Discusiones sobre
el declive de Estados Unidos
Por Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)
[02.08.2011]-Actualizado
10:30 am Cuba
Resumen
Los diagnósticos de declinación estadounidense
destacan la regresión monetaria e industrial y
el endeudamiento externo del país. Pero analizan
la economía norteamericana con los mismos
parámetros de cualquier otro país, olvidando el
papel primordial de la primera potencia en la
reproducción del capital global. Esa centralidad
se verifica en la primacía de las finanzas
estadounidenses.
El
dólar ha perdido su reinado mundial, pero
ninguna otra divisas se perfila como
reemplazante y en las situaciones de crisis es
el refugio más apetecido. El endeudamiento
norteamericano es sostenido por varias potencias
exportadoras. Para comprender el rol de una
economía imperial hay que superar la perspectiva
nacional comparativa.
El
retroceso de la industria norteamericana está
compensado por la localización externa de las
firmas. Esta combinación es omitida por la
teoría de la declinación, que también soslaya el
liderazgo tecnológico de Estados Unidos. La
primera potencia lucra con el neoliberalismo y
se ha recompuesto en cada disipación de las
crisis capitalistas.
El
retroceso militar de Estados Unidos no se
verifica. La primera potencia sufrió derrotas,
pero también logró varios éxitos. Hay que
distinguir la envergadura de cada episodio y
registrar el ejercicio cotidiano de la coerción
imperial. Estados Unidos no es un guerrero
solitario, sino que encabeza un dispositivo de
protección colectiva. La omisión de este dato
conduce a observar “sobre-extensiones
territoriales”, donde existen manejos
capitalistas.
El
intento norteamericano de introducir modalidades
de gestión globalizada confirma la
inconveniencia de evaluar su liderazgo con
parámetros comparativos. No se deben confundir
coyunturas con tendencias. Evitar la
subestimación del gendarme es la condición para
derrotarlo.
Muchas teorías de resurgimiento de la rivalidad
inter-imperial se inspiran en diagnósticos de
declinación estadounidense. Consideran que ese
declive modifica drásticamente la configuración
del capitalismo contemporáneo y tiende a reabrir
la competencia por el reparto del mundo. Hay
diagnósticos fuertes y moderados de esa
evolución y distintas caracterizaciones sobre el
retroceso estadounidense.
Los argumentos de la declinación
El
enfoque más corriente remarca la regresión
económica. Destaca que el gigante del Norte
perdió la superioridad de posguerra, ya no
controla el 50% de la industria mundial y no
ejerce un reinado monetario. Señala que la
in-convertibilidad del dólar (1971) acentúo el
deterioro de Estados Unidos frente a Europa o
Japón y estima que esa caída se profundizó en
las últimas dos décadas de ascenso chino.
Resalta la presencia de un generalizado
repliegue de la producción norteamericana, que
incluye desmoronamientos de la productividad,
obsolescencia de la estructura manufacturera y
creciente desindustrialización. (1)
En
el análisis de este estancamiento se hace
hincapié en la pérdida de empleos industriales,
la expansión de los servicios y el déficit
comercial, que son atribuidos a la masiva
importación de bienes anteriormente fabricados
en el país. Este desequilibrio externo es
explicado por una descontrolada inclinación
norteamericana al sobre-consumo, que favorece a
las empresas foráneas. (2)
El
retroceso del dólar es presentado como otro
barómetro del declive. La pérdida de señorazgo
de esa divisa es vista como un proceso
irreversible. Se supone que concluirá con el
reemplazo del billete que reguló durante décadas
las transacciones internacionales, por otras
monedas (euro, yen, yuan) o por la formación de
una canasta de signos sustitutos. (3) Esta
sustitución es también asociada con la
transformación de un viejo acreedor mundial en
el principal deudor contemporáneo. Estados
Unidos es descripto como un agobiado
prestatario, que depende del flujo de capitales
externos para solventar su deuda pública. Esta
atadura –que obliga al país a sostener tasas de
interés atractivas para los adquirientes
foráneos de bonos del tesoro- es identificada
con otras experiencias de declive histórico. Se
recuerda que la sofocación deudora determinó en
el pasado, el fin de la expansión material y el
comienzo de la regresión financiera de todas las
potencias declinantes. (4)
Este retroceso es señalado, a su vez, como el
principal causante de la segmentación
económico-social que soporta Estados Unidos. La
fractura que corroe la movilidad ascendente de
posguerra ya sepulta al modelo de empleo e
ingresos ascendentes, que caracterizó al
fordismo. (5)
El
ritmo de caída del imperio norteamericano
suscita controversias. Algunos autores sostienen
que ese desplome supera ampliamente la
percepción corriente. Consideran que estuvo
enmascarado durante la última década por el
derrumbe del contendiente soviético y por los
artificios de la globalización financiera.
