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Las conferencias de Juan Francisco Noyola con vistas al desarrollo económico de Cuba
Por Ernesto Molina Molina

[30.05.2014]- Actualización 7:40 pm de Cuba

Al inicio de la Revolución Cubana, varios economistas latinoamericanos de izquierda, acudieron a nuestro país, para asesorar el proceso estratégico de desarrollo de nuestra economía; entre ellos, Juan Francisco Noyola. Hoy la Cuba del 2014, emprende un camino de desarrollo en nuevas circunstancias, bajo la óptica de la implementación de lo que hemos llamado actualización del Modelo económico y social de la Revolución.

Volver a las ideas de Juan Francisco Noyola pudiera parecer absurdo, pero no lo es. Desde hace varias décadas los estudios prospectivos con sus análisis de escenarios, fortalezas, debilidades, amenazas y oportunidades, caracterizan los estudios estratégicos. No era entonces, en esos años, conocido esto que hoy llamamos "Análisis prospectivo", pero percibimos en las conferencias de Noyola, impartidas en JUCEPLAN, un estudio investigativo de ese carácter.

Hoy nuestras fortalezas, debilidades, amenazas y oportunidades, se han modificado ostensiblemente; han pasado más de 50 años. Y sin embargo, mucho de lo dicho por Juan Francisco Noyola entonces tiene quizás más actualidad.

Juan Francisco Noyola Vázquez nació en San Luis Potosí, México, en 1922. Es reconocido como uno de los autores que más contribuyó a la teoría estructuralista latinoamericana de la inflación. Se hizo economista en la Universidad Nacional Autónoma de México y fue alumno fundador del Colegio de México. Con solo 24 años, ya trabajó en Washington en la División Latinoamericana del Fondo Monetario Internacional (FMI) (1946-1948), dirigida entonces por el economista cubano Felipe Pazos. Regresó luego a México donde se desempeñó como asesor de la Secretaría de Hacienda (1948), y como funcionario de la Dirección de Estudios Financieros de dicha Secretaría. Apenas creada la CEPAL se incorporó a este organismo en 1950 y trabajó allí hasta 1959.

Cuando triunfó la Revolución Cubana se trasladó a Cuba como jefe de la misión de la CEPAL (1959-1960). Luego decidió quedarse en Cuba y participó en la creación de la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN), en la que se desempeñó hasta su muerte como director de Planeación, Inversiones y Balances. En 1961 Noyola viajó a Punta del Este (Uruguay) como asesor del Comandante Ernesto Guevara en la Conferencia Interamericana Económica y Social. Allí, al decir del Che, aquella delegación fue un modelo de disciplina, dentro de tanta desidia y oportunismo. Su voz de combate se sintió en las comisiones, junto con la del economista cubano Raúl León Torras, pues en los debates con los «técnicos» obtenía precisiones para los documentos finales, sobre aspectos tan importantes como la integración de los pueblos de distinto régimen social en el proceso de desarrollo, y además, sobre la creación de un nuevo mercado mundial de materias primas que no incluyera solo a Estados Unidos, sino también a los países europeos en proceso de integración y al Campo Socialista.

La obra revolucionaria e internacionalista de Noyola se truncó precisamente cuando tomaban concreción algunas de sus ideas. Había llegado a la conclusión de que los gélidos recintos de la CEPAL no alcanzaban para hacer revolución desde donde él podía hacerlo mejor, en el ámbito de la economía práctica de cara al desarrollo económico y social. Este excelente economista mexicano abrazó la Revolución Cubana como propia; y no solo entregó lo mejor de su creatividad a la lucha por el desarrollo económico y social de Cuba; sino que perdió tempranamente su vida junto a Raúl Cepero Bonilla en accidente aéreo al regresar de una misión cumplida.

La lectura de sus conferencias impartidas en el curso intensivo de capacitación en problemas de desarrollo económico en JUCEPLAN (en 1959) mantienen mucha actualidad. Si bien llevaba muy pocos meses en Cuba; había venido estudiando los problemas económicos de Cuba desde 1947, cuando ya entonces tuvo como jefe inmediato al Dr. Felipe Pazos en el Fondo Monetario Internacional. Más tarde, en 1951, trabajó junto a Regino Boti y Celso Furtado en la CEPAL y con la colaboración de otros economistas de esa institución, elaboraron una interpretación de los fenómenos del desarrollo económico latinoamericano, en el que Cuba constituía un caso bastante especial:

Una de las ventajas que creo se derivaron de aquella colaboración, fue la de que economistas con experiencias nacionales tan distintas como son la chilena, la mexicana, la brasileña, la argentina y la cubana, pudiéramos comparar a lo largo de muchos años de trabajo, los rasgos comunes y las diferencias -algunas tan grandes que existen entre esos procesos- que se conocen genéricamente como desarrollo económico, y que en realidad en cada país de América Latina es un fenómeno distinto, aunque haya una serie de rasgos semejantes.

Así, Noyola identifica los objetivos del curso:

En primer lugar, se trata de identificar los datos esenciales del desarrollo económico, los factores que han determinado ese desarrollo y los obstáculos con que se ha enfrentado.

En segundo lugar, se trata también de comparar, en la medida de lo posible, la experiencia cubana con la de otros países latinoamericanos y, en general con los demás países subdesarrollados, para tratar de ver así si la experiencia cubana se ajusta realmente y hasta que punto a la teoría general del desarrollo económico.

En tercer lugar, y esto es mucho más importante, intentar prever el ritmo y la orientación del desarrollo futuro de Cuba.

Hoy llamaríamos, precisamente, a este tercer objetivo como de análisis prospectivo; y en efecto, Noyola no se propone imponer una visión estratégica predeterminada, mas bien aspira a facilitar los temas de debate con relación al desarrollo y las tendencias futuras de la economía cubana en los próximos 10 ó 15 años.

Con relación al primer objetivo, Noyola identifica los obstáculos con que se ha enfrentado el proceso de desarrollo cubano y para ello tiene presente que en términos de la base de los recursos naturales, no había ninguna razón para que dentro de una especialización geográfica, siguiendo las líneas de la teoría clásica del comercio internacional, hubiera una diferencia notable en el ingreso per cápita o en los niveles de productividad entre la economía cubana y la economía norteamericana.

