El huevo de la
serpiente
Por Frei Betto
[24.12.2011]-Actualizado 6:30 pm Cuba
No es
necesario ser economista para advertir la grave
turbulencia que afecta a la economía globalizada. Si
frena la locomotora chocan los vagones, impedidos en
su avance. Y el Brasil, a pesar de su PIB de US$ 250
mil millones, todavía es vagón.
Cada
año, desde 1980, mantengo el maratón de una semana
de charlas en Italia. Desde comienzos de este nuevo
milenio eran evidentes los síntomas de que la
próxima generación no disfrutaría del mismo nivel de
bienestar de los últimos veinte años. Ninguna
economía podía soportar semejante consumismo y la
creciente monopolización de la riqueza. Ahora la
realidad lo comprueba. La carroza de la Cenicienta
se convirtió en una calabaza. La Unión Europea se
traba en el pantano.
Son
muchas las causas de la actual crisis económica.
Señalarlas con precisión es tarea de los economistas
que no cultivan la religión de la idolatría del
mercado. Como lego que soy en el asunto, me arriesgo
a dar mi opinión. Desde los años 80 la especulación
se alejó de la producción. El mundo se convirtió en
un casino global. Sin pasaporte ni visa, millones de
dólares andan danzando libremente, día y noche, en
busca de inversiones rentables. Mientras que el PIB
del planeta es de US$ 620 mil millones, el cofre del
casino es de US$ 600 billones. La famosa burbuja.
¡Viva el papel sin peso!
La
lógica del lucro supera a la de la calidad de vida.
La estabilidad de los mercados es, para los
gobiernos centrales, más importante que la de los
pueblos. Salvar monedas, y no vidas humanas.
Todos
sabemos cómo se alcanzó la prosperidad de la Europa
occidental. Para evitar el peligro del comunismo se
implantó el Estado de bienestar social.
Se
combinaron el Estado proveedor y los derechos
sociales. Se redujo la desigualdad social y las
familias de los trabajadores pasaron a tener acceso
a la escolaridad, a la asistencia sanitaria, a carro
y casa propia. En contrapartida, para no afectar la
robustez del capital, se aplazaron las relaciones
laborales, se desactivó la lucha sindical, se hundió
la izquierda. Todo indicaba que la prosperidad, que
llamaba a la puerta, llegaba para quedarse.
No se
le dio la debida importancia a un pequeño detalle
aritmético: si hay dos gallinas para dos personas, y
una de ellas se apropia de ambas gallinas, la otra
se queda sin nada. Y cuando golpea el hambre, quien
no tiene nada invade el espacio del que acumuló
mucho.
De
ese modo los pobres del mundo, atraídos por el nuevo
Eldorado europeo, se fueron en busca de un lugar
bajo el sol. Perfecto: Europa, como los EE.UU.,
necesitaba de quien, a bajo costo, limpiase
oficinas, cuidase el jardín, lavase los automóviles.
La onda migratoria se vio reforzada con la caída del
muro de Berlín. La democracia política llegó al Este
europeo sin la democracia económica. Mientras miles
de gentes tomaban el rumbo hacia una vida mejor en
Occidente, sus gobiernos creían que para llegar al
paraíso era necesario ingresar en la zona del euro.
Europa colapsó. ¿De quién es la culpa? Ahora resulta
que el crimen de cuello blanco no ha sido inculpado.
¿Quién fue castigado por la crisis usamericana en el
2008? ¿Los deforestadores del Brasil no están siendo
amnistiados por el nuevo Código Forestal?
Existen culpables. Pero ahora todos se esconden bajo
el escudo del FMI. Y nosotros, los brasileños,
sabemos bien cómo este gran inquisidor de la
economía castiga a quien comete herejías
financieras: reducción de la inversión pública,
garrote fiscal, desempleo, aumento de impuestos,
restricción de derechos sociales, castigo a países
con déficit público, etc.
Es
tanto el descaro, que el paquete del FMI incluye
menos democracia y más intervencionismo. Cuando
Papandreu, primer ministro de Grecia, propuso
realizar un plebiscito para oír la voz del pueblo,
el FMI vetó la propuesta, depuso a dicho gobernante
y nombró a Papademos, un tecnócrata, en su lugar.
También el gobierno de Italia fue ocupado por otro
tecnócrata.
Como
si el fin de la crisis dependiera de una solución
contable.
La
historia reciente de Europa enseña que la crisis
social es el huevo de la serpiente, golpeado por el
fascismo. Sobre todo cuando la crisis no es de un
país sino de un continente. Poco se gana con que
haya movilizaciones en un país; es necesario que se
expandan por toda Europa. ¿Pero cómo será posible,
si ya no existe un sindicalismo combativo ni
partidos progresistas? Las movilizaciones del tipo
ŒOcupen Wall Street¹ sirven para denunciar, no para
proponer, si no hubiera un proyecto político. Quien
se queja del presente y teme al futuro corre el
riesgo de refugiarse en el pasado, en el que habitan
los fantasmas de Hitler y de Mussolini.
Frei
Betto es escritor, autor de ³Conversación sobre fe y
ciencia², junto con Marcelo Gleiser y Waldemar
Falcao, entre otros libros.
http://www.freibetto.org/> twitter:@freibetto