El papel imperial de
Estados Unidos
Por Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)
Este artículo forma parte de un libro de próxima
aparición sobre las teorías actuales del
imperialismo.
[15.06.2011]-Actualizado
8:30 pm Cuba
Resumen
El
imperialismo contemporáneo se sostiene en la
protección internacional que brinda el gendarme
norteamericano a todas las clases dominante. Estados
Unidos actúa como un sheriff global para confrontar
con la insurgencia popular y la inestabilidad
geopolítica. Como la primera potencia garantiza la
reproducción mundial del capital, obtiene un gran
financiamiento externo acumulando desequilibrios,
que serían inadmisibles para cualquier otro país. La
supremacía del Pentágono determina la gravitación de
Wall Street, el dólar y los Bonos del Tesoro.
El
estado norteamericano ha internacionalizado su
actividad, a través de instituciones que actúan de
manera conjunta en la esfera nacional y mundial.
Mantiene además, vínculos privilegiados con todas
las elites del planeta y armoniza los intereses de
las empresas locales y mundializadas.
La
supremacía imperial se apoya en una ideología
americanista de coerción, que diaboliza a los
cambiantes enemigos y naturaliza el ejercicio de la
violencia. Este imperialismo cultural se expande
celebrando el mercado y exaltando el individualismo
competitivo.
El
americanismo tiene un doble sustento de belicismo e
hipocresía. El uso de la fuerza y la búsqueda de
consentimientos se alternan en función de cada
coyuntura internacional. Las peculiaridades del
imperialismo estadounidense obedecen a un origen no
colonialista, que sustituyó el anexionismo por la
presión militar y el sometimiento económico.
La
efectividad de la superioridad militar
estadounidense es dudosa. Existen crecientes
contradicciones entre la voluntad, la tentación y la
capacidad hegemónica, en un contexto de segmentación
económica y fractura social. Cada acción
desestabiliza, además, las relaciones de competencia
y cooperación con los socios. El imperialismo
contemporáneo afronta fuertes desfasajes. La
superioridad militar coexiste con gran diversidad de
competidores económicos y creciente dispersión del
poder político.
El
principal sostén del imperialismo contemporáneo es
la intervención militar norteamericana. El gendarme
estadounidense desenvuelve sus acciones a través de
un sistema de bases militares (entre 700 y 1000),
distribuidas en 130 países. Desde estas
instalaciones resulta posible desplegar acciones
bélicas coordinadas, en todos los rincones del
planeta. La presencia global que asegura este
dispositivo no tiene precedentes en la historia.
El sheriff del planeta
A
pesar de contar con el 5 % de la población mundial,
Estados Unidos maneja el 40% del gasto militar
planetario. Este control indisputado de las fuerzas
militares occidentales surgió del desenlace de la
segunda guerra. El país emergió como una
superpotencia vencedora, encargada de garantizar la
supremacía capitalista sobre el adversario
soviético. Desde ese momento todos los gobiernos
norteamericanos han propiciado algún tipo de
tensiones bélicas, frente a cada desafío de algún
competidor.
Con
esta finalidad priorizan el uso militar de las
innovaciones tecnológicas y desarrollan una política
de amenazas en el terreno atómico. Mediante estas
presiones mantienen la superioridad bélica sobre sus
viejos enemigos de la guerra fría y sobre cualquier
contendiente potencial.
El
militarismo norteamericano es amedrentador y se basa
en una cultura de la violencia interna que se
proyecta hacia el exterior. La tradición de
conquistas fronterizas, el uso habitual de las
armas, la privatización de la seguridad y la
brutalidad del complejo carcelario signaron la
historia de un país, que actúa como sheriff
internacional.
Esta supremacía militar constituye un rasgo
distintivo del imperialismo contemporáneo, en
comparación al precedente clásico. Explica en gran
medida la ausencia de conflagraciones
inter-imperiales y el grado de asociación mundial de
capitales.
La
principal función del arsenal norteamericano es
garantizar la reproducción capitalista en todo el
orbe. Cumple una función de protección, que cuenta
con el visto bueno de todas las clases dominantes.
Estos sectores observan al garante estadounidense
como un respaldo de última instancia, frente a la
insurgencia popular o la inestabilidad geopolítica.
Este sostén se materializa en una red de alianzas,
que le permite al Pentágono ejecutar sus acciones
internacionales a través de organismos formalmente
asociados (OTAN). Esas instituciones disfrazan el
control norteamericano de las decisiones militares,
mediante despliegues de efectivos con máscaras de
neutralidad (Cascos Azules).