Estiman que una economía depredadora y
dependiente de la exacción de recursos de otros
países tiende al desplome y repetirá la
trayectoria seguida por España durante el siglo
XVII. Esa potencia disimulaba su quiebra con el
oro sustraído del Nuevo Mundo. (6)
Otras visiones son más cautelosas. Reconocen que
Estados Unidos logró posponer su caída, mediante
un paréntesis de “belle époque” gestado durante
el neoliberalismo. El país pudo reorientar los
flujos financieros hacia su propio mercado y
contó con recursos suficientes para doblegar a
la URSS y domesticar al Sur. (7)
Pero este desahogo no alcanzaría y solo
demoraría la decadencia que ya padeció
anteriormente el imperio británico. Ese
antecedente incluyó los mismos giros hacia la
intermediación comercial y el refugio en las
finanzas. Estados Unidos carga, además, con una
orfandad de dominios territoriales, que le
impiden repetir la administración de la
regresión que logró Inglaterra a principios del
siglo XX. (8)
De
estas caracterizaciones surgen contundentes
previsiones sobre el fin del liderazgo
norteamericano, que algunos autores sitúan en
una fecha precisa (año 2025) y otros imaginan en
horizontes más indefinidos. Pero todos convocan
a “desacoplarse” por cualquier vía del desplome
estadounidense. (9)
Singularidades financieras
Las teorías que diagnostican el declive
norteamericano analizan la economía de esa
potencia con los mismos parámetros de cualquier
otro país. No registran las peculiaridades de
una estructura muy singular. Estos rasgos se
forjaron durante la posguerra y se consolidaron
en las últimas décadas de mundialización
neoliberal.
A
diferencia de otros países, Estados Unidos juega
un papel primordial en la reproducción del
capital global. Resulta indispensable tomar en
cuenta este dato, en cualquier evaluación. El
simple contraste de índices de productividad,
endeudamiento o gravitación monetaria del
gigante del Norte con sus rivales olvida esta
particularidad y se limita a extender la teoría
realista de las relaciones internacionales al
campo de la economía. Traza un contrapunto en el
plano industrial, comercial o financiero entre
países desarrollados, suponiendo que compiten en
igualdad de condiciones por la dominación
mundial.
Con esa mirada se supone que Estadios Unidos
pierde posiciones frente a sus rivales,
desconociendo que esa batalla no se desenvuelve
como una confrontación entre pares. Ningún
adversario cumple el rol político-militar que
juega el gendarme imperial, en la preservación
del sistema que defienden todos los
concurrentes.
Una mirada exclusivamente centrada en la
competencia era válida a fines del siglo XIX,
pero no sirve en la actualidad. Se ha consumado
una internacionalización de la economía, un
salto en la asociación mundial de los capitales
y un incremento cualitativo en la gravitación de
las empresas transnacionales que modifican el
viejo escenario. En el contexto vigente, Estados
Unidos ocupa un rol decisivo en la organización
de la economía global.
Esa centralidad es muy evidente en el plano
financiero y por esta razón los teóricos del
declive son más cautelosos en los diagnósticos
de este sector. Reconocen la continuada
preeminencia de los bancos estadounidenses, que
perdura como un factor determinante de la
mundialización contemporánea.
Mediante la expansión de esas entidades se forjó
inicialmente el mercado del euro-dólar que
financió la internacionalización de las empresas
norteamericanas y especialmente su asociación
con las compañías europeas. Esa plaza se
convirtió en el principal antecedente de los
depósitos desregulados y las transacciones
extraterritoriales, que posteriormente forjaron
la mundialización financiera. Los bancos
norteamericanos facilitaron un manejo autónomo
de la liquidez mundial, que apuntaló el
protagonismo de la City londinense.
Cuando las desregulación de esa actividad exigió
mayor incidencia directa de la Reserva Federal,
la centralización de las operaciones se trasladó
a Nueva York. Este giro fue precedido por una
gran depuración de los propios bancos
estadounidenses, que sufrieron un recorte del
36% de sus entidades a fines de los 70 y una
segunda limpieza de gran porte a principios de
90. Este ajuste se enmarcó en una ofensiva
neoliberal que comenzó en Washington, con la
decisión de encarecer la tasa de interés. (10)
Esta gravitación de las finanzas norteamericanas
quedó confirmada durante las últimas dos décadas
por el rol que ha jugado Wall Street (en el
circuito bursátil internacional) y la Reserva
Federal (en la circulación global del capital).
Lo ocurrido en la crisis reciente ha sido muy
ilustrativo de este poderío. Toda la política de
socorro estatal a los bancos implementada a
nivel internacional fue primero definida por los
banqueros estadounidenses, luego asumida por el
gobierno de ese país y finalmente adoptada por
el resto de las potencias.
Esa preeminencia se verifica también en las
negociaciones para reorganizar el sistema
bancario. Estados Unidos le impuso a Alemania y
a Francia la preservación del actual esquema de
finanzas liberalizadas, con algún ajuste
cosmético de los paraísos fiscales. Todo el
reordenamiento de las normas bancarias
internacionales ha quedado a subordinado,
además, al ajuste previo de las entidades
norteamericanas.
El
control sobre las calificadoras, la supervisión
de los fondos buitres, la regulación de los
capitales mínimos y las restricciones al
apalancamiento que se dispongan en Estados
Unidos fijarán la pauta a seguir en todo el
planeta. El modelo de la FED sería primero
adoptado por el FMI y posteriormente exportado
al resto de las naciones. Los tiempos de esta
renovación dependen de las tensiones internas
que afronta la administración de Obama.
La
FED actuó durante la crisis del 2008-2010 como
un Banco Central con influencia mundial y
definió la política predominante de bajísimas
tasas de interés. Japón volvió a exhibir
sometimiento financiero al padrino
estadounidense y el ente rector de las finanzas
europeas fue incapaz de adoptar medidas
significativas. Mantuvo una postura conservadora
y restringió su radio de acción al Viejo
Continente.
