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Los atentados del
11-S: ¿una excusa perfecta?
Por Atilio A. Boron - Rebelión
[22.09.2011]-Actualizado
11:30 pm Cuba
Cumplidos los diez años de los ataques del 11 de
Septiembre del 2001 a las Torres Gemelas y al
Pentágono son cada vez más las preguntas que aún
están a la espera de una respuesta convincente. La
reciente conmemoración de un nuevo aniversario no
hizo sino acrecentar la sospecha de que hay mucha
información de gran importancia que no ha sido
puesta a disposición del público, y que un imponente
operativo de ocultamiento de lo que verdaderamente
ocurrió se puso en marcha desde el mismo día de los
incidentes.
No
obstante, más allá de esta percepción lo cierto es
que los acontecimientos del 11/S signaron el
comienzo de una nueva etapa en la historia del
imperialismo, caracterizada por una militarización
sin precedentes de la escena internacional que
instaló a la diplomacia en un lugar subordinado al
estruendo de las bombas y las mortíferas estelas de
la cohetería. Podría decirse, sin exagerar un ápice,
que de aquella sólo sobrevive la pompa y el
protocolo porque su sustancia y su agenda la definen
hoy día los señores de la guerra. Esto es más que
evidente en el caso de los Estados Unidos, donde el
desplazamiento del Departamento de Estado a manos
del Pentágono abona con elocuencia lo que venimos
diciendo. Corolarios de esta tendencia son la
adopción de una nueva doctrina estratégica: la
“guerra infinita”, o la “guerra global contra el
terrorismo” sin enemigo claramente definido ni plazo
previsible de terminación de las hostilidades; la
reafirmación de la primacía del “complejo
militar-industrial” en el bloque dominante, cuya
sobrevivencia y cuya tasa de ganancia dependen sin
mediaciones del negocio de la guerra; y la
impresionante escalada del gasto militar
estadounidense que, sumando todos sus componentes,
acaba de superar holgadamente el millón de millón de
dólares –o un billón de dólares- cifra que hasta
apenas unos pocos años atrás era considerada como
inalcanzable por los expertos en cuestiones
militares. El enigmático 11-S precipitó todas estas
calamidades. A los cerca de tres mil muertos de ese
día en Nueva York (es muy poco lo que se sabe de las
víctimas del atentado al Pentágono y la caída del
avión que se dirigía a Camp David) hay que agregar
los casi seis mil quinientos soldados
estadounidenses caídos en las guerras desencadenadas
para “combatir al terrorismo islámico” en Irak y
Afganistán y, por supuesto, los centenares de miles
masacrados sobre todo en el primero de los países
nombrados. Incidentalmente: el costo de esas dos
guerras medido en valores constantes asciende a un
número que es casi el doble del que se alcanzara la
guerra de Vietnam. Si Osama Ben Laden quería
desangrar económicamente a Estados Unidos hay que
reconocer que ese objetivo ha sido logrado en buena
medida.1 En esta misma línea Noam Chomsky observó
que según Eric Margolis, un experto en el tema,
Osama había afirmado en numerosas ocasiones “que el
único camino para sacar a EEUU del mundo musulmán y
derrotar a sus sátrapas era involucrar a los
estadounidenses en una serie de pequeñas pero
onerosas guerras que les llevaran finalmente a la
bancarrota … ‘Sangrar a Estados Unidos’, en sus
propias palabras”.2
Al
luctuoso saldo arriba descripto deberían añadirse
las ochocientas mil víctimas ocasionadas por el
bloqueo decretado en contra de Irak luego de la
primera Guerra del Golfo (Agosto 2, 1990 – Febrero
28, 1991), bloqueo iniciado por el gobierno
conservador de George H. W. Bush padre y continuado
por la administración “progresista” de Bill Clinton.
Interrogada sobre si este silencioso holocausto que
precedió al 11-S en Irak había valido la pena -a
pesar de que en su gran mayoría las víctimas habían
sido niños- la ex Secretaria de Estado de Clinton
dijo sin titubear que sí. Luego de los atentados
Washington no tardó en identificar a sus autores
como perteneciendo a Al Qaida y casi todo el mundo
musulmán se convirtió en sospechoso mientras no
probara lo contrario; el jefe de esa organización,
un antiguo colaborador de la CIA en Afganistán,
Osama ben Laden, fue declarado enemigo público
número uno de Estados Unidos y del “American way of
life” y, para sorpresa de los entendidos, el odiado
enemigo de Osama, Saddam Hussein, aparecía ahora en
los comunicados de Washington como su aliado y
protector en un Irak que, a juicio de la Casa
Blanca, disponía de un mortal arsenal de armas de
destrucción masiva.
