CUBA 1959-2011
Logros y reveses sociales
Por Aurelio Alonso - Punto Final
[22.10.2011]-Actualizado 9:20 am Cuba
La revolución que
llegó al poder en enero de 1959 significaría una
transformación de la sociedad cubana en una magnitud
que hubiera sido prácticamente imposible prefigurar
en el contorno de un programa político, por
profundas que fueran las reformas que éste se
planteara, como lo fueron en el programa del Moncada
(Fidel Castro, La historia me absolverá , 1953).
Magnitud inimaginable incluso para el líder mismo
que la ha conducido desde sus inicios y que ha
dejado su impronta inconfundible para el curso
futuro, quien lo signó en una elocuente expresión:
"Hemos hecho una revolución más grande que nosotros
mismos".
El programa
político nunca puede rebasar el enunciado de las
propuestas. La historia real implica mucho más:
implica las trabas externas, las limitaciones
internas, las frustraciones, los aciertos, los
errores, las opciones alternativas, los actos de
heroísmo, la resistencia, engarzados todos en una
suerte de espiral que cambia a los seres humanos que
la vivimos, de generación en generación, de
coyuntura en coyuntura. A través de ella se teje
progresivamente todo el complejo de las relaciones
sociales, su dimensión estructural, su
institucionalidad, los patrones morales, las
militancias, la religiosidad, el imaginario popular,
la creatividad, y todas las redes que implican lo
que de la manera más genérica caracterizamos como lo
social. De ningún modo siguiendo una lógica lineal,
sino en un devenir cargado de contradicciones.
Lo contradictorio
está en el centro mismo, como lo vislumbraron los
que le dieron al socialismo una sustentación
científica, que retornaron sin cesar a esta
figuración dialéctica hegeliana de la contradicción.
Siempre lo estuvo y siempre lo estará, de un modo o
de otro, y no como un principio doctrinal sino como
realidad desde entonces descubierta y muchas veces
verificada. El medio siglo del proceso cubano que
nos toca esbozar, cargado de logros y descalabros,
de éxitos y fracasos, de regocijos y de pesares, de
fundación de valores nuevos y de lastres del mundo
frente al cual nos rebelamos, así lo demuestra.
En Cuba la
referencia marxista fue incorporada después que el
pueblo descubriera que sus reclamos habían llegado
al poder; que la nación, que el régimen republicano
nacido a la sombra de la intervención pionera del
imperio americano no había podido darle, no sólo era
una posibilidad sino que el pueblo mismo había
comenzado a hacerla real.
Los líderes
acudieron a las masas desde el principio para que
sus iniciativas no quedaran en la esfera de las
decisiones elitistas. Aunque la simplicidad de la
estructura de gobierno se valiera del decreto, el
cambio social no se decidía sin acudir al consenso
popular más amplio. La sociedad cubana tuvo
rápidamente pruebas inconfundibles del alcance
social del proyecto puesto en marcha. La reforma
agraria, que expropiaba el latifundio, se firmó a
cuatro meses de la victoria, y pocos meses después
se hacía efectivo el reparto de las tierras. Una
movilización masiva de campesinos a La Habana en la
primera celebración del aniversario del asalto al
cuartel Moncada, el 26 de julio de 1959, barrería
con las esperanzas de la oligarquía terrateniente de
oponer resistencia a la decisión de repartir la
tierra entre el campesinado explotado, dedicado a
trabajarla.
Desde aquel
momento el recurso a la movilización de las masas en
torno a los dirigentes se convirtió en el más
persistente para la manifestación del consenso. De
esta manera, un nuevo tipo de relaciones sociales
comenzó a imponerse, y a cobrar una incidencia en la
transformación de la estructura de clases de la
sociedad cubana. Además de la reforma agraria,
fueron adoptadas otras iniciativas orientadas a
avanzar en los propósitos de justicia social y
equidad, eliminación de la pobreza, reducción de
desigualdades, alivio de las presiones del hábitat,
por la vía de la rebaja de la renta, primero, y por
la supresión de la usura y el mercado inmobiliario,
después.