La
gravitación de las finanzas norteamericanas
obedece al rol estratégico que continúa
cumpliendo ese sector en la internacionalización
del movimiento de capitales. Esta circulación no
quedó interrumpida por ninguna crisis de las
últimas décadas. Al contrario, cada colapso
bancario vigorizó la globalización de las
finanzas, que impulsan todas las potencias, pero
que asegura Estados Unidos. Este rol de garante
no se verifica sólo observando la localización
del capital. Hay que notar quiénes son los
socios y custodios de los flujos financieros
desperdigados por todo el planeta.
Divisas y endeudamiento
El
lugar del dólar en este proceso es un tema más
controvertido. Es evidente que esa divisa ya no
tiene la supremacía indiscutida de los años 50.
Pero su in-convertibilidad arrastra más de
cuatro décadas y durante ese lapso no se
registró el desplome incontenible de un signo
carente de respaldo real. Predominaron sucesivos
ciclos de ascenso y descenso de esa cotización,
junto a la aparición de varias monedas de mayor
alcance global. Ninguna de estas divisas se ha
perfilado, hasta ahora, como reemplazante del
billete norteamericano.
Lo
ocurrido en la crisis reciente confirmó este
panorama. El dólar se convirtió en el principal
refugio monetario frente al desmoronamiento de
los bancos. En la emergencia, los acaudalados
del planeta optaron por proteger sus ahorros en
esa divisa (en llamativo contraste con el euro).
La moneda del Viejo Continente debió sostenerse
con un anclaje, que el Banco Central Europeo
sostuvo mediante tasas de interés superiores a
las vigentes en Estados Unidos. Esa entidad
actuó con muchas vacilaciones para apuntalar un
signo creado durante la bonanza y sometido a su
primer test de consistencia.
En
la distensión financiera que ha sucedido al pico
del colapso del 2008-09, el dólar ha vuelto a
caer. Esta baja ciertamente refleja la búsqueda
de un equilibrio monetario, que exprese las
nuevas relaciones de fuerza vigentes entre la
primera potencia y el resto del mundo. Estados
Unidos intenta mantener cierta primacía,
manejando una devaluación que le permita reducir
el déficit comercial, sin afectar la afluencia
internacional de capitales. Negocia con sus
rivales estos dos objetivos contradictorios,
mientras que sus competidores intentan aminorar
la gravitación del dólar, evitando su completa
sustitución por otra moneda.
La
tendencia preeminente apunta disminuir la
supremacía monetaria norteamericana, sin
eliminar su gravitación. El euro no se perfila
como reemplazante del dólar, el yen ni siquiera
ambiciona disputar ese rol y el yuan no opera
todavía libremente en los mercados
internacionales. Nadie avala tampoco, un retorno
a las áreas monetarias cerradas de
entre-guerra.
Por esta razón se discute la formación de
distinto tipo de canastas o billetes compartidos
(como los Derechos Especiales de Giro), cuya
viabilidad dependerá del carácter manejable o
descontrolado que asuma la crisis actual. En
general, los rivales buscan nuevas formas de
asociación y no de confrontación (o reemplazo)
de Estados Unidos. (11)
Este interés por preservar la estabilidad del
dólar obedece a un propósito comercial:
continuar la colocación de productos en el
principal mercado del planeta. Mediante la
importación masiva de bienes, la economía
norteamericana mantuvo aceitado el ritmo de
actividad mundial, durante la última década.
Todos los exportadores intentan sostener su
cuota de ventas en Estados Unidos y esa tarea
exige mantener la gravitación del dólar.
En
este contexto hay que analizar la conversión de
Estados Unidos en un gran deudor. Este lugar
puede ser interpretado como un signo de
decadencia y subordinación a los rivales
ascendentes es otro indicio del papel central
que ocupa la primera potencia, en el ciclo
mundial de los negocios.
Existen muchas discusiones sobre la magnitud
real del endeudamiento externo norteamericano y
del costo de su refinanciación externa, a partir
de un déficit comercial que saltó del 1,7%
(1982-97) al 5-6 % del PBI (2003-10). Las
calificadoras han reducido el puntaje de
confiabilidad de la deuda y los republicanos
impulsan la formación de una comisión con plenos
poderes, para monitorear una drástica reducción
del pasivo. Estos datos son ilustrativos del
debilitamiento interno de la economía
norteamericana.
Pero el país mantiene su estratégica importancia
como absorbente de las mercancías excedentes. La
actitud de China durante la crisis reciente
retrató el interés que mantienen las restantes
potencias en el sostenimiento de ese mercado. El
gigante oriental decidió refinanciar el déficit
norteamericano para preservar su corriente de
ventas. La posibilidad de sostener este circuito
es muy dudosa y no resulta fácil continuar
comerciando a puro crédito.
Pero los teóricos de la declinación
norteamericana no logran explicar por qué razón,
los concurrentes de la primera potencia apuestan
al sostenimiento y no a la caída de su rival. A
la hora de observar el endeudamiento externo hay
que notar no solo la posición contable adversa
de Estados Unidos, sino también la función
movilizadora que tiene ese desbalance sobre el
flujo internacional de capitales y mercancías.
Para capturar las tendencias en curso es
necesario reconocer que la economía
norteamericana no se equipara con las restantes.
