxi-capitulo_20.html
Notas:
1) Hemos desarrollado este tema en: Katz Claudio, El
porvenir del
socialismo. Primera edición: Editorial. Herramienta
e Imago Mundi,
Buenos Aires, 2004 (cap 2 )
2) Ver por ejemplo: Afanásiev L y otros autores,
Manual de economía
política del capitalismo, Editorial Granica, Buenos
Aires, 1974.
También: Testa Víctor, El Capital Imperialista,
Editorial Fichas,
Buenos Aires 1975
3) Brown Barrat Michael. “Una crítica de las teorías
marxistas del
imperialismo”, Owen Robert, “Introducción”,
Sutcliffe Bob,
“Conclusión”, en Owen Robert, Sutcliffe Bob.
Estudios sobre la teoría
del imperialismo, Era, México, 1978.
4) Sweezy Paul, Magdoff Harry, ¨The crisis of
American Capitalism¨.The
deepening crisis of U.S. Capitalism, Monthly Review
Press, 1981. Jalee
Pierre El Tercer Mundo en la Economía Mundial, Siglo
XXI,1976, Buenos
Aires
5) Hymer Stephen. Empresas multinacionales e
internacionalización del
capital. Ediciones Periferia, Buenos Aires, 1972.
Nicolaus Martín. “La
contradicción universal”. El imperialismo hoy,
Ediciones Periferia,
Buenos Aires, 1971. Murray,
Robin, “The Internationalization of
Capital and the Nation State”, New Left Review 69,
1971.
6) Poulantzas Nicos. “Internacionalización”
Las clases sociales en el
capitalismo actual, Siglo XXI, Madrid 1981. Palloix
Christian, La
firmas multinacionales y el proceso de
internacionalización, México,
Siglo XXI. Ver también: Leucate Christian.
Internacionalización del
capital e imperialismo, Fontamara, Barcelona 1978.
7) Mandel, Ernest. El capitalismo tardío, ERA,
México, 1978, (cap 10).
Mandel Ernest, “Las leyes del desarrollo desigual”,
Ensayos sobre el
neocapitalismo, Era, México, 1969.
8) Rowthorn Bob, “El imperialismo en la década de
1970”, en Capital
monopolista y capital monopolista europeo, Granica,
Buenos Aires,
1971.
9) Este balance planteamos en: Katz Claudio. “El
imperialismo del
siglo XXI”, ESECONOMIA, Instituto Politécnico
Nacional, número 7, año
2, verano 2004, México
10) Ver este debate en: Husson Michel. “Le fantasme
du marché
mondial”. Contretemps, n 2, septembre 2001.
11) Ver: Ramírez Roberto, “El imperialismo en el
nuevo siglo”,
Socialismo o Barbarie Nº 13, noviembre 2002.
12) Hemos desarrollados estas caracterizaciones en:
Katz Claudio, “Las
tres dimensiones de la crisis”, Número 37/38 de la
revista Ciclos en
la historia, la economía y la sociedad, Año XX, Vol.
XIX, 2010. Katz
Claudio, “Capitalismo contemporáneo: etapa, fase y
crisis”, Ensayos de
Economía, Facultad de Ciencias Humanas y Económicas,
vol 13, n 22,
septiembre 2003, Medellín. Katz Claudio, “Mito y
realidad de la
revolución informática”, Eseconomía. Instituto
Politécnico Nacional,
número 6, año 2, invierno 2003-04, México. Katz
Claudio, “Crisis
global: las tendencias de la etapa”, Aquelarre,
Revista de Centro de
la Universidad de Tolima, Colombia, vol 9, n 18,
2010.
13) Por ejemplo: O´Hara Phillip,
“A new financial social structure of
accumulation in the US for long wave upswing?”,
Review of radical
political economy, vol 34, n 3, summer 2002. O´Hara
Phillip, “A new
transnational corporate social structure of
accumulation for long wave
upswing in the world economy?”, Review of Radical
Political Economics,
vol 36, n 3, summer 2004. Kotz David, “Neoliberalism
and the Social
Structure of Accumulation”, Review of Radical
Political Economics, vol
35, n 3, summer 2003.
14) En el primer caso: Martins Carlos
Eduardo, “Los impasses de la
hegemonía de Estados Unidos”, Crisis de hegemonía de
Estados Unidos,
CLACSO Siglo XXI 2007. En el segundo Wallerstein
Immanuel, Capitalismo
histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis
de sistemas
-mundo, 2004, Akal, Madrid, (cap 28).
15) Por ejemplo: Wood Ellen
Meiksins, "Modernity, posmodernity or
capitalism?, Monthly Review, vol 48, n 3,
July-August 1996.-Wood,
Ellen Meiksins. "What is postmodern agenda?" Monthly
Review, vol 47, n
3, july-august 1995, New York.
16) Dumenil Gerard, Ley Dominique. El
imperialismo en la era
neoliberal, Revista de Economía crítica n 3, 2005.
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-Wood Ellen Meiskins. Empire of Capital,
Verso 2003 (Cap 6)
(Este artículo forma parte de un libro de próxima
aparición sobre las
teorías actuales del imperialismo.) |