Este arrollador liderazgo bélico determina la
influencia gravitante que ejerce Estados Unidos en
los principales organismos internacionales (Consejo
de Seguridad de la ONU). Otras instancias más
informales (G 20) dependen también de las
convocatorias y agendas, que establece la primera
potencia.
El Pentágono y Wall Street
El
sostenimiento financiero de la estructura militar
norteamericana se internacionalizó en las últimas
décadas. A diferencia de la posguerra, el complejo
industrial-militar ya no cubre sus gastos mediante
la recolección de impuestos internos. Como el resto
de la actividad estatal, depende de la continuada
absorción de los capitales externos, que solventan
un déficit fiscal monumental.
La
primera potencia socorre militarmente a sus aliados
y garantiza la reproducción global del capital. Pero
solventa su actividad con préstamos externos y
necesita, por lo tanto, exhibir solidez bélica. Esta
combinación de exigencias conduce a un reforzamiento
constante de la apuesta armamentista, como única
forma de asegurar la afluencia de capitales foráneos
a la economía norteamericana. La colocación exitosa
de bonos del tesoro exige una persistente sucesión
de agresiones, que a su vez aceitan la financiación
de nuevas matanzas.
Estados Unidos mantiene un lugar preeminente en la
economía mundial. Sus empresas lideran numerosos
sectores, se encuentran altamente
internacionalizadas y comandan la innovación
tecnológica. El país cuenta con una poderosa
infraestructura, exporta productos alimenticios
básicos y preserva el sistema financiero más
gravitante del planeta. Pero a diferencia del pasado
es también el principal deudor mundial y utiliza su
abrumadora superioridad bélica para transferir
desequilibrios a otros países.
Este mecanismo opera especialmente en el plano
financiero. El potencial militar yanqui brinda
seguridades a un sistema bancario de gran proyección
internacional. Las entidades norteamericanas fijan
las pautas globales no solo por su gravitación
específica, sino también por la percepción de
solvencia político-militar que transmiten al
conjunto de los inversores. La confianza en el
Citibank o el Bank of America está muy conectada con
la credibilidad que trasmite el Departamento de
Estado.
En
este mismo cimiento se apoya también la capacidad
del dólar para definir tipos de cambio, la
incidencia de la Reserva Federal para determinar las
tasas de interés y la influencia de Wall Street para
fijar la tónica bursátil internacional. En los
períodos de crisis esta función de garante del
capital se acrecienta y los capitales temerosos
emprenden vuelo hacia los refugios que ofrecen el
billete, los bonos o las acciones norteamericanas.
Ningún otro país brinda a los capitalistas la dupla
de garantías que genera la hermandad entre el
Pentágono y Wall Street. En este campo, Estados
Unidos detenta una ventaja mayúscula. La supremacía
militar es un recurso de mayor impacto general, que
la eficiencia de un banco o el rédito de una tasa de
interés.
Solo el lugar imperial que mantiene Estados Unidos
explica la inusitada absorción de capitales por
parte de una economía con altísimo déficit
comercial, desequilibrio fiscal, importaciones
masivas y alto consumo. Ningún otro país podría
sostener esta explosiva mixtura de desajustes.
Los
desequilibrios norteamericanos han sido muy útiles
para los proveedores y prestamistas del país. Pero
han creado riesgosos desbalances, que exigen mayor
confiabilidad político-militar en la primera
potencia. Nadie vende a un comprador endeudado, ni
renueva el crédito a un cliente en rojo, si el
adquiriente no cuenta con alguna cualidad que
justifique operar en la cornisa. El poderío bélico
norteamericano es el principal atributo que explica
esa continuidad, especialmente en las últimas tres
décadas de neoliberalismo.
Un Estado internacionalizado
Estados Unidos desenvuelve un rol imperial por medio
de un estado que protege a todas las clases
dominantes del planeta. Ese organismo ha
internacionalizado su actividad a lo largo del siglo
XX, mediante una creciente simbiosis de organismos
nacionales y globales. Esta combinación le permite
intervenir directamente en la reproducción mundial
del capital, mediante una red de instituciones que
nunca operó en las potencias imperialistas
precedentes. (1)
La
articulación entre funcionamiento interno y
coordinación externa se gestó durante la conversión
de Estados Unidos en potencia dominante. Los
principales organismos del país conectaron el
monitoreo de la dinámica local con el sostenimiento
del orden internacional e influyeron por esta vía
para garantizar el desenvolvimiento global del
capitalismo.