Las variables en discusión -cotización del
dólar, magnitud del déficit comercial,
envergadura del bache presupuestario- deben ser
analizadas superando la perspectiva
nacional-comparativa. Hay que estudiar esos
indicadores desde una dinámica imperial, que
sitúa a Estados Unidos en el corazón del
capitalismo global.
Internacionalización y segmentación
En
el terreno industrial los datos del retroceso
norteamericano son más contundentes. La
participación del país en la producción
manufacturera mundial se ha reducido año tras
año. Esta caída obedece a la irrupción de los
competidores y a la creciente localización
externa de las firmas estadounidenses.
La
magnitud del retroceso es más discutible, si en
lugar de comparar con lo ocurrido con las nuevas
potencias, se traza un contrapunto con los
viejos rivales de la tríada. En ese contraste,
la tasa de crecimiento de Estados Unidos no ha
sido inferior a Europa o Japón. La productividad
supera a ambas regiones en las ramas más
estratégicas, en el gasto de inversión y
desarrollo y en el promedio de las ganancias.
(12)
Tal como ocurre con las finanzas, la performance
industrial norteamericana no debe ser evaluada
con simples comparaciones internacionales. A
diferencia del pasado, el índice de
internacionalización de las grandes empresas
constituye un dato insoslayable.
Si
una firma estadounidense se traslada a un país
asiático, su producción parece acentuar la
prosperidad de Oriente a costa de Norteamérica.
Pero en realidad, esa compañía remite ganancias
a la nación de origen y forma parte de un
dispositivo fabril globalizado, bajo el comando
estadounidense. Esta mundialización constituye
el cambio más importante de la industria
norteamericana. Las compañías que fabricaban
“made in USA” encabezaron desde fines de los
años 60 un gran salto hacia la inversión externa
directa.
Los teóricos de la declinación reconocen ese
liderazgo, pero consideran que la
internacionalización productiva ha erosionado
indiscriminadamente el poder territorial de
todos los estados. No perciben el carácter
jerarquizado de ese deterioro y el continuado
poder de presión que mantiene el estado
norteamericano, sobre los países que reciben
inversiones de esa metrópoli.
En
la nueva división del trabajo que forjó la
internacionalización productiva, muchas
actividades de mayor relevancia (gerencia,
diseño, investigación, control financiero,
innovación de producto, administración
comercial) han mantenido su vieja localización.
Sólo abaratan costos, transfiriendo a las
filiales la fabricación en masa. Esa producción
sigue las pautas fijadas por una gestión global,
que se diagrama en las casas matrices.
Este proceso constituye una reorganización más
compleja que la simple desindustrialización,
resaltadas por los teóricos de la decadencia
estadounidense. Desconocen que la primera
potencia ha liderado una transformación global
que continúa generando significativos
beneficios. Un indicador de esta tendencia es el
aumento de las ganancias remesadas por las
firmas que operan en el exterior. (13)
Este proceso de internacionalización ha dado
lugar a una creciente segmentación de la
industria norteamericana. Las compañías que
operan a escala globalizada se han expandido y
las firmas que actúan sólo a nivel nacional
sufrieron sucesivos retrocesos. La ampliación
del primer sector genera desequilibrio comercial
y la regresión del segundo acentúa la pobreza y
el desempleo.
Esta misma segmentación explica, a su vez, la
recuperación que tuvieron los sectores
globalizados que trabajan con tecnologías de
punta, especialmente en las actividades de
aeronáutica, informática y electrónica. La
contraparte de esta prosperidad ha sido la
sistemática caída de las ramas que operaban en
torno al mercado interno.
La
escandalosa polarización social que soporta
Estados Unidos constituye un reflejo de esa
fractura económica. La brecha no separa sólo a
las familias enriquecidas de los trabajadores
endeudados. En todo el país se ha producido una
radical transformación entre zonas que
mantuvieron su nivel de actividad y regiones que
colapsaron por la reorganización capitalista.
Basta recordar que en plena crisis del 2008-2010
continuaron floreciendo las ganancias de las
empresas con fuerte localización externa, para
mensurar la dimensión de esa reconversión.
Esta reorganización expresa la compleja y
contradictoria situación que ha creado la
internacionalización de la industria
norteamericana. Esta transformación es omitida
por los análisis que enfatizan la declinación.
Observan la reestructuración como una prueba del
declive, soslayando el análisis de la
mundialización en curso.
Esos enfoques enfrentan un escollo
particularmente duro a la hora de explicar el
liderazgo norteamericano, en las nuevas
tecnologías de la información. Este comando es
indiscutible en cualquier esfera de la
computación, las redes, la microelectrónica, los
chips, el hardware o el software. Esta
supremacía obedeció en su origen a la estrecha
conexión del sector con la experimentación
militar. Existen numerosas controversias sobre
el impacto de la revolución tecnológica actual
en la productividad de las empresas, aunque el
paso del tiempo tiende a confirmar la presencia
de un giro radical.
Pero lo incuestionable es la incidencia
dominante de Estados Unidos en ese proceso y
este liderazgo en la innovación contrasta con el
postulado de la declinación. En la historia del
capitalismo los países que encabezaron
revoluciones tecnológicas mantuvieron lugares
preponderantes en la jerarquía internacional.
