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Gestión colectiva y asociación económica imperial
Por Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)
[15.06.2011]-Actualizado
8:30 pm Cuba
Resumen
El
imperialismo contemporáneo se caracteriza por una
gestión colectiva de la tríada. Existe un interés
compartido en desarrollar una administración común
bajo la protección norteamericana. Esta pauta se ha
verificado en las guerras recientes, que
corroboraron la subordinación de Japón y los límites
de la autonomía europea.
El
imperialismo colectivo no implica un manejo
equitativo del orden mundial, pero sí asociaciones
que modifican radicalmente el viejo escenario de
guerras inter-imperiales. Este nuevo marco tiene
ciertas semejanzas con el concierto de las naciones
de principio del siglo XIX.
Las
agresiones imperiales conjuntas (guerras globales)
coexisten con acciones al servicio específico de
cada potencia (guerras hegemónicas). La tendencia
norteamericana a convertir a sus socios en vasallos
determina muchos pasajes de la primera modalidad a
la segunda. Todas las incursiones se implementan con
el pretexto de la seguridad colectiva, que ha
sustituido a la defensa nacional, como principio
rector de la intervención armada
La
solidaridad militar entre las potencias y la acción
geopolítica coordinada obedece a la existencia de
nuevas asociaciones económicas, entre capitales de
distinto origen nacional. Este entrelazamiento se
explica por el tamaño de los mercados requeridos
para desenvolver actividades lucrativas. También
expresa el nivel de centralización que alcanzó el
capital y se verifica en la mundialización
financiera, la internacionalización productiva y la
liberalización comercial.
El
avance de la internacionalización económica no tiene
correspondencia directa en el plano estatal. El
soporte de este proceso son los viejos estados
nacionales, puesto que ninguna entidad global cuenta
con sistemas legales, tradiciones sociales y
legitimidad política suficiente, para asegurar la
reproducción del capital. Esta contradicción genera
múltiples desequilibrios.
El
surgimiento del capitalismo se sostuvo en el estado
burgués nacional y no es fácil reemplazarlo por otro
organismo, más adaptado a la internacionalización.
Esta falta de sincronía genera permanentes tensiones
en la coordinación económica, la asociación política
y la coerción militar del imperialismo colectivo.
Una
característica distintiva del imperialismo
contemporáneo es la gestión colectiva. Estados
Unidos ejercita su superioridad militar, a través de
acciones coordinadas con las principales potencias.
Mantiene una asociación estratégica en la tríada y
actúa en sintonía con sus aliados de Europa y Japón.
Esta
política de concertación occidental buscar reforzar
la contundencia de las agresiones imperiales.
Habitualmente las incursiones pretenden garantizar
la apropiación de los recursos naturales de la
periferia y asegurar el control de las principales
vías del comercio internacional. Algunos autores
utilizan el concepto "imperialismo colectivo" para
retratar esta nueva modalidad de dominación
coordinada. (1)
Surgimiento y consolidación
El
imperialismo colectivo no introduce mecanismos
equitativos en el manejo imperial. Estados Unidos es
la fuerza dominante y hace valer su liderazgo en
todos los terrenos, para obtener los principales
lucros de la gestión conjunta. Al manejar la mitad
del gasto bélico global, define cuáles son las
operaciones militares prioritarias y dónde deben
localizarse las presiones geopolíticas.
Este
predominio del Pentágono reafirma la administración
jerarquizada y la vigencia de una autoridad que
tiene la última palabra. Las responsabilidades son
desiguales y los frutos de la dominación se reparten
en proporción al lugar que ocupa cada potencia, en
la pirámide imperial.
Pero
la gestión es colectiva, puesto que existe un
interés compartido por todas las potencias del
Primer Mundo. Esta convergencia explica la
existencia de una asociación que surgió en la
posguerra, a partir de la generalizada aceptación
del padrinazgo militar estadounidense.
Las
relaciones establecidas entre estos países no
expresan simplemente la imposición del más fuerte.
Reflejan también la demanda de protección que
plantearon las clases dominantes de Europa y Japón a
Estados Unidos, para enfrentar la insubordinación
popular y la crisis socio-política que rodeó al
debut de la guerra fría.
Los
capitalistas de ambas regiones utilizaron la
presencia militar norteamericana como escudo contra
la oleada revolucionaria y los peligros del
socialismo. Los marines desplegados en su territorio
contribuyeron a disciplinar a los trabajadores. Los
viejos colonialistas europeos se coaligaron
posteriormente con el mismo gendarme, para
contrarrestar los levantamientos antiimperialistas
de África y Asia.
