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Estados Unidos en
decadencia
Por Noam Chomsky - La Jornada
[21.08.2011]-Actualizado
11:30 am Cuba
"Es un
tema común" que Estados Unidos, que "apenas hace
unos años era visto como un coloso que recorrería el
mundo con un poder sin paralelo y un atractivo sin
igual (...) está en decadencia, enfrentado
fatalmente a la perspectiva de su deterioro
definitivo", señala Giacomo Chiozza en el número
actual de Political Science Quarterly.
La
creencia en este tema, efectivamente, está muy
difundida. Y con cierta razón, si bien habría que
hacer cierto número de precisiones. Para empezar, la
decadencia ha sido constante desde el punto
culminante del poderío de Estados Unidos, luego de
la Segunda Guerra Mundial, y el notable triunfalismo
de los años 90, después de la guerra del Golfo, fue
básicamente un autoengaño.
Otro
tema común, al menos entre quienes no se ciegan
deliberadamente, es que la decadencia de Estados
Unidos, en gran medida, es autoinfligida. La ópera
bufa que vimos este verano en Washington, que
disgustó al país y dejó perplejo al mundo, podría no
tener parangón en los anales de la democracia
parlamentaria.
El
espectáculo incluso está llegando a asustar a los
patrocinadores de esta parodia. Ahora, al poder
corporativo le preocupa que los extremistas que
ayudó a poner en el Congreso de hecho derriben el
edificio del que dependen su propia riqueza y sus
privilegios, el poderoso estado-niñera que atiende a
sus intereses.
La
supremacía del poder corporativo sobre la política y
la sociedad –por lo pronto básicamente financiera–
ha llegado al grado de que las dos formaciones
políticas, que en esta etapa apenas se parecen a los
partidos tradicionales, están mucho más a la derecha
de la población en los principales temas a debate.
Para
el pueblo, la principal preocupación interna es el
desempleo. En las circunstancias actuales, esta
crisis sólo puede remontarse mediante un
significativo estímulo del gobierno, mucho más allá
del más reciente, que apenas hizo coincidir el
deterioro en el gasto estatal y local, aunque esa
iniciativa tan limitada probablemente haya salvado
millones de empleos.
Pero
para las instituciones financieras la principal
preocupación es el déficit. Por lo tanto, sólo está
en discusión el déficit. Una gran mayoría de la
población está a favor de abordar el déficit
gravando a los muy ricos (72 por ciento, con 27 por
ciento en contra), según precisa una encuesta de The
Washington Post y ABC News. Recortar los programas
de atención médica cuenta con la oposición de una
abrumadora mayoría (69 por ciento Medicaid, 78 por
ciento Medicare). El resultado probable, por lo
tanto, es lo opuesto.
El
Programa sobre Actitudes de Política Internacional
(PIPA) investigó cómo eliminaría el déficit la
gente. Steven Kull, director de PIPA, afirma: "Es
evidente que tanto el gobierno como la Cámara (de
Representantes) dirigida por los republicanos están
fuera de sincronía con los valores y prioridades de
la gente en lo que respecta al presupuesto."
La
encuesta ilustra la profunda división: "La mayor
diferencia en gasto es que el pueblo favorece
recortes profundos en el gasto de defensa, mientras
el gobierno y la Cámara de Representantes proponen
aumentos modestos. El pueblo también favorece
aumentar el gasto en la capacitación para el
trabajo, la educación y el combate a la
contaminación en mayor medida que el gobierno o la
Cámara."
El
"acuerdo" final –o más precisamente la capitulación
ante la extrema derecha– es lo opuesto en todos los
sentidos, y casi con toda certeza provocará un
crecimiento más lento y daños a largo plazo a todos,
menos a los ricos y a las corporaciones, que gozan
de beneficios sin precedentes.
Ni
siquiera se discutió que el déficit podría
eliminarse si, como ha demostrado el economista Dean
Baker, se remplazara el disfuncional sistema de
atención médica privada de Estados Unidos por uno
semejante al de otras sociedades industrializadas,
que tienen la mitad del costo per cápita y obtienen
resultados médicos equivalentes o mejores.
Las
instituciones financieras y las grandes compañías
farmacéuticas son demasiado poderosas para que
siquiera se analicen esas opciones, aunque la idea
difícilmente parece utópica. Fuera de la agenda por
razones similares también se encuentran otras
opciones económicamente sensatas, como la del
impuesto a las transacciones financieras pequeñas.
