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El G77 y
la descolonización de la geopolítica
Por Rafael Bautista (especial para
ARGENPRESS.info)
El fenómeno de la colonización empieza a
desmoronarse en el nuevo siglo. Incluso
las nuevas potencias emergentes, si
optaran por asegurarse áreas de
influencia, ya no podrían hacerlo según
las prerrogativas que adoptaron las
potencias occidentales cuando se
repartieron el África y el Oriente
Las recientes crisis en Ucrania y Siria
manifiestan la compleja transición hacia
un mundo sin centro hegemónico único; lo
que se está denominando el “incipiente
mundo multipolar” (las áreas en disputa
manifiestan esta tónica). El siglo XXI
amanece con un nuevo mundo emergente que
ya no presupone, ni cultural ni
civilizatoriamente, la hegemonía
occidental. El “gran relato” neoliberal
del “fin de la historia” se hizo pedazos
el 11 de septiembre de 2001 y su última
cruzada, llamada el “choque de
civilizaciones”, es derrotada en Siria y
Ucrania.
Es decir, el fenómeno de la
colonización, consustancial al mundo
moderno, empieza a desmoronarse en el
nuevo siglo. Incluso las nuevas
potencias emergentes, si optaran por
asegurarse áreas de influencia, ya no
podrían hacerlo según las prerrogativas
que adoptaron las potencias occidentales
cuando se repartieron el África y el
Oriente. La sobrevivencia de un mundo
multipolar pende del siguiente detalle:
los términos en que se expresen las
alianzas geopolíticas sólo podrían
cimentarse en una cooperación mutua y
estratégica y ya no en exclusivas
relaciones de dominación.
Las últimas bravuconadas que Occidente
despliega bélicamente no hacen sino
mostrarnos su decadencia profunda. Ya no
pudo invadir Siria, y eso le está
costando, no sólo credibilidad sino,
sobre todo, la desconfianza en su
capacidad militar. Incluso podría
decirse que el 3 de septiembre de 2013
se evitó la tercera guerra mundial,
cuando el sistema de defensa aéreo ruso
S300-PS, desde la base de Tartus, en
Siria, intercepta y destruye misiles
tomahowks (lanzados desde la base gringa
de Rota, en la bahía de Cádiz), que
tenían como destino Damasco. Desde
entonces queda demostrado que los rusos
han recuperado su importancia militar;
lo cual equilibra un mundo que había
sido capturado por Estados Unidos (según
Ehud Barack, exministro de asuntos
militares de Israel, eso debilita a
Estados Unidos en todo el mundo). Desde
el triunfo de Rusia ante Georgia, por
Osetia del Sur, el 2008, puede decirse
que la geopolítica del siglo XX ha sido
dislocada en favor de una nueva
reconfiguración planetaria.
En Ucrania termina de rematarse la cosa,
puesto que la injerencia occidental,
comandada por Estados Unidos, no hace
sino, para su propia desgracia, acercar
aún más a China y Rusia, lo cual
significa, en lo venidero, el viraje
definitivo de la economía mundial hacia
el Oriente. El último acuerdo monumental
entre Rusia y China (cuyo comercio
bilateral alcanzará, para el 2020, los
200.000 millones de dólares), no sólo
ratifica la hegemonía de una Eurasia
oriental, en torno a la restauración
comercial de la “ruta de la seda”, sino
hasta posibilita que China se expanda
hacia Occidente (los más que probables
ejercicios militares conjuntos entre
Rusia y China en pleno Mar Negro). Ni
Estados Unidos ni Europa tienen la
musculatura, ni económica ni militar,
para hacer valer sus sanciones
económicas a una Rusia que, aliada de
China, ya no tiene necesidad de
supeditarse a un Occidente en plena
decadencia.
El mundo y su cartografía geopolítica,
tal cual había sido concebida por las
potencias occidentales, desde el siglo
XIX, está feneciendo. Esto quiere decir
que la disposición centro-periferia,
pertinente al mundo moderno, ya no tiene
sentido. Como tampoco tiene sentido,
frente a la crisis climática y
energética, un sistema económico que
sólo sabe administrar el despojo
sistemático de vida (humanidad y
naturaleza) en favor de los fetiches del
mundo moderno: el capital y el mercado.
La crisis es civilizatoria y sólo puede
ser comprendida, en su verdadera
magnitud, desde una perspectiva
multidimensional.