El
pánico suscitado por el proceso de descolonización
reforzó este alineamiento y terminó consagrando la
primacía del Pentágono, como un dato inamovible del
orden mundial. Por esta razón, la alianza militar
asimétrica gestada en torno a la OTAN se consolidó,
como cimiento de la gestión colectiva.
Estos
vínculos no se modificaron con el colapso de la URSS
y el ascenso del neoliberalismo. La participación
subordinada de Europa y Japón, en las principales
acciones globales que propicia Estados Unidos se
mantiene sin grandes cambios. La primera potencia
define intervenciones imperiales, que los socios
suelen avalar. Este patrón quedó reafirmado en las
últimas guerras preventivas que lanzó el gendarme
norteamericano, para pulverizar los principios de
soberanía, con el visto bueno de la tríada. La
iniciativa norteamericana y la subordinación de
Europa y Japón se verificaron claramente en las
agresiones del Golfo, Yugoslavia, Asia Central y
Afganistán.
Habitualmente los socios nipones son añadidos a la
escalada, sin muchas consultas. Transcurridas seis
décadas desde la segunda guerra, las dimensiones del
ejército japonés son insignificantes, la presencia
de bases yanquis persiste en el país y el
Departamento de Estado interviene en las principales
decisiones políticas de Tokio. Este curso ha quedado
reforzado por el renovado giro pro-norteamericano de
las elites. Esta influencia condujo por ejemplo al
envío de tropas a Irak.
El
caso europeo es más complejo, pero está signado por
las mismas pautas de un compromiso transatlántico
que monitorea Estados Unidos. En las guerras
recientes (Golfo-1991, Serbia -1999,
Afganistán-2002, Irak-2003) se mantuvo la norma de
contingentes europeos, bajo la dirección operativa
norteamericana. La égida de la ONU y la supervisión
del Pentágono se han verificado incluso dentro del
Viejo Continente (Bosnia, Kosovo).
La
asociación militar subordinada se extiende también a
la fabricación de armas, que los europeos elaboran
con normas compatibles o autorizadas por el
Pentágono. Las mismas empresas que compiten en el
sector civil (Airbus versus Boeing) están
emparentadas en el campo militar. Todos los
despliegues de envergadura son consultados con la
comandancia estadounidense.
La
demorada constitución de un ejército europeo ilustra
esta dependencia y las continuadas tensiones dentro
de la Comunidad. La unión del Viejo Continente es
una construcción híbrida, que alcanzó formas de
integración avanzadas en ciertas áreas (moneda) y
alcances muy reducidos en otros campos
(instituciones políticas). La defensa continúa
sometida a responsabilidades exclusivas de cada
estado nacional y no existe articulación fuera del
ámbito condicionante de la OTAN.
Esta
preeminencia de la alianza transatlántica no excluye
cierta autonomía operativa, en las regiones que
estuvieron tradicionalmente sometidas al manejo
directo de Europa. En este campo funciona desde 1992
un pacto, que define los eventuales atributos de una
fuerza de acción rápida.
Pero
en los hechos, los dos países que concentran el 60%
de gasto militar europeo (Gran Bretaña y Francia)
tienen bien definido su radio de acción específico
(África y ciertas zonas de Europa Oriental). Operan
en consonancia con las decisiones de la ONU y las
prioridades de la OTAN. Algunos autores denominan
"alter-imperialismo" a esta combinación de
subordinación y autonomía, que rige la política de
las viejas potencias coloniales, actualmente atadas
a la primacía norteamericana. (2)
El
sentido de un concepto
El
predominio norteamericano en la gestión imperial
abre serios interrogantes sobre el carácter
colectivo de esa administración. ¿Qué grado de
acción tripartita existe en un bloque sometido al
dictado de un mandante militar?
El
término "imperialismo colectivo" puede sugerir que
la tríada es un sistema de peso equivalente entre
Estados Unidos, Europa y Japón, cuando es evidente
la primacía del Pentágono. Por esta razón existen
objeciones a la teoría de la gestión conjunta, que
resaltan la asimetría impuesta por un gendarme, que
despliega su poder ante los restantes miembros de la
OTAN. Esta caracterización destaca que Japón actúa
como un satélite y Europa sólo goza de una
restrictiva autonomía regional. (3)
Pero
el concepto de imperialismo colectivo no implica una
administración equitativa de los asuntos mundiales.
La denominación puede brindar esa errónea imagen,
pero constituye una categoría destinada a clarificar
otros problemas. Reconoce sin vacilaciones que en la
gerencia imperial los directivos norteamericanos
están ubicados en la cúspide y los decisores
europeos o japoneses ocupan rangos de menor
relevancia.
