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Apuntes sobre la pobreza
Por Marcelo Colussi
[21.08.2011]-Actualizado
11:30 am Cuba
“Para
los de arriba hablar de comida es una pérdida de
tiempo. Y se comprende, porque ya han comido”.
Bertolt Brecht
I
Acometer el tema de la pobreza es particularmente
difícil. Lo es por varios motivos. Por un lado,
porque es muy complejo determinar claramente sus
causas, el proceso que la instaura, su dinámica
general. Pero por otro, porque es infinitamente más
dificultoso encontrarle soluciones concretas.
Indicando rápidamente, quizá como primera
aproximación, que identificamos pobreza con
carencias materiales, con falta de recursos, podría
decirse que la historia misma de la Humanidad es una
constante lucha contra este fantasma. El puesto del
ser humano en el mundo no está asegurado de
antemano; su realización es una permanente búsqueda
de la satisfacción de necesidades básicas que le
permiten sobrevivir, búsqueda que, a inicios del
siglo XXI y con todo el potencial técnico que se ha
llegado a acumular, no termina nunca de colmarse.
Hoy día se produce entre un 40 y un 50 % más del
alimento necesario para nutrir a toda la población
mundial, pero el hambre sigue siendo la principal
causa de muerte de nuestra especie, mientras que la
actividad más dinámica, que conlleva las más altas
cuotas de inteligencia incorporada y genera la mayor
ganancia, es ¡la producción de armas!
De
todos modos, la idea de pobreza no está
especialmente ligada a ese estado originario de
carencia que debe ser satisfecho día a día. Un
pueblo determinado, en cualquier momento de su
historia, simplemente debe cumplir con el colmado de
esos satisfactores para seguir manteniéndose como
unidad, con la tecnología que dispone según su grado
de desarrollo (paleolítico, agricultura de
subsistencia, sociedades post industriales, etc.).
En esa tarea cotidiana, independientemente de su
capacidad productiva, no se siente “pobre”. La
noción de pobreza aparece cuando hay puntos de
comparación: una sociedad es pobre con respecto a
otra vista como rica, una clase social es una u otra
cosa relativamente a otra, así como lo puede ser un
individuo, sólo en parangón con otro -un anacoreta,
aunque desnudo, puede ser infinitamente rico,
comparada su vida espiritual con la de otro, un
ciudadano urbano “estresado” por sus deudas,
digamos-. La pobreza habla, en todo caso, no de la
cantidad de medios de sobrevivencia sino del modo de
su apropiación, de su distribución social.
El
jefe de una tribu bosquimana es pobre puesto en la
bolsa de valores de New York, pero no lo es en su
contexto originario: allí es el jefe. Seguramente
hoy la vida de un trabajador término medio de
cualquier país industrializado es más rica en cuanto
a acceso a bienes materiales en relación a lo que
puede haber sido la de un faraón egipcio, o la de un
Inca del Tahuantinsuyo. Pero hay una diferencia
sustancial entre la vida del ciudadano actual y la
de un monarca.
Con
todo esto, entonces, queremos situar la idea de
pobreza -y por tanto su contrario: la riqueza- en
tanto productos históricos, sociales. Un monarca, un
jefe, el sacerdote supremo de la tribu, etc.,
dispone de una cuota de poder definitivamente
superior a la de un asalariado moderno con acceso al
confort material generado por la industria de estos
últimos 100 años, el cual no deja de ser, pese a
todos los bienes materiales, más pobre en términos
de relación política. Sería tonto quizá preguntar
cuál es más rico o cuál más pobre. En todo caso esto
nos ilustra, una vez más, de lo complejo del tema.
La reina Isabel la Católica, en el poderoso reino
español de fines del siglo XV e inicios del XVI,
estuvo ocho años con la misma blusa como promesa
hasta que se venciera a los moros. ¿Alguien osaría
decir que era una pobre diabla mugrienta?
II
Hacer
una lectura histórica del concepto de pobreza lleva
a una exégesis que, además de no ser el objetivo de
este breve artículo, implicaría un recorrido
monumental por la historia humana. Recorrido que
debería tomar en cuenta los distintos momentos
habidos en relación al desarrollo de la capacidad
productiva, y a la forma en que el producto de esa
capacidad fue repartido socialmente.
Pobres
ha habido siempre, dice una visión simplista de las
cosas. ¿Pero desde cuándo es posible comenzar a
encontrarlos como tales en la historia? En la época
de las cavernas nada podría autorizar a verlos como
realidad social concreta. En todo caso, ante ese
paso trascendental que significa la humanización de
algunos monos, más bien deberíamos ver una riqueza
cualitativa fenomenal: un animal comienza a
modificar su entorno natural, produce cambios
deliberadamente, trabaja. He ahí una primera riqueza
humana espectacular, aunque las condiciones
materiales de sobrevivencia de aquellos ancestros
hoy las pudiésemos ver como de la más radical
pobreza.