Precisamente, Noyola se vale de los hechos históricos para refutar la vieja teoría de las ventajas naturales comparativas y muestra toda la difícil trayectoria de la economía cubana desde sus primeras relaciones con la economía internacional hasta los años previos a la Revolución.

Lo más sugerente de este análisis ya tiene que ver con el segundo objetivo y resulta ser el análisis comparativo de esa trayectoria con la de otros países latinoamericanos. Especial significado tiene la comparación entre Chile y Cuba en las primeras décadas del siglo XX; y sobre todo, a partir de la Gran Depresión, como se ha dado en llamar la crisis de 1929-1933.

El año 1920 fue en cierto modo la terminación de una fase de la historia cubana: fue el final de la expansión azucarera, cuando menos en términos per cápita. La producción en términos absolutos siguió aumentando durante la década siguiente, en la que hubo una cierta recuperación. Pero llegó el año 1929, Llegó la gran crisis económica mundial y Cuba experimentó, quizás en mayor medida que ningún otro país, el efecto de la crisis. Ese fue un fenómeno que experimentaron todos los países del mundo y en particular los latinoamericanos. De hecho, usando una expresión que emplea la CEPAL, la época del crecimiento hacia afuera de América Latina terminó en 1929. En unos casos terminó en forma mucha más drástica, mucho más violenta que en otros, y podríamos decir que los dos casos extremos fueron Chile y Cuba, por distintas razones.

La economía chilena sufrió un gran impacto con la crisis de 1929. Hasta antes de la primera guerra mundial, Chile contaba con un verdadero monopolio natural a escala global, pues la única fuente natural de nitrógeno eran las minas de salitre del norte de Chile. Durante la Primera Guerra Mundial, la industria de explosivos de Alemania y la agricultura alemana (que era una de las agricultoras más intensivas del mundo y que tenía por consiguiente un consumo de fertilizantes tremendo) vieron cortado su abastecimiento de salitre chileno. Se fue desarrollando en las siguientes décadas la producción de nitrato sintético en muchos países, hasta hacer colapsar la industria del salitre en Chile.

El fenómeno chileno y el fenómeno cubano en esos años son muy parecidos, pero las soluciones dadas al problema del estancamiento de la capacidad para importar son casi los dos polos opuestos.

El factor fundamental de crecimiento de la economía cubana durante las dos primeras décadas del siglo XX, fue el crecimiento del mercado azucarero norteamericano. Y cuando los Estados Unidos decidieron fomentar la producción cañera en Louisiana, Florida, además de la producción de Puerto Pico, Hawai y de Filipinas y a aplicar una política cada vez más proteccionista en materia azucarera; se produjo en Cuba una revolución de profunda raíz nacionalista y anti imperialista: la revolución de 1933.

Pero eso mismo llevó a muchos revolucionarios del 33 a concebir una solución errónea del desarrollo de Cuba, a concebir que el futuro de la economía cubana debía estar ligado, como había estado en el pasado, a la expansión de la industria azucarera y que, a su vez, el desarrollo de la industria azucarera era función del crecimiento del mercado norteamericano y de la participación de Cuba en el abastecimiento del mercado de Estados Unidos.

De cierta manera, se corrobora aquí la teoría muy defendida por Samir Amín acerca de la desconexión. Cuba no supo o no pudo aprovechar ese momento histórico en que Estados Unidos "renuncia" a aprovechar las "ventajas naturales" de Cuba para producir azúcar; y decide impulsar otras áreas del territorio estadounidense o de otros países dependientes suyos para satisfacer su demanda.

El año 1934, cuando todos los países de América Latina estaban subiendo sus aranceles, Cuba, a cambio de obtener una cuota en el mercado azucarero norteamericano y de conseguir una rebaja arancelaria, rebaja sus tarifas, se corta las alas para el crecimiento industrial. Es decir, se liga el futuro del crecimiento de la economía cubana nuevamente al azúcar y no se hizo ningún intento por diversificar, por transformar la estructura de la economía.

A continuación, el análisis de Juan Francisco Noyola revela de manera muy especial la importancia de la falta de soberanía monetaria en la Cuba de entonces:

Pero podría pensarse que si no hubo aumento de aranceles, sino mas bien rebaja, ¿por qué no hubo tampoco devaluación, por qué no se establecieron controles de cambio en Cuba como se establecieron en Chile, en Brasil, en Argentina, en Uruguay, en Colombia?, o simplemente ¿por qué no hubo una devaluación como en México, aun manteniendo libertad de cambios? Eso en parte se explica por las mismas razones por las que no se elevaron los aranceles, pero en parte por la ausencia de un sistema monetario propio, es decir, no se podía devaluar el peso si no existía, si lo que circulaba era el dólar. No se concebía ni la devaluación, no había autoridad monetaria. Cuando ya los países latinoamericanos más importantes tenían bancos centrales, o como en el caso de Brasil, una institución equivalente, en Cuba no había siquiera un sistema bancario comercial, de propiedad nacional.

Y puede añadir otra razón quizás más importante:

El hecho mismo de que no hubiera una base alimenticia propia haría que cualquier medida que tendiera a elevar el precio real de las importaciones, habría de incidir en los salarios reales en el nivel de ingresos de la gran masa de población. Como todavía el componente importado de la alimentación popular en Cuba era muy alto, una devaluación o un control de cambios (sobre todo la devaluación, que hace elevar los precios de todas las importaciones indiscriminadamente) habrían incidido directamente en los salarios en condiciones de desocupación tremenda. Un gobierno que respondía a una revolución de tipo popular como la que hubo en el año 1933, no podía haber tomado una medida de ese tipo. Por todas estas razones, las medidas de aislamiento de la economía interna frente a la economía mundial que se dieron en otros países latinoamericanos no se dieron, no se podían dar, en Cuba.

Los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron muy importantes para la economía cubana, especialmente los años 50. Las posibilidades de desarrollo de un capitalismo nacional, tal y como se dieron en algunos países de América latina con cierto desarrollo industrial, no dieron el mismo resultado en Cuba.