Pero
este escalafón jerarquizado no anula la existencia
de un manejo conjunto. El imperialismo colectivo
implica vigencia de estos rasgos de asociación.
Europa y Japón actúan en común con Estados Unidos y
no bajo la imposición de una bota norteamericana.
Las clases dominantes de ambas regiones no son
títeres del Departamento de Estado, ni siguen
órdenes de la embajada yanqui, como por ejemplo
ocurrió en el 2010 con la oligarquía golpista de
Honduras. Actúan junto al hermano mayor, sin adoptar
un comportamiento de satélites.
Estas
precisiones son importantes para clarificar las
diferencias existentes entre el imperialismo
contemporáneo y su precedente clásico. En la
actualidad rige una modalidad colectiva, que
sustituye los viejos conflictos plurales por una
administración conjunta. Este cambio aleja la
posibilidad de guerras inter-imperialistas.
En la
nueva configuración imperial, una potencia dominante
actúa junto a un número significativo de socios
subordinados. El viejo imperialismo estado-céntrico
se ha convertido en un sistema interestatal, que
opera como un bloque de estados conectados a la
egida dominante de Estados Unidos.
Esta
forma de gestión implica una ruptura de la
prolongada historia de conflagraciones
inter-imperialistas. Las viejas potencias que
guerreaban entre sí hasta la primera mitad del siglo
XX, ahora actúan en forma concertada. No dirimen sus
diferencias en el terreno bélico, sino en un marco
acotado de rivalidades económicas y políticas. La
pugna entre distintos estados con intereses
divergentes persiste, pero esas tensiones ya no
tienen resolución militar.
Este
viraje modifica sustancialmente los protagonistas y
escenarios de las guerras. El arsenal de Occidente
es utilizado en común, para asegurar el despojo
imperial y el Tercer Mundo se ha transformado en un
epicentro de matanzas, que consuman las potencias en
forma coaligada.
La
gestión colectiva imperial inaugura un contexto
histórico inédito. La ausencia de conflagraciones
entre grandes países coexiste con la superioridad
reconocida de la primera potencia. En ciertos
planos, este contexto tiene puntos en común con la
era de pacificación pos-napoleónica, que lideró Gran
Bretaña entre 1830 y 1870.
Los
autores que han trazado esta comparación, subrayan
los parecidos existentes entre el "Concierto de las
Potencias" (que definió los equilibrios militares a
principio del siglo XIX) con el monopolio de armas
nucleares, que gestiona el Consejo de Seguridad de
la ONU. Resaltan las semejanzas entre el proceso de
restauración que consagró el Congreso de Viena, con
la involución generada por el desplome del ex campo
socialista. También señalan analogías entre la
pentarquía, que construyó hace dos centurias un
orden contrarrevolucionario (Rusia, Prusia. Austria,
Inglaterra y Francia) y la coordinación que rige
bajo el imperialismo contemporáneo. (4)
El
equilibrio del siglo XIX se rompió al calor de la
expansión capitalista, que reabrió las rivalidades
bélicas. El ascenso de Prusia erosionó primero la
hegemonía de Inglaterra y desembocó posteriormente
en la Primera Guerra Mundial. La segunda
conflagración internacional fue más demoledora y
puso en peligro la propia supervivencia del
capitalismo.
Las
clases dominantes emergieron aterrorizadas de estas
experiencias y son muy conscientes de los peligros
que rodean a esos enfrentamientos. Por esta razón
forjaron un sistema de protección bajo el mando
estadounidense e introdujeron una forma de manejo
imperial colectivo, que perdura hasta la actualidad.
Guerras globales y hegemónicas
El
sistema que erigieron las grandes potencias diluye
el peligro de guerras inter-imperiales, pero está
sometido a otras tensiones. Un factor de permanente
inestabilidad es la tendencia norteamericana a
transformar su primacía en control mayúsculo. Cada
agresión concertada de la tríada contra algún blanco
de la periferia, contiene siempre una advertencia
implícita del Pentágono contra sus aliados. Estas
amenazas socavan la consistencia de la gestión
conjunta.
Estados Unidos necesita intensificar su acción
militar global para hacer visible su superioridad
militar. No puede usufructuar de su ventaja, si las
mantiene siempre en reserva. Está compelido a
utilizar además toda su artillería, para
contrarrestar la pérdida de superioridad comercial e
industrial. La agresividad norteamericana no quiebra
al imperialismo colectivo, pero afecta su
desenvolvimiento.