Se
puede hablar con propiedad de pobres, ya como
categoría sociológica, en la medida en que aparecen
sus contrarios: los ricos. Las sociedades claramente
divididas en clases sociales presentan pobres: hay
una división clara entre los que tienen y los que no
tienen. ¿En nombre de qué sucede esto, se establece,
se acepta, se sacraliza? ¿Qué mecanismo natural lo
decide? No entraremos a ver el por qué de esta
dinámica histórica, dado que el tema exige, en sí
mismo, un desarrollo infinitamente más amplio de lo
que aquí nos proponemos. Lo que sí puede anticiparse
es que el intentar dar respuestas convincentes a
estos interrogantes ha suscitado reflexiones, tomas
de posiciones, revoluciones y un sinnúmero de
acciones varias en la historia universal, sin que
hasta el momento se haya superado el problema
(porque sigue habiendo pobres y ricos todavía, y
como van las cosas, nada hace pensar que eso vaya a
desaparecer en lo inmediato).
En
tanto hay una injusta, una inadecuada repartición
del producto social, hay pobres. Esto es: los pobres
se definen en relación a sus contrarios. Aunque
pueda parecer un juego de palabras (pero no lo es,
por cierto), es especialmente reveladora esa
oposición: hay pobres en tanto hay ricos, hay
quienes tienen menos (están carenciados) en tanto
hay otros que tienen demasiado (les sobra).
¿Por
qué a algunos les sobra y a otros les falta? Este es
el eje medular para entender el fenómeno de la
pobreza: hay quienes tienen poco porque otros poseen
de más.
Entendida así, entonces, la pobreza es un fenómeno
enteramente humano, social. No tiene parangón en el
campo natural, no depende de ningún determinante
físico-químico. Insistimos con el concepto: la
pobreza no se define por la cantidad de riqueza que
se le opone sino por la calidad de su distribución.
Un rey, aún en taparrabos, es rey, es rico,
comparado con sus súbditos. Y desde otra
cosmovisión, un ascético anacoreta en su reclusión
voluntaria, aunque casi no coma ni acceda a los
placeres de la vida terrenal, en su riqueza
espiritual se siente infinitamente más rico que el
mundano común. ¿Desde dónde y cómo “medir” la
pobreza entonces?
III
Hoy
día, totalmente envueltos por una lógica
mercantilista, por una cultura del consumo a
cualquier costo (capitalista, para decirlo sin tanto
rodeo), entendemos el concepto de pobreza en
relación indisoluble con la carencia de recursos
materiales.
Desde
ya, esa noción es correcta en un sentido: con el
auge espectacular de la producción, merced a la
revolución científico-técnica puesta en marcha hace
un par de siglos y ya nunca más detenida, siempre
más rápida y en perenne expansión, la dinámica
generalizada se resume en el tener, en el consumir.
El sentido implícito del proceso de humanización,
del progreso, es tener cosas materiales. La vida
termina valorándose en términos de objetos; se es lo
que se tiene.
En ese
escenario -impuesto desde que la economía
capitalista europea comenzó a expandirse por el
mundo, actualmente globalizado y entronizado con una
fuerza desconocida anteriormente en la historia- ser
pobre significa no disponer de todas las cosas que
la productividad humana moderna puede ofrecer.
Civilizaciones agrarias milenarias, que lograron
desarrollos fenomenales en términos culturales (la
hindú, las americanas precolombinas, la china) pasan
a ser pobres frente a la avalancha modernizadora de
oferta de bienes. Surge ahí el mito del
“desarrollo”, y su contrario: el “subdesarrollo”'.
No
cabe ninguna duda que la forma en que se va
construyendo la sociedad global entre desarrollados
y subdesarrollados es, además de injusta en términos
éticos, absolutamente insostenible como proyecto
humano. No es aceptable, pero mucho menos es viable
en el tiempo y en relación a los recursos que provee
la naturaleza, un modelo de organización social
donde el 20% de la población humana consume el 80%
del producto total.
Ligando la pobreza a esta visión fundamentalmente
material, es descarnadamente real que la brecha
entre “ricos desarrollados” y pobres “en vías de
desarrollo” crece. Si el sueño del progreso
científico-técnico que ilusionó cabezas y corazones
en pleno auge positivista, en los inicios de la
expansión del modelo capitalista, hizo albergar
expectativas respecto a una paulatina, pero
finalmente total, extinción de la pobreza en el
mundo, hoy, más aún con las tendencias neoliberales
triunfadoras en este momento, se ve que ese
prosperidad universal está muy lejos de alcanzarse.