Entre
tanto, Wall Street recibe regularmente generosos
regalos. El comité de asignaciones de la Cámara de
Representantes recortó el presupuesto a la Comisión
de Títulos y Bolsa, la principal barrera contra el
fraude financiero. Y es poco probable que sobreviva
intacta la Agencia de Protección al Consumidor.
El
Congreso blande otras armas en su batalla contra las
generaciones futuras. Enfrentada a la oposición
republicana en la protección ambiental, la
importante compañía de electricidad American
Electric Power archivó "el esfuerzo más destacado
del país para captar el bióxido de carbono de una
planta actualmente impulsada por carbón, lo que
asestó un fuerte golpe a las campañas para reducir
las emisiones causantes del calentamiento global",
informó The New York Times.
Estos
golpes autoinfligidos, aunque cada vez son más
potentes, no son una innovación reciente. Datan de
los años 70, cuando la política económica nacional
sufrió importantes transformaciones que pusieron fin
a lo que suele llamarse "la época de oro del
capitalismo" de Estado.
Dos
importantes elementos de esto fueron la
financiarización (el desplazamiento de las
preferencias de inversión, de la producción
industrial a las finanzas, los seguros y los bienes
raíces) y la externalización de la producción. El
triunfo ideológico de las "doctrinas de libre
mercado", muy selectivo como siempre, le asestó aún
más golpes, conforme se traducía en desregulación,
reglas de administración corporativa que
condicionaban las enormes recompensas a los
directores generales con los beneficios a corto
plazo y otras decisiones políticas similares.
La
concentración resultante de riqueza produjo mayor
poder político, acelerando un círculo vicioso que ha
aportado una riqueza extraordinaria al uno por
ciento de la población, básicamente directores
generales de grandes corporaciones, gerentes de
fondos de garantía y similares, mientras la gran
mayoría de los ingresos reales prácticamente se
estancaron.
Al
mismo tiempo, el costo de las elecciones se disparó
a las nubes, haciendo que los dos partidos tuvieran
que escarbar más hondo en los bolsillos de las
corporaciones. Lo que quedaba de democracia política
fue socavado aún más cuando ambos partidos
recurrieron a la subasta de puestos directivos en el
Congreso, como delineó el economista Thomas Ferguson
en The Financial Times.
"Los
principales partidos políticos adoptaron una
práctica de los grandes detallistas, como Walmart,
Best Buy y Target", escribe Ferguson. "Caso único en
las legislaturas del mundo desarrollado, los
partidos estadunidenses en el Congreso ponen precio
a puestos claves en el proceso legislativo." Los
legisladores que aportan más fondos al partido son
los que obtienen esos puestos.
El
resultado, de acuerdo con Ferguson, es que los
debates "se basan fuertemente en la repetición
interminable de un puñado de consignas, que han sido
probadas por su atractivo para los bloques de
inversionistas y grupos de interés nacionales, de
los que depende la dirigencia para obtener
recursos." Y que se condene el país.
Antes
del crac de 2007, del que fueron responsables en
gran medida, las instituciones financieras
posteriores a la época de oro habían obtenido un
sorprendente poder económico, multiplicando por más
de tres su participación en las ganancias
corporativas. Después del crac, numerosos
economistas empezaron a investigar su función en
términos puramente económicos. Robert Solow, premio
Nobel de Economía, concluyó que su efecto podría ser
negativo. "Su éxito aporta muy poco o nada a la
eficiencia de la economía real, mientras sus
desastres transfieren la riqueza de los
contribuyentes hacia los financieros."
Al
triturar los restos de la democracia política, las
instituciones financieras están echando las bases
para hacer avanzar aún más este proceso letal... en
tanto sus víctimas estén dispuestas a sufrirlo en
silencio.
(El
libro más reciente de Noam Chomsky es 9-11: Tenth
Anniversary. Chomsky es profesor emérito de
lingüística y filosofía del Instituto Tecnológico de
Massachusetts, en Cambridge, Massachusetts)
Distributed by The New York Times
Syndicate
Fuente:
http://www.jornada.unam.mx/2011/08/08/index.php?section=opinion&article=032a1mun |