Una oportunidad perdida
Por Jorge Gómez Barata (especial para
ARGENPRESS.info)
[27.10.2011]-Actualizado 10:30 pm Cuba
El pasado jueves,
ante la captura y posterior asesinato del ex líder
libio Muammar al-Gaddafi, Barack Obama, presidente
de los Estados Unidos y candidato incumbente para un
segundo mandato perdió la oportunidad que ninguna
persona sensata debe desperdiciar: quedarse callado.
Esta vez no se
trató de la captura de un adversario por un ejército
en campaña ni de masas enardecidas que clamaban
justicia, lo que el mundo presenció fue una grotesca
e incivilizada estampa en la cual turbas enardecidas
despedazaban a un hombre herido e indefenso. He
tratado de encontrar otro momento de desenfrenada
violencia para comparar lo que he visto y no lo
encontré.
Frente a lo
presenciado, las ejecuciones en la guillotina en la
Francia de 1789, el asesinato de la familia real
rusa, el ajuste de cuentas con Mussolini y la
ejecución extra judicial de Osama Ben Laden, parecen
anécdotas triviales.
Recuerdo ahora a
los criminales nazis que en Núremberg tuvieron
derecho al debido proceso al cual asistieron
acompañados por edecanes y fueron al cadalso
ataviados con sus uniformes, luciendo sus
condecoraciones y en la última hora estaban
asistidos por sacerdotes o pastores que les
ofrecieron la oportunidad de redimir sus pecados.
La muerte del
caudillo no se produjo en los Estados Unidos, que se
sepa no involucró directamente a ningún
norteamericano y como ha sido a lo largo de la
intervención en Libia; Obama no estaba obligado a
hablar y el trabajo sucio pudo haber sido
encomendado a la OTAN y a su Secretario General
Anders Fogh Rasmussen que muestra buena disposición
para tales ejercicios.
No obstante, con
una incontinencia verbal que comienza a
caracterizarlo, el presidente norteamericano, que
pudo haber despachado el asunto por medio de un
vocero o de un comunicado, convocó a la prensa a la
Rosaleda de la Casa Blanca, un jardín más bien
bucólico, utilizado sobre todo para recepciones,
bienvenidas y momentos felices, para confirmar la
muerte del libio vencido.
En un acto que
probablemente le proporcione algunos votos pero que
lo acompañará como un lance históricamente
desafortunado, Obama aprovechó para lanzar amenazas
y advertencias, que también salieron sobrando.
Ninguno de los
grandes líderes norteamericanos ni sus más
brillantes presidentes habían descendido a cumplir
semejantes cometidos y mucho menos a cohonestar
actos de semejante barbarie.
Si hubiera servido
para concluir un episodio de inaudita violencia y
barbarie, la muerte de Muammar el Gaddafi tal vez
habría valido la pena; la mala noticia es que la
demencial estampa que hemos presenciado, no concluye
nada, sino que inicia una era signada por mayores
incertidumbres y sufrimientos para el pueblo libio.
"La idea de que la justicia es válida cuando acude a
la receta de ojo por ojo y diente por diente,
conduce a un mundo de ciegos y desdentados". Allá
nos vemos.