La
tríada funciona sobre un cimiento de asimetrías
militares que perturban la coordinación imperial.
Esta contradicción se verifica en los conflictos que
se desarrollan como guerras globales y los choques
que dan lugar a guerras hegemónicas. Mientras que el
primer tipo de confrontaciones emerge de acciones
conjuntas, el segundo tipo de pugnas consuma
agresiones instrumentadas por cada potencia, al
servicio de sus propios intereses.
Las
guerras globales se diferencian en forma muy nítida
de las viejas sangrías imperialistas. Implican
acciones compartidas por todos los aliados,
especialmente contra los países de la periferia.
Incluyen un amplio despliegue militar, que es
justificado con apelaciones a garantizar la
"seguridad".
Este
último concepto es polimorfo y diluye las
diferencias clásicas entre defensa exterior
(ejército) y control interno (policía). Está
dirigido contra enemigos difusos ("terrorismo"), que
no tienen localización geográfica definida
("narcotráfico"). El argumento de la seguridad es
utilizado para tornar porosas las fronteras e
implementar guerras preventivas, que se sustentan en
justificaciones imprecisas.
Las
guerras globales son materializadas en nombre de un
principio más amplio de "la seguridad colectiva".
Este criterio relega la defensa tradicional del
territorio, como argumento central de la acción
bélica. Se afirma que las mafias operan a escala
mundial y deben ser combatidas en el mismo plano. Se
estima que la globalización de la violencia torna
obsoletos los antiguos principios de defensa
nacional.
Pero
en los hechos la "seguridad global" está en manos de
la OTAN o del Consejo de Seguridad de la ONU y es
utilizada de pretexto por las potencias
imperialistas, para concertar alguna agresión. Con
este argumento se implementaron, las guerras
consensuadas de la era Clinton y la primera guerra
del Golfo. La alianza que se forjó para llevar cabo
ese desembarco incluyó a 26 países, tuvo asegurada
una financiación repartida, contó con el visto bueno
de todas las elites y siguió la escalada prescrita
por la diplomacia imperial.
Estas
incursiones multilaterales se llevan a la práctica,
habitualmente, con algún estandarte de "intervención
humanitaria" (Yugoslavia, Haití). Son precedidas por
advertencias de la "comunidad internacional", que
alega alguna violación del derecho internacional. No
exigen los acuerdos puntuales entre las potencias
que se tramitaban en el pasado (dentro de la
Sociedad de Naciones). Se procesan constantemente en
los organismos permanentes que surgieron de la
Segunda Guerra (Consejo de seguridad de la ONU).
Las
guerras globales modifican sustancialmente la
dinámica tradicional de las conflagraciones
inter-estatales. Se basan en nuevos principios de
intervención, regulados a escala mundial. Sustituyen
parcialmente la función histórica que conservaba
cada estado, para organizar de la guerra en función
de sus propios criterios de soberanía territorial.
Estos fundamentos han quedado reemplazados por una
acción capitalista colectiva contra las
insubordinaciones sociales y los peligros
geopolíticos.
Pero
el carácter global de estas intervenciones queda
invariablemente socavado por el comando que ejerce
Estados Unidos. Con una red de 51 instalaciones
globales para realizar desplazamientos diarios de
60.000 efectivos en 100 países, la primera potencia
tiende a convertir las acciones globales en
incursiones propias.
En
muchos casos Estados Unidos implementa directamente
atropellos unilaterales para reafirmar su
dominación. Estas iniciativas se consuman en las
regiones que considera propias (Panamá, Granada) y
en las zonas que incluyen recursos o localizaciones
estratégicas. La invasión a Irak que realizó Bush II
constituyó un ejemplo de esta variante de
agresiones. Actualizó las incursiones concebidas por
Reagan en los años 80, para restablecer la primacía
norteamericana con explícitos actos de provocación.
Las
guerras hegemónicas constituyen también un producto
de la tendencia norteamericana a imponer sus propias
exigencias y necesidades a todos sus socios. La
primera potencia busca controlar a sus aliados,
evitando conflictos dentro del mismo campo. Pero las
acciones unilaterales que desarrolla contra
terceros, son también advertencias contra los
miembros de su propio campo. Esta duplicidad conduce
a transformar muchas operaciones conjuntas en
incursiones propias.
La
guerra imperial común iniciada en el Golfo derivó
por ejemplo en una guerra hegemónica de Estados
Unidos en Irak. Aquí fue visible el giro del interés
colectivo inicial hacia una pretensión propiamente
norteamericana.