Entre 1959 y 1963
tendrían lugar la nacionalización de la banca, de la
industria y del comercio, un cambio de nominación de
la moneda con tope de atesoramiento, y una segunda
ley agraria, que reducía aún más la extensión de la
propiedad de la tierra. Al reformarse la estructura
económica se reformaba el conjunto de las relaciones
sociales. Con la socialización de la casi totalidad
de la economía por la vía de la propiedad estatal,
cambiaba del todo la fisonomía de la sociedad. Y con
ella el tipo de relaciones con los órganos de poder
político, que ya no responderían a intereses
oligárquicos de carácter privado. La transformación
estructural de la sociedad cubana se produjo muy
rápidamente.
El partido
y el Estado
Aquella gigantesca
cabeza gubernamental que suponía la creación de
Ministerios concebidos para administrar la totalidad
del espectro económico se dirigía desde una
estructura exclusiva y simple: el Consejo de
Ministros. Sin embargo se avanzó, no sin
dificultades, hacia la unificación política en un
partido, que no había dirigido la lucha
revolucionaria sino que se integraba a partir de la
victoria, desde los movimientos y organizaciones que
lo habían hecho. Y cuya misión, en su relación con
el Estado, no quedaría muy definida hasta diez años
después. Surgía, a la vez, una nueva
institucionalidad, la cual se arraigó con la fuerza
del consenso, en la sociedad civil cubana: novedosas
organizaciones de masas, como los Comités de Defensa
de la Revolución, la Federación de Mujeres Cubanas,
la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, las
cuales no desplazaron a otras cuya legitimidad se
revitalizó en el cambio social, pero que le darían
un sentido nuevo a la participación popular.
El poder
revolucionario afrontó la meta de eliminar el
analfabetismo adulto de la población en el marco
reducido del año 1961, en el cual Cuba fue invadida
por un ejército mercenario armado y entrenado desde
Estados Unidos, y enfrentaba alzamientos
contrarrevolucionarios que se prolongaron por varios
años. Desde 1962 era asumido un sistema único de
educación, público, laico y gratuito. El mismo
carácter público y gratuito se acordaba para el
sistema de salud en 1965. No se planteó esperar a
que el sistema que recién se creaba, bajo el acoso
económico, diplomático y hasta militar de Estados
Unidos, hiciera costeables las profundas reformas
sociales, sino que se adoptaron y se tradujeron en
un consenso sostenido, que atravesó prácticamente
sin tregua las escaseces alimentarias, de vestuario
y otras necesidades, que desde los mismos años 60
comenzaron a vivirse.
Para los niveles
de comparación hegemónica norteamericana esta
capacidad de resistencia desde una sociedad
constituida en Estado, insignificante en términos
geopolíticos, frente a las reglas de dominación y
subsistencia impuestas, fue la primera de las tres
sorpresas que el caso cubano daría a Washington. Los
cubanos descubrieron que la soberanía tenía una
naturaleza tangible, más allá de la Constitución,
las instituciones del Estado y los símbolos de la
Patria, y que había que defenderla en la práctica
cada vez que alguien la pusiera en peligro.
Varios factores
iban a erosionar, desde entonces, el escenario de la
nueva relación social. El efecto migratorio, marcado
al principio del periodo que nos ocupa por el
desplazamiento de poder impuesto por la revolución,
hacia finales de la década comenzó ya a desplazarse
hacia motivaciones vinculadas a las condiciones y el
estilo de vida que una austeridad extendida imponía,
a despecho de los beneficios en respuesta a las
urgencias de equidad y justicia social, y del
rescate de la soberanía nacional. Washington no
perdió tiempo en manipular la presión migratoria
cubana para alimentar la imagen de una sociedad
dividida. Desde entonces la opción de migrar se
presentará como una mezcla de atracción (para
quienes se desalienten) y de amenaza (para la
estabilidad de la sociedad que se construye en la
isla). Así, se armó una política preferencial que
premia con privilegios a los cubanos que arriban por
la vía ilegal, opuesta a la política aplicada para
el resto de los migrantes latinoamericanos.
