El G20, símbolo del
fracaso de un sistema
Por Eric Toussaint (ISEPCI)
[14.11.2011]-Actualizado 10:30 pm Cuba
Decididamente es urgente optar por otra arquitectura
internacional y democrática. También conviene que
las opciones sean anticapitalistas: rechazar la
dictadura de los acreedores, expropiar los bancos
sin indemnizaciones y ponerlos bajo control
ciudadano, rechazar el pago de una deuda ilegítima,
redistribuir, de forma radical, la riqueza.
El
G20 no tiene más legitimidad que su progenitor el G7
(Estados Unidos, Canadá, Alemania, Reino Unido,
Francia, Italia y Japón). Estos países lo crearon
hace tres años cuando comenzaban a estar minados por
la crisis económica más importante desde los años
treinta del siglo pasado. El G20 fue un fracaso
desde el comienzo hasta el fin de su reunión del 3 y
4 de noviembre de 2011, en Cannes (Francia). La
crisis de la Unión Europea y de la zona euro es
evidente y está en el centro de todas las
preocupaciones. La pirueta de Georges Papandreu
anunciando, tres días antes de la cumbre, la
convocatoria de un referéndum en Grecia para enero
de 2012, cuestionó el último andamiaje que trataba
de evitar una quiebra en cadena de los grandes
bancos privados europeos y su efecto bumerán sobre
las instituciones financieras norteamericanas. |1|
Y
este anuncio convulsionó una agenda del G20
minuciosamente preparada desde hacía meses. De
manera patética, todos los jefes de Estado y de
gobierno y los dirigentes empresariales se
volvieron, de repente, dependientes de la capacidad
del tándem Sarkozy – Merkel de lograr que las
autoridades griegas declararan, antes del fin de la
cumbre, que el referéndum no se celebraría. Si la
perspectiva de un referéndum se hubiera confirmado y
si éste consistía en pedir al pueblo griego su
conformidad para la aplicación de los acuerdos de la
cumbre europea del 26 y 27 de octubre de 2011, se
hubiera producido un desastre bancario y financiero.
¿Por qué hubiera pasado eso? Porque todo indicaba
que el plan iba a ser rechazado ya que, según un
sondeo realizado después del 27 de octubre, sólo el
12 % de los griegos aprobaba dicho acuerdo. La
perspectiva de este rechazo habría provocado durante
el mes de noviembre un descalabro del valor de los
títulos griegos, lo que hubiera obligado a los más
grandes bancos franceses y de otros países europeos
a aplicar una quita de entre el 80 y 90 % a sus
activos griegos. Los accionistas habrían aumentado
la venta de acciones de esos bancos provocando un
marasmo en la bolsa. Se habrían desencadenado
ataques especulativos contra los títulos italianos y
españoles, a los que la zona euro habría sido
incapaz de enfrentarse, ya que el Fondo Europeo de
Estabilidad Financiera (FEEF) no tiene los medios
necesarios. Los bancos franceses, alemanes y de
otros acreedores de Italia y España no hubieran
resistido.
Es
evidente que Georges Papandreu, bajo la presión de
las nuevas y durísimas reacciones populares
ocurridas durante la fiesta nacional del 28 de
octubre y frente a las críticas dentro de su propio
partido, intentó ganar tiempo torpemente, y
asegurarse un voto de confianza en el parlamento.
Ese cambio, de alguien que desde hace 18 meses se
burla de las reglas más elementales de la democracia
y reniega de sus compromisos electorales, no era
motivado por la voluntad de dar la palabra al pueblo
La verdad es que cuando, el 1 de noviembre, se
conoció su promesa de referéndum, ésta fue
ampliamente rechazada por la población así como por
los partidos y organizaciones sociales de izquierda.
Por supuesto, por razones totalmente opuestas, los
dirigentes europeos se opusieron en forma unánime a
cualquier consulta popular que concerniera al nuevo
plan de austeridad impuesto a Grecia en el marco del
acuerdo europeo de octubre de 2011.
La
crisis de la Unión Europea fue bien visible durante
la cumbre y los dirigentes de las instituciones
europeas no tuvieron los papeles principales. J. M.
Barroso y H. Van Rompuy, respectivamente presidente
de la Comisión Europea y del Consejo Europeo, fueron
simples figurantes mientras que Sarkozy y Merkel
lideraron, del inicio al fin, todas las
transacciones importantes.
Aunque la vuelta atrás de Georges Papandreu y la
perspectiva de un gobierno de unidad nacional que se
comprometa a aplicar las medidas de austeridad, que
la mayoría del pueblo griego rechaza, salvan la cara
del plan de ayuda a Atenas —mejor dicho del plan de
rescate del euro y de los grandes bancos privados—,
tal es el descontento en Grecia que nada está
definitivamente cerrado.
Desde
ahora en adelante, Italia será el próximo eslabón
más débil de la zona euro con una deuda soberana
seis veces más importante que la de Grecia. El G20
constituye un fracaso terrible para el gobierno
italiano. Silvio Berlusconi tuvo que aceptar que su
país sea sometido a un examen permanente por parte
del FMI. Al salir de la cumbre, Christine Lagarde,
directora general del FMI, declaró respecto al jefe
de gobierno italiano: «Lo someteremos al test de la
realidad» y agregó a propósito de Italia «Enviaré
cada tres meses un equipo compuesto seguramente de 5
o 6 especialistas.» |2| Que un país miembro fundador
del G7 sea sometido a un tratamiento tan humillante
muestra la profundidad del fracaso de la zona euro y
de la Unión Europea. No olvidemos que Mario Draghi,
el nuevo presidente del Banco Central Europeo, era
hasta hace un mes el director del Banco Central
italiano, después de haber sido ministro del
gobierno Berlusconi. El BCE, que está en plena
crisis, no tiene por lo tanto la presidencia sólida
que necesita para hacer frente a esta situación. El
anuncio realizado por Mario Draghi, ex miembro de
Goldman Sachs, de la reducción del 0,25 % en el tipo
director del BCE constituye una nueva concesión a
los banqueros con déficit de financiación a buen
precio.