Este
desemboque obedece a distintas razones. A veces
surge del fracaso de los operativos, en otros casos
deriva de ambiciones específicamente estadounidenses
y en ciertas circunstancias es un resultado de la
simple dinámica de la agresión. Los voceros de
políticas más pluralistas (Kissinger, Nye) y más
hegemónica (Huntington) se suceden, en función del
perfil que asume cada conflicto.
El
imperialismo colectivo opera mediante una mixtura de
guerras globales. Resulta imposible sostener el
primer tipo de operaciones sin la conducción
norteamericana y es muy difícil mantener la segunda
variante, sin alguna colaboración de los socios de
la tríada.
Asociación y mundialización
La
solidaridad militar entre las potencias y la acción
geopolítica coordinada que impera bajo el
imperialismo actual, también obedece a la existencia
de nuevas asociaciones económicas entre capitales de
distinto origen nacional. Estos entrelazamientos han
influido significativamente en el giro del conflicto
inter-imperial, hacia las políticas compartidas que
se verifican desde posguerra. La amalgama económica
acota las tensiones entre los viejos contrincantes e
induce a procesar las diferencias en un marco común.
El
origen de esta internacionalización del capital fue
el sostén norteamericano a la reconstrucción de los
países derrotados después de la segunda guerra.
Estados Unidos no desmanteló la industria, ni
sepultó los avances tecnológicos de sus adversarios,
sino que les concedió créditos para forjar el marco
asociado. Aunque el propósito principal de este
apuntalamiento era contener el avance soviético, el
auxilio americano favoreció la gestación del patrón
económico que singulariza al imperialismo colectivo.
La
reindustrialización conjunta y la constitución de
formas de consumo compartidos afianzaron la
interdependencia de la tríada. Se forjó un
abastecimiento concertado de materias primas y un
desenvolvimiento extra-territorial de empresas
multinacionales, en áreas monetarias compatibles.
Cuando
la reconstitución de posguerra concluyó y reapareció
la rivalidad entre las potencias, salieron también a
flote los límites de esta coexistencia. Estados
Unidos hizo valer su primacía militar para conservar
ventajas, pero nunca llevó esta presión a
situaciones de ruptura.
Las
empresas chocaron por el control de los principales
negocios, pero en un marco de mutua penetración de
los mercados. La incidencia inicial de las firmas
norteamericanas en Europa y Japón fue sucedida
posteriormente por un proceso inverso de gran
presencia de inversores y capitales externos en la
economía estadounidense.
Estados Unidos recurrió al señorazgo del dólar y a
la unilateralidad comercial y sus socios
respondieron con aumentos de competitividad, que
acentuaron los problemas de la primera potencia.
Pero nadie quebrantó el nuevo marco de
internacionalización económica conjunta. Las
presiones más fuertes hacia el mercantilismo
quedaron frenadas por la magnitud de las
inversiones, que las empresas localizaron en los
mercados de sus rivales.
El
mantenimiento de esta asociación se explica también
por el tamaño de los mercados actualmente requeridos
para desenvolver actividades lucrativas. Las grandes
corporaciones necesitan actuar sobre estructuras de
clientes, que desbordan las viejas escalas
nacionales de producción y venta. La compulsión
competitiva no sólo obliga a incursionar en el
exterior, sino que impone una presencia permanente
en los mercados foráneos. La gigantesca dimensión de
estas operaciones crea entre los propios
competidores, un fuerte sentimiento de preservación
de la actividad global.
Por
esta razón la asociación internacional de capitales
presenta un carácter perdurable. Más allá de los
vaivenes coyunturales, esta interpenetración expresa
el elevado nivel de centralización que alcanzó el
capital. Las empresas necesitan sostener la escala
de su producción, con inversiones repartidas en
varios países, a través de convenios de
abastecimientos situados en muchas regiones. La
internacionalización es un resultado de estas
exigencias.
La
manifestación más visible de este entrelazamiento es
la gravitación alcanzada por las empresas
transnacionales. Unas 200 compañías de este tipo
controlan un tercio de la producción y el 70 % del
comercio mundial. Gestionan el 75 % de las
principales inversiones y casi todas las
transacciones de productos básicos. Se ha estimado
que un hipotético país conformado por estas
compañías ocuparía el octavo lugar en un ranking del
poder económico y contaría con un PBI superior al
vigente en 150 países. La "fábrica mundial" y el
"producto mundial" no son la norma actual, pero
constituye una tendencia del capitalismo
contemporáneo. (5)
Estas
compañías compiten entre sí, mediante segmentaciones
productivas y especializaciones tecnológicas, para
usufructuar de la explotación de la fuerza de
trabajo. Protagonizan intensas carreras para reducir
costos y ampliar las ganancias. Pero necesitan
conservar un marco de convivencia global para
sostener esta batalla.