De modo que se
hace imposible esbozar un cuadro completo de la
sociedad cubana sin tomar en cuenta la existencia de
un enclave migratorio, principalmente en Estados
Unidos, que en poco tiempo comienza a incidir
económicamente, y también como imagen de diferencia
de bienestar, a través del dispositivo de las
remesas familiares (que guarda semejanza con la
caracterización genérica de la explosión migratoria
actual, pero que en el caso cubano es manipulada).
No obstante, la comunidad emigrada es un fenómeno
que no presenta hoy uniformidad opositora, aunque
predominan las franjas que expresan el conflicto con
el proceso cubano; no contamos con el espacio para
detenernos aquí en sus dinámicas pero tampoco
podemos pasar por alto que constituye un componente
problemático en el análisis de la sociedad cubana de
hoy. Es conocido que las explosiones migratorias
vividas no se detuvieron después de la primera
década, y quedaron marcadas con fuerza en la salida
masiva por el puerto de Mariel en 1980, y de nuevo
con la llamada "crisis de los balseros" en 1994. Y
que en la actualidad el sistema cubano está lejos de
haber podido consolidar un cuadro de incentivos que
contrapese las motivaciones migratorias.
Tampoco es posible
pasar por alto que en los 60 se produce un
crecimiento demográfico que lleva a la población de
Cuba, de algo más de seis millones de habitantes en
1959, a diez millones aproximadamente, en 1970. El
crecimiento en los cuarenta años siguientes ha sido,
sin embargo, de sólo un millón más. De modo que si
en los 70 y los 80 podíamos hablar de una sociedad
mayoritariamente joven, el envejecimiento
poblacional se acentuó entre la década final del
pasado siglo y la primera del presente, gracias a la
combinación de una caída sostenida de la tasa de
natalidad y el aumento de la esperanza de vida.
La entrada en la
segunda década del experimento socialista cubano
puso a la sociedad de cara a la evidencia del
fracaso macroeconómico. Aun si la errática decisión
de barrer con la pequeña iniciativa privada (la
"ofensiva revolucionaria" de 1968) podía tratar de
hallar justificaciones en el imaginario
revolucionario de la época, el fracaso de la zafra
de los diez millones de toneladas de azúcar (1970)
era un signo inconfundible de que las estrategias
seguidas en la década anterior no podrían
sostenerse, al menos bajo el bloqueo. No es la
intención de este capítulo estudiar la economía,
pero sería superficial desconocer el peso de lo
económico en el conjunto del fenómeno social.
Primera
frustración
El proyecto
socialista cubano había vivido su primera gran
frustración: no iba a poder articularse en el
sistema-mundo con la independencia que aspiraba a
preservar. ¿Causas exógenas? Hay que reconocer que
en medida apreciable, pues el asedio para evitar la
supervivencia no dio respiro. Pero faltaron otras
muchas cosas: referencias modélicas alternativas,
capital profesional (ese que ahora tenemos en
abundancia), imaginación, tal vez. No podría decir
cuántas. Sobraron seguramente otras, como la
confusión en torno al alcance del ejercicio de la
voluntad, por bien intencionada y justa que fuera.
La justeza de la decisión política, avalada por el
consenso, no siempre puede imponerse a la exigencia
y los límites de los mecanismos: a los del mercado,
por ejemplo.
Lo que hay que
precisar aquí es que con la decisión de incorporarse
al Consejo de Ayuda Mutua Económica (Came) -el
llamado "bloque del Este", o el "sistema soviético"
(para emplear términos que aluden a diversas aristas
de la recontextualización social)- el cubano se ve
confrontado con un esquema de valores parcialmente
modificado. Su socialismo sigue significando el
dominio estatal de la economía, los socios allende
los mares son los que desde la década precedente
tendieron la mano, y los portaestandartes del
proyecto socialista nacido de la revolución
bolchevique, en tanto sus enemigos externos, no
moderan su hostilidad; la soberanía lograda no se ve
amenazada por la nueva forma de dependencia, aun si
ésta va a implicar costos, a veces lacerantes y
lamentables en más de un sentido, de uniformación
del pensamiento. Algo de discriminatorio, y a veces
de represivo, se impuso en el plano ideológico en el
proyecto cubano.
