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Seguridad
y política de Estado (I)
Por Noam Chomsky - La Jornada
En una entrevista en la televisión
alemana, Edward J. Snowden señaló que su
momento de decisión llegó cuando vio al
director de inteligencia nacional, James
Clapper, mentir abiertamente bajo
juramento en el Congreso, al negar la
existencia de un programa de espionaje
interno dirigido por la Agencia de
Seguridad Nacional
[11.04.2014]-
Actualización 10:00 pm de Cuba
Este artículo, primera de dos partes,
está adaptado de una conferencia dictada
por Noam Chomsky el 28 de febrero, bajo
el auspicio de la Fundación para la Paz
en la Era Nuclear, en Santa Bárbara,
California
Un principio rector de la teoría de las
relaciones internacionales es que la
mayor prioridad del Estado es garantizar
la seguridad. Según la fórmula aceptada
de George F. Kennan, estratega de la
guerra fría, el gobierno es creado para
garantizar el orden y la justicia en el
interior y proveer a la defensa común.
Parece una proposición plausible, casi
evidente por sí misma, hasta que miramos
más de cerca y preguntamos: ¿seguridad
para quién? ¿Para la población en
general? ¿Para el poder del Estado
mismo? ¿Para los sectores dominantes?
Según a lo que nos refiramos, la
credibilidad de la proposición varía de
desdeñable a muy alta.
La seguridad para el poder del Estado
está en el punto más alto, como ilustran
los esfuerzos de los estados por
protegerse del escrutinio de sus propias
poblaciones.
En una entrevista en la televisión
alemana, Edward J. Snowden señaló que su
momento de decisión llegó cuando vio al
director de inteligencia nacional, James
Clapper, mentir abiertamente bajo
juramento en el Congreso, al negar la
existencia de un programa de espionaje
interno dirigido por la Agencia de
Seguridad Nacional.
Snowden explicó: El público tenía
derecho a saber de esos programas. A
saber lo que el gobierno hace en su
nombre, y lo que hace en contra del
público.
Lo mismo pudieron haber dicho con
justicia Daniel Ellsberg, Chelsea
Manning y otras valerosas figuras que
actuaron con base en el mismo principio
democrático.
La postura del gobierno es muy
diferente: el público no tiene derecho a
saber, porque de ese modo se vulnera la
seguridad... en grado severo, afirman
los funcionarios.
Existen varias razones para tomar con
escepticismo esa respuesta. La primera
es que es casi por completo predecible:
siempre que se expone un acto del
gobierno, éste por reflejo aduce la
seguridad. Por tanto, la respuesta
predecible conlleva poca información.
Una segunda razón para el escepticismo
es la naturaleza de la evidencia
presentada. John Mearsheimer,
especialista en relaciones
internacionales, escribe: "En un
principio, de modo nada sorprendente, el
gobierno de Obama sostuvo que el
espionaje de la NSA tuvo un papel
esencial para detener 54 conjuras
terroristas contra Estados Unidos, con
lo que dio a entender que tuvo una buena
razón para violar la cuarta enmienda.
Sin embargo, era mentira. El general
Keith Alexander, director de la agencia,
reconoció a la larga, ante el Congreso,
que sólo en un caso se podía hablar de
éxito, y se refirió a atrapar un
migrante somalí y tres compañeros que
vivían en San Diego, quienes habían
enviado 8 mil 500 dólares a un grupo
terrorista en Somalia.
A una conclusión similar llegó el
Consejo de Supervisión de la Privacidad
y las Libertades Civiles, instituido por
el gobierno para investigar los
programas de la NSA y que, por
consiguiente, tuvo acceso extensivo a
materiales clasificados y a funcionarios
de seguridad.
Existe, desde luego, un sentido en el
cual la seguridad está amenazada por la
conciencia pública: la seguridad del
poder del Estado al ser expuesto.
El concepto fundamental fue bien
expresado por el economista político
Samuel P. Huntington, de Harvard: Los
arquitectos del poder en Estados Unidos
deben crear una fuerza que sea sentida,
pero no vista. El poder sigue siendo
fuerte cuando permanece en la oscuridad;
expuesto a la luz, comienza a
evaporarse.
En Estados Unidos, como en todas partes,
los arquitectos del poder entienden bien
ese aserto. Quienes han examinado la
enorme masa de documentos
desclasificados en, por ejemplo, la
historia del Departamento de Estado, no
dejan de notar con cuánta frecuencia la
primera preocupación es la seguridad del
poder del Estado frente al público, no
la seguridad nacional en cualquier
sentido significativo.
A menudo el intento de mantener el
secreto es motivado por la necesidad de
garantizar la seguridad de poderosos
sectores nacionales.
Un ejemplo persistente es conocido
erróneamente como acuerdos de libre
comercio, erróneamente porque violan de
manera radical los principios del libre
comercio y en esencia no tienen nada que
ver con el comercio, sino más bien con
los derechos del inversionista.
Estos instrumentos, por lo regular, se
negocian en secreto, como la actual
Asociación Transpacífico... no en
completo secreto, por supuesto.
No son secretos para los cientos de
cabilderos empresariales y abogados que
redactan las detalladas normas, cuyo
impacto es revelado por las pocas partes
que han llegado al público por medio de
Wikileaks.