La
ofensiva del capital contra el trabajo que consumó
el neoliberalismo reforzó esta asociación de
capitales en los tres terrenos de mundialización
financiero, internacionalización productiva y
liberalización comercial. Este proceso es congruente
con otras tendencias globalizantes, como la
homogenización del consumo, los agro-negocios, las
articulaciones fabriles y la deslocalización de la
producción y los servicios.
Este
salto de la mundialización constituye una
transformación clave de la economía capitalista. Los
cuestionamientos a la presentación apologética de
este viraje -como un destino inexorable o favorable
al progreso de la humanidad- no deben conducir a la
negar su ocurrencia. Tal como sucedió en etapas
precedentes capitalismo, un período de
estabilización político-económica bajo el padrinazgo
de la potencia dominante, facilita las
transformaciones cualitativas del sistema. En el
periodo actual la asociación económica apuntaló la
gestión imperial conjunta.
Coordinación acotada
El
significativo avance que se ha registrado en la
internacionalización económica no tiene
correspondencia directa en el plano estatal. Hay
mayor asociación productiva, comercial y financiera,
sin contraparte institucional. Sólo existe una
variedad limitada de organismos globalizados (FMI,
OMC, BM), en un marco de instituciones
regionalizadas (UE, ASEAN, MERCOSUR, NAFTA). El
soporte real de estas estructuras son los viejos
aparatos estatales, que operan a escala nacional.
Este
escenario ilustra el alcance limitado de una
mundialización que avanza sin desbordar ciertas
fronteras. Hay mayor movilidad de los capitales
financieros, pero en radios controlados por los
distintos países. El comercio internacional ha
crecido por encima de la producción, pero mediante
intercambios que atraviesan las aduanas. Las
empresas transnacionales actúan en todo el planeta,
pero amoldadas a las regulaciones que fija cada
estado.
Los
dueños de estas compañías mantienen sus pertenencias
de origen y operan dentro de sistemas productivos,
que utilizan parámetros de competitividad nacional.
Estos indicadores influyen sobre el perfil que
asumen todas las compañías.
Los
estados nacionales persisten, por lo tanto, como un
pilar subyacente de la nueva estructura
crecientemente globalizada. Esos organismos
continúan actuando como mediadores de la actividad
económica y como coordinadores del imperialismo
colectivo. A diferencia de pasado, las políticas
económicas nacionales están sujetas a convenios y
condicionamientos multilaterales. Pero el FMI o la
OMC sólo pueden instrumentar sus propuestas, a
través de los ministerios y los funcionarios de cada
país.
Esta
perdurabilidad de los estados nacionales obedece a
su rol insustituible en la gestión de la fuerza de
trabajo. Sólo partidos, sindicatos y parlamentos
nacionales pueden negociar salarios, garantizar la
estabilidad social y monitorear la segmentación
laboral, que requiere el capitalismo.
Únicamente las instituciones que operan bajo el
paraguas de los estados nacionales pueden negociar
contratos, discutir despidos y limitar las huelgas
que obstruyen la acumulación. Ninguna entidad global
cuenta con sistemas legales, tradiciones sociales o
legitimidad política suficiente, para asegurar esa
disciplina de la fuerza laboral.
Esta
gravitación de los estados nacionales -en un marco
de creciente globalización- obedece, en parte, a la
ausencia de burguesías mundiales. Hay mayor
entrelazamiento de las clases dominantes de
distintos países, pero no existen bloques
transnacionales indistintos. Las convergencias
multinacionales no han disuelto las viejas
pertenencias, que aún cohesionan a los banqueros, a
los industriales y a los rentistas. Esos
alineamientos entre connacionales persisten, en un
contexto de nueva gestión internacionalizada de los
negocios.
Las
viejas solidaridades de origen no han quedado
sustituidas por los nuevos conglomerados
transfronterizos. Lo que existe es una mayor
integración mundial de actividades económicas, que
genera afinidad de compromisos políticos-militares.
Pero
estas asociaciones operan en el marco de los estados
nacionales existentes, a través de cambios en el
balance de fuerzas, entre los sectores locales y
globalizados de cada grupo dominante. Estos
equilibrios difieren sustancialmente en las
distintas regiones.