La segunda guerra mundial cambió en parte la orientación de la economía cubana, pero no propicia tampoco el desarrollo industrial como en otros países latinoamericanos. Es decir, la experiencia general en América Latina, cuando menos en los países más desarrollados, fue que la depresión cortó las posibilidades de desarrollo tradicional e indujo un proceso de industrialización. La segunda guerra mundial aceleró en unas casos y en otros detuvo por un período más o menos largo el proceso de industrialización (éste fue el caso de Brasil, por ejemplo). En el caso de México la guerra aceleró el proceso de industrialización, en ese sentido, la experiencia cubana es muy parecida a la mexicana. Es decir, hubo una aceleración del proceso de desarrollo, pero no fue tampoco una aceleración notable. Los rasgos de estancamiento de la economía persistieron en buena medida durante y aun después de la segunda guerra mundial.

No es casual que insistentemente los historiadores cubanos del período republicano caractericen a la burguesía industrial no azucarera como muy débil para imponer un cambio significativo en la estructura económica del país a favor de la diversificación y contra la monoproducción. Los intentos de diversificación existieron, pero fueron pobres.

Ha habido, sin duda después de la depresión y especialmente después de la segunda guerra mundial, un cierto desarrollo industrial en Cuba. Pero ese desarrollo se ha circunscrito de modo casi exclusivo a la producción de bienes de consumo (alimentos, textiles, etc.). Casi no ha habido desarrollo en la producción de bienes intermedios, excepto casos aislados como el del rayón y el caso mucho más reciente de la producción de papel a base de bagazo. Fuera de esas excepciones no ha habido un desarrollo de la industria de bienes intermedios y mucho menos de la industria de bienes de capital.

Otra paradoja de las características de la economía muy abierta de Cuba y además dependiente del mercado norteamericano, era su balanza de pagos desfavorable con los Estados Unidos y favorable con el resto del mundo; lo cual le permitía compensar esa situación.

Una última característica del desarrollo cubano después de la Segunda Guerra Mundial que vale la pena destacar, es el hecho de que la lentitud del desarrollo ha estado compensada parcialmente por el alto nivel de ingreso ya alcanzado antes de la depresión de los años treinta. Esto ha permitido que el equilibrio de la balanza de pagos se halla realizado sin grandes reajustes en la estructura del consumo y, por consiguiente, que se halla podido mantener la estabilidad interna de precios y la estabilidad cambiaría. En este sentido también contrasta la experiencia cubana con la de otros países latinoamericanos.

Una vez analizadas las características del desarrollo experimentado por la economía cubana después de la Segunda Guerra Mundial, Noyola intenta formular las potencialidades que se abren con la Revolución para los próximos 10 o 15 años.

La característica más importante de la economía cubana es la subutilización de todos los factores productivos, de la mano de obra, del capital y de la tierra. Esto distingue el caso cubano de otros casos del fenómeno general de los países subdesarrollados. La subutilización de recursos se manifiesta de modo especial en el caso de la fuerza de trabajo, pero se manifiesta también en el caso de la tierra y en otros aspectos de la capacidad productiva.

Pudiera pensarse que Noyola se contradice cuando unas veces critica la teoría de las ventajas comparativas, y otras veces como ahora, la utiliza para fundamentar la subutilización o no de los "factores productivos". Pero en ese caso tendríamos que criticar también a Carlos Marx, quien en el capítulo 50 del Tomo III de El Capital, afirma:

"Tanto en la competencia entre los distintos capitalistas como en la competencia que se desarrolla en el plano del mercado mundial, son las magnitudes dadas y supuestas del salario, el interés y la renta del suelo, las que entran en el cálculo como magnitudes constantes y reguladoras: constantes no en el sentido de que no varíen, sino en el sentido de que existen como un factor dado en cada caso concreto y constituyen el límite constante dentro del cual oscilan continuamente los precios del mercado. En la competencia tal como se opera en el mercado mundial, por ejemplo, trátase exclusivamente de saber si, a base del salario, del interés y de la renta del suelo, dados, podrá venderse la mercancía, a los precios generales del mercado o por debajo de ellos, con ventaja, es decir, realizando el correspondiente beneficio del empresario. Si el salario y el precio de la tierra vigentes en un país son bajos y en cambio el interés del capital es alto, porque en él no se halla desarrollado en general el régimen capitalista de producción, mientras que en otro país rigen salarios y precios de la tierra nominalmente altos y, en cambio, el tipo de interés del capital es bajo, el capitalista empleará en el primer país más trabajo y más tierra y en el segundo, relativamente, más capital. Estos factores entran como elementos determinantes cuando se trata de calcular hasta qué punto es posible aquí la competencia entre ambos países. La experiencia indica, por tanto, teóricamente, en estos casos, y los cálculos interesados de los capitalistas lo revelan prácticamente, que los precios de las mercancías se determinan por el salario, el interés y la renta del suelo, es decir, por el precio del trabajo, del capital y de la tierra, y que estos elementos del precio son, en realidad, los factores determinantes y reguladores de él."

Así, Marx considera que el agente capitalista decide cómo invertir en cada país según sea necesario emplear más tierra y más trabajo; o, por el contrario, sea necesario emplear más capital. Y efectivamente, el agente capitalista calcula el costo de su inversión a partir del interés como costo del capital; el precio de la tierra, como costo de ese factor productivo y al salario como costo del trabajo.

En otras palabras, la crítica de Marx a la teoría de los factores de la producción (que rechaza la teoría del valor por el trabajo) es correcta, pero ello no contradice que el agente capitalista optimiza sus decisiones de inversión tomando en cuenta los costos de los "factores de producción".

Llama la atención como Noyola destaca, por ejemplo, la subutilización de la capacidad instalada en la generación de energía eléctrica; y en particular la asociada a los centrales azucareros. Y aún cuando la capacidad instalada en los centrales no funcionara durante el tiempo muerto con una eficiencia o con un grado de utilización comparable al de las plantas de servicio público, eso solo da una idea del grado de subutilización de los recurso productivos, excluyendo el trabajo y la tierra.

Otra característica esencial de la economía cubana señalada por Noyola, era la ausencia de puntos de estrangulamiento. Ello significa que en un proceso de desarrollo rápido, se va a encontrar en un momento dado que hay una dotación insuficiente de equipo de transporte o de carreteras, o de energía eléctrica, o bien que algunos sectores de la industria no podrán utilizar plenamente su capacidad porque faltan materias primas proporcionadas por otra industria, o bien se puede producir un punto de estrangulamiento en la balanza de pagos.

