|
El dólar o la
atracción del borde
Por Eduardo Montes de Oca (inter@bohemia.co.cu)
[06.07.2011]-Actualizado
11:30 am Cuba
Más
allá de que podría estar tendiendo un manto
protector sobre la psiquis de sus conciudadanos, e
insuflando una confianza que contribuya a apuntalar
el dólar, quizás el analista David Wessel (The Wall
Street Journal) no ande descaminado cuando niega la
inminencia del desplome del “billete verde”, por no
haberse generalizado todavía lo suficiente la
impresión de la decadencia gringa.
Eso
sí: el hombre se muestra particularmente sabio al
aclarar que su criterio no implica la exclusión del
miedo, ya que “ha caído mucho, probablemente lo
suficiente para llevar el déficit comercial a
niveles sostenibles; pero una vez que los mercados
comienzan a moverse, suelen excederse. Un país que
depende tanto del crédito internacional, incluso en
su propia moneda, es susceptible a los vaivenes en
el ánimo del mercado”.
Por
tanto, no estará en el borde, pero se acerca, ¿no?
Como señala el diario mexicano La Jornada, la
importancia del susodicho ha declinado tanto, que
entre 2001 y 2007 las reservas oficiales en los
bancos centrales pasaron de 71,5 a 64,1 por ciento.
Y en 2010 el monto era de 61,3. O sea, que la mayor
parte de esa reducción ocurrió antes de la crisis
actual y estuvo ligada a la emergencia del euro y
otros contendientes.
Sí, al
parecer finiquitaron aquellos “felices” tiempos que
detonaron con los acuerdos de Bretton Woods (1944),
gracias a los cuales la moneda del Tío Sam se
estableció por sus fueros como la de reserva, con el
valor garantizado por la gran acumulación de oro, e
incluso se dilataron luego de que el presidente
Richard Nixon la desligara del metal precioso y
comenzara a inundar al planeta con los rostros de
los “padres fundadores” estereotipados en un papel
sin el respaldo de la riqueza del país emisor.
La
preocupación por la debilidad y el futuro de la
divisa viene motivando entre los acreedores foráneos
alternativas a la deuda estadounidense que han
comprado y en la que tienen depositadas unas
esperanzas cada vez más desvaídas. No en vano para
diversos especialistas está siendo necesaria la
adopción de una nueva moneda, que responda a
economías fuertes y con sostén en oro (regreso al
llamado patrón oro), posición apoyada a voz en
cuello por gobiernos y personalidades renuentes a
olvidar “detalles” como que la libra esterlina,
regidora en el trasiego universal durante los siglos
XVIII, XIX y principios del XX, se hundió a causa
del débito acumulado por el Imperio británico en las
dos conflagraciones mundiales, y de la ascensión de
los Estados Unidos a primera potencia.
Así
que el problema resulta estructural. Como se ha
apuntado, los frecuentes ciclos de crisis
experimentados por la economía norteamericana, con
ingentes déficits fiscal y comercial y una deuda
pública de más de 14 billones de dólares,
equivalente al 92,8 por ciento del PIB, determinan
que se haya descolgado nada menos que hasta el sexto
puesto entre las 20 señeras en innovación y
competitividad.
Súmele
a estos infortunios un abrumador desempleo —más de
nueve por ciento—, la pobreza creciente y el
deterioro de los índices educacionales, y se tendrá
la pócima imprescindible para lo que teme Wessel, a
pesar de sus circunloquios: el desmoronamiento
definitivo del dólar, al cual también habrían
contribuido los gastos de guerra en Irak,
Afganistán, y un adeudo externo de 13 billones, que
ampara las importaciones de la nación más consumista
del orbe.
No en
balde China permite a Estados vecinos efectuar
negocios con su moneda, para evitar las
fluctuaciones en los tipos de cambio; y en los
multimillonarios convenios firmados por el gigante
asiático con Brasil y Argentina enseñorea el yuan-reminbi,
que planean extender a Perú, Chile, Corea del Sur,
Malasia, Belarrús, Indonesia. No por gusto Beijing y
Moscú decidieron usar sus propias divisas para el
comercio bilateral. No por “amor al arte” el ALBA
realiza una porción de sus transacciones en el
sucre, dinero todavía virtual; e Irán ejecuta
operaciones petroleras en euros; y el trueque de
reservas se expande como plaga inexorable a Siria,
los Emiratos Árabes Unidos, Venezuela, Suecia,
Rusia…
Bueno,
si todo ello es cierto, sospecharía un escéptico,
¿por qué la poderosa China no reniega por completo
del “billete maldito”? La respuesta pasa de
lapidaria. Con 2,7 billones de dólares
estadounidenses en sus reservas, más del 35 por
ciento de las globales, de los cuales un billón
responde a deuda del Tesoro de USA, no puede darse
el lujo de dejar de comprar de súbito estos bonos,
por las nefastas consecuencias para el sistema
financiero y la economía de un planeta más que
entretejido.
Por el
momento, exporta hacia EE.UU. la mayoría de sus
mercancías. Pero algo se mueve. Ya Beijing desplazó
a Washington como principal socio comercial de
Brasil, del cual desde 2010 es el inversionista
fundamental. ¿Solo un signo? Tal vez; pero de signos
está empedrado el camino del dólar, que a ojos vista
camina hacia el borde, como presa de una atracción
económica; es decir, fatal.
(Tomado de la revista
Bohemia) |