Retrocesos en América Latina
Por Frei Betto
[07.12.2015]-
Actualización 5:30 pm de Cuba
La victoria electoral de Macri,
nuevo presidente de Argentina,
es un paso más de la América
Latina rumbo al
neoconservadurismo. El proceso
de desmonte de las políticas
neoliberales, tan en boga en las
décadas de 1980 y 1990, se
inició con la elección de Chávez
en Venezuela en 1998. Poco
después fueron elegidos varios
presidentes progresistas: Lula
en el Brasil, Lugo en Paraguay,
Zelaya en Honduras, Funes en El
Salvador, Bachelet en Chile,
Morales en Bolivia y Mujica en
Uruguay. Cuba y Nicaragua fueron
las pioneras en este proceso.
Este avance neutralizó la
propuesta del Alca y favoreció
la creación de instituciones de
articulación regional y
continental, como la Alianza
Bolivariana, Unasul, Celac, y
favoreció al Mercosur.
En el conjunto de la América
Latina las condiciones sociales
mejoraron significativamente,
con reducción de la miseria
absoluta.
Ser de izquierda en un mundo
dominado por la derecha es como
permanecer virgen en un burdel.
El ascenso de las fuerzas
progresistas en la América
Latina, en el traslape de los
siglos 20 y 21, fue una buena
ocasión para rebatir la tesis de
Robert Michels (1911), de que
todo partido de izquierda que
transita por las vías de la
legalidad burguesa acaba
inevitablemente cooptado por
ella.
En dos países la derecha se
enrumbó por el atajo del
golpismo e interrumpió la
posibilidad de reformas por la
vía democrática: Honduras (2009)
y Paraguay (2012). En el resto
la derecha se vio beneficiada
por los errores de los gobiernos
progresistas.
Con excepción de Cuba y Bolivia,
todos los demás creyeron poder
agarrar el violín con la
izquierda y tocar con la
derecha… Lo que se vio fue un
concierto desafinado
Aunque se hayan implementado
políticas sociales con éxito y
liberado a millones de personas
de la miseria, las reformas
estructurales, cuando se
hicieron (desgraciadamente no es
el caso de el Brasil), no fueron
suficientes para crear un modelo
alternativo al neodesarrollismo
consumista. La economía
permaneció con todas sus
características neocoloniales,
de exportación de productos
primarios, llamadas ahora
commodities. No se creó un
mercado interno sustentable, ni
se redujo la desigualdad social,
a pesar de que haya habido un
aumento del poder adquisitivo de
los pobres.
Pero el error principal fue el
de no complementar la inclusión
económica con la inclusión
política. Los beneficios para
los más pobres fueron vistos
como iniciativa del Estado y no
como conquista del pueblo. No se
organizó políticamente el
proletariado. No se concientizó
al oprimido. No se logró hacer
de una masa grande de electores
protagonistas políticos. La
excepción es Bolivia, donde
gobierna el más consistente
gobierno progresista de la
América Latina. Y lo es
justamente por dar prioridad a
los movimientos sociales, en el
marco de alianzas políticas.
Argentina puede ser la primera
pieza del dominó en caer. Y
Brasil y Venezuela también están
en la mira de los neoliberales.
En un mundo en que, amenazado
por el terrorismo, cambia
libertad por seguridad, cuyo
poder financiero (especulación)
va desplazando al industrial
(producción), y en el que
prevalece la ambición de consumo
sobre el derecho a la
ciudadanía, los gobiernos
progresistas se pueden olvidar
de la única vía capaz de
garantizarles sustentabilidad:
formación y organización
política de sus bases
electorales. Muchos partidos se
han dejado ganar por la
corrupción y descuidaron la
“alfabetización política”.
Y hete aquí que el sueño puede
convertirse en pesadilla. A no
ser que la izquierda pierda la
vergüenza de ser de izquierda.
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Traducción de J.L.Burguet