Esto quiere decir que, tampoco las
ciencias modernas, en su crisis
epistemológica, estarían a la altura de
dar razón de la crisis. Si todas parten
de los mitos y prejuicios modernos,
¿cómo podrían auscultar una crisis que
la originan estos mismos mitos y
prejuicios? La crisis actual manifiesta
una rebelión de los límites mismos de un
mundo que es finito; pero la ciencia
moderna, la economía capitalista y el
mismo paradigma del desarrollo, suponen
recursos de aprovechamiento infinitos
como presupuesto de un progreso también
infinito.
Este presupuesto da origen a la sociedad
moderna. Pero es un presupuesto falso,
porque los recursos no son infinitos. Ni
la naturaleza ni el trabajo humano
pueden garantizar un progreso sin fin.
Un crecimiento sin límites es una pura
ilusión trascendental. Por eso el mundo
moderno se halla en la peor de sus
encrucijadas; pues si su economía se
basa en el crecimiento económico, este
crecimiento supone el aprovechamiento
desmedido de energía fósil. Sin energía
se hace imposible crecer. Crecer para el
primer mundo significa aumentar su
consumo de energía; pero si añadimos a
esto que el mito moderno de los países
ricos es crecer indefinidamente, fieles
al modelo de desarrollo y progreso
infinito, resulta que su propia forma de
vida, basada en el crecimiento infinito,
ya no puede sostenerse. Entonces, lo que
se vislumbra, como consecuencia de esta
crisis, es el colapso cultural y
civilizatorio de la modernidad
occidental. No siendo ya el primer mundo
dueño de la energía del planeta (desde
el 2003, cuando British Petroleum
confirma el fracaso de la guerra de
Irak), ya no puede subvencionar su
desarrollo con la miseria que genera su
economía en el resto del planeta.
La crisis financiera se vincula también
a la crisis energética, que es la otra
cara de la rebelión de los límites ante
las pretensiones ilimitadas de un
crecimiento sin fin. Este crecimiento es
ya insostenible ante la evidencia del
agotamiento paulatino de los recursos
energéticos. Lo cual hace más vulnerable
la estabilidad a futuro de un dólar que,
sin petróleo, no tiene nada que lo
sostenga (a no ser sus bombas
nucleares). El primer mundo requiere
cada vez más energía para crecer
económicamente, pero si ya no dispone de
energía barata y abundante, todo su
complejo industrial y tecnológico se
estanca. Entra en crisis. Tanto su
producción como su consumo ya no pueden
sostenerse. La crisis manifiesta
aquello. La crisis climática es la
rebelión de los límites: el mundo es
finito.
Por eso el mito de la globalización
encierra una aporía insoluble: si el
mundo es uno, entonces no es infinito.
El sistema-mundo-moderno-occidental
choca entonces con la fuente de donde
emana todo lo que hace posible la vida:
la naturaleza es única, lo cual no
quiere decir que sea infinita. Única
quiere decir vulnerable. Su finitud es
constatación de su condición de sujeto.
Por eso no puede no tener derechos. Si
la vida procede de ella es porque es
Madre. Por eso le decimos PachaMama. La
extracción indiscriminada que se hace de
sus componentes vitales, en torno a una
acumulación excesiva de ganancias, hace
imposible que pueda reponer lo que se le
ha quitado: la sobre-explotación de un
recurso conduce a la destrucción
paulatina de todo su contexto vital. A
esto llamamos extractivismo, prototípico
del capitalismo.
La curva geofísica de Hubbert fue
diseñada para mostrarnos que todo
elemento depletable, como el petróleo,
alcanza una cúspide en su explotación,
para nunca más superar aquello. Según el
World Energy Outlook (informe anual de
la Agencia Internacional de Energía del
2010) esta cúspide a nivel mundial ya se
habría alcanzado el 2006. Y, si es
cierto que la cúspide de todos los
hidrocarburos, además del uranio, se
daría el 2018, entonces se hace
imprescindible una transformación en la
base energética; pero los países ricos
no responden de modo sensato a esta
realidad sino que apuestan por un
peligro aún mayor: los agrocombustibles.
Pareciera que los países ricos, al no
encontrar salida a su crisis, optan por
meterse más en ella. Pues esta supuesta
solución a la crisis energética
supondría un holocausto alimenticio a
nivel global (la subida de los precios
de granos y alimentos corrobora una
tendencia de carácter especulativo que
aprovecha ufano el capital financiero).
