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El comienzo
del nuevo orden mundial: Asiacentrismo
Por Raúl Zibechi
Uno de los núcleos del colonialismo y del
imperialismo, consiste en prohibirle hacer a
los países periféricos lo que acostumbran
hacer los países del centro. Cuando eso ya
no funciona, es porque el viejo orden
centrado en la relación centro-periferia
está dando paso a nuevas relaciones
internacionales
[30.09.2014]-
Actualización
10:00 pm de Cuba
Aunque las crisis en Medio Oriente y Ucrania
se roban los titulares mediáticos, son
apenas los emergentes de un movimiento
telúrico mucho mayor: el nacimiento de un
nuevo orden mundial pos-estadounidense,
centrado en Asia, en base a la triple
alianza China-Rusia-India.
Uno de los núcleos del colonialismo y del
imperialismo, consiste en prohibirle hacer a
los países periféricos lo que acostumbran
hacer los países del centro. Cuando eso ya
no funciona, es porque el viejo orden
centrado en la relación centro-periferia
está dando paso a nuevas relaciones
internacionales.
Las mismas potencias occidentales que ponen
el grito en el cielo por la intervención de
Rusia en Ucrania, bombardean Siria sin la
autorización de su gobierno, con la excusa
de combatir a una organización terrorista,
el Estado Islámico, en cuya creación esas
mismas potencias jugaron un papel relevante.
Que China y Rusia rechacen este tipo de
acciones bélicas, que otrora se cubrían por
lo menos con la aprobación del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas, no es ya
novedad alguna. Que el primer ministro de
India, Narendra Modi, haya dicho a la cadena
CNN, horas antes de su visita a Estados
Unidos, que Rusia tiene “intereses legítimos
en Ucrania”, es ya cosa más seria. No sólo
se negó a criticar la anexión de Crimea por
Rusia, sino que mostró “confianza” en cómo
Pekín está manejando las disputas
territoriales en los mares del sur de China
(The Brics Post, 22 de setiembre de 2014).
Es como si un nuevo aire de Bandung (la
conferencia que en 1955 alentó la
descolonización) estuviera barriendo el
planeta. “Si usted mira en detalle los
últimos cinco o diez siglos, verá que China
e India han crecido a ritmos similares. Sus
contribuciones al PIB mundial han aumentado
en paralelo y han caído en paralelo. La era
actual pertenece a Asia”, dijo Modi. Estaba
haciendo un discurso anticolonial con una
mirada de larga duración, en los mismos días
en que se produjo la visita del presidente
chino Xi Jinping a India, quienes
consolidaron una potente alianza entre los
dos mayores países de la región.
Política, o la OCS
El gran cambio es que India pidió la
integración plena a la Organización de
Cooperación de Shanghai (OCS), durante la
reciente cumbre realizada el 11 y 12 de
setiembre en Dushanbe, capital de
Tayikistán. Hasta ese momento era sólo
observadora.
La OCS fue creada en 2001 por Rusia, China,
Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y
Uzbekistán con el objetivo de garantizar la
seguridad regional y combatir el terrorismo,
el separatismo y el extremismo, definidos
como las “tres fuerzas malignas”. En el
futuro podrán sumarse Irán y Pakistán,
aunque esos pasos serán complejos en vista
de la disputa que mantienen India y Pakistán
en sus respectivas fronteras.
En los hechos, la OCS es un desafío al
liderazgo estadounidense en una región donde
la superpotencia tiene cada vez menos
influencia. La organización orbita en torno
a China, como su nombre lo indica. La
solidificación de la alianza Rusia-China con
su vertiente geopolítica y geoenergética
(que incluye el ya iniciado gasoducto para
proveer gas ruso a Pekín), es motivo de
honda preocupación en Washington, según lo
vienen analizando algunos medios como The
Washington Post.
Pero la reciente visita de Xi a la India
supone un paso decisivo en el diseño de un
nuevo orden global. Los doce acuerdos
firmados en Ahmedabad entre Modi y Xi, que
abarcan desde las inversiones y el comercio
hasta la cooperación en energía nuclear,
forman parte del “proceso histórico de
revitalización nacional” en ambas naciones
emergentes, según afirmó el ministro chino
de Relaciones Exteriores Wang Yi (Xinhua, 19
de setiembre de 2014).
La potencia de la alianza entre India y
China, desafía los supuestos alineamientos
ideológicos y se afinca en las necesidades
geopolíticas de potencias que enfrentan
problemas, y enemigos, comunes. En mayo de
este año asumió el poder Narendra Modi en
representación del Bharatiya Janata Party (BJP),
que venciera en las elecciones generales al
Congreso Nacional Indio (CNI) liderado por
el ex primer ministro Manmohan Singh. En los
papeles, el CNI funge como una fuerza
progresista, heredera de la familia Gandhi y
de Jawaharlal Nehru, aliada con
socialdemócratas y comunistas, mientras el
BJP es considerado nacionalista y
conservador.
