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Las modas de la lengua
y los debates necesarios
Por Julio C. Gambina
[30.07.2011]-Actualizado
11:30 pm Cuba
Existe
una moda que se extiende y deforma el debate de
ideas. Remito a las designaciones de fenómenos que
siendo globales se presentan focal, o singularmente.
Así la crisis económica mexicana en 1994 terminó
siendo el “efecto tequila”, la de Brasil en 1998 el
“efecto samba” y nuestro 2001, el “efecto tango”,
escamoteando que los tres eran parte de un proceso
de crisis que incluyó la recesión estadounidense del
2001, la larga depresión japonesa de los 90´, la
crisis europea asociada a la absorción del este
socialista, y en definitiva, la crisis de la
economía mundial explicitada desde el 2007/08 y que
aún continúa. Algo parecido ocurre con la
denominación singular de fenómenos naturales, como
el huracán Katrina, el Michele, el Lili, u otros con
nombres propios, desarticulados de una denominación
asociada a la crisis ambiental, o más precisamente,
a los efectos sobre el ambiente del modelo
productivo y de desarrollo, es decir, del patrón
productivo y de consumo generalizado en el ámbito
mundial.
Es el
caso de la designación de la “enfermedad holandesa”,
algo que ocurre ante la existencia de un recurso
natural que se privilegia en la producción de un
país, constituido en ventaja comparativa, y termina
desplazando otras producciones, que pierden
competitividad relativa. El fenómeno se asocia al
ingreso de recursos cuantiosos por esas
exportaciones, que incide sobre la política
monetaria, cambiaria y en definitiva sobre los
precios, la inflación y la calidad de vida.
Algo
así como una ventaja que se constituye en
desventaja, lo que podría ser un símil con aquellos
teóricos que condenaban a los países ricos en
recursos naturales y condiciones climáticas y
ambientales favorable a la sempiterna vagancia, el
ocio y el atraso. La conclusión por oposición es que
resulta más adecuada una escasa dotación de
ventajas, para promover el desarrollo esforzado de
la creatividad transformadora del trabajo humano.
Ni
tanto ni tan poco. No está escrito que una
importante capacidad productiva derivada de la
dotación de recursos naturales con aditamento de
importante valor agregado agroindustrial (semillas,
herbicidas, tecnología para siembra y cosecha) se
convierta en una maldición, o si se quiere, en una
bendición para pocos que usufructúan esa situación.
Así,
las modas para designar fenómenos generan un debate
que puede esconder la discusión de fondo,
estructural, la relativa al modelo productivo, y que
motiva muchas de nuestras reflexiones sobre la
coyuntura de la Argentina y nuestramérica. En rigor,
no solo se trata de la producción primaria en el
campo, sino extensible a la mega minería a cielo
abierto, o a la producción industrial destinada al
mercado mundial.
La
“enfermedad” en la Argentina
Mucho
se discute sobre la “enfermedad holandesa” y se
buscan las similitudes para cada país especializado
como productor de bienes primarios. Con relación a
la Argentina la cuestión se asocia con la tendencia
al crecimiento de la producción y exportación de
soja, lo que supone aludir a dos recursos naturales
que actúan como insumos, la tierra y el agua
necesarias para la producción de la oleaginosa. Con
cada tonelada de granos u oleaginosas se exportan
nutrientes de la tierra y agua que afectan la
capacidad de reproducción a futuro de la propia
ventaja comparativa. Hay quienes dicen que para el
caso de nuestra producción agraria se trata de una
materia prima renovable, contario a lo que ocurre
con el petróleo o el oro, entre otros productos no
renovables. El error de esta concepción es no
incluir la tierra o el agua, imprescindibles para el
proceso productivo y uno de los problemas centrales
de países que disputan la apropiación de esos
recursos escasos.
El
país está creciendo en buena parte con el aporte de
la producción agraria, especialmente de la soja,
contribuyendo la oleaginosa en más de la mitad de
las cosechas record, superadas año tras año, tras
una demanda mundial en expansión, donde los precios
no terminan de crecer.
Es un
proceso simultáneo al flagelo del hambre en el
mundo, que involucra según la FAO a 1.020 millones
de personas hacia fines del 2009. La política
económica en la Argentina intenta frenar el impacto
de la “enfermedad” vía retenciones (derechos de
exportación). Es un proceso que satisface el
análisis de quienes discuten el fenómeno, tal como
ocurrió en torno al conflicto por la Resolución 125
en el 2008.