Decíamos que las interrogantes son muchas, lo que ha
dado lugar en los últimos años a la proliferación de
una serie de explicaciones alternativas que ganan
cada vez más adeptos.. Encuestas levantadas en los
últimos años coinciden en señalar que uno de cada
tres estadounidenses creen que los ataques del 11-S
fueron elaborados y/o ejecutados con la complicidad
de funcionarios del gobierno federal (militares,
CIA, FBI u otra organización); un 16% cree que las
Torres Gemelas y la torre número 7 -¡que no fue
atacada por ningún avión y sin embargo se derrumbó
en horas de la tarde!- fueron demolidas con
explosivos y un 12% cree que fue un misil tipo
crucero lo que impactó al Pentágono. Por supuesto,
hay un verdadero aluvión de datos en una y otra
dirección que se han puesto en juego para justificar
estas interpretaciones. Y si bien algunas de ellas
fueron refutadas, las preguntas que quedan en pie
tienen suficiente espesor como para alimentar todo
tipo de conjeturas.
Sucintamente, las versiones más verosímiles de las
teorías alternativas (que no por casualidad la
prensa del sistema estigmatiza como “conspirativas”)
insisten en señalar que si bien las torres fueron
embestidas por dos aviones comerciales la forma en
que se produjo su desplome –el ángulo de la caída,
su velocidad, existencia de residuos de explosivos
entre los escombros- se encuadra nítidamente en lo
que se conoce como “demolición controlada.” El sitio
web de un numeroso grupo de expertos reunidos en una
asociación denominada “Académicos por la Verdad del
11-S” observa que según lo declarara una experta en
ingeniería mecánica, la profesora Judy Wood, si
alguien hubiera arrojado una bola de billar desde el
techo de las Torres Gemelas hubiera demorado 9.22
segundos en llegar al piso. Las torres, en cambio,
recorrieron ese mismo trayecto en 8 segundos, lo que
hubiera sido imposible de no haber mediado una
explosión en sus propios cimientos.
Más
todavía: siempre se habla de las Torres Gemelas,
pero la prensa y la versión oficial del gobierno
norteamericano omite el hecho de que el Edificio Nº
7 del complejo del World Trade Center también se
desplomó. Este misterioso suceso ocurrió a las 4.56
pm del mismo 11-S, es decir unas ocho horas después
del derrumbe de las Torres Gemelas y sin que hubiera
sido impactado por un avión. Ese edificio albergaba,
entre otras agencias del gobierno federal, algunas
oficinas del Servicio Secreto, de la CIA, del
Servicio de Impuestos Internos y la unidad de lucha
contra el terrorismo de la ciudad de Nueva York. La
forma como se derrumbó, otra vez, se ajusta
nítidamente al modelo de la “demolición
controlada”.
No son
menores las dudas que suscita lo ocurrido en el
Pentágono, donde el avión que supuestamente se
incrustó en sus paredes prácticamente se pulverizó
en el aire, y sin haberse encontrado ningún resto
significativo ni de sus motores, sus alas, la cola y
su tren de aterrizaje. Tampoco se encontraron restos
de las butacas o de los cuerpos de los pasajeros,
todo lo cual abonaría la teoría de que, en realidad,
lo que impactó sobre el Pentágono fue un misil
crucero. Todas estas hipótesis, que contradicen la
versión oficial de Washington, fueron ganando
credibilidad por la acción del ya mencionado grupo
de académicos y en el cual revistan ingenieros,
arquitectos y científicos de diferentes
especialidades que coinciden en señalar que la caída
de las torres y el edificio Nº 7 remiten
indiscutiblemente a la existencia de explosivos que
fueron estratégicamente colocados en los cimientos
de esas instalaciones, con lo cual se abre el
interrogante de cómo tal cosa fue posible en
edificios sometidos a rigurosísimos controles de
acceso imposibles de sortear sin alguna forma de
cooperación con quienes tenían a su cargo la
seguridad del edificio.