Algunos partidarios de la teoría del declive
aceptan el carácter sinuoso del retroceso
norteamericano. Comparan el respiro logrado por
el país bajo el neoliberalismo, con el
interregno que pospuso la decadencia británica a
principios del siglo XX.
Pero la restauración del poder estadounidense no
ha sido tan puntual. Desde los años 70 esa
recomposición ha irrumpido en varias
oportunidades, al cabo de severas crisis. Se
observó después de la derrota de Vietnam y luego
del desplome de la URSS. Cada vez que el
capitalismo global logró emerger de una
coyuntura crítica, se observó esa restauración
estadounidense.
Los teóricos del declive simplemente presentan
esa recomposición como un dato secundario e
incluso sugieren que Estados Unidos se perfila
en el largo plazo, como uno de los perdedores de
la era neoliberal. Olvidan cómo ha usufructuado
de la ofensiva del capital, la potencia que
concibió, gestó y consumó esa agresión.
Las previsiones de caída norteamericana con
fecha precisa son mucho más discutibles. Situar
este desplome en el 2015, 2025 o 2050 es un
dudoso ejercicio de futurología, que omite
estudiar cómo la mundialización ha modificado la
secuencia tradicional de sustituciones
hegemónicas.
¿Pérdida del poder militar?
Existe otra caracterización más contra-intuitiva
del declive norteamericano. Destaca que la
primera potencia no sufre sólo regresión
económica, sino también impotencia militar.
Considera que el gendarme afronta desde hace
varias décadas una secuencia de derrotas bélica,
que comenzaron con la retirada de Vietnam y
culminaron con el fracaso de Irak. La primera
adversidad marcó el inicio de la caída (“crisis
señal”) y el último podría implicar el jaque
mate del imperio (“crisis terminal”). (14)
Esta evaluación supone que los últimos cuarenta
años han estado signados por continuadas
frustraciones del Pentágono, tanto en guerras
parciales (Nicaragua, Camboya, Angola,
Afganistán), como en operativos contra blancos
insignificantes (Granada, Panamá). Este mismo
resultado adverso es atribuido a las acciones de
hostigamiento aéreo (Libia en los 80), a las
incursiones contra enemigos puntuales (Somalia)
y a las misiones de coerción policial (Kosovo,
Yugoslavia). Este balance deduce que los
tropiezos yanquis facilitaron los desafíos
tercermundistas (encarecimiento del petróleo) y
las insolencias de Irán e Irak. (15)
Este enfoque considera que todas las reacciones
estadounidenses afianzaron su debilidad.
Sostiene que la primera potencia sólo obtuvo
victorias contra adversarios irrisorios. Estima
que esa elección de enemigos insignificantes
ilustra el temor del Pentágono a confrontar con
países de mayor porte. Esa cobardía es vista
como un inequívoco síntoma de decadencia. (16)
Esta caracterización presupone que el síndrome
creado por Vietnam continúa condicionando una
postura débil del imperialismo norteamericano.
Se supone que esta fragilidad no habría
encontrado ningún contrapeso significativo en el
último cuarto de siglo. Se estima que ni
siquiera la caída de la Unión Soviética,
revirtió la regresión militar de Estados Unidos.
(17)
¿Pero se puede resumir la compleja relación de
fuerzas de las últimas cuatro décadas en un
sencillo veredicto de “derrotas
norteamericanas”? ¿Ha estado marcado este
período por invariables fracasos del Pentágono?
El carácter unilateral de esta evaluación salta
a la vista.
Tanto en la posguerra como en el período
neoliberal, el imperialismo norteamericano
soportó contundentes derrotas y logró
significativas victorias. Los fracasos sufridos
en Vietnam o Cuba coexistieron con los éxitos
obtenidos en República Dominicana, Guatemala o
Panamá. Entre ambos polos se verificó una amplia
variedad de resultados mixtos.
Es
erróneo colocar en una misma bolsa a situaciones
tan diferenciadas. Los marines arrasaron a
Granada, pero debieron escaparse de Somalia. En
algunos operativos impusieron su agenda de
ocupación y en otros no pudieron estabilizar
títeres confiables.
Cuando esa multiplicidad de resultados se reduce
a un restrictivo concepto de “fracaso general”,
la conclusión implícita es el triunfalismo
ingenuo. Esa sensación no se corresponde con la
ofensiva neoliberal de las últimas dos décadas.
Considerar que el derrumbe de la URSS acentuó el
debilitamiento militar estadounidense es el
corolario más extremo de ese razonamiento. Se
pueden trazar muchos balances de la guerra fría
y subrayar acertadamente que el “campo
socialista” se derrumbó más por implosión
interna, que por presión bélica externa. Pero no
tiene ningún sentido presentar ese
desmoronamiento, como una adversidad para
Estados Unidos. Es evidente que constituyó
exactamente lo contrario y que le brindó al
imperialismo oxígeno requerido para implementar
la ofensiva neoliberal.
Es
importante reconocer que el desmoronamiento del
principal adversario de la segunda mitad del
siglo XX, tiene más envergadura que los
tropiezos en Somalia. Al colocar en pie de
igualdad acontecimientos de dimensiones tan
divergentes, se abre el camino para la
arbitrariedad.
Conviene no descalificar las operaciones que
desarrolla el Pentágono con adjetivos menores. A
través de esas acciones se concreta el rol de
custodio cotidiano, que ejerce el imperialismo a
escala mundial. Mediante el despacho de marines
hacia pequeños lugares desestabilizados, Estados
Unidos cumple el papel de gendarme que le han
delegado las clases dominantes del planeta.
