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Guerras irrentables y corruptas
Por Jorge Gómez Barata
[15.01.2012]-Actualizado 11:30 pm Cuba
Para
bien o para mal, la globalización abarca al planeta.
Debido a las sanciones norteamericanas, Irán deberá
encontrar compradores para casi tres millones de
barriles diarios, mientras Europa, Japón, Corea del
Sur, India y otros grandes consumidores necesitaran
otro proveedor capaz de suplir a Persia y todos
requerirán más dinero.
La
mala noticia es que nada de eso existe: no hay un
Irán de repuesto, ni clientes alternativos y mucho
menos dinero para cuando el petróleo triplique su
precio. Si hay guerra habrá crisis para todos; de
alguna manera el mundo será implicado.
En el
pasado no era difícil compartir el punto de vista de
que, a corto plazo, al disparar la demanda, promover
la generación de empleos y aumentar el gasto
público, en las metrópolis, las guerras estimulaban
la economía y al exigir soluciones urgentes,
incentivaron la investigación científica y la
innovación tecnológica. La política imperial en la
era global ha desactualizado el precepto.
Con
costos humanos comparativamente bajos, para Estados
Unidos la Segunda Guerra Mundial cuando se confrontó
al fascismo fue un evento de elevada justificación
moral, cohesionador de la sociedad y sobre todo de
alta rentabilidad económica; no ocurrió así con las
contiendas de Vietnam y mucho menos con las de Irak,
Afganistán e incluso Libia, en las cuales los
intereses de las élites de poder está completamente
divorciados de los de la nación y el pueblo
estadounidense que sin motivación alguna paga los
costos de las aventuras imperiales.
Por
otra parte, debido a las abismales asimetrías entre
los agresores y los agredidos, en los conflictos
actuales la técnica militar no se destruye y no es
por tanto necesario reponerla, sin embargo no por
ello las guerras se han abaratado; abusar también
cuesta y la corrupción hace la diferencia. Carente
de motivaciones patrióticas e incluso ideológicas,
las guerras se han convertido en un macabro negocio.
En
Estados Unidos las guerras mundiales influyeron
positivamente en el desempeño de la producción, la
innovación tecnológica y científica y la
productividad. Aquellas contiendas crearon millones
de puestos de trabajo y llenaron las arcas del
Estado. Actualmente ocurre exactamente lo contrario,
se engendran enormes déficits, se incrementa el
desempleo y al amparo del erario público, de modo
ilegitimo, se amasan enormes fortunas. El auge del
mercenarismo, llamado hoy contratistas, es un
resultado repugnante de las nuevas realidades.
Entonces la economía norteamericana funcionaba con
gran nivel de autarquía; por lo cual el armamento y
los equipos utilizados por su ejército y parte del
de sus aliados eran creados por empresas
estadounidenses con capitales, materias primas y
energía producidos en el país por trabajadores
norteamericanos. En aquellos conflictos, la técnica
militar se destruía casi al mismo ritmo en que era
creada, por lo cual para renovarla las fábricas
trabajaban a tiempo completo.
En la
realización del Proyecto Manhattan, para fabricar
tres bombas se gastaron unos 20 000 millones de
dólares al cambio actual y se emplearon 130 000
personas agrupadas en más de dos mil fabricas,
empresas y centros de investigación. Durante la II
Guerra Mundial fueron hundidos 4051 buques mercantes
aliados y 942 de guerra, entre ellos 20 portaaviones
y 418 submarinos. Hasta 1942 la pérdida de buques
mercantes superaba la capacidad de los astilleros
para producirlos.
Para
resolver el problema en 4 años sólo de la clase
Liberty, en 18 astilleros norteamericanos se
fabricaron 2 751 barcos. Aunque según los planes se
necesitaban 244 días para construir cada nave, la
innovación consistente en construirlos en serie,
mediante pieza prefabricadas que, en lugar de con
remaches se unían con soldadura redujo el plazo a 42
días. El programa generó 1,5 millones de empleos.
La
batalla en el mar se ganó cuando se fabricaron más
barcos de los que eran hundidos.
A
principios de la contienda en el Frente
Soviético-Alemán, la sobrevivencia de una pieza de
artillería era de cinco meses, un tanque cuatro y un
avión tres. Cada mes se reemplazaba el 20 por ciento
de las armas pesadas. Las guerras imperiales de hoy
se libran abusivamente, sin apenas sufrir daños en
la técnica y el armamento.
En
1943 la Octava Fuerza Área norteamericana que
realizaba los bombardeos sobre las ciudades alemanas
con masas de hasta mil aviones, perdía alrededor de
60 aparatos en cada misión, ocho mil en todo el
conflicto mientras que hoy, diez años después de
haber intervenido en Irak las huestes estadounidense
se han retirado con la misma técnica con que
invadieron diez años atrás. En más de 40 000
misiones sobre Libia no fue derribado un solo avión
de la OTAN y no recuerdo la última vez que escuché
de un acorazado, destructor, portaaviones o
submarino norteamericano que fuera hundido por fuego
enemigo.
Es
difícil encontrar alguien que desee que se realice
el escrutinio conque se amenaza pero, según afirman
sus militares, políticos e incluso ayatolas, Irán
pudiera marcar la diferencia. Ojalá ninguno de los
adversarios sea puesto a prueba y ninguno tenga que
probar sus palabras. Allá nos vemos.
(Tomado de ARGENPRESS.info) |