Este enlace es ampliamente visible en el terreno
militar. En Washington se definen los movimientos
ejecutados en bases marítimas y aéreas, que están
localizadas en todo el planeta. La OTAN instrumenta
las prioridades del Pentágono, la CIA espía a todos
los gobiernos y los marines entrenan a efectivos de
todos los países aliados. El manejo de casi la mitad
del presupuesto bélico mundial conduce a una gestión
simultánea de los gastos internos de seguridad y las
erogaciones exteriores de defensa. La protección
fronteriza está permanentemente combinada con la
intervención planetaria.
Este protagonismo global del aparato estatal
estadounidense se extiende a todas las áreas de la
economía, mediante una administración global de la
moneda, las finanzas y el circuito bursátil. La
cotización del dólar, las definiciones de la Reserva
Federal y el comportamiento cotidiano de Wall Street
ejercen un impacto decisivo sobre la coyuntura
internacional. Lo que decide un alto funcionario
norteamericano afecta a los mercados
internacionales.
Este empalme de gestión nacional e internacional en
el seno de un mismo estado es más evidente en el
terreno geopolítico. El visto bueno o el veto que
Washington transmite a sus pares de otros países es
siempre crucial. Ese poder puede observarse
siguiendo la actitud de los legisladores
republicanos y demócratas en el Congreso. En ese
organismo se debaten iniciativas para el resto del
mundo, con la misma naturalidad que se auspician
reglamentos o leyes estadounidenses.
Esta misma postura adoptan los mandatarios
norteamericanos a la hora de transmitir consejos,
preocupaciones o exigencias a otros países. Frente a
cada convulsión internacional, los medios de
comunicación priorizan la divulgación de la opinión
presidencial estadounidense. Este comportamiento es
tan usual, que ya nadie se interroga sobre el
carácter anómalo de esa reacción. El escenario
inverso de un líder europeo, asiático, africano o
latinoamericano opinando sobre lo que debería hacer
el gigante del Norte es simplemente impensable.
La
primera potencia ensambla intereses nacionales y
mundiales, a través de una compleja estructura de
asociaciones económicas, geopolíticas y financieras.
Estas entidades vinculan al establishment
norteamericano con sus colegas de otras regiones,
aprovechando la prioridad que asignan las elites de
todo el planeta a su relación con Estados Unidos.
La
simbiosis nacional-mundial del estado norteamericano
cobra forma a través de instituciones económicas
(Tesoro, Reserva Federal, Departamento de
Agricultura, nexos con el FMI y las
multinacionales), militares (Pentágono, CIA, FBI) y
culturales (fundaciones, universidades, embajadas).
Mediante intensas disputas por cuotas de poder,
recursos y personal, estos organismos definen las
estrategias que deberán prevalecer en cada
circunstancia internacional. Resoluciones decisivas
para las marcha de los asuntos mundiales emergen de
este proceso de selección de alternativas, al
interior del aparato estatal norteamericano.
En
los períodos de estabilidad, las disidencias que
suscita la adopción de estas políticas permanecen en
las sombra o se concilian mediante fórmulas de
consenso. Por el contrario, en las coyunturas
críticas, las desinteligencias emergen a la
superficie y son expuestas públicamente por la
prensa, para zanjar la primacía de las orientaciones
en disputa.
Este tipo de controversias no guarda el menor
parentesco con la vigencia de la democracia, puesto
que el debate busca desentrañar la efectividad de
las distintas estrategias imperiales. En las
discusiones sobre la forma de dirimir una guerra
(Vietnam, Irak, Afganistán), nunca se contemplan los
intereses genuinos del pueblo estadounidense.
La
estructura estatal norteamericana conjuga en forma
inédita, la coordinación externa con la cohesión
interna. Al cabo de un largo proceso de
internacionalización, ese organismo articula el
poder nacional con la intervención mundial. Esta
acción toma en cuenta también la necesaria
convivencia de las empresas locales con las firmas
globalizadas. El primer grupo prioriza el
desenvolvimiento del mercado interno y el segundo
los negocios foráneos.
Ambas fracciones tradicionalmente protagonizaron
tensiones, que se reflejaron en políticas de mayor
aislamiento o intervención mundial. Desde la
posguerra el balance de fuerzas se ha inclinado a
favor del segmento globalizado, pero sin neutralizar
por completo la resistencia de sus oponentes. Los
grupos mundializados actúan dentro de un aparato de
raíces locales y amoldan los requerimientos de la
acción imperial a esa estructura nacional-estatal.
El impacto del americanismo
Un
importante cimiento de la supremacía imperial
estadounidense se localiza en el plano ideológico.