Las guerras imperialistas contra los pueblos
indefensos siempre han seguido ese patrón de
inequidad. En ese desparpajo se basa el
ejercicio de la coerción. Estas acciones
deberían incentivar la denuncia y no miradas
épicas o morales que sugieren grandes
fragilidades del opresor.
El
principal test de la fortaleza o debilidad de
una potencia no se verifica en las peripecias
menores, sino en los desafíos de gran alcance.
La pregunta eludida por los teóricos del fracaso
militar es la ausencia de confrontaciones de
peso con la primera potencia. Si Estados Unidos
tiende a ser pulverizado en cualquier campo de
batalla: ¿Por qué nadie aprovecha esta
impotencia para desplazarlo?
Al
evitar este interrogante básico, se puede
presentar la extensa trayectoria que ha
recorrido el capitalismo contemporáneo desde
Vietnam a Irak, como una sucesión de desplomes
militares estadounidenses. Lo que no se explica
es por qué razón preserva su liderazgo bélico.
El
retrato de sucesivas caídas del Pentágono da
lugar a ese curioso resultado. Al cabo de cuatro
décadas de invariables fallidos, Estados Unidos
monopoliza la mitad de gasto bélico
internacional, mantiene su red de bases
militares, controla la OTAN y supervisa la
proliferación atómica.
¿Aislamiento o asociación?
La
sesgada óptica centrada en los fracasos
norteamericanos se extiende al balance de Irak.
Este operativo es presentado como una derrota
militar superior a Vietnam. Se remarcan los
aciertos que logró una resistencia con un
armamento y experiencia guerrillera inferior al
Vietcong y se resalta la impotencia de las
tropas invasoras. (18)
Pero hasta ahora el resultado de esta incursión
es mucho más incierto y el desenlace final
permanece abierto. A un costo humano
incalculable, los marines han creado en Irak una
situación de desangre interno, que les permite
permanecer en el país.
Una diferencia importante con Vietnam radica en
la profesionalización de las tropas y el uso
masivo de mercenarios. Esas modalidades acentúan
la descomposición interna de los invasores, pero
han evitado las protestas contra la guerra que
imponía la conscripción obligatoria en los años
70. Este cambio le aportó a la comandancia
yanqui un alivio político que no tenía el
generalato anterior.
Al
soslayar estos datos se tiende a vislumbrar a
Estados Unidos como una superpotencia solitaria,
carente del poder y los medios que se utilizaban
en el pasado. Se supone que la influencia
internacional norteamericana ha caído, junto al
deterioro de los contingentes terrestres, que se
necesitan para ejercer el mando mundial. (19)
Pero ese aislamiento no se ha verificado en los
principales operativos de las últimas dos
décadas. Estados Unidos forjó coaliciones para
invadir regiones estratégicas con el concurso de
la ONU (Golfo), aprovechó el implícito aval de
sus socios para acciones unilaterales (Irak),
contó con financiación y tropas externas para
ampliar agresiones (Afganistán) y sustituyó a
sus aliados en las intervenciones complejas
(Balcanes).
El
imperialismo no ha dado ningún paso
significativo sin el visto bueno (o por lo menos
la resignación) de sus socios. Es cierto que
resurgen las tensiones con Rusia y con China,
pero estas hipótesis están referidas al futuro.
En el balance de lo ya ocurrido, no se observa
ningún atisbo de soledad. Estados Unidos actúa
al frente de una coalición de la triada, que se
mantiene sin cambios.
En
algunos trabajos se argumenta que la primera
potencia ya no logra financiar sus guerras. A
diferencia de su antecesor británico carece de
una colonia para extraer riquezas (como era la
India) y depende de préstamos internacionales
para sostener su aparato bélico. (20)
Pero este apuntalamiento del resto del mundo
ilustra el interés global que existe en el
sostenimiento del gendarme yanqui. El Pentágono
no desenvuelve solo guerras hegemónicas (como
Inglaterra), al servicio exclusivo de su propia
burguesía. Cumple un rol protector del sistema
internacional de dominación. Si se omite esta
diferencia, resulta imposible comprender la
lógica de la política militar estadounidense.
Esa orientación no está guiada sólo por los
intereses de una potencia, sino por los
propósitos más colectivos del capitalismo
mundial.
Este cambio es ignorado por quiénes razonan las
hipótesis bélicas del futuro con los criterios
de guerras inter-imperialistas. Con esa mirada
suponen que Estados Unidos compensa la
fragilidad económica con la expansión del poder
militar, repitiendo un recurso de supervivencia
utilizados por los imperios decadentes. (21)
Este enfoque conduce a estudiar en detalle
cuáles son los recursos en disputa en cada
incursión, perdiendo de vista la dominación
colectiva que reafirman esas operaciones.
Siempre hay reyertas por petróleo, minería o
agua. Pero en la actualidad prevalece un tipo de
unanimidad imperial, que no existía al principio
del siglo XX.