Mucha tela habría
que cortar para detallar lo que se perdía y lo que
se ganaba, pero lo que nos interesa ahora es ver
cómo ganancias y pérdidas se traducen en influencias
en las relaciones sociales que la aventura
revolucionaria de los 60 había generado. En
realidad, la economía socialista cubana logró un
espacio de inserción y un proyecto de desarrollo que
reportó mejoras en las condiciones de vida, y a la
vez, crecimiento en la escala macro. Seguramente con
costos muy elevados, que no creo que hayan sido
contabilizados totalmente. El Partido Comunista de
Cuba inició la secuencia de congresos en el estilo
propio de los partidos nacidos de la tradición
marxista, y la administración del Estado se
institucionalizó con los órganos de Poder Popular.
El socialismo cubano se dio al fin una Constitución,
votada en referéndum en 1976, después de haber
subsistido sin Constitución propia durante
diecisiete años.
La sociedad cubana
vivió con más holgura que en la década anterior, los
índices de alimentación se elevaron, el desempleo se
hizo insignificante, avanzó un mercado minorista de
bienes de consumo, las promociones de profesionales
de la salud generaron la metáfora de la "potencia
médica" para aludir a las potencialidades de
garantía asistencial y científica que se abrían y al
abanico de solidaridad civil hacia países agobiados
por catástrofes naturales o simplemente urgidos de
asistencia, atenazados por una política de salud
deficitaria. La proporción de médicos y enfermeras
lograda dio lugar a que se creara, hacia mediados de
los 80, el (la) "medico de la familia", como un
nuevo escalón asistencial, más directamente
vinculado a la comunidad.
Me abstengo aquí,
lo reitero, de formular otras valoraciones sobre el
sistema y la inserción económica que propició esta
mejoría en la satisfacción de las necesidades
básicas de la sociedad cubana, porque desbordaría el
propósito del presente capítulo. De ningún modo
porque crea que se desenvolvía en un contexto ideal.
Lo que sí quiero destacar es que el consumo per
cápita diario de kilocalorías y de proteínas se
elevó por encima de la norma de satisfacción fijada
por la Organización Mundial de la Salud, en una
sociedad que llegó a alcanzar, además, un nivel muy
apreciable de equidad. Hacia la segunda mitad de los
80 el veinte por ciento de la población con ingresos
más altos ganaba cuatro veces lo que el veinte por
ciento de la población con ingresos más bajos, y más
de las tres cuartas partes de los ingresos procedían
de salarios del sector estatal, que era
prácticamente omnipresente en la economía del país
(Andrew Zimballist y Claes Brundenius, Cuadernos de
Nuestra América No. 13, 1989).
La articulación al
programa complejo del Came, al amparo de la cláusula
de "país más favorecido", junto a Vietnam y
Mongolia, propició una holgura de recursos que
funcionó para crear un patrón de desarrollo y
cambiar las condiciones de vida de la sociedad,
hasta el momento del colapso.
La sociedad cubana
había regularizado sus relaciones y su estilo de
vida en aquel contexto. Afortunadamente no faltaron
circunstancias que impidieran que este Estado de
bienestar, moderado, bastante equilibrado, bien
merecido, se convirtiera del todo en el
congestionamiento de un modelo por la rutina. El año
1975 marcó el comienzo de la operación de
solidaridad más significativa y costosa en esfuerzo
y vidas protagonizada desde la sociedad cubana. En
cerca de doce años pasaron por Angola alrededor de
trescientos cincuenta mil cubanos, la mayoría como
combatientes, todos voluntarios. Tocó a la
generación que estaba en la infancia al triunfo de
la revolución, la oportunidad de intervenir en una
gesta que barrió con la dominación del régimen de
apartheid , además de dejar asegurada la
independencia de Angola y Namibia. Aquella resultó
ser la misión más generosa y significativa en que se
involucró el pueblo cubano entre los 70 y los 80: la
de contribuir decisivamente a impedir que se
perpetuara la dominación del racismo en el
continente africano. Quiero pensar que para la
experiencia de aquella generación la oportunidad del
heroísmo en una causa justa sirvió también como
antídoto frente a un modelo que amenazaba con
generar burocracia y rutina.