La justificación americanista del intervencionismo
irrumpió en la posguerra, cobró importancia durante
la guerra fría y se ha renovado en las últimas
décadas. Renueva los mitos que inicialmente
contraponían el bienestar y el pluralismo del "mundo
libre", con la escasez y el totalitarismo del
"comunismo". Este contraste entre felicidad
norteamericana y pesadumbre soviética endulzaba un
estilo de vida occidental, que debía defenderse con
la fuerza de las armas.
Estas acciones no tenían el mismo alcance en
cualquier punto del planeta. Implicaban cordialidad,
complicidad y conveniencia con los aliados de la
triada y violencia extrema en el Tercer Mundo. El
americanismo ganó influencia mediante este doble
parámetro de consideración hacia los socios y
brutalidad frente a los enemigos. El consentimiento
hacia Europa y Japón permitió concentrar las
presiones sobre el bloque soviético y la periferia.
Estados Unidos naturalizó la acción militar para
sostener la ilusión de una vida agraciada, mediante
la perdurable sociedad que estableció el Pentágono
con Hollywood. De este matrimonio surgió la imagen
misionera de los marines, como salvadores de una
civilización amenazada por cambiantes enemigos. El
Departamento de Estado modificó periódicamente la
fisonomía racial, idiomática y nacional de los
adversarios a penalizar por parte de la sociedad
occidental.
Ese
relato presentó a la guerra como un devenir
inexorable, que requiere heroicidad y patriotismo
para alcanzar objetivos supremos. La invasión de
países y la masacre de inocentes fueron ocultadas y
la violencia se convirtió en un acontecimiento
banal. Quedó naturalizada su aceptación como dato
invariable, mientras millones de espectadores
asimilaban el escenario bélico por repetición
audiovisual.
El
americanismo es una ideología directamente asociada
con la coerción, que disuelve su contenido en la
fascinación creada por las imágenes. Esta anulación
de la razón, los afectos y el sentido, permite
trastocar los enemigos diabolizados. Un día son
comunistas, en otro momento son los talibanes y a la
semana siguiente le toca el turno a los
narcotraficantes.
La
americanización del mundo fue logrado mediante la
exportación de las mercancías culturales, que
comercializan Hollywood, Disney o CNN. Estos
productos multiplicaron consumos mediáticos, que
sustituyeron los imaginarios tradicionales
divulgados por las familias, las iglesias y las
escuelas. Cuando este espectáculo se transformó en
un negocio comparable a cualquier mega-actividad
industrial o financiera, el imperialismo cultural
consolidó su influencia, Las audiencias masivas
dependientes de la publicidad crearon una masa
internacional también sometida al mensaje militar
estadounidenses.
A
esta penetración contribuyó la universalización del
inglés, como idioma de grandes imperios del siglo
XIX y XX y como lengua franca de los grupos
dominantes. Una variedad mayúscula de individuos
provenientes de incontables nacionalidades comparten
culturas, entretenimientos, sensibilidades y pautas
de consumo definidas en Nueva York, Los Ángeles y
Chicago. Esta familiaridad corona, a su vez, la
cooptación educativa de estos sectores a los centros
académicos norteamericanos. Allí se generan
perdurables relaciones de intercambio, dependencia
financiera y autoridad intelectual con las
universidades del Norte.
El
americanismo prosperó también como ideología
imperial por su exaltación acrítica del capitalismo
en estado puro. Este mensaje es compartido por todas
las clases dominantes del mundo, que ponderan el
contractualismo espontáneo, las ventajas de la
desigualdad social y los méritos de la colonización
mercantil de todas las áreas de la vida social.
La
empresa es adulada como un campo de cristalización
del talento, que permite desplegar el espíritu
aventurero de los inversores y la creatividad de los
gerentes. Este elogio de la firma es complementado
con una veneración del individualismo, como virtud
suprema de la personalidad. La acumulación es vista
como una larga travesía de capitalistas heroicos,
que en el pasado construyeron industrias y en la
actualidad forjan redes informáticas. Este progreso
es atribuido al reinado del mercado y al ansia de
superación, que despierta la competencia por el
beneficio.
El
americanismo protege estos valores. Generaliza un
clima de amenaza latente y consiguiente necesidad de
contrarrestar la acción de los enemigos de la libre
empresa. Para neutralizar este peligro hay que
desplegar marines y bombardear poblaciones
ignorantes, que obstruyen el florecimiento de los
negocios. Sólo la afinidad burguesa hacia este
mensaje explica la internacionalización de una
ideología de basamento norteamericano.