Las dificultades para registrar este viraje
conducen a vislumbrar a Estados Unidos como una
potencia decadente, que abusa de
“sobre-extensiones territoriales” para
administrar su imperio. Ese
sobredimensionamiento recrea las aventuras
militares fallidas. (22)
¿Pero cómo se mide una “sobre-extensión
imperial”? Este concepto supone que existe un
radio de dominación manejable y otro que
desborda las posibilidades de control. El
conflicto es situado en el pasaje de la primera
situación a la segunda, olvidando que el
imperialismo capitalista contemporáneo no
presenta contornos geográficos tan precisos.
Estados Unidos domina a través de inversiones,
asociaciones y empresas transnacionales. No
gestiona un imperio territorial como Roma, sino
que actúa en un mapa de 200 países formalmente
soberanos.
En
esa estructura no hay forma de discernir
“sobre-extensiones”, puesto que la acumulación
sigue un patrón de ampliación ilimitada. Lo
mismo ocurre con el sistema de bases militares
que el Pentágono mantiene en todo el planeta.
Este dispositivo permite una gestión imperial
colectiva, que no sigue normas territoriales de
adecuaciones y desbordes. El mantenimiento de
esa red bélica no es un hecho desafortunado para
Estados Unidos. Implica mayores costos y
riesgos, pero asegura todos los beneficios de
ejercer el comando imperialista.
No
subestimar al gendarme
Los teóricos de la declinación norteamericana
atribuyen la debilidad militar de la primera
potencia al impacto generado por numerosos
fracasos políticos. Consideran que durante
décadas Estados Unidos contuvo al bloque
socialista, domesticó al nacionalismo y manejó
el equilibrio nuclear, pero sin gestar proyectos
políticos duraderos. Esta limitación se reflejó
en la imposibilidad de forjar el estado mundial
bajo dirección norteamericano, que concibió
Roosevelt e intentó implementar de Truman. (23)
Pero con esta caracterización se reconoce que la
intención imperial estadounidense difiere de
todos los liderazgos anteriores. Gran Bretaña,
Francia, Holanda o Japón sólo ambicionaban
ampliar sus territorios y recursos a costa de
sus rivales. No aspiraban a forjar ningún tipo
de entidad planetaria. Comprender esta
peculiaridad es vital para superar los simples
contrastes nacionales, entre grados de
supremacía y decadencia. Ese contrapunto no
puede establecerse en forma tan directa en la
actualidad.
En
lugar de conquistar el planeta para su
usufructo, Estados Unidos ha buscado erigir una
forma de gestión imperial a escala mundial. Por
eso intenta asociar a otras potencias a este
proyecto, mediante mecanismos de imperialismo
colectivo. En vez de indagar cómo funciona esa
sociedad, la tesis de la decadencia continúa
indagando comparaciones entre contendientes.
Es
muy dudoso que la elite dirigente norteamericana
haya intentado en algún momento la concreción de
un gobierno mundial. Semejante administración es
difícil de imaginar, sin un estado global. Pero
no cabe duda, que auspició incontables
modalidades intermedias de gestión globalizada
en el plano económico (FMI), militar (ONU) y
político (Triada). El énfasis en la decadencia
no clarifica la marcha de este objetivo
prioritario.
Ese enfoque estudia la regresión imperial,
analizando las conductas mafiosas que adopta
Estados Unidos para contrapesar sus fracasos
militares. Se estima que ese comportamiento le
permite extorsionar a sus aliados de la tríada.
(24)
Europa y Japón han sostenido las agresiones
norteamericanas por su propio interés y no por
mera debilidad frente a un chantajista.
Necesitan el apoyo de la primera potencia para
su propia supervivencia. La geopolítica imperial
efectivamente incluye patrones de
extorsionador-extorsionado, puesto que ordena
las relaciones entre estados. Pero la existencia
de chantajes en esos vínculos no clarifica
ninguna modalidad imperial específica.
Algunos teóricos de la declinación imaginan
escenarios de caos y anarquía. Prevén varias
décadas de colapso y un sinnúmero de estallidos,
hasta que las potencias sustitutivas de Estados
Unidos estabilicen un nuevo sistema mundo. (25)
Pero esa ausencia de equilibrios es un dato
intrínseco del desarrollo capitalista y su
agravamiento depende del nivel de las
resistencias sociales y de las tensiones
internas que afronten las clases dominantes.
Estos elementos operan en forma inter-relacionada,
determinando escenarios más volcánicos o más
apacibles. El grado de conmoción que suscitan no
depende de la decadencia de una potencia
hegemónica.
En
las últimas décadas se han sucedido coyunturas
explosivas y controlables, en estricta
correspondencia con las crisis económicas, la
pujanza de la lucha popular y la falta de
cohesión por arriba. El capitalismo recrea en
forma periódica estos desequilibrios, más allá
del destino declinante entrevisto para Estados
Unidos.
La
teoría del declive genera obsesiones por
dilucidar el ritmo de la caída. Pero este tipo
de profecías son más familiares a las creencias,
que a la reflexión historiográfica. Sintonizan
con los pronósticos del “mundo
post-estadounidense”, que irrumpen en los
momentos de calma y desaparecen en los picos de
las crisis.
Los analistas de la decadencia buscan
confirmaciones de su tesis en cualquier área de
la vida social. Estiman por ejemplo, que la
hegemonía cultural estadounidense perdió fuerza
en las últimas décadas y consideran que el
refinamiento de Nueva York y los patrones de
comportamiento de Hollywood tienden a declinar.