La economía cubana no tenía en 1959, según la apreciación de Noyola, ningún punto de estrangulamiento visible, ningún punto inmediato de estrangulamiento, ningún problema de saturación en el uso de ningún factor productivo, ningún problema estructural de balanza de pagos, ni de deficiencias en los sistemas de transporte y de energía.

Seguramente, si se acelera el desarrollo industrial, sí van a presentarse puntos de estrangulamiento; el primero probablemente sería en el sector de energía. Esto parecería estar en contradicción con lo que se dijo sobre la baja de utilización de la capacidad en los centrales azucareros. No hay, sin embargo, tal contradicción. Para utilizar la energía generada en los centrales se tendrían que resolver dos problemas: el abastecimiento de combustible durante el período fuera de la zafra y el de que no hay una red interconectada de distribución. Esto es tanto más importante cuanto que la distribución geográfica de la industria es muy distinta a la de los centrales. La capacidad instalada en los centrales se localiza, lógicamente, en la misma zona que la producción azucarera, en las provincias de Oriente y de Camagüey, en tanto que la mayor parte de la capacidad instalada en plantas de servicio público está en las provincias de La Habana y de Matanzas.

Los análisis comparativos dan siempre alguna luz para comprender mejor las ventajas competitivas que un pueblo puede aprovechar a su favor. Llama muy especialmente la atención cómo este destacado economista mexicano hace un reconocimiento a la laboriosidad del pueblo cubano. En este caso, se hace necesario hacer una extensa cita:

Además del punto de estrangulamiento en la energía, la economía cubana inmersa en un proceso de desarrollo acelerado puede llegar a enfrentarse durante los próximos años a la escasez de mano de obra calificada. Podría llegar a plantearse este problema de modo más agudo en ciertos sectores de la industria, como un problema de falta de técnicos y no solo de obreros calificados. No hay ni habría, desde luego, un problema de escasez general de mano de obra. Al contrario, el problema central del desarrollo económico cubano consiste en cómo utilizar la enorme reserva de mano de obra desocupada.

Pero aun en lo que se refiere a técnicos y mano de obra calificada, Cuba parece estar en una posición mucho más ventajosa que otros países latinoamericanos. En lo que toca a la mano de obra calificada de nivel inferior al de técnicos profesionales, el nivel de alfabetismo de la población cubana es -en términos latinoamericanos- bastante alto. Sólo hay dos países en América Latina que tienen una proporción de población alfabetizada más alta que en Cuba: Argentina y Uruguay. Por otro lado, el obrero cubano, incluso en las actividades agrícolas que constituyen la gran reserva de mano de obra, tiene un nivel, no solo de educación elemental sino de familiaridad con la técnica moderna con la que está en contacto a través de la industria azucarera y del uso de maquinaria agrícola, que no se da en otras partes. Los campesinos de otros países latinoamericanos, incluso de los más desarrollados, tienen un nivel técnico y educativo más bajo. Sin comparar al obrero cubano con el de las mesetas de Perú o de Bolivia, o con el campesino de la meseta central de México, aun comparándolo con el campesino chileno, el grado de familiaridad con la técnica moderna que puede esperarse del peón menos calificado en Cuba es relativamente alto. De modo que incluso en lo que se refiere al problema del entrenamiento de la mano de obra, Cuba tiene una posición relativamente ventajosa.

En cuanto a los técnicos profesionales, Noyola sí reconoce que el problema sería seguramente más grave y, por tanto, al tener Cuba que desarrollar nuevas ramas industriales se enfrentará con seguridad a una seria escasez de técnicos.

Por ejemplo, se ha dicho aquí que una de las ramas industriales con grandes posibilidades de desarrollo en Cuba es la industria siderúrgica, pero ahí no hay tradición ni hay experiencia anterior. Para el desarrollo de esa industria seguramente habrá una deficiencia inicial muy grande de técnicos metalúrgicos y de técnicos en la industria mecánica (sólo en algunas ramas de la industria mecánica, porque seguramente en la construcción y reparación de equipos azucareros debe haber especialistas, incluso para darle asistencia técnica a otros países).

En 1959, Noyola no podía prever el bloqueo comercial y financiero que iba a establecer Estados Unidos contra Cuba: fuente artificial de puntos de estrangulamiento que por más de 50 años aún se mantiene. Ello puede explicar el optimismo de Noyola al suponer que Cuba en los 10 – 15 años futuros no tendría serios problemas en la balanza de pagos:

En cuanto al problema de las divisas, mucha gente piensa que Cuba podría tener, con la aceleración del desarrollo económico, un grave desequilibrio en la balanza de pagos. Pero tampoco parece haber aquí un punto de estrangulamiento al desarrollo. Si hubiese en Cuba un problema de divisas, las posibilidades de resolverlo mediante una adecuada política arancelaria y cambiaría serían mucho mayores que en otros países, debido a la actual estructura de las importaciones cubanas. Las posibilidades de sustituir importaciones, o incluso si fuese necesario y si el desarrollo del país así lo exigiera de cortar importaciones no esenciales, son en Cuba muy grandes.

Así, Noyola auguraba que en los años por venir, el problema de las divisas no parecía ser un punto de estrangulamiento; pues sin causar grandes trastornos ni a los niveles de consumo de la gran masa de la población, ni al abastecimiento normal de materias primas y de combustible para la industria, ni a la adquisición de bienes de capital para el crecimiento del país, se podría hacer un reajuste suficientemente amplio en la balanza de pagos.

Para ser justos, si bien Noyola no podía prever el bloqueo norteamericano, sí toma en cuenta una precondición para lograr superar el problema de las divisas como punto de estrangulamiento en el desarrollo económico de Cuba: que se llevara adelante una política de diversificación adecuada:

Las divisas no constituyen ni hoy ni probablemente en muchos años más un obstáculo al desarrollo económico. Esto es si la política de diversificación y de sustitución de importaciones se planea adecuada y racionalmente desde el principio, no es probable que lleguen a constituir puntos de estrangulamiento. En realidad los dos únicos puntos de estrangulamiento que se darían pero no de inmediato, sino que aparecerían en los primeros actos de un proceso acelerado, serían los indicados antes: el de la energía y el de la mano de obra calificada y los técnicos.

