|
LA
POBREZA EN HAITÍ NO TIENE IGUAL
Propaganda y fantasía
Por
Hernando Calvo Ospina - Rebelión
[21.08.2011]-Actualizado
11:30 am Cuba
Es de
las pocas cosas por donde se pueden pasear los ojos
mientras se hace la fila para pasar migración, en el
aeropuerto de Santa Cruz, Bolivia. Es una gran
pancarta que vende servicios de telefonía. La
paciente espera y el cansancio del viaje no pueden
impedir que un extranjero se pregunte: ¿estoy en
Bolivia?
Ninguna de las tres jóvenes utilizadas para ofrecer
la mercancía tiene los rasgos indios que posee el
70% de las mujeres en este país. Parece que las
indias no sirven para vender en los comerciales,
solo en los mercados y calles. Algo idéntico vi en
Ecuador y Perú.
El
recuerdo de esa pancarta me llevó a buscar unas
notas que tenía guardadas desde 1991, cuando hice un
reportaje en Haití. A pesar de conocer bien de cerca
la cara de la pobreza, lo que encontré en ese país
no tenía igual (¡y hoy es peor!). Por tanto fue
alucinante lo que leí en muchas calles.
En el
camino del aeropuerto a Puerto Príncipe existía una
inmensa valla que en francés decía: “Somos el sólo
club realmente interesado por su salud. Venga a
visitarnos, adelgace.”
Los
buses, unos pequeños vehículos denominados “tap-tap”,
son bien llamativos por sus colores y figuras, algo
típico en casi todos los países de América latina y
el Caribe. Entre tan variada pintura se encuentran
frases como estas: “La gloria de Jehová”, “Dios,
único amo”, “Virgen de los milagros”, “Gracias gran
Padre”, “Viva Jesucristo, rey de Haití”, etc. En la
parte trasera exterior de muchos tap-tap estas
palabras acompañan dibujos que recuerdan pasajes
bíblicos como la “Última Cena”, Jesucristo cargando
la cruz, la Virgen María con su hijo en brazos, etc.
Una de ellas rompía con lo habitual: la frase
“Grandeza de Dios” acompañaba a un musculoso Rambo
con sus poderosas armas. Otra digna de la atención
fue aquella que mostraba a un dios de barba y
cabellos blancos, ojos azules y piel rosada que
bendecía desde las nubes a unos negritos
humildemente arrodillados.
En el
centro de la ciudad existía una valla que no se
sabía si aplastaba una vieja casa o la sostenía. Ahí
se anunciaban finas gafas solares tales que Ray Ban,
Helena Rubinstein e Yves Saint-Laurent, entre otras.
Desconcertado quedé cuando en esa misma plaza otro
anuncio ofrecía “La paz a tus cabellos”. En la foto,
quien atestiguaba la calidad del producto era una
rubia de ojos azules. A pocos metros de ahí, una
agencia de viajes instalada en una modesta
edificación tenía una propaganda pintada en la
pared. Ella prometía en Miami la “Felicidad de su
vida”, seguramente con las dos rubias que en tangas
gozaban de las olas.
Pétionville, aunque pretende presentarse como una
ciudad aparte de la capital, en realidad hace parte
de ella. Está situada en las colinas con sus
inmensas y lujosas mansiones. Abajo está Cité Soleil,
donde la palabra pobreza se queda corta. Toda la
basura y mierda que produce Pétionville termina en
la mal denominada Ciudad Sol. El único adorno
oficial que llevan las enlodadas calles de Cité
Soleil son las placas que anuncian su nombre. Aunque
no se crea, éstas fueron construidas en Estados
Unidos por orden del dictador Jean-Claude Duvalier,
“Bebé Doc”, quien gobernó entre 1971 y 1986 después
de su padre, François Duvalier, “Papá Doc”.
Aunque
los Duvalier ya no gobernaban a la fecha de mi
reportaje, los billetes impresos a su gusto seguían
circulando. Llevaban su foto, y abajito de ella
decía en tinta indeleble: “Président à vie”
(Presidente de por vida). En el mismo papel moneda
se escribió: “Este billete, emitido conforme a la
Constitución de la República de Haití, es pagadero
al portador en moneda legal de Estados Unidos de
América a la tasa de cinco gourdes por un dólar.”
Como
hoy, hace veinte años la educación pública en Haití
es extremadamente limitada. En cambio los anuncios
de centros de enseñanza privada eran exageradamente
numerosos en el centro de Puerto Príncipe. En solo
cuatro cuadras de la avenida Martín Luther King
logré contar 17 pancartas o pasacalles que
anunciaban a diferentes de ellos. No averigüé si
existía clientela para tanta oferta. La mensualidad
promedio es de 25 dólares, y ni siquiera existe un
salario mínimo establecido para los pocos que
cuentan con trabajo fijo. Aunque el 99% de la
población habla creole toda la información de las
pancartas es en francés. Aquí algunos ejemplos:
“Colegio Leo Defay (profesores calificados y
serios)”, “Instituto mixto Hermanos Mariot: si el
dinero hace al hombre rico, la educación lo hace
señor”, “Instituto de belleza y centro de
perfeccionamiento: las mujeres con estilo logran
todo”; “Colegio Hugue Chrysosto: el centro del
pensamiento científico para una educación haitiana
de clase internacional”. Tanta palabra no alcanza a
ingresar en tan estrechos locales. La Universidad
Caraibe sí cuenta con un buen edificio, donde se
puede aprender “agronomía, gestión, contabilidad, y
ciencias de la informática”. Pero lo más importante
es que los educandos al graduarse reciben el
“Diploma High School”, que si bien lo entendí de la
publicidad es, o vale por, un “S.A.T. (examen para
el ingreso a las universidades de USA)”.
Y en
una de las ocasiones en que anotaba “¡Viva la
cristocracia!”, un anciano vestido con harapos se
acercó a pedirme limosna. Me negué amablemente, como
lo hago en cualquier otro país. Él, con toda
naturalidad, me maldijo en francés. Como supuso que
no le entendí, me lo repitió en creole. Y como
siguió dudando de que su mensaje hubiera sido bien
interpretado, me lo espetó en inglés y castellano.
Quedé admirado: en medio de tanta miseria ¡un
limosnero que manejaba cuatro idiomas! A pesar de su
maldición esa noche nada me sucedió.
Blog
del autor:
http://hcalvospina.free.fr/spip.php?article355
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso
del autor mediante una licencia de Creative Commons,
respetando su libertad para publicarlo en otras
fuentes. |