Por el contrario: la brecha entre ricos y pobres
(entre Norte desarrollado y Sur subdesarrollado, así
como entre estratos beneficiados y postergados en lo
interno de cada estado nacional -fenómeno más
especialmente acentuado en el Sur-) crece. Dicho de
otra manera: la pobreza crece. O más descarnadamente
aún: los pobres de carne y hueso crecen. De tres
nacimientos que se producen por segundo en el mundo,
dos de ellos tienen lugar en un barrio marginal de
alguna atestada macro-ciudad del Tercer Mundo.
En el
año 1820 el 20% más rico del planeta tenía 3 veces
más que el 20% más pobre; para 1913 ese 20% más rico
ganaba 11 veces más que el 20% más pobre. En 1997,
con un crecimiento descomunal de la productividad en
términos históricos, el 20% más rico accedía 74
veces más a las riquezas producidas que el 20% más
pobre. En países como Brasil y Guatemala esa
diferencia es aún mayor, llegándose al extremo
patético de 120 a 1. El 6% de la población mundial
posee el 59% de la riqueza total del planeta, y 98%
de ese 6% de la población vive en los países más
ricos. La población estadounidense, pese al declive
que hoy día experimente su país como unidad nacional
(¡pero no así sus grandes empresas
transnacionalizadas!), consume el doble de lo que
consumía en la década del 50 del pasado siglo, en su
momento de mayor auge económico.
Un
perrito de un hogar término medio de un país del
Norte consume en promedio anual más carne roja que
un habitante del Tercer Mundo. Mil millones de
personas no tienen acceso al agua potable, en tanto
que 1.300 millones de personas disponen de menos de
un dólar diario para vivir. 1.000 millones son
analfabetos. Era de las comunicaciones, pero la
mitad de la población mundial está a no menos de una
hora de marcha del teléfono más próximo. Según
estimaciones de organismos internacionales, el costo
anual adicional para lograr el acceso universal a
servicios sociales básicos en todos los países en
desarrollo sería de 15.000 millones de dólares
americanos (enseñanza básica, agua y saneamiento
para todos), en tanto que en los Estados Unidos se
gastan 8.000 millones anuales en cosméticos, y
11.000 millones son gastados anualmente en Europa en
helados.
Según
datos de Naciones Unidas, el patrimonio de las 358
personas cuyos activos sobrepasan los 1.000 millones
de dólares -que pueden caber en un Boeing 747-
supera el ingreso anual combinado de países en los
que vive el 45% de la población mundial.
No
caben dudas: lamentablemente, pese a la ¿cooperación
al desarrollo? existente, la pobreza crece. Valga
agregar, como dato no menos escalofriante, que en 50
años de “cooperación” que el Norte viene desplegando
con el Sur, desde la ya legendaria Alianza para el
Progreso del presidente John Kennedy en los años 60,
ni un solo pobre en el mundo dejó de ser tal gracias
a estos mecanismos de ¿solidaridad?, lo que muestra
que esas políticas no son sino otros tantos
instrumentos de control social.
Además
de constatarlo por los datos anteriores
(escalofriantes desde ya), podemos ver ese
crecimiento de la pobreza con otros indicadores (no
menos alarmantes): en el planeta, y fundamentalmente
en el área desarrollada, se destinan más de 500.000
millones anuales para drogas (segunda actividad
económica de la especie humana en la actualidad) y
más de un billón anual (más de 30.000 dólares por
segundo) a gastos militares (el rubro más rentable).
Que se gasten esas cifras astronómicas en helados,
cosméticos, estupefacientes y armas también nos lo
dice: la pobreza crece (¡y no necesitamos ser el
ermitaño asceta para entender lo que eso
significa!).
IV
Estamos frente a un prejuicio, hoy ya globalizado,
donde la idea de desarrollo está ligada
indisolublemente a progreso material. Grandes
culturas de la historia, con enormes avances
técnicos, con profundas enseñanzas morales,
medioambientales, con reflexiones acerca del
fenómeno humano de gran valía, como lo decíamos más
arriba, puestas en comparación con el rasero
técnocrático-economicista que rige actualmente el
mundo, aparecen como atrasadas, pobres. Lo son,
según ese criterio, porque no han seguido el ritmo
de crecimiento técnico y de acumulación de riquezas
que se dio en Europa. ¿Son “pobres” la tragedia
griega, la cosmovisión maya, el arte chino, la
filosofía budista?
¿Podríamos, con una actitud serena y objetiva,
atrevernos a seguir llamando pobre a una cosmovisión
que pone el acento en el equilibrio ser humano/medio
ambiente (como por ejemplo la de los pueblos
americanos tradicionales) cuando vemos el disparate
ecológico que ha causado el desarrollo industrial,
con niveles de degradación del planeta por falta de
previsión y afán enfermizo de lucro rayanos en la
demencia? ¿Cuál es ahí la riqueza?