La pelea energética es ahorita la tónica
de los dislocamientos geopolíticos. Para
el imperio es imprescindible la
combinación dólar-petróleo. Sin petróleo
no puede sostener su infraestructura
bélica planetaria. Si tiene el petróleo
tiene el control. Entonces la situación
en Ucrania y Siria nos lleva también a
reflexionar acerca de la amenaza
sistemática que ejercen los poderes
fácticos en Venezuela. Necesitan del
petróleo venezolano para equilibrar su
poder ante estas nuevas derrotas en
Ucrania y Siria.
Estados Unidos persigue su soberanía
energética recapturando a Latinoamérica.
Por eso el TLCAN con México reaviva la
“Doctrina Monroe”, por eso lo que sucede
en Venezuela forma parte de su
estrategia geopolítica ante el ascenso
de China y Rusia; las bases militares
gringas de Colombia y Perú ya no apuntan
sólo a Venezuela sino también a Brasil.
No sólo el Orinoco sino el Amazonas son
áreas geoestratégicas para restaurar un
mundo unipolar (parece que Brasil, aun
siendo parte de los BRICS, no se ha
anoticiado de esto).
Esta lectura nos sirve para
diagnosticar, establecer y determinar el
contexto epocal que subyace a la
celebración de la “50 reunión cumbre del
G77”. Esta cumbre que se realizará en
Bolivia es inédita, pues si en sus
inicios el G77 sólo coordinaba programas
de cooperación en materia de comercio y
desarrollo para una mejor integración en
el mercado mundial, la nueva
reconfiguración geopolítica y
geoeconómica actual, sienta las bases
para hacer de este grupo un contrapeso a
la hegemonía -en decadencia- de los
países ricos.
No sólo Bolivia, sino el ALBA y hasta el
MERCOSUR, tienen la mejor oportunidad de
liderar una transición con perspectiva
mundial. Por eso la necesidad de contar,
en la actualidad, con una perspectiva
geopolítica ya no sólo coyuntural sino
acorde con este proceso de transición
planetaria. Politizar la cumbre G77 es
fundamental para que nuestros países
sitúen a nuestra región en el nuevo
centro de gravedad de la transición
civilizatoria del siglo XXI. Por eso el
“vivir bien” y la “descolonización” ya
no pueden diluirse en la pura retórica
sino consolidarse como el discurso
pertinente a un mundo en transición
civilizatoria.
El G77 nace dentro del paradigma del
desarrollo y en un mundo repartido entre
dos potencias. Con la imposición de un
mundo unipolar, el grupo no tenía más
carácter que el exclusivamente
declarativo. Pero con la decadencia del
mundo unipolar y el ascenso de los
BRICS, nuevos márgenes de acción se
presentan para este tipo de grupos
(también es el caso de los “no
alineados”), pues los mismos organismos
internacionales (pertinentes a la
hegemonía gringa) se hallan seriamente
cuestionados; entonces, ante el declive
de unos y el ascenso de otros, el G77 se
halla en condiciones nunca antes
experimentadas, pues el mundo moderno
atraviesa, por vez primera, la ausencia
del poder hegemónico occidental, pero a
su vez, también se encuentra en medio de
una crisis civilizatoria que amenaza a
la supervivencia propia del planeta.
En ese contexto, la reunión en Bolivia
podría despertar una conciencia global
de un necesario cambio de paradigma
frente a la decadencia del capitalismo.
Sólo una mancomunidad de esfuerzos de
los países pobres podría augurar nuevas
vías que puedan apostar las economías
periféricas, con el fin de desprenderse
definitivamente de las prerrogativas de
los países ricos (ahora en crisis
profundas) y proponerse despegues
económicos que ya no busquen una
integración subordinada al capital y al
mercado globales sino de una
reconstrucción de sus propias economías.
Este periodo de transición hacia un
nuevo sistema económico mundial durará
por lo menos un siglo; no se sabe qué
adviene pero la economía no puede
continuar con las prerrogativas propias
del modelo de producción, consumo y
acumulación actual.
El ascenso de las potencias emergentes
no sólo reequilibran el poder global
sino que hace posible descentrar la
economía y la política globales. La
disposición centro-periferia es lo que
ya no puede mantenerse; con el ascenso
de los BRICS se reivindican culturas y
civilizaciones que el mundo moderno las
consideró arcaicas y superadas del todo.
