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La solución según Lula
Por Jorge Gómez Barata
[15.09.2011]-Actualizado
11:30 pm Cuba
Me
impresionó la explicación del método “Yo Si Puedo”
ideado por una pedagoga cubana para alfabetizar
adultos. La idea surgió al percatarse que los
analfabetos podían contar, sumar, restar y dividir;
manejar dinero e incluso administrar pequeños
negocios. Tal vez se trata de conocimientos
adquiridos por una especie de ósmosis cultural. El
caso es que la científica asoció letras con números
y construyó un procedimiento para enseñar
asombrosamente eficaz.
También supe que una de las universidades más
prestigiosas del mundo, con más de 80 premios nobel
en su plantilla organiza cursos para vendedores
ambulantes y estima tanto los conocimientos
empíricos que los acredita. Personas de diferentes
oficios pueden matricular allí y si prueban ser
competentes en sus ocupaciones, la universidad los
acredita, incluso en el grado de “Maestro”. El
diploma con la firma del rector, convierte a
albañiles, carpinteros y otros obreros en “operarios
certificados”.
Una y
otros renovaron mi fe en el sentido común, el gusto
por las soluciones simples y por las verdades
evidentes, es decir aquellas que ningún dogma o
manipulación pueden ocultar ni cambiar y no
necesitan ser demostradas ni explicadas por sabios
cuyos rebuscados juicios confunden más que aclarar.
Estoy
entre los hombres y mujeres de a pie a quien las
alusiones a las crisis tremendas y disque
“insolubles”, las mega cifras de rescates y
“salvatajes” y los complicados análisis en diarios,
revistas y mesas redondas, como los árboles que no
dejan ver el bosque, les impiden entender lo que
ocurre.
Entre
los juicios imperdibles están los de un economista
que explica la relativa bonanza económica de América
Latina por “los pedidos chinos” y otro, no menos
calificado que atribuye el encarecimiento de los
alimentos y el repunte del hambre a “los pedidos
chinos”; ninguno aclara por qué China hace tales
pedidos y no faltan los que infieren que el hambre
en Somalia se debe a la “falta de lluvias”.
Las
verdades son más sencillas y siempre asequibles al
hombre común. La economía, incluidos el mercado y la
planificación no son excepciones sino frutos de la
cultura humana que avanzó de menos a más sin perder
sus esencias lógicas.
Al
margen de los efectos de la globalización, la salud
de una economía nacional depende de sus capacidades
para producir y consumir. El consumo es la base de
la demanda y no al revés; de ahí el significado de
la economía interna.
Algunos países, principalmente latinoamericanos
donde todavía el pensamiento económico está dominado
por la mentalidad agroexportadora impuesta por la
colonia y fatalmente incorporada a nuestras
deformaciones estructurales, inevitablemente pagan
las consecuencias. En los entornos más desarrollados
el mercado interno es la referencia.
Naturalmente no basta con producir, sino que se
necesita ser competitivo, para lo cual es preciso
hacerlo con racionalidad, alta productividad,
elevado valor agregado, bajos costos y otros
indicadores que a nivel de los países incluyen los
procesos fiscales, monetarios, ecológicos,
sanitarios y otros elementos asociados al nivel de
desarrollo de cada lugar, a sus doctrinas y a sus
prioridades.
Entre
los elementos más llamativos del legado de Lula, un
presidente que dejó el poder con más popularidad de
la que tenía cuando lo alcanzó, es que el blindaje
económico que puede preservar a las economías
latinoamericanas del contagio con las crisis del
mundo desarrollado pasa por el fortalecimiento del
mercado interno y la elevación del bienestar de los
productores.
La
insistencia en adoptar medidas para impedir el
contagio con las economías desarrolladas que por
mala administración andan de una crisis en otra,
incluye dar prioridad a los mercados regionales y a
las opciones integracionistas, empeño en el que
afortunadamente coinciden los mandatarios de la
nueva izquierda latinoamericana, que han hecho
posible proyectos como: MERCOSUR, UNASUR, Banco del
Sur y decenas de otros acuerdos bilaterales y
multilaterales que evidencian esa voluntad.
Tal
vez la experiencia de las relaciones económicas con
China, India Corea del Sur, Taiwan, Indonesia y
otros países emergentes, sirva para ilustrar la idea
de que invertir en los países pobres para contribuir
a su desarrollo e incentivar el consumo es un camino
que, erróneamente, los países imperiales han
descartado. “La solución —ha dicho Lula— es que los
pobres consuman más”.
Es
cierto que al crecimiento económico latinoamericano
le falta la equidad en la distribución, que lo haría
perfecto, pero es imposible negar que se trate de
pasos de avance respecto al estancamiento o los
retrocesos que llevaron a calificar ciertos períodos
como “décadas perdidas”.
De
lograr que en los estados africanos y
centroamericanos se despliegue un crecimiento
económico estable y el consumo interno creciera a
los ritmos que lo hace Brasil, Argentina y otros
países de la región donde la producción de bienes de
consumo representa aproximadamente el 50 por ciento
del producto interno bruto, la dinámica de
desarrollo y el progreso atenuaría las penurias del
presente y prepararía a los pueblos para empeños
mayores.
La
verdad está a la vista para todo el que quiera
verla: el motor del crecimiento es el consumo
interno. Lo demás es…valor añadido. Allá nos vemos.
(Tomado de ARGENPRESS.info) |