¿Podríamos, con una actitud serena y objetiva,
atrevernos a seguir llamando pobre a civilizaciones
que no necesitan de un consumo cada vez más masivo
de narcóticos para huir de sus realidades como
sucede en los países industrializados? ¿Cuál es ahí
la riqueza?
¿Y
cuál es la riqueza que nos propone el modelo de
consumo desarrollado? Fundamentalmente eso:
¡consumo! Consumo como motor de la vida, consumo por
el consumo mismo. Su arquetipo es un ciudadano
tranquilo, que no protesta (que tampoco disfruta la
tragedia griega ni el arte chino), sentado ante la
pantalla de televisión (¿Hollywood, Walt Disney?),
tomando Coca-cola y usando sus tarjetas de créditos.
¿Esa es la riqueza? Valga decir que todo eso luego
hay que pagarlo, y hoy vemos, con la crisis
galopante del imperio mayor del capitalismo, por
dónde van las cosas: la deuda es materialmente
impagable, tanto la pública como la privada (cada
ciudadano estadounidense tiene en promedio 5
tarjetas de crédito y 7.000 dólares de deuda).
¿Dónde queda la riqueza?
Por
cierto que no se pretende transmitir una idea
ingenuamente bucólica de civilizaciones
no-occidentales pre industriales; desde ya que la
calidad de vida que la tecnología nos puede
proporcionar (agua potable, saneamiento ambiental,
más y mejores alimentos, educación para todos,
comunicaciones, más tiempo libre, etc.) es fabulosa,
y por cierto hay que bendecirla. Las comunidades
hippies de no-consumo, en tanto islas alternativas
en medio de la vorágine moderna, son insostenibles
(la historia lo demostró). Lo que debe ser puesto en
debate -debate que, por cierto, ya está abierto, y
debe seguir alimentándose- es la idea de riqueza que
los modelos modernos y post modernos nos ofrecen.
La
riqueza no puede ser solamente consumir. Gastar
cantidades impresionantes en helados, mascotas,
cosméticos o estupefacientes junto a gente que come
una vez por día, o no come, no constituye ninguna
riqueza en términos humanos. Habla, en todo caso, de
modelos de desarrollo, de visiones de la vida y de
proyectos de ser humano que evidencian,
fundamentalmente, una pobreza existencial profunda
(alarmante, sombría). Si esa es la riqueza que nos
ofrece el post-modernismo (cada uno con su propio
vehículo, consumiendo gaseosas y hamburguesas -¡o
estupefacientes!-, y con la lap top hasta para ir al
baño), si la profundidad de la tragedia griega se
reemplazó por King Kong y la hondura de los sistemas
de pensamiento orientales dieron lugar a los libros
de autoayuda realmente, como dijera Saramago, nos
merecemos desaparecer come especie.
Desde
ya el problema de la pobreza no es una cuestión de
actitud moral, de caridad para con el desposeído.
Ejércitos de Madres Teresas y de voluntariados (tan
a la moda hoy día) no alcanzan; ni siquiera sirven
para hacerle cosquillas al problema. El tema de la
pobreza es claramente una de las preguntas medulares
que atraviesan la historia humana. Que su respuesta
debe ser difícil lo evidencia el estado actual del
mundo: cada vez más armas, más helados y más
cosméticos, y cada vez más pobres (y no sólo los que
no comen; también los que no saben qué hacer con el
tiempo libre.... ¿consumir Hollywood, o videojuegos?
¿Drogas quizá?). La pregunta en torno a la pobreza
es una interrogación sobre la condición humana
misma. ¿Por qué nos resulta tan tentador dejarnos
seducir por la Coca-cola y las hamburguesas? ¿Tan
pobres somos?
Luchar
contra la pobreza implica, como mínimo, repartir más
equitativamente los productos del trabajo humano
(lucha política fundamentalmente -que indirectamente
incluye lo militar, continuación de la política por
otros medios-). Pero también implica no dejarnos de
plantear esas preguntas que hacen a lo más hondo de
nuestra existencia. Digámoslo con un ejemplo: la
población de Europa del Este, todavía en la era del
“socialismo real”, ayudó a hacer caer el muro de
Berlín fascinada por la videocasetera o el pantalón
vaquero que sus economías no le proveían. Hoy se
lamentan de lo perdido, y en cada ocasión que
tienen, manifiestan su añoranza por la seguridad
material mínima que ya no pueden tener. Entonces,
complementando la pregunta anterior, habría que
agregar -para preguntarse con la misma fuerza-: ¿por
qué nos seducen tanto los espejitos de colores?
(Tomado de ARGENPRESS.info) |