México: Eufemismos de
la realidad
[14.11.2011]-Actualizado 10:30 pm Cuba
De
acuerdo con datos dados a conocer ayer por el
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi),
la inflación anualizada alcanzó 3.20 por ciento en
octubre, apenas por arriba de las estimaciones
realizadas por el Banco de México (3 por ciento).
La
cifra referida acusa, de entrada, un sesgo
estadístico derivado del cambio, a principios de
este año, en la metodología empleada para calcular
el Índice Nacional de Precios al Consumidor; dicha
modificación consistió en reducir el número de
productos tomados en cuenta para la elaboración del
indicador y derivó, en automático, en un ajuste a la
baja en las estadísticas inflacionarias. Pero aun
sin considerar esa distorsión, resulta arduo
sostener que los resultados difundidos ayer por el
Inegi reflejen una realidad caracterizada por el
incremento generalizado en el precio de los
productos básicos, por la volatilidad de las
cotizaciones internacionales de los alimentos y por
la aplicación de políticas gubernamentales con
innegables componentes inflacionarios, como el
incremento sistemático en el precio de los
combustibles y la reducción de los subsidios a las
tarifas eléctricas.
Tales
inconsistencias, por lo demás, no son excepcionales,
sino que forman parte de un patrón en el que las
cifras oficiales terminan por volverse –ya sea por
mediciones erráticas o por el empleo de categorías
engañosas– eufemismos de la realidad. Como botón de
muestra baste citar la tasa de desocupación en el
país que, según el propio Inegi, se ubicó en 5.68
por ciento de la población económicamente activa en
septiembre –casi cinco puntos porcentuales menos que
en Estados Unidos, donde el desempleo alcanzó 9.1
por ciento–. El dato encierra una distorsión, por
cuanto no incorpora situaciones de desempleo que son
catalogadas, en cambio, como subempleo e
informalidad, y colisiona, además, con el sentir
generalizado de que la oferta laboral en el país es
mucho más precaria e insuficiente que en la nación
vecina del norte: al fin de cuentas, y a contrapelo
de lo que podría inferirse de las estadísticas
oficiales, miles de mexicanos continúan cruzando
diariamente la frontera hacia Estados Unidos con la
esperanza de acceder a alguna forma de trabajo
remunerado y, en consecuencia, a condiciones de vida
mejores que las que encuentran en México.
Algo
similar a lo anterior ocurrió durante el sexenio
pasado, cuando el gobierno federal, carente de
capacidad o de voluntad política para combatir la
pobreza en los hechos, se dedicó a borrarla de las
cifras oficiales mediante la redefinición de los
criterios hasta entonces empleados para elaborar las
estadísticas correspondientes, y con ello dejó fuera
del conteo a buena parte de los pobres del país.
Pero
las cuestionables mediciones oficiales no son, por
desgracia, los únicos elementos de distorsión de la
realidad puestos en práctica por el gobierno en
turno. El pasado lunes, al inaugurar la Semana
Nacional de la Pequeña y la Mediana Industria, el
titular del Ejecutivo federal, Felipe Calderón,
criticó a los gobiernos federales de la década de
los 80 que "empezaron a tomar deudas y deudas, sin
rendir cuentas a nadie, hasta que un día esas deudas
se hicieron impagables".
Tales
aseveraciones han de ser contrastadas con el
vertiginoso incremento de los débitos totales del
sector público federal, que en el más reciente año
crecieron a razón de mil 667 millones de pesos
diarios, según cifras de la Secretaría de Hacienda y
Crédito Público; semejantes números permiten
ponderar el peligroso crecimiento de un fenómeno que
en otras épocas, en efecto, llevó al país a
escenarios de pesadilla y que hoy, sin embargo, es
soslayado en el discurso oficial.
Cuando las autoridades hacen frente a los problemas
socioeconómicos de un país mediante cifras
maquilladas o con la intervención de conceptos
engañosos, las consecuencias suelen ser
catastróficas. El gobierno federal debiera verse
reflejado en el espejo de Grecia, cuyos gobiernos
falsearon, durante años, datos sobre la deuda y el
déficit públicos, y alimentaron, con ello, la
gestación de una crisis económica que ha devenido
tragedia social e inestabilidad política. A la
larga, resulta mucho más conveniente –y ético– el
ejercicio de una estricta transparencia en los datos
oficiales, pues es a partir de ellos que el propio
gobierno formula diagnósticos y diseña políticas
públicas; la carencia de cifras consistentes con las
realidades sociales equivale, en consecuencia, a
pilotar un avión con los instrumentos alterados.
(Tomado de La Jornada)