El
origen estadounidense de esta cosmovisión no es
casual. En ningún otro país del mundo florecieron
con tanta intensidad los patrones culturales del
capitalismo. Sólo allí se forjó una tradición de
celebración irrestricta del mercado, bajo el impacto
de corrientes inmigratorias heterogéneas, que fueron
tentadas por el sueño americano. Este desarraigo
facilitó la generalización de creencias en el rápido
ascenso social, la primacía del egoísmo competitivo
y la ruptura con las costumbres ancestrales de la
cooperación solidaria. Los esquemas narrativos
simplificados de deslumbramiento capitalista que se
desarrollaron en esta sociedad se transformaron en
la ideología del imperialismo contemporáneo. (2)
Esta función también obedece a la obsolescencia del
viejo discurso colonialista, que reivindicaba la
captura de territorios como actos sublimes de nobles
misioneros. La opresión de los nativos estaba
naturalizada y se identificaban la demolición de la
vida local con la superación de la ignorancia. Esa
ideología postulaba la superioridad del hombre
blanco e impulsaba (con estandartes
euro-centristas), la limpieza étnica de poblaciones
esclavizadas.
Como las potencias guerreaban entre sí, el desprecio
hacia los aborígenes era complementado con fuertes
reivindicaciones chauvinistas. Los ingleses
justificaban su belicosidad con argumentos de
supremacía aristocrática, los franceses con
tradiciones de liderazgo cultural y los alemanes con
teorías de pureza racial. Cada imperialismo promovía
su expansión, alegando alguna virtud singular de su
identidad nacional.
El
americanismo sustituye esa exaltación de una
comunidad occidental frente a otra por un
ensalzamiento general del capitalismo. Reemplaza el
mensaje colonial por una vacua veneración de la
libertad, buscando suscitar identificaciones
emblemáticas con los ideales de bienestar y
democracia.
Las causas de la excepcionalidad
El
americanismo tiene un doble sustento de belicismo e
hipocresía. El primer componente estigmatiza al
enemigo y el segundo pondera los derechos humanos.
Estos pilares provienen de una tradición que combina
ambos lenguajes. Los códigos guerreros se inspiran
en la política de invasiones que practicó Theodore
Roosvelt y la retórica de la convivencia se nutre
del legado presbiteriano-liberal de Woodrow Wilson.
Lo más común ha sido el pasaje de un discurso al
otro, para motorizar la misma maquinaria. En algunos
casos se recurre al garrote y en otros al consenso
internacional.
Las
posturas de vaquero y cruzado religioso corresponden
habitualmente a los intereses directos de la
industria petrolera y de los contratistas militares.
Las exhortaciones pacifistas están en manos de los
diplomáticos y los académicos del establishment. Con
mutaciones permanentes de ambos sectores se
implementan las acciones imperiales.
Los
belicistas no ocultan su racismo, ni su desprecio
por las minorías oprimidas y utilizan los emblemas
misioneros de un país, que consideran destinado a
custodiar los valores del mundo libre. La vertiente
opuesta pondera las normas constitucionales,
enaltece la convivencia y presenta las incursiones
militares como actos obligados de contención de
enemigos impiadosos. Con esa ideología universalista
se difunden actitudes altruistas de auxilio al resto
del mundo. Se supone que todas las acciones están
motivadas por el idealismo y no incluyen
expectativas de retribución por los sacrificios
realizados.
Los
belicosos predominaron durante las gestiones de
Reagan y Bush. Impusieron el retorno explícito de la
coerción y la exhibición de fuerza militar, sin
muchas consideraciones morales. Reintrodujeron
reivindicaciones imperiales explícitas y llamados a
ejercer la supremacía global sin ningún tipo de
prevenciones.
Los
liberales, en cambio, encabezaron los gobiernos de
Carter, Clinton y lideran actualmente la
administración de Obama. Difunden discursos
amigables y promueven un ejercicio de la dominación
consensuado con los socios del Primer Mundo. Ensayan
una combinación permanente del uso de la fuerza con
la búsqueda de consentimientos.
El
doble sustento de estas políticas exteriores en gran
medida obedece al origen histórico no colonialista
del imperialismo estadounidense. Esta peculiaridad
se verifica en la forma en que ha sido definido por
distintos autores. Algunos subrayan su carácter
informal (Panitch) y otros su desenvolvimiento no
territorial (Callinicos), siempre distanciado de los
patrones clásicos de dominación (Petras). Destacan
su prescindencia de colonias fuera del entorno
próximo (Wood) y su desapego de los protectorados
(Hobsbawm). (3)
Estas peculiaridades se extienden incluso el sistema
internacional de bases militares. Estas
instalaciones implican una ocupación restringida de
territorios y una sujeción política acotada de las
zonas aledañas. El imperialismo norteamericano
ejerce su control miliar del planeta, sin arrastrar
las rémoras del expansionismo europeo de ultramar.
