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Smith,
Keynes y las paradojas de la ciencia económica
Por
Mario Rapoport y Ricardo Lazzari
- Página 12
[10.06.2011]-Actualizado
9:30 pm Cuba
Ayer fue el
aniversario del nacimiento de dos de los pensadores
más influyentes en la historia de la ciencia
económica, Adam Smith y John Maynard Keynes. Muchos
han hablado y escrito sobre ellos, pero pocos han
realizado una comparación de sus vidas y de sus
obras, y ésta es la ocasión para hacerlo en momentos
en que el capitalismo, el sistema que uno propulsó y
el otro intentó salvar, se debate en una profunda
crisis. Nuestro objetivo es exponer a grandes rasgos
algunas de sus coincidencias y diferencias, lo que
nos permitirá comprender, también, los límites del
sistema económico en el que vivimos.
1
Toda teoría económica debe ser enmarcada en su época
y las ideas de ambos tuvieron que ver con la
problemática que le correspondió vivir a cada uno.
Las razones del éxito que los acompañó están
vinculadas con sus aciertos en descifrar y entender
las tendencias y fenómenos históricos predominantes.
En el caso de Adam Smith, la emergencia de un modelo
capitalista de desarrollo en la Europa del siglo
XVIII, marcado por la Revolución Industrial en lo
económico y por cambios políticos que destruyeron o
restringieron los privilegios de las monarquías
absolutas. En el de Keynes, la época de declinación
y primera gran crisis del capitalismo, que no
comenzó, como lo señala él mismo en sus Ensayos de
Persuasión (1931), con la caída de la Bolsa de Wall
Street en 1929, sino antes, en la primera posguerra,
a través de síntomas que advirtió tempranamente,
como el fin del patrón oro y los desequilibrios
crecientes del sistema económico internacional. Una
evolución histórica que coincide con su etapa de
formación y desarrollo como economista.
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Ni el uno ni el otro fueron meramente economistas.
Entendieron la ciencia económica como formando parte
de saberes más amplios que permitían una comprensión
de las sociedades de su tiempo y de la naturaleza de
los individuos que las constituían. Adam Smith
inició su carrera universitaria como titular de la
cátedra de Lógica y Filosofía Moral en la
Universidad de Glasgow, donde elaboró,
progresivamente, sus teorías sobre el derecho, la
moral y el Estado que se plasmaron en su obra Teoría
de los sentimientos morales (1759) y en sus Lecturas
sobre jurisprudencia. Su teoría económica se deriva
de sus concepciones éticas donde el egoísmo domina
la esfera económica mientras que el altruismo funda
las bases de la vida social. En este sentido, no
puede comprenderse su obra principal La riqueza de
las naciones (1776) sino en relación con un corpus
ideológico y filosófico en el cual se enmarcan sus
aportes a la economía política. Keynes tenía también
una formación filosófica y una visión amplia de la
realidad de su época. No era adicto a los modelos
econométricos que sólo podían aprehender aspectos
limitados de la realidad y, aunque profesor en
Cambridge y funcionario en distintos momentos de su
vida, se caracterizaba a sí mismo, irónica o
modestamente, como un “publicista”, un autor que
escribe para el público en forma periódica con el
objeto de difundir sus ideas. En todo caso, para
Keynes, todo economista debía poseer una rara
combinación de cualidades: ser a la vez matemático,
historiador, hombre político y filósofo. Estudiar el
presente a la luz del pasado y con perspectiva de
futuro, sin dejar de lado ninguna de las
instituciones creadas por el hombre.
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Ambos concebían al capitalismo como un sistema. No
obstante, para Smith era el estadio más elevado en
la evolución económica. Keynes, en cambio,
consideraba ese sistema como una fase en el
desarrollo histórico de la humanidad, aunque por el
momento la más conveniente. Adam Smith vio a la
economía como un todo orgánico, natural, que a
través del mercado tiende a un equilibrio. El
hombre, al perseguir su propio interés individual
buscando el máximo beneficio, trabaja necesariamente
para hacer que el ingreso anual de una sociedad sea
el máximo posible. Es llevado a ello por “una mano
invisible” que “lo conduce a promover un fin que no
estaba en sus intenciones”. En cambio Keynes dice,
criticando al laissez faire, que “no es verdad que
los individuos poseen, a título prescriptivo, una
libertad natural en ejercicio de sus actividades
económicas”. No existe –según él– ningún pacto que
pueda conferir derechos perpetuos a los poseedores
de bienes. A su vez, no es correcto deducir de los
principios de la economía política que el mundo
estaba gobernado por la Providencia, y que el
interés personal obra siempre en favor del interés
general.
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Sus teorías intentaban modificar determinadas
condiciones económicas y políticas. En La riqueza de
las naciones se destaca la preocupación de Smith
acerca de las políticas mercantilistas que
afianzaban los monopolios coloniales. El libre
cambio era una condición necesaria para el
florecimiento de la competencia, los bajos precios y
la expansión de los mercados. En consecuencia, la
división del trabajo, principal motor del incremento
de las fuerzas productivas, no encontraría trabas
para su completa generalización y derivaría en una
mayor riqueza de las naciones. Algunos de sus
seguidores dedujeron de ello que las crisis serían
imposibles dentro del sistema en la medida en que el
poder de compra del mercado dependiera de la
ampliación de la producción y de los ingresos que
ésta generara. Por el contrario, Keynes demostró en
su Teoría General (1936), y los años ’20 y ’30 le
darían la razón, que al aumentar los ingresos puede
no producirse un crecimiento similar del consumo, y
aquella parte que se ahorra no necesariamente
volcarse hacia la actividad productiva, directamente
o a través del financiamiento. Esa insuficiencia en
los niveles de consumo e inversión, que no cubren la
oferta existente, trae graves consecuencias sobre el
producto y el empleo y origina las crisis. De ese
modo, como dice Joan Robinson, el economista inglés
retoma el problema moral que la teoría del libre
mercado había aparentemente abolido: su incapacidad
para generar ocupación plena y la necesidad de que
existan formas de regulación del sistema económico.
Ante tal diagnóstico le competía al Estado lograr el
pleno empleo: incrementando el gasto, reformando el
sistema fiscal, mejorando la distribución del
ingreso y regulando el comercio exterior.
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Adam Smith no representa, sin embargo,
completamente, la teoría ortodoxa actual que se
impuso en los años del neoliberalismo. En su época,
el libre cambio suponía la competencia de muchos
capitalistas en respuesta al control monopólico del
comercio por parte de ciertas corporaciones privadas
y estatales. Hoy, en un mundo signado por compañías
multinacionales de carácter oligopólico, el mismo
principio implica el dominio de los mercados por
parte de unas pocas empresas que determinan la
producción y los precios, captando para sí la mayor
parte del excedente generado por la acumulación de
capital, tanto en la esfera propiamente económica
como en la financiera. Por su parte, las políticas
keynesianas tampoco significan que la intervención
del Estado consista en el salvataje de aquellos
mismos sectores, empresas y bancos que provocaron la
actual crisis y el posterior ajuste de los ingresos
de la mayor parte de la población. Está muy lejos
del pensamiento de Keynes subvencionar al mercado
financiero y rebajar salarios y jubilaciones.
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Ni Smith ni Keynes merecen ser valorados por lo que
no son, estemos o no de acuerdo con sus postulados.
En cambio, valorarlos por lo que son va a ayudarnos
a crear un pensamiento propio que responda a
nuestras propias necesidades y circunstancias
históricas. |