Noyola se vale de la teoría del excedente económico de Paul Baran para analizar si Cuba, en su proceso de rápido desarrollo – al cual aspira en los próximos años – ha de enfrentar otro punto de estrangulamiento: la capacidad de ahorro, la capacidad de formación de capital.

El punto de partida del análisis de Baran es el concepto de excedente económico. El excedente económico puede definirse como aquella parte del producto de una sociedad que no se destina al consumo. Ese excedente es lo que en otras terminologías se denomina formación de capital, o sea, la asignación de recursos con el objeto de aumentar la capacidad productiva de la sociedad.

En el libro "Excedente económico e irracionalidad capitalista", de Paul Baran, se explica que lo que distingue al capitalismo monopolista del capitalismo de concurrencia, es la aparición de una potente y sistemática tendencia al aumento del excedente económico y una dificultad cada vez mayor para encontrar los mecanismos adecuados a la "absorción" del excedente.

Realmente, la explicación más detallada de la categoría "excedente económico" aparece en el capítulo 2 del libro "La economía política del crecimiento", de Paul Baran.

En este libro Baran define tres nociones de excedente:

El "excedente económico real", que define como el excedente de la producción real corriente sobre el consumo efectivo corriente....El excedente definido de esta manera es idéntico al ahorro o a la acumulación corriente; encuentra su materialización en las diferentes clases de bienes que se añaden a la riqueza social durante un período dado.

El "excedente económico potencial" que es "la diferencia entre la producción que podría obtenerse en un ambiente técnico y natural dado con la ayuda de los recursos productivos utilizables, y lo que pudiera considerarse como consumo esencial".

Por último, Paul Baran define el "excedente económico planeado". Dice a este respecto que el "excedente económico planeado es importante únicamente para la planeación económica cabal del régimen socialista. Este tipo de excedente es la diferencia entre el producto "óptimo" que puede obtener la sociedad en un ambiente natural y técnico históricamente dado y en condiciones de una utilización planeada "óptima" de todos los recursos productivos disponibles, y el volumen "óptimo" de consumos que se elige."

El concepto de "excedente económico planeado" nos está diciendo que en la sociedad socialista ya no existirá en lo fundamental la plusvalía, pues el excedente económico no será objeto de explotación por el sistema del capital.

Paul Baran y Paul Sweezy, ciertamente se propusieron enriquecer la teoría de Marx acerca de la plusvalía, porque consideraron que la forma de manifestarse de esta ley en el capitalismo monopolista es diferente a como la investigó Marx en su época de capitalismo de libre competencia.

El hecho de que Juan Francisco Noyola haya tomado ideas de esta concepción del "excedente económico" de Baran para sus enfoques estructuralistas, es muy meritorio en el plano científico e ideológico.

El aporte principal que apreciamos en la concepción de Paul Baran se relaciona con el concepto de excedente económico potencial. ¿Por qué? Porque refleja ciertamente la forma tan brutal que ha venido a desempeñar el "capitalismo del desperdicio" en la época del capitalismo monopolista de Estado.

Según Baran, el excedente económico potencial aparece bajo cuatro aspectos distintos:

Es el consumo excesivo de la sociedad (predominantemente de los grupos de elevados ingresos), pero en algunos países también de las llamadas clases medias;

Es el producto que pierde la sociedad por la existencia de trabajadores improductivos.

Es el producto perdido a causa de la organización dispendiosa e irracional del aparato productivo existente;

Es el producto no materializado a causa de la existencia del desempleo, el cual se debe fundamentalmente a la anarquía de la producción capitalista y a la insuficiencia de la demanda efectiva. Su realización presupone una reorganización más o menos drástica de la producción y distribución del producto social, e implica cambios de gran alcance en la estructura de la sociedad".

Teniendo en cuenta las categorías teóricas expuestas, Juan Francisco Noyola pasa a examinar si en la experiencia histórica cubana reciente de los años 50, la insuficiencia de ahorros ha sido un factor limitante del desarrollo económico. Los datos que obtiene del Banco Nacional de Cuba en el período 1947-1958, calculan una tasa de ahorro de la economía cubana entre 12 y 16% del producto territorial bruto; y sin embargo, la tasa de formación de capital fue siempre inferior a la tasa de ahorro en ese período de 12 años: alrededor del 11% del producto territorial bruto; en otras palabras, se desaprovecha el excedente económico real.

Por consiguiente, puede decirse que Cuba ha sido un país exportador de capitales en el período posterior a la segunda guerra mundial. Se refutaría así la tesis de que hay insuficiencia de capitales en la economía cubana. Lo que parece haber sido insuficiente no son los recursos para inversiones sino las oportunidades de invertir. Lo que ha faltado es un "clima adecuado". La falta de un clima adecuado no resulta tampoco atribuible al peligro de una devaluación o a la inestabilidad monetaria. Parece residir más bien en el estancamiento general de la economía y en el crecimiento insuficiente del mercado, como consecuencia del estancamiento de la capacidad para importar en los últimos 30 años. Como causa adicional podría señalarse la débil protección arancelaria, que ha debilitado la posición competitiva de los industriales cubanos.

Una vez comprobado el desaprovechamiento del excedente real, Noyola destaca todo lo que queda por hacer con el excedente potencial:

Se arguye con frecuencia que en los países subdesarrollados la tasa de ahorro no puede aumentar mucho sobre sus niveles actuales, dado el bajo nivel de ingreso de las grandes masas de la población. Este argumento carece en general de validez, porque ignora el hecho de que toda la capacidad de ahorro está en los grupos de altos ingresos, cuyo consumo suntuario es muy elevado. En Cuba, particularmente, el argumento tiene poca validez, porque además de la mala distribución del ingreso y de alto nivel de consumo suntuario, el nivel de consumo popular es relativamente alto frente al de otros países. Pero lo que permitiría más que nada aumentar considerablemente el excedente real, es el hecho de que la economía cubana está funcionando en condiciones de muy baja utilización de los recursos productivos. Si se considera como excedente potencial la diferencia entre el producto obtenido con la utilización plena de los recursos y el consumo indispensable para mantener el nivel de vida de los sectores de menor ingreso, seguramente la economía cubana contaría con una disponibilidad de recursos para formación de capital dos o tres veces mayor que la actual.