Conforme a la razonable conclusión del
economista Joseph E. Stiglitz, la
oficina del representante comercial de
Estados Unidos representa los intereses
de los consorcios, no los del público, y
por tanto la probabilidad de que los
resultados de las negociaciones sirvan a
los intereses de los ciudadanos comunes
y corrientes del país es baja; la
perspectiva para los ciudadanos comunes
de otros países es aún más débil.
La seguridad del sector empresarial es
una preocupación regular de las
políticas del gobierno, lo cual apenas
si sorprende, dado que en principio ese
sector es el que formula las políticas
públicas.
En contraste, existe evidencia
sustancial de que la seguridad de la
población del país -que es como se
supone que se debe entender el término
seguridad nacional- no es una alta
prioridad de la política del Estado.
Por ejemplo, el programa global de
asesinatos con drones que impulsa el
presidente Obama, con mucho la campaña
terrorista más grande del planeta, es
también una campaña generadora de
terror. El general Stanley A. McChrystal,
comandante de las fuerzas de Estados
Unidos y de la OTAN hasta que fue
relevado del cargo, hablaba de las
matemáticas de la insurgencia: por cada
persona inocente que se mata, se crean
10 nuevos enemigos.
Este concepto de la persona inocente nos
dice hasta dónde hemos llegado en los
últimos 800 años, desde la Magna Carta,
la cual sentó el principio de la
presunción de inocencia, que alguna vez
se creyó que era el fundamento del
derecho angloestadunidense.
Hoy, la palabra culpable significa
designado por Obama para ser asesinado,
e inocente quiere decir aún no investido
con ese estatus.
La Institución Brookings acaba de
publicar The Thistle and the Drone
(literalmente, El cardo y el zángano, en
alusión al sentir de la tribu y a los
aviones no tripulados /T.), muy elogiado
estudio antropológico de las sociedades
tribales escrito por Akbar Ahmed,
subtitulado "Cómo la guerra de EU contra
el terrorismo se convirtió en una guerra
global contra el islam tribal".
Esta guerra global presiona a gobiernos
centrales represivos para que emprendan
ataques contra los enemigos tribales de
Washington. La guerra, advierte Ahmed,
puede llevar a algunas tribus a la
extinción, con graves costos para las
sociedades mismas, como se observa ahora
en Afganistán, Pakistán, Somalia y
Yemen. Y, a final de cuentas, a los
propios estadunidenses.
Las culturas tribales, señala Ahmed, se
basan en el honor y la venganza: Todo
acto de violencia en esas sociedad
tribales provoca un contrataque:
mientras más duros los ataques contra
los hombres de la tribu, más crueles y
sanguinarios los contrataques.
El ataque al terror puede volverse
contra el país de origen. En la revista
británica International Affairs, David
Hastings Dunn describe la forma en que
los drones, cada vez más sofisticados,
son un arma perfecta para grupos
terroristas: son baratos, se pueden
adquirir con facilidad y poseen muchas
cualidades que, al combinarlas, los
convierten potencialmente en el medio
ideal para un ataque terrorista en el
siglo XXI.
El senador Adlai Stevenson III, en
referencia a sus muchos años de servicio
en el Comité de Inteligencia del Senado,
escribe: "La cibervigilancia y el acopio
de metadatos forman parte de la reacción
continuada al 11-S, que ha producido
pocas capturas de terroristas y enfrenta
una condena casi universal. En muchas
partes se percibe que Estados Unidos
está empeñado en una guerra contra el
islam, contra chiítas y sunitas por
igual, en el terreno, con drones, y
mediante testaferros en Palestina, desde
el golfo Pérsico hasta Asia central.
Alemania y Brasil resienten nuestras
intrusiones y, ¿qué se ha ganado con
ellas?"
La respuesta es que se ha ganado una
creciente amenaza de terror, así como un
aislamiento internacional.
Las campañas de asesinatos con drones
son un mecanismo por el cual la política
de Estado pone a sabiendas en peligro la
seguridad. Lo mismo puede decirse de las
operaciones de asesinato mediante
fuerzas especiales. Y de la invasión a
Irak, que aumentó en gran medida el
terror en Occidente, confirmando las
predicciones de la inteligencia
británica y estadunidense.
Estos actos de agresión fueron, una vez
más, asuntos de poca monta para sus
planificadores, que están guiados por
conceptos de seguridad enteramente
diferentes. Ni siquiera la destrucción
instantánea con armas nucleares ha
tenido nunca alta prioridad para las
autoridades del Estado. Esto lo veremos
en el artículo siguiente.
Chomsky es profesor emérito de
lingüística y filosofía en el Instituto
Tecnológico de Massachusetts, en
Cambridge, Massachusets, EU). Su libro
más reciente es Power systems:
conversations on global democratic
uprisings and the new challenges to US
empire. Interviews with David Barsamian
(Sistemas de poder: conversaciones sobre
levantamientos democráticos en el mundo
y nuevos desafíos al imperio
estadunidense: entrevistas con David
Barsamian).
Fuente:
http://www.jornada.unam.mx/2014/04/06/index.php?section=opinion&article=022a1mun
Traducción: Jorge Anaya.
Enlaces:
Los cables sobre México en WikiLeaks
Sitio especial de La Jornada sobre
WikiLeaks
(Tomado de Rebelión) |