Gadafi y la putrefacción moral del
imperio
Por Atilio A. Boron - Rebelión
[27.10.2011]-Actualizado 10:30 pm Cuba
El brutal asesinato
de Muamar Al Gadafi a manos de una jauría de
mercenarios organizados y financiados por los
gobiernos "democráticos" de Estados Unidos, Francia
y Gran Bretaña actualiza dolorosamente la vigencia
de un viejo aforismo: "socialismo o barbarie." No
sólo eso: también confirma otra tesis, ratificada
una y otra vez que dice que los imperios en
decadencia procuran revertir el veredicto inexorable
de la historia exacerbando su agresividad y sus
atropellos en medio de un clima de insoportable
descomposición moral. Ocurrió con el imperio romano,
luego con el español, más tarde con el otomano,
después con el británico, el portugués y hoy está
ocurriendo con el norteamericano. No otra es la
conclusión que puede extraerse al mirar los
numerosos videos que ilustran la forma en que se
"hizo justicia" con Gadafi, algo que descalifica
irreparablemente a quienes se arrogan la condición
de representantes de los más elevados valores de la
civilización occidental. Sobre ésta cabría recordar
la respuesta que diera el Mahatma Gandhi a la
pregunta de un periodista, interesado en conocer la
opinión del líder asiático sobre el tema: "es una
buena idea", respondió con sorna.
El imperialismo
necesitaba a Gadafi muerto, lo mismo que Bin Laden.
Vivos eran un peligro inmediato, porque sus
declaraciones en sede judicial ya no serían tan
fácil de ocultar ante la opinión pública mundial
como lo fue en el caso de Sadam Hussein. Si Gadafi
hablaba podría haber hecho espectaculares
revelaciones, confirmando numerosas sospechas y
abonando muchas intuiciones que podrían haber sido
documentadas contundentemente por el líder libio,
aportando nombres de testaferros imperiales, datos
de contratos, comisiones y coimas pagadas a
gestores, cuentas en los cuales se depositaron los
fondos y muchas cosas más. Podríamos haber sabido
que fue lo que Estados Unidos le ofreció a cambio de
su suicida colaboración en la "lucha contra el
terrorismo", que permitió que en Libia se torturara
a los sospechosos que Washington no podía atormentar
en Estados Unidos. Habríamos también sabido cuánto
dinero aportó para la campaña presidencial de
Sarkozy y qué obtuvo a cambio; cuáles fueron los
términos del arreglo con Tony Blair y la razón por
la cual hizo donativos tan generosos a la London
School of Economics; cómo se organizó la trata de
personas para enviar jovencitas al decrépito fauno
italiano, Silvio Berlusconi , y tantas cosas más.
Por eso era necesario callarlo, a como diera lugar.
El último Gadafi, el que se arroja a los brazos de
los imperialistas, cometió una sucesión de errores
impropios de alguien que ya venía ejerciendo el
poder durante treinta años, sobre todo si se tiene
en cuenta que el poder enseña. Primer error: creer
en la palabra de los líderes occidentales, mafiosos
de cuello blanco a los cuales jamás hay que creerles
porque más allá de sus rasgos individuales
–deleznables salvo alguna que otra excepción- son la
personificación de un sistema intrínsecamente
inmoral, corrupto e irreformable. Le hubiera venido
bien a Gadafi recordar aquella sentencia del Che
Guevara cuando decía que "¡no se puede confiar en el
imperialismo ni un tantito así!" Y él confió. Y al
hacerlo cometió un segundo error: desarmarse.
Si los canallas de
la OTAN pudieron bombardear a piacere a Libia fue
porque Gadafi había desarticulado su sistema de
defensa antiaérea y ya no tenía misiles tierra-aire.
"Ahora somos amigos", le dijeron Bush, Obama, Blair,
Aznar, Zapatero, Sarkozy, Berlusconi, y él les
creyó. Tercer error, olvidar que como lo recuerda
Noam Chomsky Estados Unidos sólo ataca a rivales
débiles e inermes, o que los considera como tales.
Por eso pudo atacar a Irak, cuando ya estaba
desangrado por la guerra con Irán y largos años de
bloqueo. Por eso no ataca a Cuba, porque según los
propios reportes de la CIA ocupar militarmente a la
isla le costaría un mínimo de veinte mil muertos,
precio demasiado caro para cualquier presidente.
Los imperialistas
le negaron a Gadafi lo que le concedieron a los
jerarcas nazis que aniquilaron a seis millones de
judíos. ¿Fueron sus crímenes más monstruosos que las
atrocidades de los nazis? Y el Fiscal General de la
Corte Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo, mira
para otro lado cuando debería iniciar una demanda en
contra del jefe de la OTAN, causante de unas 70.000
muertes de civiles libios. En una muestra de
repugnante putrefacción moral la Secretaria de
Estado Hillary Clinton celebró con risas y una
humorada la noticia del asesinato de Gadafi. (Ver
http://www.youtube.com/watch?v=Fgcd1ghag5Y) Un poco
más cautelosa fue la reacción del Tío Tom (el
esclavo negro apatronado que piensa y actúa en
función de sus amos blancos) que habita en la Casa
Blanca, pero que ya hace unas semanas se había
mostrado complacido por la eficacia de la
metodología ensayada en Libia, misma que advirtió
podría ser aplicada a otros líderes no dispuestos a
lamerle las botas al Tío Sam. Esta ocasional
victoria, preludio de una infernal guerra civil que
conmoverá a Libia y todo el mundo árabe en poco
tiempo más, no detendrá la caída del imperio.
Mientras tanto, como lo observa un agudo filósofo
italiano, Domenico Losurdo, el crimen de Sirte puso
en evidencia algo impensable hasta hace pocos meses
atrás: la superioridad moral de Gadafi respecto a
los carniceros de Washington y Bruselas. Dijo que
lucharía hasta el final, que no abandonaría a su
pueblo y respetó su palabra. Con eso le basta y
sobra para erguirse por encima de sus victimarios.
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