Sin embargo, en los alineamientos
geopolíticos las ideologías tienen poco que
decir. Modi está mostrando una profunda
comprensión de las tendencias históricas en
este período de viraje del sistema-mundo y,
de modo muy particular, del papel que le
toca jugar al continente asiático. La
cooperación en la OCS llegó incluso al
terreno militar. A fines de agosto se
realizó “un ejercicio antiterrorista
internacional” en Mogolia interior, China,
en el que participaron siete mil soldados de
China, Rusia, Kazajistán, Kirguizistán y
Tayikistán (Diario del Pueblo, 24 de agosto
de 2014).
Economía o la ruta de la seda
Si la OCS es la respuesta asiática a la
presencia desestabilizadora de Estados
Unidos en la región, la Ruta de la Seda es
la respuesta económica al cerco que pretende
imponer sobre China, denominado “pivote
hacia Asia” por la administración de Barack
Obama. Pero es mucho más: significa la
alianza de Rusia y China con Europa, en
concreto con Alemania.
La nueva Ruta de la Seda une dos potentes
centros industriales: Chongqing en China con
Duisburgo en Alemania, atravesando
Kazajstán, Rusia y Bielorrusia, eludiendo de
ese modo las zonas más conflictivas al sur
del mar Caspio como Afganistán, Irán y
Turquía. Está destinada a ser la mayor ruta
comercial del mundo, cuya línea férrea ya
recorta el tiempo de transporte marítimo de
cinco semanas a sólo quince días. Se prevé
que China se convertirá en el primer socio
comercial de Alemania, lo que supone un
dislocamiento geopolítico de gran
trascendencia.
Se está trazando además la Ruta de la Seda
Marítima, que atraviesa el océano Índico, y
el Cinturón Económico de la ruta terrestre.
La ruta marítima es, de algún modo, la
reactivación del “collar de perlas”, un
sistema de puertos que rodeaba a la India y
aseguraba el comercio chino hacia Europa.
Pero es también la respuesta a la Asociación
Transpacífico (TPP por sus siglas en
inglés), iniciativa de los Estados Unidos
que excluye a China e incluye a Japón,
Australia, Nueva Zelanda, más cuatro
miembros de la AEAN (Brunei, Malasia,
Singapur y Vietnam) y los países de la
Alianza del Pacifico (Perú, México, Chile y
probablemente Colombia). La estrategia de
Washington consiste en aislar a China
generando conflictos a su alrededor (con
Japón y Vietnam principalmente), excusa para
militarizar los mares de China, cerrando así
el cerco comercial, político y militar en
torno a una potencia que en 2012 se
convirtió en la principal importadora de
petróleo del mundo, superando a Estados
Unidos.
Esto explica el acuerdo energético con
Rusia, que es el único modo como China puede
asegurarse un abastecimiento seguro. Pero
también explica el trazado de la nueva Ruta
de la Seda, tanto la terrestre como la
marítima. El 80 por ciento del petróleo que
importa China pasa a través del Estrecho de
Malaca (un angosto corredor de 800
kilómetros que une los océanos Pacífico e
Índico entre Indonesia y Malasia),
fácilmente obstruible en caso de guerra.
Para eso China va construyendo una red
portuaria, que incluye puertos, bases y
estaciones de observación en Sri Lanka,
Bangladesh y Birmania. Entre ellas un puerto
estratégico en Pakistán, Gwadar, la
“garganta” del Golfo Pérsico, a 72
kilómetros de la frontera con Irán y a unos
400 kilómetros del más importante corredor
de transporte de petróleo, muy cerca del
estratégico estrecho de Ormuz. El puerto fue
construido y financiado por China y es
operado por la empresa estatal China
Overseas Port Holding Company (COPHC).
“El puerto es visto por los observadores
como el primer punto de apoyo de China en
Oriente Medio”, estimaba la prensa
occidental el día de la inauguración (BBC
News, 20 de marzo de 2007). La región
circundante al puerto de Gwadar, contiene
dos tercios de las reservas mundiales de
petróleo. Por allí pasa el 30 por ciento del
petróleo del mundo (pero el 80 por ciento
del que recibe China) y está en la ruta más
corta hacia Asia.
China gana espacios, también, en el corazón
de Occidente. El gobierno británico ha dado
pasos para reforzar a Londres como centro de
comercio mundial y de inversiones en yuanes,
la moneda china. Más aún, “el gobierno
británico se convertirá en el primer país
occidental en emitir un bono soberano en la
moneda china” en lo que debe interpretarse
como “el apoyo a las ambiciones de China a
utilizar su moneda a escala global” (Market
Watch, 15 de setiembre de 2014).
Potencia militar
“Las sanciones a Rusia son un acto de
guerra”, razona redactor jefe de la revista
Executive Intelligence Review, Jeff
Steinberg (EIR, 19 de setiembre de 2014). En
tanto, The Economist considera a la OCS como
“una especie de OTAN liderada por China”.
