|
El
banco central que no quería serlo
Por Alejandro Nadal - La Jornada
[26.11.2011]-Actualizado 4:30 pm Cuba
La
destrucción de la unión monetaria europea no es
resultado de una inverosímil combinación de factores
improbables. Es la consecuencia lógica de un diseño
equivocado y de un modelo económico fracasado.
Lo
único que puede salvar al euro es la intervención
directa del Banco Central Europeo (BCE) para
apuntalar la deuda de los países de la unión
monetaria en su calidad de prestamista de última
instancia. Pero eso va en contra de la letra del
Tratado de la Unión Europea (art. 101) que prohíbe
al BCE comprar "directamente" bonos de países
miembros.
Es
cierto que el BCE ha estado interviniendo en el
mercado secundario de deuda soberana desde mediados
de 2010. Para evitar incrementar la base monetaria,
ha procedido a operaciones de esterilización. Esta
intervención indirecta le ha permitido dar la vuelta
a los tratados y dar un respiro a países como España
e Italia.
Sin
embargo, la polémica subsiste. El país clave en esto
es Alemania, donde impera el dogma de que la única
función del banco central es la lucha contra la
inflación. Como si la inestabilidad financiera no
fuera importante. Además, la mayoría de los líderes
políticos alemanes considera absurdamente que
respaldar la deuda italiana equivale a transferir
riqueza a los vecinos indolentes del Mediterráneo.
También piensa que la presión de los mercados
financieros es la única forma de obligar a estos
países irresponsables a caminar por la senda de la
virtud presupuestaria. Por estos prejuicios es
probable que el BCE nunca adopte el papel de
prestamista de última instancia que requeriría el
salvamento del euro. Renunciar a esta función es
casi equivalente a renunciar a ser banco central.
Cuando
la crisis comenzó a golpear a los bancos europeos a
finales de 2008, el BCE inyectó fuertes cantidades
de liquidez al sistema bancario para respaldar a los
bancos europeos. Pero cuando el peso de la crisis se
trasladó a los bonos soberanos en 2011, el BCE no
mostró el mismo entusiasmo para intervenir. Anunció
que haría intervenciones puntuales en los mercados
de deuda soberana, pero que estas operaciones le
repugnaban y las terminaría tan pronto fuera
posible. Es como si Patton hubiera declarado voy a
la batalla, pero no utilizaré mi artillería y
retrocederé lo antes posible.
El
Banco Central Europeo estuvo dispuesto a desempeñar
el papel de prestamista de última instancia en el
sector bancario, pero no quiere hacerlo en el
mercado de bonos soberanos. Por ese motivo se creó
el Fondo europeo de estabilidad financiera (FEEF),
instrumento que no tiene los elementos de que
dispone el BCE y nunca los tendrá. Ahora que fracasó
el plan para aumentar los recursos del FEEF a través
del apalancamiento, las cosas han quedado claras: no
hay prestamista de última instancia.
Uno de
los grandes problemas en la construcción del euro es
que los gobiernos de la eurozona pueden emitir deuda
en una divisa que no controlan. Es como si emitieran
deuda denominada en la divisa de una potencia
extranjera. Este es el problema de cualquier unión
monetaria. Esto significa que un país miembro de la
unión monetaria no puede garantizar que siempre
tendrá la liquidez necesaria para solventar sus
pagos.
Los
gobiernos que no forman parte de la unión monetaria
pueden emitir deuda en su propia divisa. Desde esa
perspectiva, siempre pueden garantizar que tendrán
la liquidez necesaria para enfrentar sus compromisos
de deuda soberana. El banco central en estos países
que mantienen su soberanía monetaria puede fungir
como prestamista de última instancia en el mercado
de bonos de esos gobiernos.
Claro
que los tenedores de bonos de esos países tienen que
enfrentar el riesgo de que la moneda en la que se
les va a reembolsar esté devaluada por la inflación.
En ese sentido, el país deudor también tiene el
recurso de reducir la deuda a través de la
inflación. En contraste, insertado en la unión
monetaria y sin un verdadero banco central a quien
recurrir, el único camino para el deudor es la
recesión y el desempleo.
Sin
prestamista de última instancia, los gobiernos de la
eurozona han quedado a merced de los mercados
financieros. Aquí hay círculos viciosos
desagradables y una gran volatilidad. Si los agentes
financieros piensan que un gobierno puede pagar,
mantienen bajas las tasas de interés. Por el
contrario, si piensan que no podrá pagar, la prima
de riesgo será muy alta y el costo financiero de la
deuda terminará por hacerse insoportable. Las
profecías de los agentes financieros llevan
implícitas las condiciones de su cumplimiento. Lo
único que puede frenar la dinámica perversa de estos
mercados es un banco central capaz de desempeñar la
función de prestamista de última instancia.
En la
construcción del euro se rompió el vínculo entre la
política fiscal y la monetaria. Además, los miembros
de la unión monetaria depositaron su soberanía
monetaria en una entidad que rehúye el desempeño de
su función más importante. Hoy es lógico que la
moneda común esté amenazada.
http://www.jornada.unam.mx/2011/11/23/opinion/026a1eco |