Otro
fracaso para la UE y la eurozona: al Fondo Europeo
de Estabilidad Financiera todavía no le adjudicaron
las nuevas competencias y el aumento de medios
previstos en la cumbre europea del 21 de julio de
2011. Los BRIC (Brasil, Rusia, India y China)
finalmente dijeron que no aportarían fondos al FESF.
Por
otro lado, parece que el FMI no va tan bien como su
directora quisiera hacernos creer: los 500.000
millones de……. prometidos al FMI por la cumbre del
G20 de 2009, reunida en Londres, no se han visto
confirmados. Y esto es consecuencia del rechazo de
los países del G7 a aceptar una exigencia de los
BRIC. Éstos deseaban que su ayuda al FMI, a la UE y
a Estados Unidos se viera recompensada por un
aumento de su peso en las instituciones
internacionales (FMI, Banco Mundial, etc.)
Pedían un nuevo reparto de los derechos de voto y
también puestos de responsabilidad para lograr
influir en estas instituciones. Salieron perdiendo
las dos partes: el G7 no consiguió convencer a los
países emergentes a aflojar su bolsa y a su vez
éstos no obtuvieron un peso estructural en esas
instituciones conforme a su importancia económica y
política.
A
pesar de que se enfrentan a una profundización de la
crisis económica y a unas sombrías perspectivas para
2012, los gobiernos de los países más
industrializados rechazan tomar unas medidas
elementales para restituir el orden en el sector
financiero privado y relanzar la economía:
separación entre bancos de depósitos y bancos de
negocios, prohibición de algunas actividades
especulativas, impuesto sobre las transacciones
financieras, límite en los sueldos de los
administradores de sociedades y una limitación muy
estricta de los bonos, represalias contra los
paraísos fiscales, aumento de los gastos públicos
para relanzar el empleo, protección del poder
adquisitivo de los asalariados y de los receptores
de subsidios sociales… De todas estas medidas que en
un momento u otro de la crisis fueron propuestas por
responsables políticos como Nicolás Sarkozy, el
anfitrión de esta cumbre del G20, ninguna fue puesta
en práctica. Sin embargo, estas medidas constituyen
la mínima expresión de un programa del tipo del que
adoptó el presidente estadounidense Franklin D.
Roosevelt en su país, para afrontar la gran
depresión.
Barack Obama y todos los dirigentes europeos optaron
por otra vía: el apoyo estructural masivo a los
bancos y a otras instituciones financieras para
tratar de evitar las quiebras en cadena
conjuntamente con un refuerzo de las políticas
neoliberales (reducción de los gastos públicos y del
poder adquisitivo de la mayoría de las familias,
refuerzo de las políticas de precarización del
trabajo asalariado, una nueva ola de
privatizaciones, aumento de los impuestos
indirectos, etc.). Los resultados de esta elección
no levantan ninguna duda: una degradación del nivel
de vida de la mayoría de la población de los países
afectados, un continuo aumento de las desigualdades,
la posibilidad de nuevas quiebras bancarias ya que
no se impuso ningún límite serio a las políticas
especulativas, un crecimiento escaso salpicado de
recesiones durante diez, incluso quince años, el
mantenimiento de un endeudamiento estructural de los
poderes públicos como consecuencia de la
insuficiencia de los ingresos fiscales, la
continuación de la crisis en la zona euro,… El
abismo que separa la real politik y el discurso
lleno de fanfarronadas respecto a los abusos de los
mercados es patente cuando se lee el siguiente trozo
de la declaración final: «No toleraremos una vuelta
a los comportamientos observados antes de la crisis
en el sector financiero, y controlaremos
estrechamente la puesta en marcha de nuestros
compromisos respecto a los bancos, a los mercados
OTC de derivados y a las prácticas remunerativas».
Especialmente mortífera en los países del Sur y en
particular en África, la crisis alimentaria
provocada principalmente por la especulación sobre
los productos agrícolas figuraba también en la
agenda del G20 y su examen no dio pie a ninguna
medida. La declaración se contenta con afirmar que
es necesario: «atenuar los efectos de la volatilidad
de los precios».
Luego
de esta cumbre del G20, los indignados de Europa y
de Wall Street ven sus convicciones reforzadas. Los
que pretenden conducir al planeta son incapaces de
encontrar unas soluciones correctas y han utilizado
toda su influencia para impedir que un pueblo pueda
pronunciarse sobre las recetas neoliberales que le
imponen. La lección no será olvidada. Decididamente
es urgente optar por otra arquitectura internacional
y democrática. También conviene que las opciones
sean anticapitalistas: rechazar la dictadura de los
acreedores, expropiar los bancos sin indemnizaciones
y ponerlos bajo control ciudadano, rechazar el pago
de una deuda ilegítima, redistribuir, de forma
radical, la riqueza.
Notas:
1)
Véase Éric Toussaint: "El eslabón más débil en
Europa son los bancos"
2)
Entrevista a Christine Lagarde publicada en Le Monde
del 6-7 de noviembre de 2011, p.12
Traducción: Griselda Piñero