Otros
antecedentes son igualmente inquietantes: ¿es
razonable pensar que 19 ciudadanos extranjeros –la
mayor parte de los cuales tenían pasaportes o visas
vencidas, hubieran podido todos ellos ingresar
armados a cuatro aviones comerciales? ¿Cómo
interpretar el hecho de que en los meses anteriores
al 11-S la fuerza aérea estadounidense hubiera
realizado 67 intercepciones exitosas de vuelos
ilegales y errantes y sin embargo en ese aciago días
4 aviones pudieron salir de su curso sin que ninguno
fuera interceptado. El que supuestamente habría
impactado en el Pentágono se mantuvo fuera de su
ruta durante un lapso de 40 minutos sin que hubiera
sido interceptado por ningún avión caza
norteamericano.
Las
preguntas y los cuestionamientos serían
interminables. Y la larga tradición de engaños y
ocultamientos de Washington excita la imaginación de
los conspiracionistas. Todavía está fresca la
colosal mentira pergeñada por la Casa Blanca en
relación al asesinato de John F. Kennedy, según la
cual el magnicidio fue obra de un personaje
alienado. Esta absurda versión fue refrendada por el
llamado Informe Warren de la Corte Suprema de los
Estados Unidos, la que en un texto de 888 páginas
sostiene esa tesis. El informe fue despedazado por
los críticos y, sin embargo, permanece como la
versión oficial del asesinato de JFK Mentiras
semejantes fueron expresadas por el gobierno de los
Estados Unidos a lo largo de la historia. En Febrero
de 1898 estallaba el crucero Maine anclado en el
puerto de La Habana, donde había llegado para
“proteger” los intereses norteamericanos amenazados
por el inminente triunfo de los patriotas cubanos
sobre los colonialistas españoles. Estados Unidos
acusó a España del atentado, que ocasionó la muerte
a gran parte de su tripulación, y de ese modo
justificó su intromisión en el conflicto: le declaró
la guerra a España, ya vencida por los cubanos, y se
quedó con Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Mintió
también cuando oficialmente declaró, al día
siguiente de haber arrojado la bomba atómica en
Hiroshima, que no había rastros de radiación nuclear
en la zona. Antes, hay muchos que sostienen que la
Casa Blanca sabía del inminente ataque japonés a
Pearl Harbour, y dejó que suceda porque volcaría la
opinión pública que hasta ese momento no quería que
el país entrara en la Segunda Guerra Mundial. Y
volvió a mentir cuando aseguró que había armas de
destrucción masiva en Irak. Mintió mil veces al
calumniar a la Revolución Cubana desde el 1º de
Enero de 1959, como lo hizo al acusar a los
gobiernos de Salvador Allende, Juan Bosch, Jacobo
Arbenz y tantos otros. Y miente hoy, descaradamente,
al acusar de cómplices del terrorismo y el
narcotráfico a gobiernos como los de Raúl Castro,
Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. Mentiras,
conviene recordarlo, que se ocultan tras una montaña
de víctimas.
El
informe oficial preparado en relación al 11-S
adolece de una total falta de credibilidad. Sus
defensores descalifican a sus críticos tildándolos
de “conspiracionistas”. Pero, ¿no existen acaso
suficientes interrogantes para concluir que si hay
una conspiración esa es la que emana desde la Casa
Blanca, con su sistemático ocultamiento de todas las
evidencias que contradicen la historia oficial? Los
críticos de esta historia sostienen dos hipótesis: o
que el gobierno de EEUU sabía del atentado que
realizarían los terroristas y dejó que ocurriera; o
que fueron algunas agencias federales quienes
planearon y ejecutaron el operativo porque crearía
las condiciones necesarias para avanzar en su agenda
política y, en lo inmediato, justificar su
apoderamiento de Irak y su gran riqueza petrolera.
Según analistas norteamericanos muy bien informados
era un secreto a todas voces que en las discusiones
del gabinete de George W. Bush en vísperas de la
tragedia se decía que para invadir Irak y apoderarse
de su petróleo era necesario contar con una buena
coartada. Los atentados del 11-S ofrecieron la
excusa perfecta. Tal vez algún día sepamos la
verdad. Pero la conspiración de silencio pergeñada
por la Casa Blanca no autoriza ser demasiado
optimistas al respecto.
[Más
información sobre el tema en:
http://www.ae911truth.org/ Arquitectos e
ingenieros por la verdad del 11-S
http://911scholars.org Académicos por la verdad
del 11-S
http://stj911.org Académicos por la verdad y la
justicia del 11-S]
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso
del autor mediante una licencia de Creative Commons,
respetando su libertad para publicarlo en otras
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