En
Estados Unidos se afirma la gravitación de los
segmentos internacionalizados, pero persiste la
incidencia de los grupos dependientes del mercado
local. En Europa se está construyendo una clase
capitalista continental, con distintos vínculos de
asociación extra-regional en cada país. En Canadá,
Suiza u Holanda el nivel de entrelazamiento mundial
de los dominadores supera el promedio general y en
Japón se sitúa por debajo de esa media.
Estas
diferencias retratan la inexistencia de un proceso
uniforme de transnacionalización. Demuestran el
carácter sinuoso de un proceso, que continúa mediado
por la ubicación que mantiene cada estado, en el
concierto internacional de las naciones.
Los
ritmos de mundialización de cada grupo dominante
dependen a su vez de la inclinación transnacional de
las capas gerenciales y burocráticas de cada país.
El giro mundialista es más pronunciado en los altos
funcionarios y directivos que comparten costumbres
cosmopolitas.
Cuanto
mayor es la responsabilidad de estos sectores en las
empresas transnacionales o en los organismos
internacionales, menor afinidad mantienen con su
vieja pertenencia nacional. Frecuentemente preservan
una identidad dual. Pero esta evolución no se
extiende al grueso de las clases dominantes.
El
proceso de integración multinacional se mantiene
sujeto a las mediaciones de los viejos aparatos
estatales, generando grandes contrasentidos. Las
clases dominantes utilizan, por ejemplo, el discurso
de la globalización para atropellar a la clase
obrera, pero bloquean la extensión de este principio
a la libre movilidad de los asalariados. Aceptan la
mundialización del capital, pero no del trabajo.
Promueven la internacionalización de los negocios,
pero rechazan su aplicación a cualquier acto de
solidaridad social. Esta dualidad constituye tan
sólo una muestra de las nuevas contradicciones en
curso.
Límites y dimensiones
El
imperialismo ha globalizado su acción, en un marco
de rivalidades continuadas y pertenencias a estados
diferenciados. Esta gestión común ha modificado las
formas de la dominación, que en el pasado se
conjugaban en plural (choque de potencias), en la
actualidad se verbalizan en singular.
Hay un
imperialismo colectivo en el centro de la escena
internacional. Pero la inexistencia de un estado
mundial preserva la gravitación de las instituciones
nacionales. La reproducción internacionalizada del
capitalismo continúa desenvolviéndose por medio de
múltiples estados. Esta convivencia demuestra que no
existe una relación mecánica, entre la integración
global de los capitales y surgimiento de un estado
planetario. Las propias fracciones
internacionalizadas necesitan utilizar la antigua
estructura estatal, para viabilizar políticas
favorables a su inserción global.
Sólo
desde esa plataforma pueden impulsar leyes que
liberalicen la entrada y salida de los fondos
financieros, medidas favorables a la reducción de
los aranceles y políticas de promoción de las
inversiones foráneas. No existe ningún otro
mecanismo para instrumentar esas iniciativas.
Únicamente las burocracias nacionales pueden
promover o bloquear esos procesos.
Un
resultado paradójico de la mundialización en curso
es esta dependencia de las reglas vigentes en cada
territorio. Ningún organismo multilateral puede
asegurar la estabilidad de los negocios, sin el
auxilio de legales o coercitivos tradicionales.
El
estado burgués nacional es la construcción histórica
que sostuvo el surgimiento del capitalismo. Esa
entidad fijó todas las normas que rigen la
competencia por beneficios surgidos de la
explotación. No es fácil reemplazar ese organismo
por otro más adaptado a la internacionalización que
ha registrado el sistema. Esta falta de sincronía
entre la mundialización del capital y sus
equivalentes en terreno de las clases y los estados,
genera permanente tensiones.
Hay
mayor coordinación económica, pero los
representantes políticos de los distintos estados no
traducen directamente el interés transnacional de
las empresas asociadas. Como todas negociaciones se
procesan a través de mediaciones variadas, siempre
emerge alguna disonancia. Incluso las convergencias
económicas que se alcanzan en la OMC, el BM o el
FMI, no tienen contrapartida directa en la ONU o el
G 7. En última instancia, la creciente
mundialización choca con rivalidades económicas, que
socavan los paraguas políticos de esa
internacionalización.
Este
escenario de constantes desequilibrios fragiliza los
organismos multilaterales, desestabiliza a los
estados nacionales y reduce la legitimidad de todos
los artífices de la mundialización. Los obstáculos
que actualmente enfrenta el imperialismo colectivo
provienen de ese debilitamiento.