Se forjó extendiendo su radio territorial, con
muchas anexiones fronterizas y pocas colonias.
El
período inicial de establecimiento de dominios
directos fue relativamente breve, en comparación a
la norma de sometimiento económico que prevaleció
desde la posguerra. Por esta razón, las exhibiciones
de voluntad conquistadora siempre estuvieron
sucedidas por engañosos reconocimiento de la
soberanía ajena. La coerción militar mantuvo un
equilibrio con las presiones políticas y los
imperativos económicos.
Estos mecanismos imperiales se ubicaron en las
antípodas del anexionismo, que intentó por ejemplo
practicar el nazismo alemán. Los propósitos de
conquista norteamericana siempre estuvieron
encubiertos con defensas retóricas de la
auto-determinación nacional.
El
contraste más llamativo es con el precedente
británico. Estados Unidos retomó primero el modelo
semicolonial, que los ingleses habían ensayado en
América Latina, concediendo autonomía política para
jerarquizar el sometimiento económico. Cuando la
primera potencia alcanzó su status dominante pleno,
abandonó todos los vestigios de ese esquema. Esta
política es muy distinta a la orientación que
mantuvo su antecesor hasta último momento en la
India, África u Oriente.
Estas diferencias obedecen a las condiciones en que
actuaron ambas potencias. Gran Bretaña se vio
obligada a salir rápidamente al exterior para
colocar sobrantes industriales, importar materias
primas y asegurar su preeminencia financiera ante
los rivales. En cambio Estados Unidos forjó su
dominio a partir de una base territorial propia de
gran extensión. No emergió de una localización
pequeña (como Holanda o Portugal), ni mediana (como
Gran Bretaña o Francia), sino del enorme
asentamiento que poblaron torrentes masivos de
inmigrantes.
El
gigante del Norte contó con un margen temporal
suficiente para ampliar primero su frontera agrícola
y desenvolver posteriormente un vasto mercado
interno. Siguiendo el mismo ritmo erigió una
industria protegida y una banca poderosa. Cuando
maduró su retaguardia salió a la conquista plena del
mundo.
Estados Unidos pudo expandirse primero en un
territorio maleable y diversificado. Desenvolvió un
modelo económico auto-céntrico (ligado al mercado
interior) y no extrovertido (dependiente del mercado
mundial). Luego del triunfo del Norte en la guerra
civil apuntaló el proyecto proteccionista contra las
tendencias librecambistas del Sur. De allí emergió
una solidez industrial, que posteriormente
reforzaron las grandes corporaciones, actuando en un
mercando integrado con formas de organización
vertical.
De
este esquema surgió una economía imperial más
consistente que el modelo británico de empresa
mediana especializada y altamente dependiente de los
abastecimientos y mercados externos. El país fue
además poblado por inmigrantes atraídos por la
movilidad social y desarraigados de todo pasado no
mercantil.
Estados Unidos consolidó una superioridad militar
que Gran Bretaña no alcanzó siquiera, durante el
esplendor victoriano. El dominio bélico
norteamericano supera desde la posguerra al logrado
por su antecesor en 1830-70. Incluye un control del
espacio mucho más significativo que el manejo
precedente de los mares. Se apoya en una supremacía
global y no debe lidiar con amenazas permanentes de
los rivales. El secreto de su dominación radica, en
última instancia, en la aptitud para comandar un
imperialismo acabadamente capitalista, en la madurez
de este sistema.
Capacidad y efectividad
Estados Unidos mantiene una aplastante superioridad
militar, pero la efectividad de ese predominio es
cada vez más dudosa. El uso de la fuerza está
sometido a limitaciones, que generan muchas
preguntas sobre la capacidad real de la primera
potencia para ejercer el poder global.
Algunos autores retoman distintos estudios que
distinguen tres variables: voluntad, tentación y
capacidad hegemónica. Evalúan con estos criterios,
la fuerza real que puede desplegar el gigante del
Norte. Las dos primeras intencionalidades emergen a
la superficie cotidianamente, pero su concreción
está sometida a crecientes interrogantes. (4)
Estados Unidos ha perdido la superioridad económica
contundente que sostenía inicialmente su primacía
militar. La productividad y competitividad
industrial norteamericana han caído
significativamente, en comparación a los promedios
de posguerra. Los cimientos del poder se han
invertido y en la actualidad las ventajas militares
compensan el deterioro económico. La supremacía
estadounidense ya no presenta el carácter absoluto e
integral que exhibía en la primera mitad del siglo
XX.