En fin, Noyola calcula que con una política económica adecuada Cuba podría dedicar a la inversión recursos equivalentes al 20% del producto territorial bruto. Y sin renunciar a las posibles inversiones extranjeras, Noyola considera mucho más importante crear las condiciones para que se inviertan esos recursos y para que su contribución a la capacidad productiva sea mayor que el tratar de complementar el ahorro interno con importación de capitales.

Todo lo anterior le permite a Noyola reafirmar que las posibilidades de acelerar el desarrollo cubano son muy grandes, a condición de que se corrijan las causas que impiden hacer real el excedente económico potencial y utilizar en forma plena los recursos productivos:

Las más importantes de esas causas (…) son dos: la rigidez e imperfección del mercado externo del azúcar y la forma prevaleciente de tenencia de la tierra, o sea, el latifundismo. Esta última causa es la que exige una corrección más urgente y es sobre la que se puede actuar de modo más directo y eficaz. Esto lo han percibido con gran claridad los actuales dirigentes de Cuba y de aquí que en la política económica revolucionaria, la reforma agraria tenga la más alta prioridad. En realidad, el problema agrario es una característica general de los países subdesarrollados. Eso se debe a que el sector agrícola por su propia naturaleza, es el más atrasado, no sólo desde el punto de vista técnico, sino también desde el social y el político.

Noyola analiza los efectos positivos que se pueden alcanzar con la reforma agraria en Cuba, que en condiciones históricas muy superiores a la realizada, por ejemplo, en México, no debía presentar los grandes obstáculos que ésta presentó.

El caso de Cuba es el de una reforma agraria que se va a hacer en mejores condiciones; en condiciones mucho más adecuadas para que no haya ningún fracaso, para que el éxito sea total. Hay varias razones para ello. En primer lugar, el nivel técnico de la agricultura; el promedio es mucho más alto que el de México cuando la reforma agraria, también mucho más alto que el de Bolivia cuando se hizo la reforma agraria, que el de Guatemala cuando se intentó hacer la reforma agraria, y mucho más alto que el de varios países europeos cuando se pensó hacer la reforma agraria. En segundo lugar está el problema de la presión de la población sobre los recursos y la subutilización de la tierra. La presión de la población sobre los recursos es menor en Cuba. La proporción de tierras no utilizadas en Cuba es también muy grande y la calidad de estas tierras es mejor que en otros países que han intentado hacer la reforma agraria.

Y una vez más, Noyola se refiere a la laboriosidad del pueblo cubano, en particular, del campesino cubano:

El tipo de campesino cubano también es una garantía del éxito de la reforma agraria. En Cuba no existe como en Bolivia, en Guatemala o en México, o como existía en Europa central, Europa oriental en China, el tipo de campesino tradicional que significa en realidad una especie de remanente de la estructura cultural de otras épocas. Es decir, el tipo apegado a la tierra, profundamente tradicionalista, profundamente reacio a cambiar los métodos y las técnicas de producción, muchas veces no incorporado en lo absoluto o incorporado solo en parte a la economía de mercado. Ese tipo de campesino muchas veces ni siguiera está incorporado lingüísticamente a la cultura nacional, como es el caso de los mayas en Guatemala, de los aymaras en Bolivia y de muchos grupos indígenas en México. Ese problema no existe en Cuba. El campesino cubano es en realidad un hombre culturalmente moderno un hombre incorporado a la civilización del país, un asalariado agrícola con un nivel de ingresos inferior al promedio, pero un hombre dispuesto siempre a mejorar y a transformar su nivel de vida y sus métodos de producción. El tipo de campesino cubano es otra de las garantías de que la reforma agraria en Cuba va a tener éxito de modo inmediato.

Hasta aquí, Juan Francisco Noyola puede hacer una breve síntesis del diagnóstico realizado, antes de proponer los lineamientos generales del desarrollo económico o, mejor dicho, las condiciones para acelerar el desarrollo económico cubano en el próximo decenio:

La economía cubana se caracteriza actualmente por la subutilización general de los factores productivos, por una capacidad de ahorro potencial y real superior a las tasas de formación de capital observadas, por la ausencia de puntos inmediatos de estrangulamiento, por una estructura de las importaciones que permite una gran flexibilidad en la política arancelaria cambiaria y, por último, porque el sector industrial existente, si bien inferior al que podría esperarse en función del ingreso per cápita, tiene en cambio una eficiencia bastante alta debido a la débil protección arancelaria.

Y sin embargo, Noyola insiste en que el camino a seguir no podía ser el de la industria azucarera, a menos que se contemplara su desarrollo diversificado. El estudio de la demanda externa, no ofrecía desde la perspectiva del año 1959 buenos augurios para seguir dependiendo en Cuba a expensas de la ampliación de la industria azucarera:

Si se hace una proyección del mercado mundial del azúcar para los próximos diez años se deduce cuando mucho una tasa de crecimiento anual de un orden del 2% ó 2½%, pero eso ni siquiera puede aplicarse al crecimiento de la demanda que se satisface dentro del mercado internacional ya que lo más probable es que la tendencia a la autosuficiencia en una serie de países y la aparición de excedentes exportables en otros, haga que el crecimiento del mercado mundial sea incluso inferior a ese 2 ó 2½% . Por lo tanto, las perspectivas de las exportaciones tradicionales no son favorables para los próximos 10 años. De aquí que cualquier intento de aceleración del desarrollo económico en Cuba por la vía tradicional estaría condenado al fracaso. Desde luego, no debe entenderse por vía tradicional el desarrollo de nuevas líneas de exportación ni tampoco la transformación de la industria azucarera en una actividad diversificada, productora de papel, celulosa, plásticos, productos químicos, etcétera.

A más de 50 años de haberse realizado este diagnóstico; y a la luz de circunstancias históricas tan dramáticas como las que el pueblo cubano ha vivido, sobre todo después de la caída del Campo Socialista y la Unión Soviética, es sorprendente la vigencia que tienen los lineamientos formulados por Noyola.

