La
amenaza fascista en Venezuela
Por Atilio Borón
[22.02.2014]-
Actualización 11:00 am de Cuba
La
escalada desestabilizadora que
actualmente sufre la Venezuela
bolivariana tiene un objetivo no
negociable: el derrocamiento del
gobierno de Nicolás Maduro. No hay un
ápice de interpretación de quien esto
escribe en esta afirmación. Fue
expresada en reiteradas ocasiones no
sólo por los manifestantes de la derecha
en las calles sino por sus principales
líderes e instigadores locales: Leopoldo
López (ex alcalde del municipio de
Chacao, en Caracas, y jefe del partido
Voluntad Popular) y María Corina
Machado, diputada por Súmate a la
Asamblea Nacional de Venezuela. En más
de una ocasión se refirieron a las
intenciones que perseguían con sus
protestas utilizando una expresión a la
que regularmente apela el Departamento
de Estado: "cambio de régimen", forma
amable y eufemística que reemplaza a la
desprestigiada "golpe de estado".
12 de
febrero: violencia desestabilizadora
Lo que se
busca es precisamente eso: un "golpe de
estado" que ponga punto final a la
experiencia chavista. La invasión a
Libia, y el derrocamiento y linchamiento
de Muammar El Gadafi son un ejemplo de
"cambio de régimen"; hace medio siglo
que Estados Unidos está proponiendo sin
éxito algo similar para Cuba. Ahora lo
están intentando, con todas sus fuerzas,
en Venezuela.
Esta
feroz campaña en contra del gobierno
bolivariano -en realidad, un proceso de
fascistización de larga data- tiene
raíces internas y externas, íntimamente
imbricadas y solidarias en un objetivo
común: acabar con la pesadilla
instaurada por el Comandante Hugo Chávez
desde que asumiera la presidencia en
1999. Para Estados Unidos la
autodeterminación venezolana afirmada
sobre las mayores reservas comprobadas
de petróleo del mundo, la derrota del
ALCA y los avances de los procesos de
integración y unidad en América Latina y
el Caribe -la UNASUR, el Mercosur
ampliado, la CELAC, Petrocaribe, entre
otros- impulsados como nunca antes jamás
por el líder bolivariano son desafíos
intolerables e inadmisibles, merecedores
de un ejemplar escarmiento. Para la
oposición interna el chavismo significó
el fin de las prebendas y negociados que
obtenía por su colaboración con el
gobierno de Estados Unidos y las
empresas norteamericanas en el saqueo y
el pillaje de la renta petrolera, y que
encontró en los líderes y organizaciones
políticas de la Cuarta República sus
socios menores e imprescindibles
operadores locales.
Tanto
Washington como sus peones estaban
seguros de que el chavismo no
sobreviviría a la desaparición física de
su fundador. Pero con las presidenciales
del 14 de Abril del 2013 sus esperanzas
se esfumaron: Nicolás Maduro prevaleció
sobre Henrique Capriles por un
porcentaje muy pequeño, pero suficiente
e indiscutible, de votos. La respuesta
de estos oligarcas travestidos en
señeras figuras de la república fue
primero desconocer el veredicto de las
urnas y luego desatar violentas
protestas que cobraron la vida de más de
una decena de jóvenes bolivarianos,
dejando heridos a unos cien, amén de la
destrucción de numerosos edificios y
propiedades públicas.
Cabe
consignar que al día de hoy, diez meses
después de las elecciones
presidenciales, Washington no ha
reconocido formalmente el triunfo de
Nicolás Maduro. En cambio, el
inverosímil Premio Nobel de la Paz
demoró horas en reconocer como
triunfador de los comicios
presidenciales hondureños del 24 de
Noviembre pasado -viciados hasta lo
indecible y fraudulentos como muy pocos-
al candidato de "la embajada", Juan O.
Hernández.
El
imperialismo no se equivoca al elegir a
sus enemigos: los Castro, Chávez, ahora
Maduro, Correa, Morales; y
contrariamente a lo que algunos
ingenuamente postulan, no existe una
derecha que sea "oposición leal" a un
gobierno genuinamente de izquierda.
