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El BCE cae en la
trampa italiana
Por Luigi Zingales - Il Sole- 24 Ore
[10.09.2011]-Actualizado
10:30 pm Cuba
El
Banco Central Europeo, ante el riesgo del impago de
Italia, apoyó a Roma, que se comprometía a adoptar
un plan de austeridad de urgencia. Pero ahora, con
las dudas del Gobierno de Berlusconi, se pone en
duda la credibilidad del BCE.
Hace
un mes, la diferencia entre los bonos plurianuales
del tesoro italiano y los Bund (bonos) alemanes
llegó a 413 puntos de base (es decir, un 4,13%). Sin
la intervención inmediata del Banco Central Europeo
(BCE), el Gobierno italiano corría el riesgo de
perder su acceso al mercado económico y por lo tanto
de entrar en suspensión de pagos.
Por
este motivo, Trichet escribió a Berlusconi: en esa
famosa carta, supuestamente el BCE se comprometía a
adquirir títulos italianos a cambio de que nuestro
Gobierno actuara para llegar al equilibrio
presupuestario en 2013 y volver a impulsar el
crecimiento.
La
intervención del BCE se basaba en la hipótesis de
que el mercado, excesivamente pesimista, ponía en
duda las capacidades del Gobierno italiano de pagar
sus deudas y fomentar el crecimiento. La finalidad
de esta carta era aumentar la credibilidad de la
acción del Gobierno italiano. Con las adquisiciones
estratégicas en el mercado secundario, podía
estabilizar la situación.
Las
consecuencias de las luchas internas
Sin
embargo, se imponía una condición para que esta
intervención tuviera éxito: el Gobierno italiano
debía aprobar rápidamente un plan de ajuste
adecuado. Aunque elevadas, las adquisiciones del BCE
de títulos italianos tan sólo constituían un
paliativo. Efectivamente, aunque asuste a los
especuladores, el BCE puede reducir la presión. Pero
estos beneficios son temporales. Porque si la
situación real no cambia, las consecuencias de esta
intervención se esfumarán en seguida.
Y esto
es lo que ha pasado. La intervención del Banco
Central Europeo y la presentación inmediata de una
operación nueva y más ambiciosa por parte del
Gobierno italiano hicieron que descendiera
provisionalmente la diferencia por debajo de los 300
puntos. Pero era tan sólo una pausa, nada
definitivo. El mercado quería asegurarse de que
podía creer en la nueva operación del Gobierno
italiano.
Por
desgracia, las luchas internas en el seno del
Gobierno han tenido consecuencias negativas. El
Banco Central Europeo pensaba que bastaba con dictar
sus condiciones para instar al Gobierno italiano a
hacer lo que debía haber hecho desde principios de
julio. Pero sus esperanzas resultaron ser una mera
ilusión. El Gobierno italiano, más tranquilo al ver
cómo se reducía la diferencia, empezó lentamente a
dar marcha atrás. Se abolió la supresión de las
provincias, se excluyó la “contribución de
solidaridad” y el alcance del conjunto de la
operación se atenuó en gran medida.
Por
consiguiente, el Banco Central Europeo se enfrenta a
un dilema. Si desea favorecer el proceso de
integración europea, debe penalizar a Italia o al
menos a su Gobierno, que no ha cumplido su palabra.
La viabilidad de una unión fiscal, con todas las
transferencias que implica, se basa en la capacidad
de las instituciones europeas de controlar a los
Gobiernos nacionales excesivamente derrochadores.
Sin esta medida de control, las transferencias lo
único que harán será prolongar la crisis financiera
de los Gobiernos nacionales, sin llegar a
resolverla. Seguir apoyando a Italia aunque no haya
cumplido su promesa aniquila cualquier credibilidad
futura y por lo tanto pone en peligro el futuro de
la Unión Europea.
Nuestro Parlamento debe castigar al Ejecutivo
Sin
embargo, el BCE sabe perfectamente que si abandona a
Italia a su suerte, significaría el fin del euro. Al
presionar al Gobierno a que cumpliera con su deber,
el BCE descubrió su falta de fiabilidad,
perjudicando paradójicamente su imagen. Por ello es
posible que mañana, incluso con las adquisiciones
del BCE, las diferencias vuelvan a aumentar.
Como
es natural, sin el apoyo del BCE, la situación sería
incluso más grave que la del 5 de agosto. Incluso si
decidiera intervenir, el Mecanismo Europeo de
Estabilidad financiera (MEEF) no contaría con
suficientes recursos para hacerlo. Por otro lado,
aunque contara con el apoyo de una voluntad
política, no tendría tiempo de hacer que se votara
en todos los parlamentos europeos el aumento de la
dotación del MEEF.
Si el
BCE abandona a Italia, la Península, y por
consiguiente los bancos italianos que poseen
importantes cantidades de títulos públicos, entraría
casi inevitablemente en suspensión de pagos. Esta
crisis se extendería fácilmente a los bancos
franceses y alemanes, con todas las consecuencias
que nos podemos imaginar. El euro difícilmente
podría sobrevivir a esta situación.
En
otras palabras, castigar al Gobierno italiano sería
tan catastrófico, que el Banco Central Europeo
probablemente no pueda ni siquiera amenazarle. Y
como no puede hacerlo, pierde su credibilidad.
Pensaba que podría controlar fácilmente al Gobierno
italiano. Paradójicamente, hoy es su víctima. ¿Cuál
será entonces el desenlace de este dilema? Nuestro
Parlamento debería castigar al Gobierno italiano por
su ineptitud. No es tanto una cuestión de mayoría,
sino de capacidad y de credibilidad de la acción del
Gobierno. O cambiamos, o nos quedaremos fuera de
Europa.
http://www.presseurop.eu/es/content/article/919001-el-bce-cae-en-la-trampa-italiana
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