La victoria de la
revolución sandinista en Nicaragua también
contribuyó, en otra escala, a mantener este aliento
para los cubanos que necesitábamos confirmar que
nuestra resistencia, en tan onerosas condiciones, no
sólo era válida para la subsistencia propia sino que
respondía, sobre todo, a un ideal altruista que no
había por qué dejar que se apagara.
Otra sorpresa
Se me antoja que
esta debe haber sido la segunda sorpresa que
Washington recibió del "caso cubano". Cuando suponía
vencida la estrategia de solidaridad combativa de
los revolucionarios de su traspatio, después de
haber controlado las mareas revolucionarias en
América del Sur e inaugurado una era de dictaduras
militares con el golpe de Estado en Chile (1973),
Cuba reaparecía en el Africa Subsahariana con toda
la legitimidad que se le otorgaba de hecho a quien
responde a la solicitud de gobiernos establecidos
(Angola, Mozambique, Etiopía). Y en esta ocasión no
quedaba más remedio que reconocer el éxito de su
participación en la misión emancipatoria y compartir
con los cubanos la mesa de negociación con la cual
el régimen de apartheid tocaba a su fin.
Desintegración de
la URSS
La entrada en los
90 trajo consigo la tragedia de la desintegración
del sistema socialista soviético. Y con ella la
desconexión internacional y la caída económica del
subsistema cubano (si se puede llamar así) que, sin
ponerlas todas, había jugado las cartas de su futuro
a su integración en aquel complejo cuyo desplome
había vaticinado Ernesto Guevara desde los 60
(Ernesto Che Guevara, El socialismo y el hombre en
Cuba , 1966). Quizás no tenía otra opción, pero
además, por oposición a las sospechas del Che,
prevalecía hasta los 80 en Cuba una lectura más
optimista acerca del sistema soviético (Carlos
Rafael Rodríguez, Cuba Socialista No. 33, 1988),
confiada en que los errores de la economía eran
corregibles, sin percatarse de que el fracaso en
propiciar la transición política hacia el poder del
pueblo se iba a interponer en el camino de la
corrección.
La dramática
perspectiva que abrió para Cuba la década final del
siglo XX, avizorada por Fidel Castro casi un año
antes de que se desencadenara, y bautizada
premonitoriamente como "período especial", contiene
una cadena de situaciones sucesivas en la cual la
sociedad padecerá los efectos superpuestos del
derrumbe y de las medidas para hacerle frente, y
reconozco que me encuentro entre los que considera
que los signos intermitentes de reanimación
económica de comienzos del nuevo siglo no indican
todavía superación. Es decir, que de las cinco
décadas de proyecto revolucionario transcurridas,
las dos últimas han sido vividas en crisis por la
sociedad cubana. Trataré a continuación de
sintetizar este escenario, que llega al presente.
Cuando hablamos
del impacto del derrumbe socialista en el proceso
cubano nos referimos muy puntualmente a una caída
del 36% del PIB entre 1990 y 1993. La capacidad
importadora de la economía nacional cayó en un 75%,
y el 65% de la disponibilidad monetaria hubo que
dedicarla a la importación de petróleo y de
alimentos. La compra de alimentos en 1992 se redujo
a la mitad de la de 1989 ( Cuba en cifras, 1998 ,
Oficina Nacional de Estadísticas). Sin tocar otras
vertientes de la desconexión, centro la atención en
los efectos en las condiciones de vida: el consumo
de kilocalorías disminuyó de cerca de tres mil a mil
novecientas y el de proteínas de ochenta a cincuenta
gramos ( Investigación sobre desarrollo humano y
equidad en Cuba 1999 , CIEM-PNUD). Esta contracción
llegó a traducirse, en las regiones más deprimidas
del país, en una situación de desnutrición que
estuvo incluso en la base de trastornos de salud.