Si la demanda externa no ofrece un camino, no ofrece una salida para acelerar el desarrollo económico en Cuba ¿cuáles podrán ser los lineamientos generales de una política de desarrollo? Una política de desarrollo tendría que cumplir varios requisitos. En primer lugar, lograr la utilización plena de los recursos productivos de Cuba, es decir, liquidar la desocupación, liquidar las causas de la subutilización del uso de la tierra y mejorar la utilización de la capacidad instalada en la industria, en la energía, en los transportes, en el capital social básico y en todas las actividades productivas. En segundo lugar, aumentar la tasa de formación de capital, aumentar el volumen del excedente económico, aumentar la cantidad de recursos destinados a la inversión y darles la asignación más adecuada. Esto es lo fundamental, influir en la relación producto-capital y en la magnitud del excedente económico.

Noyola le presta mucha atención a los criterios para la adecuada selección de las industrias nuevas que deben desarrollarse en Cuba:

La sustitución de importaciones significa, además, cambiar la estructura actual de las importaciones porque no todas se sustituyen en el mismo grado. Las importaciones de un país consisten en muchos productos que pueden clasificarse en bienes de consumo no duraderos, bienes de consumo duraderos, combustibles, materias primas y bienes de capital. No todas estas categorías, o mejor dicho, no todos los distintos bienes comprendidos en ellas son igualmente sustituibles. En general, es más fácil sustituir las importaciones de bienes de consumo no duraderos. Entre las de bienes de consumo duraderos algunas son más fáciles que otras, dependiendo del tamaño óptimo de la planta y del tamaño del mercado; por ejemplo, los automóviles son más difíciles de sustituir que los refrigeradores.

La sustitución de los combustibles depende de que el país desarrolle una fuente propia de abastecimiento. Si ésta no se desarrolla, lo más probable es que la demanda de combustible -que es muy elástica en función del ingreso- crezca en forma mucho más que proporcional que el conjunto de la economía.

Entre las materias primas hay dos tipos, algunas se pueden sustituir con cierta facilidad, como las agrícolas. Hay otras que no se pueden producir, sea porque no hay recursos naturales adecuados, o bien porque se trata de bienes intermedios que requieren un mercado más grande que el nacional para poder producirse en forma costeable. Los bienes de capital son, en general, los más difíciles de sustituir. Pero si un país no puede producir bienes de capital puede modificar, de todos modos, la estructura interna de las inversiones, es decir, puede aumentar el componente nacional de las inversiones. Recuérdese que dentro de la formación total de capital, una parte está representada por los equipos y otra parte por mano de obra y materiales de construcción nacionales.

Un tema tradicionalmente polémico ha sido: por cual tipo de industrias iniciar un rápido desarrollo en los países subdesarrollados. Este problema había que planteárselo en Cuba en 1959. Hoy sigue siendo un problema de primer orden. Y sin embargo, la gran dificultad reside en crear una base científico tecnológica propia, sin lo cual no es posible romper la dependencia tecnológica externa.

En verdad un país o una sociedad sólo está en condiciones de crear su propia técnica cuando tiene una industria de bienes de capital más o menos desarrollada. Y además solo entonces está en condiciones de hacer menos dependiente la formación de capital, y por consiguiente el crecimiento económico, de las fluctuaciones de la demanda externa o de cualquier otro tipo de problemas con el exterior, de las guerras, de las dificultades de transporte, etc. Hay una serie de actividades dentro de la producción de bienes de capital en las cuales se pueden realizar progresos cuando existe un mercado adecuado. Una actividad tan importante como la industria siderúrgica, puede aparecer sobre todo si un país tiene recursos naturales. Entonces esa rama fundamental para la producción de bienes de capital puede surgir relativamente temprano en el proceso industrial, si se sigue una política deliberada de fomento y promoción, ya que es en ese tipo de actividades en las que la necesidad de intervención estatal tiene que ser mayor, por su tamaño, por el riesgo que suponen al inversionista y por el problema de creación de monopolios.

Es sabido que la primera estrategia al triunfo de la Revolución estuvo dirigida a la industrialización acelerada: orientada en alto grado hacia la producción de bienes intermedios y de bienes de capital, con una fuerte intervención orientadora del Estado en cuanto a las industrias específicas que debían desarrollarse con mayor intensidad. Con vistas a llevar adelante esta estrategia, Noyola explica la importancia de contar con una política comercial que armonice las importaciones y las exportaciones:

La necesidad de sustituir importaciones y expandir exportaciones exige un cierto tipo de política comercial. Si es más fácil sustituir importaciones o puede ser más costeable a la larga expandir exportaciones, entonces estas dos cosas hay que analizarlas cuidadosamente, evaluar los méritos relativos de las dos dentro de una política comercial. Tal política significa no sólo exportar más de ciertos productos o exportar productos nuevos, sino exportar más a ciertos mercados y crear nuevos mercados.

Hoy solemos hablar del Gran Caribe cuando nos referimos al Caribe insular, todo Centro América, México, Colombia y Venezuela, una zona de alta densidad poblacional. En 1959 todavía muchos de esos países, sobre todo del Caribe insular, no se habían independizado de sus metrópolis europeas. Noyola apreció ya entonces las potencialidades de un mercado a escala de todo ese Gran Caribe:

Digamos que para establecer una industria de producción completa de refrigeradores, lavadoras, televisores, etc., el mercado de Cuba fuera insuficiente; pero el mercado combinado de la zona del Caribe permitiría el funcionamiento de una planta de tamaño adecuado. Lo mismo podría aplicarse a la industria automovilística o a algunas ramas de la industria mecánica semipesada, como la construcción de maquinaria agrícola o de maquinaria de construcción. El mercado de Cuba es obviamente insuficiente, no obstante el alto nivel de ingreso per cápita de Cuba que tiene seis y medio millones de habitantes. Es un mercado del orden de los 3 000 millones de pesos. Pero el mercado de toda la zona del Caribe, desde México hasta Venezuela, es un mercado de 70 a 80 millones de personas del orden de 10 mil millones de dólares. Es decir, en población diez veces más grande que Cuba; en ingreso tres y medio veces más grande que Cuba. Ese es ya un mercado y dentro de diez años será un mercado mucho más grande; ese es un mercado en el que ya se puede pensar para establecer cierto tipo de industria. En tal caso, sustituir importaciones y expandir exportaciones se convierten en sinónimos, porque se sustituyen importaciones procedentes de Estados Unidos o de Europa occidental no solo para el consumo interno cubano sino para exportar al área del Caribe. De modo que una política comercial orientada a aumentar las exportaciones de Cuba, en primer lugar hacia los países latinoamericanos más próximos -especialmente los de la cuenca del Caribe- y en segundo lugar, a otros mercados, tendría una gran significación, un gran valor dentro de una política general de desarrollo económico.