Este cambio no implica declinación absoluta. Expresa
un proceso de reorganización productiva y
financiera, que ha segmentado la estructura
económica norteamericana. Los sectores
internacionalizados ganan espacio en desmedro de las
ramas que operan exclusivamente para el mercado
interno.
El
avance de las empresas mundializadas a costa de las
empresas que sólo actúan en el plano local es muy
significativo. Los segmentos globalizados que
desenvuelven actividades enlazadas con el mercado
mundial (aeronáutica, computadoras, electrónica,
finanzas) han desplazado a las franjas puramente
domésticas. Este viraje produce una fuerte regresión
industrial de los sectores y localidades atados a la
vieja configuración interna. (5)
La
prosperidad de las compañías que actúan en el
exterior se afianza a costa de las empresas que han
quedado fuera de esa carrera. Por esta razón, las
ganancias que receptan el primer tipo de firmas
supera ampliamente al promedio nacional y acapara el
grueso de los beneficios obtenidos durante la era
neoliberal. (6)
La
localización externa de estas compañías y su fuerte
internacionalización productiva tiene un correlato
directo en la mundialización de las finanzas. Los
ingresos financieros que obtienen las entidades a
través de negocios internacionalizados son también
más elevados que las ganancias generadas dentro del
país.
Las
consecuencias de esta segmentación de la economía
sobre el ejercicio del poder imperial son muy
inciertas. Pero es evidente que incentivan un
despliegue más vasto de intervenciones políticas y
militares mundiales, acorde al salto consumado con
la globalización económica. Habrá que ver cuál es la
factibilidad real de estas acciones.
Estados Unidos necesita reafirmar su liderazgo
conduciendo nuevas guerras, cuyos resultados finales
nadie puede anticipar. La instrumentación de estas
sangrías se ha tornado más compleja con la
eliminación de la conscripción obligatoria. Cada
agresión externa exige ahora mayor inventiva,
despliegue ideológico y acción psicológica por parte
del Pentágono. Estas iniciativas son indispensables
para preservar cierta tolerancia popular frente a
estos atropellos y contrarrestar los temores a una
represalia de las víctimas.
Bush introdujo la guerra preventiva para estimular
este alineamiento bélico y utilizó el 11 septiembre,
como un Pearl Harbor de movilización patriótica. Los
especialistas militares complementaron esta
política, incentivado expectativas en la concreción
de guerras electrónicas sin costos humanos. Con
estas fantasías han buscado resucitar el sostén
masivo al belicismo oficial.
Pero en los hechos cada nuevo emprendimiento bélico
potencia las tensiones internas, especialmente entre
los sectores militaristas (interesados en el rédito
bélico de los operativos) y los funcionarios del
establishment económico (que privilegian las
consecuencias sobre los negocios). El primer grupo
se guía por proyecciones geopolíticas y metas de
acrecentamiento del poder estadounidense. El segundo
sector promueve el multilaterialismo y resiste las
acciones que afectan la estabilidad jurídica o la
obtención de beneficios inmediatos.
La
preeminencia de uno u otro grupo siempre ha sido muy
variable. En las últimas décadas los militaristas
impusieron sus prioridades en Medio Oriente (sostén
irrestricto de Israel) y los grupos económicos
ganaron la partida en Asia (privilegio de los
negocios con China). Pero la balanza entre ambos
sectores muta con frecuencia y las posturas en
discordia suscitan fuertes choques políticos.
Cada acción militar desestabiliza, además, las
relaciones norteamericanas con sus aliados de la
tríada. Para ejercer su dominación, la primera
potencia debe recrear un equilibrio entre
competencia y cooperación con sus socios. Buscando
ese balance tolera el desarrollo de fuerzas
militares aliadas, mientras fomenta asociaciones
militares que no cuestionen su jefatura.
El
logro de estos objetivos es muy complejo. Estados
Unidos debe cooptar, comprometer y subordinar a sus
rivales, sin someterlos por completo. Necesita
generar relaciones de aceptación y no de mera
imposición. Debe mantener con sus pares del Primer
Mundo vínculos de coordinación, que difieran
cualitativamente de la dominación impuesta a la
periferia. Este balance entre el suprematismo
(acciones en detrimento de rivales) y el hegemonismo
(iniciativas en cuadro asociado) recrea tensiones
constantes.
Un escenario variable
Estados Unidos ejerce un liderazgo con limitaciones
y no está en condiciones de actuar con patrones
superimperiales de total unilateralidad. Hace valer
su superioridad, sin desbordar los equilibrios que
sostienen su dominación.