(26)
Pero esta hipótesis choca con el indiscutible
impacto global del americanismo y la continuada
gravitación de la ideología y las costumbres que
exporta Estados Unidos. Los razonamientos
centrados en el declive confunden coyunturas con
tendencias. Por eso presentaron el mandato de
Bush como un punto culminante caída yanqui.
Identificaron la reacción belicista de los
neo-conservadores con conductas desesperadas de
un tigre acorralado por el shock del 11 de
septiembre. (27)
Estas impresiones quedaron rápidamente
desactualizadas con la euforia mediática que
rodeó al ascenso de Obama. Los mismos
periodistas que remarcaban la agonía de Estados
Unidos resaltaron los atributos del nuevo
presidente para restaurar el sueño americano. En
este sube y baja, el fin del imperio y su
resurrección continúan alternándose con
sorprendente velocidad, demostrando cuán
inconveniente es deducir un curso de largo plazo
de las circunstancias que rodean a cada
presidente.
Para evitar ese vaivén anímico conviene invertir
la problemática de la declinación norteamericana
y explicar lo contrario: la continuada primacía
de una potencia, que ejerce la custodia del
capitalismo global. Reconocer esa gravitación es
indispensable para encontrar estrategias, que
permitan enfrentar y derrotar al principal
opresor del planeta.
Claudio Katz es economista, Investigador,
Profesor. Miembro del EDI (Economistas de
Izquierda).
Notas:
1) Arrighi, Giovanni.
“Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review,
no. 32, March/April 2005.
2)
Johnson Chalmers, “El significado del
imperialismo”, www.prodavinci.com, 27-1-09.
3)
Wallerstein Immanuel, “¿De quién es el siglo XXI?”,
Página 12, 26-7-06.
4) Sutcliffe Bob,
“Imperialism Old and New”, Historical
Materialism, vol 14.4, 2006.
5)
Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y
movimientos anti-sistémicos: un análisis de
sistemas- mundo, 2004, Akal, Madrid, (cap 26)
6)
Todd Emmanuel, “El ilusorio poder ilimitado de
EEUU”, La Hoja Latinoamericana rodelu.net
5-1-2004.
7) Arrighi Giovanni, Adam
Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid, (cap 5 y 6)
8) Arrighi, Giovanni.
“Hegemony Unravelling”, Part II, no. 33,
May/June 2005.
9)
Wallerstein Immanuel, “El tigre acorralado”,
Página 12, 14-9-06. Arrighi Giovanni, “Conceptos
fundamentales para comprender el capitalismo
actual”, Herramienta n 38, junio 2008.
10) Ver: Panitch Leo, Leys Colin, “Las finanzas
y el imperio norteamericano”, El Imperio
Recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005
11) Ver: Rude Christopher. “El rol de la
disciplina en la estrategia imperial. El Imperio
Recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005.
12) Ver: Pantich Leo, Gindin Sam, “Rethinking
crisis”, Monthly Review 54, November 2002.
13) Este tipo de ganancias pasaron del 22%
(1999) al 49% del total de los beneficios
(2008). Ver: Caputo Orlando, “La crisis actual
de la economía mundial: una nueva interpretación
teórica e histórica”, XI Encuentro Internacional
sobre Globalización y problemas del Desarrollo,
La Habana, 2-6 marzo 2009.
14) Arrighi, Giovanni.
“Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review,
no. 32, March/April 2005
15) Arrighi, Giovanni.
“Hegemony Unravelling”, Part II, no. 33,
May/June 2005.
16) Todd Emmanuel “El ilusorio poder ilimitado
de EEUU”- La Hoja Latinoamericana rodelu.net
5-1-2004. Todd Emmanuel Después del Imperio,
Foca, 2003.
17) Vasapollo Luciano. “Imperialismo y
competencia global”.
Laberinto n 18, segundo cuatrimestre 2005
18) Arrighi, Giovanni,
“Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review,
no. 32, March/April 2005. También:
Wallerstein Immanuel, “América Latina puede
contar más en la nueva geopolítica mundial”,
Clarín, 23-9-07.
19) Arrighi Giovanni, Adam
Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid, (cap 6).
Wallerstein Immanuel. “¿De quién es el
siglo XXI?”, Página 12, 26-7-06
20) Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal,
2007, Madrid.(cap 6 y 9)
21) Foster John Bellamy, “The
new age of imperialism”, Imperialism Now,
Monthly Review, vol 55, n 3, July-august 2003.
Foster John Bellamy, “The new geopolitics of
Empire”, Monthly Review, vol 57, n 8, January
2006.
22) Wallerstein Immanuel. “América Latina puede
contar más en la nueva geopolítica mundial”.
Clarín, 23-9-07-Johnson Chalmers, “El
significado del imperialismo”,
www.prodavinci.com, 27-1-09
23) Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal,
2007, Madrid.(cap 6 y 9)
24) Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal,
2007, Madrid.(cap 9).
25) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y
movimientos anti-sistémicos: un análisis de
sistemas – mundo, 2004, Akal, Madrid. (cap 28)
26) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y
movimientos anti-sistémicos: un análisis de
sistemas – mundo, 2004, Akal, Madrid. (cap 32).
27) Wallerstein Immanuel. “El águila se estrelló
al aterrizar” Página 12 17-10-05. Wallerstein
Immanuel. “¿De quién es el siglo XXI?”. Página
12 26-7-06. Wallerstein Immanuel. “El tigre
acorralado”. Página 12 14-9-06.
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