Además, se
hicieron frecuentes los cortes de electricidad
prolongados, el transporte público y otros servicios
se redujeron a la mínima expresión, la construcción
de viviendas sufrió una interrupción casi total, y
el contingente habitacional urgido de reparación, y
el hacinamiento, crecieron; la infraestructura
hospitalaria encaró un deterioro del que no se ha
podido recuperar veinte años después. Por citar solo
los indicadores de deterioro en las condiciones de
vida que considero más significativos.
Pero sería
incompleta la caracterización de los efectos
sociales si pasamos por alto que esta crisis
comportó también para la sociedad cubana una
dimensión espiritual: una crisis de paradigma, de
certidumbres, de poder prever o no poder prever el
futuro (ni en el plano existencial ni en el
político), de no saber con certeza si continuaríamos
viviendo en una sociedad capaz de plantearse metas y
de orientarse hacia ellas, de cumplirlas o de
incumplirlas, y de rectificar rumbos (Aurelio
Alonso, La sociedad cubana en los años noventa y los
retos del comienzo de un nuevo siglo , 2002).
Con vistas a
sortear la crisis se adoptaron reformas que
introdujeron elementos de mercado en los 90,
coyunturales unas y otras que tocaban estructuras.
Mostraron no ser parte de un plan articulado, se
asumieron con reticencias, o con la clara aspiración
de revertirlas, aunque sirvieron para contener la
caída hacia mediados de la década. Pero no era
posible hablar, en rigor, de recuperación económica,
aun cuando se inició el cambio en el escenario
regional latinoamericano que propiciaría para Cuba
una nueva perspectiva de integración. El cambio
regional, en el cual tampoco nos toca detenernos,
reporta un panorama de esperanzas para la sociedad
cubana, por el cual ha estado esperando desde los
años 60.
Ruptura de la
equidad
Las reformas de
los 90 provocaron, sin embargo, una ruptura del
patrón de equidad que se había mantenido hasta los
80, que minimizaba las diferencias de ingresos
familiares. Con la explosión del ingreso
extrasalarial y la entrada de remesas se estima que
esa proporción llegó a finales de los 90 a ser
superior a quince veces los ingresos más altos sobre
los más bajos (Mayra Espina Prieto, Efectos sociales
del reajuste económico: igualdad, desigualdad,
procesos de complejización de la sociedad cubana ,
2003).
El cuadro presente
coloca a la sociedad en un ordenamiento artificial
que cobra forma en la doble circulación monetaria,
el abastecimiento desigual, el desequilibrio de la
pirámide salarial, el subsidio inoperante del empleo
estatal, la extensión de una economía informal fuera
de control, y un rosario de irregularidades más.
Estas distorsiones que vemos hoy en el escenario
socioeconómico cubano resumen los efectos
caotizadores combinados de la desconexión y derrumbe
de la economía, de una parte, y de otra de las
medidas aplicadas para contener la caída. Sin pasar
por alto los viejos efectos combinados de las
limitaciones impuestas por el bloqueo y las
generadas por desaciertos administrativos: los
viejos efectos dan un escenario a los nuevos, y se
mantienen los unos y los otros determinando
contornos.
Se hace evidente
que algunas de las iniciativas que van a ser tomadas
ahora, aportarán la corrección deseable. Aunque se
hace imposible afirmar a priori cuáles van a ser
acertadas y cuáles habrá que revisar de nuevo, como
tampoco se puede asegurar aún si conseguirán
articularse en un proyecto integral, y cómo.
Otra vez en Cuba
nos vemos obligados a repensar nuestra transición
socialista, y el reto inmediato y más definitorio
del socialismo cubano se localiza otra vez en la
economía. El dilema se define ahora entre la
transición de un socialismo fracasado hacia un
socialismo viable, o la transición hacia un
capitalismo que amablemente se nos aconseja
realizable con "rostro humano". Se sabe que en la
agenda cubana ha prevalecido y prevalece la primera
opción, pero que no se piense que no hubo en esta
sociedad motivación hacia el "rostro humano", ni que
se trata de una idea pasada de moda del todo en el
país. Porque con el socialismo viable sucede lo que
con la democracia participativa: carece de referente
concreto; de modo que todos, o casi todos, lo
queremos pero no sabemos cómo será ni por dónde
entrarle. Hasta ahora tenemos más claridad en lo que
le ha faltado al experimento socialista que en las
propuestas idóneas para rehacerlo. En cualquier
caso, con "rostro humano", el futuro sólo se podrá
hacer socialista, porque la lógica del capital va a
terminar siempre por tragarse cualquier empeño
sostenido de justicia social, de amparo frente a la
pobreza, de fórmula social equitativa.