Para
cumplir con la meta neoliberal de internacionalizar
los negocios atropellando a los trabajadores, los
estados nacionales redujeron en las últimas décadas
todas las conquistas de posguerra. Rentabilizaron
los negocios, pero quebrantaron la autoridad
burguesa acumulada durante la era de concesiones
sociales. El resultado de esta gestión regresiva es
una pérdida de legitimidad, que socava el propio
sustento social que requiere la reproducción del
capital.
Esta
erosión se acentúa día a día con la delegación de
facultades nacionales hacia los organismos
supranacionales. Estas transferencias corroen las
viejas soberanías, a medida que irrumpe el nuevo
poder de decisión que asumen las instituciones
regionales o globales. Un proceso destinado a
fortalecer la mundialización termina deteriorando
este objetivo, al amputar la autoridad a los viejos
estados que sostienen la internacionalización en
curso.
El
capitalismo contemporáneo se encuentra sometido a
una presión mundializante que acentúa los
desequilibrios del sistema. La compulsión a expandir
la acumulación a todos los rincones del planeta está
afectada por los obstáculos que genera esa
universalización. Por esta razón, las formas de
gestión económica asociada que facilita el
imperialismo colectivo están permanentemente
obstruidas por tensiones geopolíticas.
La
imagen armónica de la globalización como una
sucesión de equilibrios mercantiles planetarios,
sólo existe en la ensoñación neoliberal. El
capitalismo realmente existente está acosado por
tensiones intensas, que exigen la intervención
imperial para asegurar la continuidad del sistema.
Sin marines, pactos del G 20 y ultimátum de la ONU,
ninguna empresa transnacional podría garantizar su
actividad.
El
imperialismo contemporáneo utiliza la violencia para
brindar el mínimo de estabilidad que requiere la
internacionalización del capital. Desenvuelve esta
función en una triple dimensión de coordinación de
económica, asociación política y coerción militar.
Es importante registrar estas variadas dimensiones,
para evitar las caracterizaciones unilaterales del
fenómeno.
Cuando
se denuncian sólo las atrocidades bélicas resulta
posible suscitar la indignación colectiva, pero no
se esclarecen las motivaciones geopolíticas, ni la
lógica económica de estas tragedias. Cuando se pone
el acento sólo en la perfidia de la diplomacia
tradicional, queda ensombrecido el sostén militar y
los intereses financieros e industriales que motivan
el accionar imperialista. Cuando se resaltan
únicamente los propósitos de lucro, no se capta la
amplia gama de recursos políticos y armados que
utilizan las potencias, para imponer sus
prioridades.
En
última instancia una visión totalizadora del
imperialismo contemporáneo presupone una comprensión
igualmente abarcadora del capitalismo actual. Las
carencias en uno u otro terreno impiden entender la
dinámica del sistema vigente.
Lo
esencial es notar que el imperialismo contemporáneo
incluye una gestión colectiva de la triada bajo la
protección militar norteamericana. Esta preeminencia
impide un manejo equitativo del orden mundial, pero
introduce formas de administración que sustituyen el
viejo escenario de guerras inter-imperiales por una
combinación de de incursiones conjuntas y agresiones
específicas de cada potencia. Esta solidaridad
militar obedece, a su vez, al peso alcanzado por
nuevas asociaciones económicas entre capitales de
distinto origen nacional. Para comprender esta
evolución es muy útil observar lo ocurrido en la
última década.
Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor.
Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).
Ver
también:
- El
papel imperial de Estados Unidos
- El
imperialismo contemporáneo
- "El
imperialismo del siglo XXI" (Capítulo I – Parte IV):
La teoría clásica del imperialismo
1)
Amin Samir, El imperialismo colectivo, IDEP-CTA,
Buenos Aires, 2004. Amin, Samir, "Geopolítica del
imperialismo colectivo", en Nueva Hegemonía Mundial,
CLACSO, Buenos Aires, 2004.
2)
Serfati Claude. La mondialisation armée Textuel,
Paris, 2001
3)
Ver: Borón Atilio. "Hegemonía e imperialismo en el
sistema internacional", en Nueva Hegemonía Mundial,
CLACSO, Buenos Aires, 2004. Borón Atilio, "La
cuestión del imperialismo". La teoría marxista hoy,
CLACSO, Buenos Aires, 2006.
4)
Anderson Perry. "Algunas observaciones históricas
sobre la hegemonía", C y E, año II, n 3, primer
semestre 2010.
5)
Hemos desarrollos este tema en: Katz Claudio.
-"Desequilibrios y antagonismos de la
mundialización". Realidad Económica n 178,
febrero-marzo 2001, Buenos Aires, Argentina.
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