India y China vuelven a tener la
importancia global anterior a la
modernidad. Por eso no es raro que una
buena parte de la literatura gringa
hable del “choque de civilizaciones”.
Occidente se siente amenazada por el
despertar de las civilizaciones que
supuso atrasadas, lo cual no hace sino
desmentir su presunta superioridad
civilizatoria.
Para este año China será la primera
economía mundial y para el 2020 China
superará en lo tecnológico, económico,
científico, educativo, etc., a la suma
conjunta de Europa y Estados Unidos.
Solo en el índice PISA, que mide el
nivel educativo en el mundo, de los 10
primeros puestos, 7 son países asiáticos
(hasta Vietnam está por encima de
Estados Unidos). Es decir, la decadencia
del primer mundo es ya una cuestión de
hecho.
En ese contexto, el primer mundo ya no
es más modelo civilizatorio. Y la
economía que patrocinó por cinco siglos
ya no es más sostenible. Energéticamente
el mundo ya no puede seguir el modelo de
consumo occidental; a lo cual hay que
añadir que las potencias emergentes no
son autosuficientes y ya no pueden
hablar en los términos colonialistas que
lo hacían Europa y Estados Unidos. La
colonización ya no sería posible de
reeditarse en el siglo XXI.
Esto quiere decir que, un mundo
multipolar, permite pensar una situación
mucho más rica y compleja: la
ceropolaridad. Este concepto es novedoso
en la geopolítica y quiere describir un
mundo sin hegemonías concentradas. Pues
tampoco las nuevas potencias emergentes,
pueden decidir todo sin contar con los
afectados; esto significa que ninguna
potencia puede ejercer, de modo único,
su influencia sobre todos los
acontecimientos.
Cuando los poderes hegemónicos
retroceden en algo, las soberanías
nacionales, aunque mínimas, despiertan a
nuevas apuestas; y si estas apuestas se
generalizan, entonces tenemos una
coyuntura como la actual: un “cambio de
época”. Una nueva disposición
geopolítica planetaria con ya no un solo
centro abre márgenes de acción para los
países pobres. Pero estos, de modo
aislado, no podrían superar su
situación. Sólo la cooperación y las
alianzas estratégicas podrían enfrentar,
de modo más plausible, la arremetida de
los países ricos.
Estas alianzas no pueden prescindir de
los BRICS. China recupera el pacífico
como centro de la economía global y eso
supone también que los flujos
comerciales se des-occidentalicen. Junto
a la India establecen una nueva
geografía de la economía mundial. Por
primera vez, después de 500 años,
América aparece otra vez al extremo
oriente del oriente, mostrando el
verdadero sentido y dirección de la
civilización humana. Occidente nunca fue
la culminación del desarrollo de la
civilización humana. Las implicaciones
de este tipo de recambios van a tener
sus repercusiones hasta en lo cultural.
Aliarse a los BRICS no tendría que
significar avalar, o peor, remedar su
modelo de crecimiento económico. Pero en
una nueva cartografía geopolítica y un
nuevo mapa institucional global,
nuestros países podrían demandar, en
condiciones más favorables, una
transformación del modelo productivo y
de consumo que ha originado el
capitalismo. Por eso necesitamos
reafirmar la creación de una nueva
arquitectura financiera global. Se dice
que nadie, en el contexto global, es
independiente del todo; se es
independiente en la medida en que se
conoce y se aprovecha, en beneficio
propio, el grado de dependencia que se
tiene.
Una transformación del modelo productivo
supone una nueva arquitectura financiera
y ésta presupone un nuevo marco jurídico
del derecho, nacional e internacional,
que le devuelva la soberanía a los
pueblos. Cuestionar todo aquello supone
también advertir que no es un modelo de
desarrollo lo que ha entrado en crisis
sino el propio desarrollo; el afán de
control y dominio de la naturaleza,
reducida a objeto a disposición, es lo
que ya no puede sostenerse. La propia
concepción que de naturaleza tiene el
capitalismo y la modernidad, es lo que
hace insostenible todo sistema
económico. Por eso, la defensa de
“derechos de la Madre tierra”, el “vivir
bien”, la “descolonización”, se
constituyen en criterios epocales que
sostienen una toma de conciencia global;
esto es lo que establece, en nuestro
caso, un liderazgo nunca antes imaginado
y que nos abriría la posibilidad de
establecer una agenda mundial.