Es evidente que la guerra entre las grandes
potencias ya no es visualizada como una
posibilidad remota. Cada uno hace, por tanto
su juego. China e Irán realizan sus primeros
ejercicios navales conjuntos en el Golfo
Pérsico, donde participan “buques de la
Armada china involucrados en la protección
de la navegación en el golfo de Adén” (Russia
Today, 22 de setiembre de 2014). China es
ahora el primer comprador de crudo saudí y
no va a permitir que las rutas que la
abastecen queden en manos de fuerzas
enemigas.
A fines de agosto trascendió que Rusia y
China están negociando un “acuerdo militar
histórico” que incluye la compra por el país
asiático de submarinos diesel furtivos con
“intercambio de tecnologías”, a la vez que
siguen negociando la venta de cazas Sukhoi-35
y sistemas de defensa antiaérea S-400,
considerados los más avanzados del mundo (Russia
Today, 19 de agosto de 2014). Hasta ahora
los rusos se han mostrado reticentes a
vender ciertas armas a China porque ésta las
clona y termina fabricando sus propios
prototipos. A su vez, India y Rusia, que
mantienen una extensa cooperación militar
que incluye submarinos nucleares y
portaaviones, se disponen a fabricar
conjuntamente un caza de quinta generación.
Estamos ante un punto muy sensible, en el
que Washington tiene algunas dificultades.
Aunque sigue teniendo el mayor presupuesto
de defensa del mundo (unos 600 mil millones
de dólares anuales, frente poco más de cien
mil de China y algo menos de cien mil de
Rusia), ese presupuesto es declinante
mientras el de sus adversarios crece. China
pasó de poco más de 5 mil millones de
dólares anuales de inversión militar en 1990
a 110 mil millones en 2012.
“Pero lo importante no es cuánto se gasta
sino cómo se gasta”, sostiene un periódico
estadounidense (The Fiscal Times, 16 de
setiembre de 2014). Según la publicación,
los enormes gastos militares del Pentágono
se destinan a mantener su costosa flota de
once portaaviones, a la modernización de
antiguos sistemas y a proyectos fallidos
como el caza F-35. En tanto, China y Rusia
invierten en modernos submarinos nucleares y
en guerra cibernética. Las armas antibuque
chinas son mucho más baratas que un
portaaviones, pero pueden hundirlo o
inutilizarlo aunque el Pentágono los
considere inexpugnables.
Contrastes
Múltiples denuncias aquejan a las
autoridades de defensa de los Estados Unidos
de malversación de los presupuestos. En
julio pasado la flota de F-35 no pudo volar
por fallas en un motor, luego de varios
percances en los sistemas de software, armas
y aviónica. Tras dos décadas de concepción y
desarrollo, el coste del proyecto se ha
disparado a 400.000 millones de dólares, el
proyecto armamentístico más caro de la
historia del Pentágono, pese a lo cual ha
sido cancelado el debut del caza en dos
exhibiciones aéreas en el Reino Unido (El
Periódico, 11 de julio de 2014).
La otrora poderosa Boeing es una buena
muestra de los problemas defensivos del
Pentágono. La apuesta a que el F-35 lo
desarrollara Lockheed Martin, está drenando
los fondos del Pentágono fuera de la Boeing,
que era la empresa insignia de la fuerza
aérea. De hecho, la franja de defensa de la
Boeing se estrechó del 56 por ciento de su
producción total en 2003, a apenas el 38 por
ciento en 2013 y se estima que en pocos años
ya no producirá aviones de combate, al haber
fracasado en su búsqueda de mercados
alternativos en Brasil, India y Corea del
Sur (Wall Street Journal, 20 de setiembre de
2014). Boeing cerrará su fábrica de
cargueros C-17 en Long Beach y puede cerrar
la de F-18 en Saint Louis en 2017 si no
consigue más encomiendas.
Finalmente, la política exterior de la Casa
Blanca es errática, mientras la de sus
competidores tiene un horizonte definido. El
periodista Robert Parry analiza cómo los
neoconservadores lograron bloquear la
“estrategia realista” de Obama, consistente
en colaborar con Vladimir Putin para
desenredar el caos geopolítico en Oriente
Medio. Los neocon siguen apostando a la
caída de Bachar al Assad y se inclinan por
crear situaciones caóticas, como la que vive
Libia, antes que tolerar la existencia de
regímenes adversos (Consortiumnews.com
, 19 de setiembre de 2014).
Diversos analistas sostienen que la
fabricación de crisis es lo que mejor sabe
hacer la superpotencia y que puede ser el
único modo de contener su decadencia. El
conflicto en Ucrania, donde forzaron la
caída de un presidente electo, apunta a
aislar a Rusia de Europa. El ataque al
Estado Islámico, busca empujarlo cada vez
más hacia el norte. Ambas operaciones
atentan contra el trazado de la Ruta de la
Seda, considerada una de las vigas maestras
del nuevo orden mundial.
-
Raúl Zibechi, periodista uruguayo, escribe
en Brecha y La Jornada y es colaborador de
ALAI.
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