Y la sociedad
cubana, a pesar de los sinsabores y la austeridad en
que se ha visto obligada a subsistir, no ha perdido
los valores alimentados por el horizonte de justicia
y equidad. Esto es algo que se hace presente, de
manera paralela a las expresiones de deformación, en
las sólidas manifestaciones de solidaridad de
nuestro pueblo, como la colaboración médica en
Haití. Podría hablarse de la colaboración médica
cubana en el mundo (en la que se inscribe la oferta,
rechazada de manera inescrupulosa, de enviar una
brigada a Nueva Orleans para atender a las victimas
del huracán Katrina en 2007). O en Bolivia, Ecuador,
Venezuela, donde los sanitarios cubanos atienden con
desvelo a la población más deprimida y carente de
recursos. Pero aludo ahora a Haití, urgida por un
año de desastres (terremoto, huracán, epidemia de
cólera), donde la cooperación solidaria cubana es
decisiva. En descomunal desproporción sobre
cualquier otra, si tomamos en cuenta indicadores
macroeconómicos del país que ofrece la ayuda. Es una
solidaridad indicativa de valores que sólo una
sociedad que se libera con este sentido de la
libertad, que no es el del liberalismo, puede
alcanzar.
Cuba mantiene los
valores revolucionarios
No puedo dejar de
pensar, para terminar, que la tercera sorpresa que
el "caso cubano" ha significado para Washington es,
precisamente, que después del derrumbe del bloque
del Este, del sistema en el cual el experimento
socialista cubano había encontrado su tabla de
salvación económica, de los tremendos efectos
materiales y espirituales de la caída cubana, del
recrudecimiento del bloqueo estadunidense con la Ley
Torricelli (1992) y la Ley Helms-Burton (1996), y
sus secuelas orientadas a acelerar la esperada
asfixia cubana, después de todo esto, la asfixia no
se da. Cuba, su sistema político (necesitado de
iniciativas que abran paso a una participación más
efectiva), su economía (más desordenada e
ineficiente que nunca, verdaderamente urgida de
reformas), su sociedad (cargada de penurias, de
desaliento e incertidumbres), no ha perdido los
valores que la distinguen ni manifiesta disposición
a abandonar la utopía socialista.
La sociedad cubana
no está dispuesta a perder lo que ha alcanzado,
comenzando por un sentido efectivo de la soberanía:
en realidad quiere más, porque no sólo aspira hoy a
la que la resistencia a la hegemonía imperiocéntrica
ha puesto a su alcance, sino a la que la madurez
política le ha dado derecho a ejercer y que todavía
siente limitada, pero percibe con acierto que sólo
dentro de una variante realizable de socialismo va a
poder alcanzar
(*) Sociólogo y
ensayista cubano (La Habana, 1939). Miembro fundador
de la revista Pensamiento Crítico (1967-1971), y del
comité de redacción de la revista Alternatives Sud .
Actualmente subdirector de la revista Casa de las
Américas. Libros: Iglesia y política en Cuba (2000),
El laberinto tras la caída del Muro (2006), América
Latina y el Caribe: territorios religiosos y
desafíos para el diálogo (2008), La guerra de la paz
(2010).
Junto con Punto
Final , este artículo se publica en portugués en la
revista Etudos Avançados , Nº 72, del Instituto de
Etudos Avançados de la Universidad de Sao Paulo,
Brasil. (Los subtítulos son de PF).
Publicado en
"Punto Final", edición Nº 744, 14 de octubre, 2011
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