Menos aun cuando se trata de una derecha
manejada por telecomando desde la Casa
Blanca. Si se comporta con lealtad es
porque ese gobierno ya fue colonizado
por el capital. Pese a la violencia de
los militantes de la Mesa de Unidad
Democrática que sostenía la candidatura
de Capriles el gobierno logró
restablecer el orden en las calles.
Contribuyeron a ello la clara y enérgica
respuesta gubernamental y, además, la
certeza que tenía la dirigencia del MUD
que las próximas elecciones municipales
del 8 de Diciembre -que la derecha
caracterizó como un plebiscito- les
permitirían derrotar al chavismo para
luego exigir la inmediata renuncia de
Maduro o, en el peor de los casos,
convocar a un referendo revocatorio
anticipado sin tener que esperar hasta
mediados del 2016 tal como lo establece
la Constitución. Pero la jugarreta les
salió mal, porque fueron ampliamente
derrotados por casi un millón de votos y
nueve puntos porcentuales de diferencia.
Atónitos
ante lo inesperado del resultado, que
por primera vez le ofrecía al gobierno
bolivariano la posibilidad de gestionar
durante dos años los asuntos públicos y
administrar la economía sin tener que
involucrarse en virulentas y
distractoras campañas electorales, los
antichavistas peregrinaron a Washington
para redefinir su estrategia en función
de las necesidades geopolíticas del
imperio y recibir órdenes, dineros y
ayudas de todo tipo para sostener su
proyecto desestabilizador. Derrotados en
las urnas ahora la prioridad inmediata
era, como lo exigiera Richard Nixon para
el Chile de Salvador Allende en 1970,
"hacer chirriar la economía". De ahí los
sabotajes, las campañas de
desabastecimientos programados y el
desenfreno de la especulación cambiaria
(según recomienda en su manual de
operaciones el experto de la CIA Eugene
Sharp); los ataques en la prensa en
donde las mentiras y el terrorismo
mediático no conocen límite o escrúpulo
moral alguno y, luego, como remate,
"calentar la calle" buscando crear una
situación similar a la de la ciudad de
Bengasi en Libia, capaz de desbaratar
por completo la economía y desatar una
gravísima crisis de gobernabilidad que
tornase inevitable la intervención de
alguna potencia amiga, que ya sabemos
quién es, para que acudiese en auxilio
de los venezolanos para restaurar el
orden quebrantado.
Una tras
otra todas estas iniciativas terminaron
en el fracaso, pero no por ello la
derecha abandonará sus propósitos
sediciosos. Leopoldo López se acaba de
entregar a la justicia y es de esperar
que esta le haga caer, a él y a su
compinche, María Corina Machado, todo el
peso de la ley. Llevan varias muertes
sobre sus mochilas y lo peor que le
podría pasar a Venezuela sería que el
gobierno o la justicia no advirtieran lo
que se oculta dentro del huevo de la
serpiente. En situaciones como éstas, y
ante enemigos como éstos, cualquier
intento de "reconciliación nacional" o
de "línea blanda" es la segura ruta
hacia la propia destrucción. Los
fascistas y el imperialismo sólo
entienden el lenguaje de la fuerza.
López y Machado deberán recibir un
castigo ejemplar, siempre dentro del
marco de la legalidad vigente, y no
deberían descartarse violentas
manifestaciones para exigir su inmediata
liberación.
Tampoco
habría que desechar la hipótesis de que,
en su desesperación, la derecha pudiese
apelar a cualquier recurso, por
aberrante que sea.
Pero el
procesamiento y castigo de los
instigadores de tanto derramamiento de
sangre no será suficiente para aventar
el riesgo de un brutal derrocamiento del
gobierno bolivariano; la única garantía
estriba en la activa movilización y
organización de las masas chavistas para
sostener a "su revolución", con sus
muchos aciertos y también sus errores.
Eso es lo único que permitirá aventar el
peligro de un asalto fascista al poder
que pondría sangriento fin a la gesta
bolivariana, desencadenando una oleada
reaccionaria que reverberaría por todo
el continente. De ahí que lo que esté en
juego en estas horas no es sólo el
futuro de Venezuela sino el de toda
Nuestra América.
- Dr.
Atilio Boron, director del Programa
Latinoamericano de Educación a Distancia
en Ciencias Sociales (PLED), Buenos
Aires, Argentina.
Premio
Libertador al Pensamiento Crítico 2013.
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