Los desafíos son grandes, por ejemplo,
desafiar al mismo mercado global supone
la promoción de sistemas de producción
locales y tecnologías ancestrales o la
recuperación de economías campesinas
comunitarias como base de la soberanía
alimentaria. Sólo aquello podría
remediar, en un 50%, la emisión de gases
de efecto invernadero (que provoca las
gran agroindustria). La autosuficiencia
alimentaria es parte de la consolidación
de alternativas en la economía e,
inevitablemente, de la revalorización de
las culturas antes despreciadas.
El nivel de agresión y destrucción del
proceso de producción capitalista,
destaca una invariable en su propia
lógica: destruir para producir. En ese
sentido, la decadencia del capitalismo
arrastra al mundo y a la vida en su
conjunto. Las implicancias a futuro de
esta decadencia es la que obliga al
mundo a proponerse nuevas alternativas.
Por eso la respuesta no puede provenir
del primer mundo, pues la apuesta de
éste es únicamente alterar el rumbo que
está adquiriendo el mundo multipolar e
impedir definitivamente su
consolidación.
En Ucrania, la opción occidental
consiste en restaurar el orden
hegemónico unipolar; pues la
sobrevivencia de Europa misma se
encuentra en entredicho. La dependencia
del gas ruso le aleja de la esfera
gringa y le convierte en una
semi-colonia energética de una economía
cuyo centro se hace cada vez más
oriental. Los dislocamientos
geopolíticos de este nuevo siglo hacen
resurgir a la región euroasiática como
lugar estratégico para controlar y
dominar al mundo. Para Occidente es
vital recuperar esa zona, pues sus
estrategas consideran que Ucrania es la
entrada a Eurasia, donde vive el 75% de
la población mundial y donde se hallan ¾
partes de toda la energía conocida.
Capturando a Ucrania se trata de impedir
que la economía se orientalice, pues si
Rusia se acerca a China (y a India),
Occidente deja de tener la importancia
que una vez tuvo y su economía no podría
ya reponer su predominio (por eso hasta
Alemania juega doble, pues también se
acerca a China y Rusia, aunque no
renuncia a su pertenencia occidental).
El G77 no puede desatender este nuevo
contexto que está alterando por completo
el tablero geopolítico mundial. En medio
de un incipiente mundo multipolar, la
visión que se tenga no puede reducirse a
lo meramente local. En un mismo mundo
compartido, todo tiene relación con
todo. Una nueva lectura del
relacionamiento internacional pasa por
una actualización geopolítica de un
mundo en transición. La narrativa actual
es geopolítica, pero no una geopolítica
provinciano-imperial sino una
geopolítica verdaderamente mundial.
Esto nos posibilita advertir también el
carácter ideológico, unilateral y hasta
plagado de un provincianismo cultural de
los marcos teórico-conceptuales de las
relaciones internacionales y la
diplomacia, como disciplinas sociales.
Estas disciplinas tienen una reducida
perspectiva europeo-norteamericana, que
justifica un excepcionalismo inadmisible
hoy en día. La decisiva dependencia que
tienen estas disciplinas de la política
exterior norteamericana, delata también
una profunda ignorancia de otros mundos
culturales y civilizatorios que no
pueden ser reducidos a la mirada
occidental.
Esto nos lleva a advertir que, si el
mundo que viene será multipolar, nuestra
geopolítica deberá también, acorde con
ese nuevo mundo, tener una visión
multidimensional de implicancias
globales, o sea, deberemos aprender a
ver el mundo desde una perspectiva
propia. Si los chinos, hindúes, iraníes
y rusos, propician think tanks propios,
con perspectivas geopolíticas
radicalmente distintas a las de europeos
y gringos, no menos debemos realizar en
este lado del mundo. El asunto, en
definitiva es, o producimos una
perspectiva propia de lo que sucede en
el mundo o nos contentamos con la
perspectiva usual, que es la occidental.
De una determinada narración se deduce
una determinada posición. Si la
narración es la decadente, la
moderno-occidental, entonces lo que se
deduce es la defensa de los intereses y
los valores moderno-occidentales.
