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Cuerno de África: una
hambruna que podíamos evitar
Por John Vidal
[21.08.2011]-Actualizado
11:30 am Cuba
Una
enorme sequía, como salida de la nada, se ha
aposentado en el Cuerno de África y la gente que
escapa a los campos recibe el nombre de refugiados
"del clima", "de la sequía" o "medioambientales". La
tierra, según nos cuentan los organismos
internacionales que se apresuran a llevar socorros a
la región, ya no puede sustentar a su gente.
Hace
unos cincuenta años, más o menos, la región tenía
ciclos climáticos de diez años seguidos de sequías
de consideración; ahora, las sequías se producen con
más frecuencia y mayor duración. En la década de
1970, según declaran los trashumantes – que se
desplazan sin cesar por la región en busca de pastos
–, empezaron a sufrir sequías cada siete años; en
los años 80 ya se registraban cada cinco años, y en
la década de 1990, cada dos o tres. Desde el año
2000 ha habido tres sequías de envergadura y varias
temporadas secas, y ésta no es la peor, sólo la más
reciente. "No hay duda de que hace más calor ahora y
está más seco", comentaba Leina Mpoke, una
veterinaria masai que conocí en la frontera entre
Kenya y Etiopía que hoy se encuentra en primera
línea del desastre.
No
cabe duda de que el cambio climático hará más
difícil vivir en el futuro en estas zonas. Pero
culpar de esta crisis a la sequía o al cambio
climático es un error. Se trata de un desastre
completamente previsible, tradicional, obra del
hombre, sin nada nuevo, excepto el número de
personas desplazadas y acaso la cifra de niños que
mueren cerca de las cámaras. Los diez millones de
personas a las que los gobiernos avisan de que están
en peligro de hambruna este año son los mismos diez
millones que se han aferrado a la región durante las
últimas cuatro sequías y que en su mayoría se han
mantenido vivos gracias a los programas de
alimentación.
Los
somalíes en desbandada que vemos en televisión son
los mismos sobre quienes nos advirtieron las
Naciones Unidas en 2008, cuando afirmaron que uno de
cada seis corría riesgo de inanición. Josette
Serena, jefa del programa mundial de alimentación de
las Naciones Unidas solicitó una ayuda de 300
millones de dólares de emergencia esta semana, tal
como hizo en 2008, cuando habló de que se "avecina[ba]
un maremoto silencioso [de hambre]". Y los mismos
gobiernos que se mostraron lentos a la hora de
responder a la emergencia de entonces son los que se
han mostrados remisos en el momento de ayudar
ahora.
Tampoco se trata de una crisis que sea inesperada.
La lluvia no llegó a principios de este año a Kenya
y Etiopía, y casi no se ha registrado en los últimos
dos años en Somalia. Los organismos humanitarios y
los gobiernos saben desde hace más de un año que se
quedarían sin alimentos por estas fechas. Pero sólo
ahora, cuando empiezan a morir los niños y se ha
vendido o ha muerto el ganado empieza a moverse la
maquinaria humanitaria global, con sus programas de
televisión, sus llamamientos coordinados y sus
famosos. ¿Por qué no acudieron antes? Porque lleva
meses prepararse para un desastre.
Al
igual que en 2008, la guerra en Somalia es
responsable principal de lo peor que está
sucediendo. Tal como declara Simon Levine, del
Overseas Development Institute: "Los conflictos no
matan directamente a mucha gente, pero pueden acabar
con millones, merced al modo en que los hacen
vulnerables al tipo de problemas a los que deberían
poder hacer frente. En este caso, la gente ha
perdido todos sus recursos y no puede acceder a los
terrenos de pastoreo que precisan. Pero recuérdese
asimismo que Somalia se ha convertido en zona de
guerra a causa de la "guerra contra el terror"
dirigida por los EE. UU. Es culpa nuestra tanto como
de cualquier otro.
Pero
se ha ido librando otra guerra más insidiosa en la
región. Es la que libran gobiernos y empresas contra
los trashumantes. Al correr de los años, han ido
siendo marginados por los gobiernos de Uganda, Kenya
y Etiopía, y ahora se ven sometidos a un riesgo
mayor por la agricultura a gran escala, la
ampliación de los parques nacionales y las reservas
de caza y la conservación.
Para
los políticos de Lusaka, Nairobi o Addis, el modo de
vida de esta gente parece algo arcaico y pasado de
moda. Se dice que están fuera de la vía principal
del desarrollo nacional y que continúan un modo de
vida que está en crisis y en declive. De modo que
los políticos apenas piensan que les estén quitando
sus terrenos estacionales de pastoreo o bloqueando
sus rutas tradicionales hacia las zonas de pasto.
Sin embargo, tal como se observa en estudios
internacionales de importancia, los trashumantes
producen más y mejor carne de calidad y generan más
dinero por hectárea que los "modernos" ranchos
australianos y norteamericanos.
En
lugar de dejar ayuna de fondos a la gente de la
región y recoger luego los pedacitos en los años
malos – como deben hacer ahora los gobiernos –, Gran
Bretaña, la UE, los EE. UU. y Japón deben ayudar a
la gente a adaptarse a las condiciones de más calor
y más secas a las que se enfrentan. Provista de
bombas y pozos perforados, de mejores vacunas para
el ganado, de ayuda educativa, almacenamiento y
transporte de alimentos, la gente puede volver a
vivir bien.
Esta
emergencia le costará a Occidente cerca de 400
millones de dólares. Si este dinero se hubiera
destinado al desarrollo a largo plazo, en lugar de a
ayudas de emergencia y programas de alimentación que
mantienen a la gente justo por encima de la
inanición, se podría haber evitado esta tragedia.
Por el contrario, es casi seguro que el mundo estará
aquí de nuevo en un lapso de uno o dos años. La
próxima vez, sin embargo, no habrá excusas.
John
Vidal es un columnista del diario británico The
Guardian. |