La
discusión se concentraba en la apropiación de la
renta, si en manos de los involucrados directamente
en la producción y exportación, o si compartida por
el Estado, sea cual sea el destino de esos recursos
fiscales. Ni entonces ni ahora se polemiza sobre el
modelo productivo, es decir, sobre el orden
económico social que genera el cómo y el que de la
producción en el campo. No es lo mismo producir
agricultura para sustituir energía, que hacerlo para
satisfacer necesidades alimentarias. Del mismo modo,
no resulta idéntico producir para engordar animales
en la perspectiva del cambio de la dieta alimentaria
de algunas poblaciones, que hacerlo para satisfacer
necesidades de consumo de alimentos de la población
local o regional. Son alternativas que asume la
organización de la producción en una sociedad o
país.
Es por
eso, que no se trata solo de discutir la “enfermedad
holandesa”, como desgracia por la recepción de
cuantiosas cantidades de divisas, sino de pensar en
las formas que asume la producción alimentaria,
especialmente en nuestro país, históricamente
asociado a territorio con ventajas comparativas para
la producción de alimentos.
Alguna
vez se pensó en el “granero del mundo”, concepción
asociada al desarrollo de un extenso mercado
interno, con capacidad de consumo de trabajadores y
población del campo, especialmente de trabajadores
rurales, pequeños productores y chacareros que
exigían en primer lugar la distribución de la tierra
para una producción extendida de la agricultura
familiar, pequeña y mediana, en muchos casos
organizada en cooperativas. La realidad de
organización productiva contemporánea resulta
diferente. No solo que el pequeño propietario
privilegia la renta de su parcela, entregada en
alquiler al mejor inversor local o global, si no que
se destruye una cultura transmitida por generaciones
de producción diversificada con efectos desastrosos
en una perspectiva de “soberanía alimentaria”.
Discutir la competitividad
Para
poder profundizar en la discusión por
“competitividad”, es necesario que ampliemos el
horizonte a la calidad competitiva de la economía
local, es más, a la necesidad de analizar la
utilidad del concepto. ¿Por qué? El asunto que la
convertibilidad (91-01) desarticuló la competencia
global de la producción local; y la devaluación con
pesificación asimétrica (Duhalde y Remes Lenicov)
logró la recuperación de una capacidad instalada
industrial de tecnología no competitiva en el ámbito
mundial, proceso favorecido con bajos salarios hasta
el 2005/07, que convenios colectivos mediante,
generaron nuevas rondas de disputa por el ingreso,
que se proyectan al presente como conflictividad.
La
realidad es que la Argentina tiene un sector
productivo moderno, equiparable a las necesidades de
competencia del capitalismo mundial, tanto en el
agro como en la industria, y un sector atrasado
tecnológicamente que solo puede funcionar con
retroceso de los ingresos salariales o subsidios
explícitos del Estado, que es una forma regresiva de
distribución secundaria del ingreso. Es justo
agregar, que ese sector moderno es principalmente
extranjero, transnacional y que además de consolidar
la dependencia tecnológica, económica y financiera
es una causa permanente de salida de capitales.
Solo
para el primer trimestre del 2011, el INDEC destaca
la remisión de utilidades al exterior por 1.700
millones de dólares, que sumados a los pagos de
intereses suman 2.500 millones de dólares, el
equivalente del ingreso de recursos por el comercio
exterior.
Más
que discutir las similitudes con otros procesos de
concentración productivo en tal o cual proceso
agrario o industrial, resulta imprescindible
considerar, en un momento de crisis de la economía
mundial, cuál es el lugar de nuestro país y nuestra
región en la división internacional del trabajo. El
mundo tal y como es hoy, con su demanda productiva
incluida, puede cambiar sustancialmente ante un
recrudecimiento de la crisis en EEUU, nada insólito
si se consideran las dificultades políticas del
gobierno Obama para resolver el financiamiento de su
déficit fiscal. Es que una crisis en el norte
desarrollado incidirá directamente en uno de
nuestros principales compradores de soja: China.
Quienes consideran al mundo como una foto, deben
intentar mirar más el proceso como si fuera un
película, con un argumento que se despliega con
varias incógnitas, entre ellas la capacidad de
producción y de proveedor de bienes derivados de
recursos naturales que tiene la Argentina.
(Tomado del blog de Julio C. Gambina) |