De nuevo Noyola realiza una crítica muy sólida a la teoría de las ventajas naturales comparativas, según la cual solo pueden ser complementarias y convenientes las relaciones económicas entre países desarrollados y subdesarrollados, por lo cual debe resultar inútil todo intento integracionista entre países subdesarrollados. La gran actualidad científica que tiene este análisis de Noyola en relación con las potencialidades de la integración latinoamericana y caribeña y la integración Sur-Sur, merece que citemos en extenso:

Se ve con escepticismo en muchos círculos la idea de integrar un mercado común latinoamericano. Se dice que los países de América Latina no son economías complementarias, sino más bien competitivas. En otros términos, son economías que están especializadas más o menos en los mismos tipos de productos para exportación fuera del área latinoamericana, y casi todas sus importaciones las obtienen también en otros centros de abastecimiento extralatinoamericanos. De aquí se pretende 'deducir que las posibilidades de comercio recíproco son muy pequeñas, ya que casi todos estos países son de agricultura tropical y con un desarrollo industrial incipiente y que, por lo tanto, se especializan fundamentalmente en la producción de materias primas agrícolas, mineras y alimentos propios de la zona tropical para consumo de los grandes mercados industriales del mundo -Estados Unidos y Europa occidental- para obtener en esos centros los productos industriales que necesitan para suplir las deficiencias o la ausencia de producción interna en esos ramos.

Ese no puede ser un argumento decisivo o una razón para desechar las posibilidades de ampliar el comercio interlatinoamericano, ya que la complementariedad o la posición competitiva de las economías no es un resultado de leyes naturales. De hecho, la mayor parte del comercio internacional y su especialización no están determinadas por la dotación de recursos naturales de los diversos países del mundo. La especialización está determinada solo parcialmente por las diferencias en cuanto a dotación de recursos naturales y, en realidad, hay muy pocos casos en los que esas diferencias determinan las corrientes de comercio. Los productos tropicales son el mejor ejemplo, quizás, en el que la base de recursos naturales determina la orientación del comercio. Evidentemente si hay un país que consume y que no produce café, cacao, caña de azúcar o frutas tropicales tiene necesariamente que importarlos. Hay en ese caso una base natural, físicamente determinada, para la complementariedad entre la economía de ese país y la de los países tropicales. Pero la mayor parte del comercio mundial no se hace entre los países tropicales y los industriales. Más aún, la mayor parte del comercio mundial no se hace entre países industriales y países productores de materias primas. La mayor parte del comercio mundial lo hacen países industriales con países industriales, y los factores que determinan la especialización en el comercio entre los países industriales no son exclusivamente factores geográficos o diferencias de dotación de productos naturales. La complementariedad es en muy buena medida resultado de una serie de factores de esta naturaleza, es resultado de la forma como se ha realizado el desarrollo histórico en los países, del grado de adelanto que ha alcanzado una industria frente a otra, de los precios relativos de los factores de la producción. En parte, pero solo en parte, están éstos determinados por la escasez o abundancia de recursos, o por factores de política económica-política de protección arancelaria. En los países que tienen colonias las relaciones con éstas son más intensas de lo que serían si esas colonias fueran independientes, por las inversiones que en ellas han realizado, por la existencia de convenios de pagos, por una serie de factores de tipo institucional o histórico o de precios relativos que no tienen directamente que ver con la dotación de recursos. Por consiguiente, la complementariedad o competitividad de las economías no son cosas vagas, son cosas susceptibles de modificación histórica, tanto más cuanto más influya la política económica en ese sentido.

Noyola destaca entonces el concepto de "industrias de integración" salido del trabajo de CEPAL en Centroamérica: industrias que solo pueden funcionar en un mercado superior al de las dimensiones nacionales.

Hay una serie de industrias que se pueden establecer inclusive en un mercado tan pequeño como el de Costa Rica, el de Honduras o el de Nicaragua. Pero hay otras que ni en el mercado de El Salvador y ni siguiera en el de Guatemala podrían funcionar. Hay algunas, desde luego, como la industria automovilística, que no funcionaría en los cinco mercados juntos ni en cinco mercados más grandes quizás. Pero hay, finalmente, algunas que pueden funcionar perfectamente para el mercado de los cinco países. Esto es susceptible de generalización. Por ejemplo, una planta de fertilizantes, una fábrica de insecticidas, una fábrica de llantas, pueden ser industrias de integración para los cinco mercados centroamericanos y, en cambio pueden ser industrias nacionales como lo son en México, en Colombia, en Cuba, en Venezuela. En cambio, hay tipos de industrias que no serían costeables en el mercado cubano y ni siguiera en el venezolano o en el mexicano, pero que en un mercado del orden de 80 millones de personas ahora y 100 millones en los próximos 10 ó 15 años, en un mercado que podría llegar al orden de unos 30,000 millones de dólares, en unos pocos años podrían funcionar. A ese nivel de mercado y de población, ya prácticamente cualquier industria puede funcionar.

Resumiendo este planteamiento se puede establecer como primera premisa que hay industrias que exceden las posibilidades de los mercados nacionales pero que podrían funcionar en un mercado multinacional. La segunda premisa es que esas industrias requieren un tratamiento especial. Esta segunda premisa es la más importante. Es la que determina en realidad la orientación de una política de integración industrial y es mucho más importante lo que se haga en materia de política de integración industrial, como medida para aumentar el intercambio entre los países latinoamericanos, y como medida para fomentar el desarrollo de esas industrias fundamentales para estas economías, que todo lo que se haga en materia de política arancelaria en materia de tratados comerciales. Es decir, que la formación de un mercado común latinoamericano está mucho mas ligada al desarrollo de estas actividades nuevas.

Más de 50 años después de realizado este análisis por Juan Francisco Noyola, se vuelven a utilizar los mismos argumentos contrarios a la integración de nuestras economías latinoamericanas y caribeñas: la falta de complementariedad comercial entre nuestras economías. Y como quiera que ese escepticismo responde a una base real, es por eso, que si algún concepto o algún instrumento nuevo de política económica tiene valor e importancia para el aumento del comercio entre nuestros países, es el concepto de industrias de integración.

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