El mundo es lo que se interpreta de
éste. O descubres el mundo o te lo
encubren. La política exterior de
nuestros países ha estado siempre
constituida a partir de los marcos
teórico-conceptuales de la narración
geopolítica imperial. Desprenderse de
aquello supone producir una nueva
narración geopolítica que de nacimiento
a un nuevo tipo de relaciones
internacionales. Lo usual en teoría de
las relaciones internacionales ha sido
siempre la lectura abstracta,
descontextualizada, sin historia, usando
conceptos meramente formales, que
ordenaban un pasivo reacomodo a las
situaciones impuestas. La geopolítica
parecía patrimonio del centro, por eso
hasta la izquierda ingenua entendía ésta
como una disciplina imperial (sumidos en
la lectura hacia adentro olvidaban a
menudo el mundo real en el cual se
encontraban).
Las lecturas hegemónico-imperiales están
en crisis, develando el provincianismo
de la visión del centro ante un mundo de
ascensos civilizatorios que no logran
comprender. Occidente nunca conoció al
mundo, por eso mira atónito el ascenso
de las potencias emergentes y descubre
que no tiene otra cosa que la fuerza
bruta para imponerse. El afamado
historiador de la Universidad de Yale,
Paul Kennedy, sostiene que los asuntos
internacionales no andan bien en el
mundo político y social y que incluso
estarían comenzando a desmoronarse,
tanto institucional como
discursivamente. Pero este
desmoronamiento lo ve como un atentado
al “mundo libre”, es decir, no es capaz
de ver que se trata del desmoronamiento
cultural-civilizatorio de la propia
hegemonía occidental, es decir, el
llamado “mundo libre”.
La conclusión que este tipo de
personajes -muy influyentes en ámbitos
de poder- presenta, es que el mundo está
desquiciado. Esa visión delata a un
centro que ya no sabe leer un nuevo
mundo emergente. Para Charles Hill,
legendario funcionario del Departamento
de Estado, el antiguo orden conocido
como el siglo norteamericano, que era
parte de la era moderna, parece estar
apagándose. Su diagnóstico es revelador,
pues señala que la era que viene “ya no
será moderna”; pero lo que constituiría
una esperanza para el resto del mundo
pobre, él lo ve como “nada agradable”.
Por supuesto, desde el imperio no es
nada agradable perder su preeminencia;
por eso hace bien David Brooks
(columnista del New York Times) en
señalar que el orden moderno al cual se
refiere Hill, es un sistema de Estados
que encarnan los dos grandes vicios de
las relaciones internacionales: el deseo
de dominio expansivo y de eliminación de
la diversidad. De ello se puede colegir
que las mismas relaciones
internacionales no fueron nunca
concebidas para un mundo multipolar no
occidental. Para el imperio, la
geopolítica ha sido la defensa exclusiva
de sus intereses, a los cuales llama sus
valores. Un mundo multipolar y
policéntrico es algo inconcebible para
la geopolítica imperial, pero una
necesidad a ser pensada en la
geopolítica de nuestros países. Por eso
tiene sentido hablar de una
descolonización de la geopolítica.
La transición civilizatoria no puede ser
ciega. Advertir el sentido potencial de
una nueva reconfiguración planetaria,
sin hegemonía única, permite diseñar una
nueva fisonomía global más acorde a una
realidad diversa y plural. Por eso la
visión provinciana de la geopolítica
imperial ya no sirve para interpretar el
sentido de la transición. La narrativa
geopolítica deberá recuperar las
historias negadas y los horizontes
culturales olvidados. Si el G77, y
Bolivia y los países del ALBA, están a
la altura de liderar la transición
civilizatoria, lo que lógicamente
debería acontecer es la posibilidad de
fundar, en el mediano plazo, una nueva
“Liga de las Naciones” (como
reconocimiento además a sus verdaderos
inspiradores: la liga indígena
Iroquesa).
Si todas las instituciones mundiales ya
no cuentan con legitimidad, pues todas
ellas responden a la disposición
centro-periferia, prototípica de la
hegemonía moderno-occidental, la propia
ONU debería desaparecer y dar lugar a
una nueva y más democrática
organización. El G77 contiene la mayor
concentración de países miembros de la
ONU, por tanto, su legitimidad es
considerable. Un nuevo mundo en ciernes
no puede amanecer con instituciones
arcaicas.
Rafael Bautista es autor de “la
Descolonización de la Política.
Introducción a una Política
Comunitaria”, Plural editores, la Paz,
Bolivia. |