Pero el simple ejercicio del poder conduce a la
multiplicación de aventuras con resultados
impredecibles. Nadie puede anticipar cómo y cuándo
estas acciones conducirán a un final tormentoso,
pero esta posibilidad siempre amenaza a una potencia
enredada en brutalidades mayúsculas.
La
propia supremacía ideológica de Estados Unidos es
socavada por esa sucesión de atrocidades. No es lo
mismo administrar periódicamente la violencia que
justificar permanentemente su utilización. La
coerción sistemática tiende a desembocar en
aislamiento e impotencia.
Una
situación de este tipo fue afrontada por la
ideología estadounidense durante la fuerte oleada de
cuestionamientos que signó a los años 70. Esta
crisis fue revertida con la derechización neoliberal
de las últimas décadas, pero un nuevo clima de
insatisfacción afecta nuevamente al americanismo
El
mayor interrogante es el efecto de estos procesos
sobre la propia población estadounidense, que
enfrenta un contexto muy diferente al pasado. Los
réditos económicos ya no se distribuyen en toda la
estructura social y la acción imperial externa
tiende a reforzar la fractura, entre los segmentos
enriquecidos y las masas pauperizadas.
Esta polarización modifica sustancialmente todos los
comportamientos y reacciones. Los pobres, los
desocupados y los excluidos aportan ahora la carne
de cañón requerida por las multinacionales y las
elites de millonarios.
Esta segmentación social socava también la
legitimidad política interna de muchas operaciones.
No hay que olvidar las limitaciones que
tradicionalmente enfrentó un país distanciado del
colonialismo clásico, para utilizar masivamente la
fuerza en guerras internacionales. Cada acción
bélica exige generalizar una motivación especial,
que empuje a la población a aceptar esa cruzada.
El
imperialismo contemporáneo se sostiene, por lo
tanto, en la protección internacional que brinda el
gendarme estadounidense a todas las clases
dominante. El estado norteamericano ha
internacionalizado su actividad y usufructúa de una
ideología americanista, que es compartida por vastos
sectores capitalistas del planeta. Como la primera
potencia garantiza la reproducción mundial del
capital, acumula desequilibrios económicos que
serían inadmisibles para cualquier otro país.
Pero afronta un escenario de limitaciones al
ejercicio de su dominación. Mantiene una
superioridad militar abrumadora, que se desdibuja en
área económico y pierde solvencia en el campo
geopolítico. La capacidad coactiva no implica
consistencia para articular coaliciones, ni consenso
para ejercitar la fuerza.
Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor.
Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).
Ver
también:
-
El imperialismo contemporáneo
-
"El imperialismo del siglo XXI" (Capítulo I – Parte
IV): La teoría clásica del imperialismo
-
"El imperialismo del siglo XXI" (Capítulo I – Parte
III): La teoría clásica del imperialismo
-
"El imperialismo del siglo XXI" (Capítulo I – Parte
II): La teoría clásica del imperialismo
-
"El imperialismo del siglo XXI" (Capítulo I – Parte
I): La teoría clásica del imperialismo
Notas:
1)
Esta caracterización expone: Panitch Leo, "The
state, globalisation and the new imperialism",
Historical Materialism, vol 9, winter 2001.
2)
Esta tesis desarrolla: Anderson Perry, "Fuerza y
consentimiento", New Left Review, n 17,
septiembre-octubre 2002.
3)
Panitch Leo, Gindin Sam, "Capitalismo global e
imperio norteamericano", El nuevo desafío imperial,
Socialist Register 2004, CLACSO, Buenos Aires 2005.
Callinicos Alex, "La teoría marxista y el
imperialismo en nuestros días", Razón y Revolución,
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del imperio", Clarín-Ñ, 15-10-05. Hobsbawm Eric "Un
imperio que no es como los demás", Le Monde
Diplomatique, edición chilena, junio de 2003.
4)
Boron Atilio, "La cuestión del imperialismo". La
teoría marxista hoy, CLACSO, Buenos Aires, 2006.
5)
Un análisis de este cambio en: Halevi Joseph,
Varoufakis Yanis, "The global minotaur", Imperialism
Now, Monthly Review, vol 55, n 3, July-August 2003.
6)
Por ejemplo, en el año 2000 las ganancias de las
filiales en el exterior de Estados Unidos equivalían
al 53% de las ganancias domésticas. Llegaron a esa
cifra a partir de un crecimiento regular que comenzó
con 10% en 1943. Dumenil Gerard, Ley Dominique. El
imperialismo en la era neoliberal. Revista de
Economía crítica n 3, 2005.
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